miércoles, 24 de junio de 2020

El "lobby" feroz, al ataque




La lógica preocupación por la pandemia y el griterío de los partidos de derecha y ultraderecha están ocultando la gran batalla que, en estos momentos, se libra en el España, que es la misma, en realidad, que se libró con la crisis económica. Recordemos las palabras que entonces hicieron famoso a Warren Buffet (financiero que, gracias a sus participaciones en innumerables empresas, es el dueño de lo que bebes, lo que comes, el jabón con el que te lavas las manos, tu tarjeta de crédito, tu coche, tu periódico...): “Hay una guerra de clases, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando”.

Una vieja guerra. Durante los años de la guerra fría, el bando de los “pobres” iba ganando. Las armas fueron: la ley Glass-Steagall, que creó un cortafuego entre la banca comercial y la de inversiones para evitar un nuevo crack como el del 29; la fortaleza de los gobiernos democráticos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial y el miedo al comunismo que obligó al capitalismo a suavizar su lado más brutal con acciones sociales, consiguiéndose lo que hasta hace poco hemos llamado la sociedad del bienestar. Pero la debilidad del bloque del Este hizo innecesarias las contemplaciones y ya en 1973 la presión de los gigantes bancarios consiguieron que saltaran por los aires los acuerdos que habían dado estabilidad al mundo occidental, entre ellos la ley Glass-Steagall. Empezó entonces a pergeñarse lo que, a partir de la caída del Muro y la globalización económica, llamamos Neoliberalismo y que culminaría en la crisis del 2008 que, cínicamente, los financieros denominaron “la tormenta perfecta”.

“En un mundo dominado por los Mercados, para los que el dinero es la única religión, sus operadores se dedicaron entonces a diseñar miles de estructuras de ingeniería financiera para mover el dinero y generar inflación, llenando los bolsillos de una élite minoritaria a costa de los trabajadores, empresarios y gobiernos. Es lo que el antiguo presidente de la Reserva Federal Norteamericana, Allan Greenspan, denominó “exuberancia irracional de los mercados financieros” y que pronto descubrimos que, en realidad, son manipulaciones, falsedades, estafas y delitos”. (“¡A la plaza!”, José Luis Estrada).

Debieron llevarse un susto con las declaraciones de Obama y de los líderes occidentales comprometiéndose entonces a una reforma financiera profunda y hasta en una reinvención del capitalismo que evitara una nueva crisis de esas dimensiones, pero ya sabemos que todo terminó en nada. Los líderes occidentales se plegaron e invirtieron miles de millones en rescatar a los gigantes caídos y, en definitiva, a realimentar el sistema; y se hizo pagar las deudas a la ciudadanía, cargándose a la clase media y creando en su lugar una brecha que no deja de crecer entre los ricos y los pobres.



Muchos, desde luego, se resistieron, pero pronto se ahogó la voz de la primavera árabe sustituyendo a los viejos dictadores por otros, y se acalló la voz del 15-M alentando otros movimientos: de la ultraderecha -que ayudan a desviar las responsabilidades hacia los inmigrantes y a compensar la pobreza con el orgullo nacional o racial- y de los nacionalistas, eficaces para descentralizar gobiernos y hacerlos más débiles en la negociación con los Mercados, evitando así regulaciones públicas, es decir, controles y responsabilidades. Estos movimientos incluso han conseguido infiltrarse entre quienes pusieron el dedo en la llaga, como la ultraderecha en el movimiento de chalecos amarillos o los nacionalistas en Podemos.

Pero, con todo, mientras en otros países la batalla está ya perdida -pues las inversiones multimillonarias en campañas electorales han conseguido erigir ya a los nuevos líderes de ultraderecha, empezando por Trump-, en España, cuando todo estaba dispuesto para ello, gracias a la estrategia de dividir la derecha en tres partidos que acaparaban todo el espectro y que, llegado el caso, gobernarían al unísono, Podemos consiguió colarse en el Gobierno Central. Y no están desaprovechando el tiempo. Incluso durante la gestión del mayor reto al que se haya enfrentado jamás un gobierno democrático, la pandemia de coronavirus, han conseguido sacar adelante leyes que fortalecen la democracia (el gran enemigo de los abusos del Mercado), unas perfeccionando las ya aprobadas por Zapatero -las conocidas como Ley de dependencia, Ley contra el racismo, ley de la Memoria Histórica, Ley de protección a la infancia, Ley contra la violencia de género...- y otras medidas de nuevo cuño, como la despenalización de las injurias a la Corona, la regulación del comercio de los derechos de emisión de gases de efecto invernadero, la fuerte inversión prevista en Educación y, sobre todo, el Ingreso Mínimo Vital y la derogación de la reforma laboral que ha conseguido que, además de los parados, casi la mitad de los trabajadores, sean pobres.


Todas ellas son medidas en favor de la democracia, la única que puede proteger a los ciudadanos de la voracidad del Mercado y prácticamente han escapado al conocimiento público, porque, mientras tanto, la derecha subía a tope el volumen del ruido mediático con sus exabruptos contra el Gobierno -algunos tan cínicos como acusarles de causar la epidemia o de utilizarla contra los ancianos- y un sinfín de noticias falsas y teorías locas.



Pero ahora la cosa se ha puesto de verdad seria, porque el Gobierno presentó al Congreso el pasado día 16 el nuevo impuesto a las transacciones financieras conocido como Tasa Tobin, y éste rechazó las enmiendas a la totalidad del PP, de Vox y de Ciudadanos. Ahora, sólo caben enmiendas parciales. La cuenta atrás ha comenzado, porque este impuesto, que grava con el 0,2 por ciento las operaciones de acciones de empresas españolas con capitalización superior a los mil millones de euros (no, no afecta a las pequeñas y medianas empresas, ni siquiera a las grandes, y tampoco va a suponer a las súper-grandes un esfuerzo tal que obligue a sus directivos a rebajarse ni un euro en sus millonarios sueldos), tiene una gran importancia, cuanto menos simbólica.

Lo explica el economista Josep Stiglitz: es simbólica porque si se trata de tasar la libre circulación de los capitales, éstos dirán “nos vamos”, pero “lo importante de la Tasa Tobin es la propuesta de utilizar lo recaudado para los bienes de la comunidad mundial. Y esto es más que simbólico. Reconoce la necesidad de una acción colectiva a nivel global. Necesitamos recursos para el desarrollo, para la salud y el medio ambiente. La Tasa Tobin logra dos objetivos: provee las bases para las entradas necesarias para encarar estas necesidades fundamentales y trata de restablecer el equilibrio alterado por la libre movilidad de los capitales que trajo la devastación en el mundo”.

Recordando todo esto, no puede extrañarnos que, en los últimos días, hayan salido de sus dorados refugios los portavoces del “lobby feroz” (Ana Botín, Juan José Hidalgo...) recordándonos que la única forma de abordar una crisis es la vieja receta de menos gasto público y recortes salariales (que los pobres se mueran de hambre y la clase media, de asco) y que la nueva estrategia de la derecha española que, de pronto, pasa de llamar “asesinos” a los miembros del Gobierno, a intentar pactar con él a toda costa. Ciudadanos lo intenta por las buenas y el PP, por las malas: primero envía a la Comisión Europea un informe para intentar evitar que los españoles se beneficien de los fondos de recuperación con los que la Unión Europea quiere reactivar la economía después de la pandemia (cuando hablan de patria, hablan de dinero), y después propone al Gobierno un pacto. Por supuesto, Sánchez no es Obama, ni siquiera Zapatero y, si ellos no pudieron soportar la presión, dudo mucho que el PSOE lo haga ahora. El nombre de Podemos tiene ahora más importancia que nunca. ¿Podremos?



domingo, 12 de abril de 2020

Es el momento





Recordemos: la primera noticia la tuvimos el 31 de diciembre, cuando el Gobierno chino dio a conocer una misteriosa enfermedad que había infectado a 27 personas en ese país. Veinte días después aparecía el primer infectado fuera de Asia (Estados Unidos) y China cierra la ciudad de Wuhan, donde ya hay 400 infectados y 17 víctimas. Tres días después aparece el virus en Europa, con tres casos en Francia, y al día siguiente, en Australia. El 30 de enero, la OMS decreta una alerta internacional, aparecen los primeros casos en Italia y España inicia la repatriación de españoles. Por esos días ya han aparecido casos en Alemania y pronto aparecerán en Reino Unido y Bélgica.  Cuando acaba el mes de febrero, la epidemia se ha disparado en Italia, Corea del Sur e Irán, ha llegado a África, la India y Sudamérica, y se ha extendido por toda Europa, incluida España. El 26 de febrero, con 11 personas infectadas, el Gobierno da las primeras recomendaciones, como dejar las mascarillas para las personas inmunodeprimidas o el desplazamiento a los domicilios de los casos leves para que sean tratados en sus casas.

Marzo empieza con 83 infectados en España. Sí, hace menos de mes y medio la epidemia era pura anécdota, pero dos días después eran 134 y se producía la primera víctima. El día 7, con 103.204 personas infectadas y 3.507 fallecidos, Italia aísla doce provincias. Dos días después, España llega al millar de casos y el Gobierno suspende todas las actividades educativas y, casi inmediatamente, cancela los viajes del Imserso, los vuelos con Italia y los eventos de más de mil personas. Las manifestaciones del 8 de marzo, sin duda, sirvieron como medio de contagio, pero también los muchos eventos deportivos, políticos (el Congreso de Vox, con uno de sus dirigentes portando el virus), los funerales (en uno, en La Rioja, se infectaron 60 personas de un golpe), etcétera, etcétera; es decir, todas las actividades de la vida diaria.

Sólo el 11 de marzo, hace justo un mes, la OMS declara la pandemia, cuando hay más de 118.000 infectados en 114 países y han perdido la vida 4.291 personas. En España son entonces 2.174 los infectados (49 fallecidos y 138 pacientes curados) y el Gobierno toma medidas para garantizar el acceso a medicamentos y material sanitario, y aprueba ayudas para las familias, las pequeñas y medianas empresas y los trabajadores autónomos, así como para la protección de los empleos. Dos días después, tras un brusco aumento de los contagiados, que casi se han duplicado, declara el estado de alarma. A pesar de ello, se produce un desplazamiento masivo de turistas españoles a las costas de levante y del sur y el 14 el Gobierno decreta restricciones de desplazamiento de los ciudadanos, que sólo podrán circular de uno en uno y para ir al trabajo, comprar artículos de primera necesidad o cuidar a niños, mayores o dependientes. Francia, sin embargo, abre sus colegios electorales, a pesar de tener un número parecido de contagios, alrededor de cinco mil. Ese día, por cierto, se identifica en China al paciente número 1.

El ritmo se hace frenético en todas partes. En España el número de infectados aumenta en alrededor de 2.000 diarios, aunque los mayores aumentos se producen en el Reino Unido, con el mayor nivel de fallecidos, sin que el Gobierno tome ninguna medida hasta el día 23. Tampoco en Estados Unidos el Gobierno toma medida alguna, mientras se convierte en el tercer país del mundo con mayor número de enfermos. La Unión Europea cierra sus fronteras y el Gobierno español toma nuevas medidas, entre otras, medidas de orden público y nuevas ayudas a la investigación y a la protección del empleo.

El 22 de marzo, después de tres días sin contagios en China, España prorroga el estado de alarma, llegan los primeros pacientes al Ifema y el Palacio de Hielo se convierte en morgue. El Gobierno ha repartido tests rápidos en hospitales y residencias de ancianos y emite a través de la televisión la programación educativa, mientras se producen las primeras buenas noticias: disminuyen un 13 por cientos los pacientes ingresados en la UCI y en Euskadi -la comunidad que, según un estudio publicado el pasado mes de octubre, tiene, junto con Navarra, la mejor sanidad pública del país- ya se registran más curaciones que muertes.
El 24 de marzo, Italia cierra las empresas no esenciales, cuando tiene ya casi 64.000 casos de infectados y más de seis mil muertos. En España, donde los contagios se acercan a los 40.000 y hay 2.700 fallecidos, se prorroga el estado de alarma; también es de señalar que se han producido ya más de 130 detenciones -con una pena de cárcel- y 200.000 denuncias por burlar las medidas. Al día siguiente, ambos países habrán superado ya a China en número de fallecidos, mientras repuntan los casos en Corea del Sur y Japón.
El 26 sabemos que uno de los lotes de test de diagnóstico rápido comprados por el Gobierno era defectuoso y tiene que devolverse. Lo mismo sucede en otros países, como los Países Bajos, donde recibieron 600.000 mascarillas defectuosas o, sobre todo, Alemania, que perdió 241 millones de euros en la compra de seis millones de mascarillas que nunca llegaron al país, pero sólo en España la oposición política pidió la dimisión del Gobierno. Al día siguiente, el Gobierno empieza a contratar a personal sanitario de otros países y al siguiente, día 28, suprime toda actividad no esencial y aprueba medidas para que los trabajadores afectados no puedan ser despedidos y reciban íntegramente su sueldo a cambio de devolver a la empresa, poco a poco, las jornadas perdidas.
Cuando termina marzo, Estados Unidos duplica ya las cifras de contagios de China y en España hay más de 94.417 infectados (lo que supone más contagiados que en China, pero menos que en Italia y Estados Unidos). El perfil de los fallecidos en España es el mismo que en el resto del mundo: el 85 por ciento tiene más de 70 años y, de éstos, el 60 por ciento tiene más de 80. Se llega al millón de casos en el mundo el día 3 de abril, mientras España parece estar llegando a la fase estabilización -aumentan los infectados pero desciende ya el número de fallecidos- y se anuncia, al día siguiente, la prórroga del estado de alarma.
El 5 de abril, mientras la oposición multiplica la agresividad de sus críticas, sin parangón en ningún otro país, la OMS felicita a España “por el heroísmo de los trabajadores en primera línea, la solidaridad de los españoles y la inspiradora determinación del Gobierno”. Al día siguiente, además de seguir la tendencia descendente de fallecidos, lo hace también la de infectados. A día de hoy, con más de millón y medio de infectados en el mundo, casi cien mil fallecidos y cerca de cuatrocientos mil recuperados, en España continúa la tendencia a la baja que, espero, no lleve al Gobierno a, presionado por la CEOE, bajar la guardia suavizando antes de tiempo la cuarentena.



Visto con perspectiva, creo que en todo lo que se ha hecho y dicho hay errores bienintencionados y errores malintencionados, así como críticas bien y mal intencionadas. Las principales críticas al Gobierno son, en primer lugar, que habría tenido que tomar medidas antes. Me parece bienintencionada, pero no justa, habida cuenta de que esta pandemia sin precedentes ha pillado por sorpresa a la propia Organización Mundial de la Salud, cuanto más a un Gobierno que apenas acababa de tomar posesión. Todos los países nos hemos comportado como espectadores de una película de ciencia-ficción hasta que el virus se ha cebado con “los nuestros”. Pero lo cierto es que España fue el segundo país europeo que decretó el confinamiento, después de Italia, mucho antes que Francia, Alemania y, por supuesto el Reino Unido y cuando aún tenía menos casos de contagios y fallecimientos que esos países.
La segunda crítica, más cruel, es que se ha desatendido a los ancianos (he leído incluso cosas como que el Gobierno ha dejado adrede que los ancianos mueran y hasta se ha relacionado con la aprobación de la eutanasia), lo cual es una crítica malintencionada, sobre todo si viene de un partido que gobierna la comunidad de Madrid, donde residen más de la mitad de los ancianos fallecidos en todas las residencias del país; no creo que sea coincidencia que también sea la comunidad con el nivel más alto de privatización de la gestión, que llega al 60 por ciento de las residencias públicas. Francamente, a quien haya visto algún programa de Chicote sobre lo que se da de comer a los ancianos en esas residencias, no le puede extrañar la masacre. No obstante, a nivel nacional, el porcentaje de mortalidad de España, que está en un 3,72 por ciento, es algo menor que en China (3,95 por ciento) y menos de la mitad de la tasa de mortalidad en Italia.
El tercer gran reproche es la ocultación de datos; aquí ni siquiera sé si hay o no error. Esta es una de esas acusaciones que, al ser pura especulación, no pueden rebatirse, pero más que malintencionado sería estúpido si el Gobierno estuviera mintiendo y no aprovechara para dar cifras mucho más bajas, en tanto sí es malintencionado el reproche cuando el Gobierno de la Comunidad de Madrid se ha negado a facilitar datos de los infectados y muertos en las residencias que gestiona hasta hace sólo dos días (también critica que el ministro de Sanidad no sea médico y pone al frente de la crisis a una mujer cuyo curriculum consiste en haber sido teleoperadora e hija del tipo que privatizó buena parte de la Sanidad pública madrileña) y se niega a realizar ruedas de prensa con la peregrina y a todas luces falsa excusa de que los medios de comunicación prefieren que les den el trabajo hecho y copiar notas de prensa que molestarse en hacer preguntas.
Y sí, en mi opinión y más que nunca, es la intención la que cuenta. Lo importante, en mi opinión, es que hay dos formas de ver y abordar la pandemia, dos intenciones: la que prima la economía sobre la salud (Reino Unido, Estados Unidos, Japón...) y la que prima la salud de los ciudadanos antes que la economía. España ha estado y está entre las segundas. Respecto a la crisis que sobrevendrá después de la pandemia, de nuevo hay dos intenciones: la que quiere, ante todo, salvar a las empresas (caso, por ejemplo, de Alemania) y la que prima salvar a los trabajadores. España, de nuevo, está en este caso. Y aquí la derecha dirá que salvar a las empresas es salvar a los trabajadores, como dijo (e hizo), tras la crisis económica, cuando salvar a los bancos era salvar a los ciudadanos, pero ya hemos visto las consecuencias. Lo hemos visto muchísimas veces pues, en este sentido, la derecha carece de imaginación y viene sosteniendo los mismos argumentos desde la revolución industrial: prohibir el trabajo de los niños será malo para las empresas y, por tanto, para todos; dejar un día de descanso a los trabajadores a la semana será malo para las empresas y, por tanto, para todos; imponer un horario laboral de ocho horas será malo para las empresas y, por tanto, para todos; etcétera, etcétera, hasta la reciente crisis económica del 2008, en la que creo que hay consenso sobre los efectos que tuvo esa política a la hora de superarla, dejando un país con una profunda brecha social a través de la cual casi desapareció la clase media y hundió en la pobreza a más de seis millones de personas, en tanto los bancos aumentaban sus beneficios y las grandes empresas duplicaban el sueldo de sus directivos.
Pero, además, esta década utilizando la receta de los conservadores nos ha dejado una Sanidad decrépita, que es la principal causa de nuestros actuales problemas. Es curioso que, también en eso, repitan la misma táctica: la crisis inmobiliaria, que se sumó y agravó en España la crisis financiera, la provocó Aznar con su Ley del Suelo, pero la pagó Zapatero. Ahora la pandemia encuentra unos hospitales de los que Rajoy detrajo el gasto hasta dejarlo por debajo del 6 por ciento del PIB, en el puesto número 15 de los 28 países de la UE (por detrás, incluso, de países más pobres como Eslovaquia, Eslovenia o Croacia) y el PP, sin embargo, culpa al Gobierno. El cinismo es especialmente sangrante por parte de los compinches que gobiernan Madrid, donde el PP clausuró 3.000 camas hospitalarias (una de cada cinco) y despidió a 3.200 trabajadores, mientras construía con fondos buitre siete hospitales privados, de los que detrajo casi dos millones de euros para financiar el partido; o, por supuesto, el de Vox, que en su programa electoral abogaba por abolir directamente la sanidad pública, llegando uno de sus actuales diputados, Rubén Manso, a decir que “ni educación ni sanidad deben ser competencias del Estado; yo no quiero que el Estado me solucione la vida, entre otras cosas porque es lo que le da gracia a la vida”.



¿Una vez más tendrán que pagar otros sus errores? Espero y deseo que no. Espero y deseo que el Gobierno saque al país de esta nueva crisis haciendo lo contrario de lo que se hizo en la Gran Recesión; que, esta vez, la austeridad no consista en recortar el sector público sino en nutrirlo. Cuando la crisis estaba en su apogeo todos los gobiernos, incluidos los de derechas, hablaban de una reinvención del capitalismo, de una vuelta atrás necesaria del neoliberalismo, reponiendo tasas a las grandes fortunas, límites al enriquecimiento escandaloso y la economía especulativa o una lucha decidida contra los paraísos fiscales. Todo eso se olvidó. Ahora es el momento. Traduzco las palabras de Eva Illouz, socióloga franco-israelí considerada una de las más importantes figuras del pensamiento en el mundo, porque ella lo dice mucho mejor y con mucha mayor solvencia que lo haría yo: “El capitalismo, tal como lo conocemos, debe cambiar. La pandemia causará daños económicos inconmensurables y afectará a todo el mundo, aunque las economías asiáticas tengan más probabilidades de fortalecerse. Los bancos, las empresas y las sociedades financieras deben soportar esa carga, al lado del Estado, para encontrar una salida a la crisis y defender la salud colectiva de los ciudadanos (...). Deberán soportar el fardo de la reconstrucción económica en un esfuerzo colectivo que apenas les generará beneficios. Los capitalistas se han beneficiado de los recursos del Estado sin darse cuenta de que con ese espolio privan de recursos a quienes, a fin de cuentas, hacen la economía posible. Esto debe acabar. Para que la economía tenga sentido, necesita que haya un mundo y ese mundo no puede construirse más que colectivamente, con la contribución del sector privado al bien común. Los Estados no puede encargarse de salir de una crisis de tal magnitud sin la contribución de las empresas para que se mantengan los servicios públicos de los que también ellas se benefician (...). La impostura del neoliberalismo ha quedado al descubierto y debe ser denunciada alto y fuerte. La época en la que todo actor económico tiene como finalidad llenarse lo más posible los bolsillos debe acabar de una vez por todas. El interés público tiene que convertirse en la prioridad de todas las políticas públicas y las empresas tienen que contribuir a ese bien público si quieren que el mercado siga siendo el marco posible de las actividades humanas”.

Y esto es tanto más necesario cuanto que cabe esperar que esta pandemia no será la última. Muy al contrario, es probable que haya cada vez más. Dennis Carroll, experto mundial en enfermedades infecciosas, lo afirma y explica como la consecuencia del contacto, cada vez más frecuente, entre los agentes patógenos de origen animal y los hombres causado por la presencia cada vez mayor del hombre en ecozonas, es decir, zonas de la tierra que han evolucionado durante milenios sin la presencia del ser humano y que ahora éste invade como consecuencia de la superpoblación o por fines económicos. No es un visionario; lo que dice, además de lógico, han estado avisándolo muchos otros, como el epidemiólogo Larry Brilliant o Bill Gates. Pero nuestros políticos estaban demasiado ocupados en ganar elecciones, los empresarios demasiado ocupados en ganar dinero y el resto de la ciudadanía, en gastarlo.
Pero, ¡cuidado! No hay caminos intermedios, como han demostrado las débiles reformas que siguieron a la crisis financiera. Esto o va de una vez por todas a mejor, o empeorará terriblemente. Igual que la pandemia -como toda crisis- pone de relieve lo mejor o lo peor de cada uno, es hora de elegir entre lo bueno (llámenlo buenismo si quieren) y lo malo. Es hora de elegir entre la solidaridad, el heroísmo, la resiliencia y el ingenio que tantos y tantos ciudadanos están mostrando durante la pandemia, o el miedo, el espíritu bélico y el caos en el que prosperan los tiranos.



martes, 26 de noviembre de 2019

El clan del oso cavernario




Es increíble que a estas alturas haya que explicar que estar contra la violencia de género no significa estar sólo contra ese tipo de violencia o que la violencia de género existe. Por supuesto que cualquier persona decente y sensible abomina de la violencia ejercida contra cualquiera, pero a las motivaciones que tiene la violencia contra un hombre -robo, ajuste de cuentas, disputa o puro instinto piscópata- se une, en el caso de las mujeres, otra motivación específica, la de los hombres que consideran a su mujer como una propiedad exclusiva e intransferible. No se trata de violencia familiar, porque en muchos casos no hay lazos familiares, sino que son novios o una pareja divorciada; se trata de un atavismo con el que hay que acabar, no sólo en sus consecuencias en forma de violencia, sino, sobre todo, en sus causas. Y hay que acabar con ese atavismo tanto respecto a los hombres como a las mujeres.
La antropología ha demostrado ya sobradamente que todo lo que es biológicamente posible es natural y no hay más diferencias biológicas entre hombres y mujeres que el hecho de que los primeros tengan cromosomas XY, testículos y mucha testosterona, en tanto las segundas tenemos dos cromosomas X, un útero y mucho estrógeno. Cualquier condicionante que esta diferencia biológica tenga en la vida de unos y otras, más allá del hecho de la posibilidad (que no necesidad ni obligación) de procrear, es una cuestión cultural y, por tanto, artificial: algo que cambia de unas sociedades a otras y a lo largo del tiempo. En suma, algo que puede cambiar y que hay que cambiar, porque esas diferencias culturales no se han marcado nunca por común acuerdo de hombres y mujeres, sino por imposición de los hombres.
Personalmente, considero que también los hombres han sido víctimas de si mismos, pues no debe ser fácil tener que demostrar siempre su masculinidad, pero ciertamente aún es más difícil para las mujeres adaptarnos a una femineidad impuesta y, sobre todo, a la dependencia física, económica y sentimental a la que, históricamente, se nos ha obligado.
Recordemos que la violación es un delito relativamente reciente pues, a lo largo de la Historia, la víctima no era la mujer violada, sino su “propietario”, de modo que la compensación había que hacérsela al padre o al marido. En la Biblia se puede leer que “si un hombre encuentra a una joven virgen no desposada, la agarra y yace con ella y fueren sorprendidos, el hombre que yació con ella dará al padre de la joven cincuenta siclos de plata y ella será su mujer” (Deuteronomio, 22, 28-29), así que no sólo el violador sólo tenía que pagar al padre sino que además se quedaba en propiedad con la pobre chica. Violar a la propia mujer es un concepto que no se ha comprendido hasta hace muy poco: en Alemania no se consideró un delito hasta 1997 y aún hay muchos países en los que no se puede juzgar por violación a un marido.
En definitiva, hablamos de la mujer como propiedad del marido; un concepto que es increíble que aún no se haya suprimido de la mentalidad de muchos hombres, pero lo cierto es que así es y por eso hablamos de violencia de género y no de mera violencia, porque, por supuesto, hay mujeres y hombres horribles y hay hombres y mujeres geniales; en una relación puede haber traiciones, mentiras y intereses mezquinos tanto por parte de un hombre como de una mujer, pero las estadísticas demuestran que muy pocas mujeres prefieren matar a su pareja que permitirle dejarla y, sin embargo, ya son 52 mujeres en España las que han sido asesinadas por lo de “la maté porque era mía”, más de mil desde 2003.
La violencia por parte de la pareja es una cuestión de género, como lo es la mutilación genital femenina, no simple y llana violencia; del mismo modo que dar una paliza de muerte a un joven porque es negro, como sucedió hace unos días en Madrid, no es simple y llana violencia, sino racismo. Negarlo es volver a las cavernas. Y tener que seguir explicándolo, da idea del paso gigantesco hacia atrás al que nos enfrentamos hombres y mujeres.



domingo, 10 de noviembre de 2019

¡Independecia de Cataluña, ya!


Aún quedan unas horas. Aún estamos a tiempo. Señor Sánchez, ni lo dude: haga lo necesario para que Cataluña se convierta ya en la República Catalana que tantos ansían.

No, no hay fundamento, lo sé: no hay derecho de autodeterminación de un territorio que no ha sido nunca ni es una colonia (lo dice la ONU, no las "corruptas y malintencionadas" instituciones españolas); no está Cataluña en ninguno de los supuestos de "anexión por conquista", "dominación extranjera", "ocupación" o "violanción masiva y flagrante", digan lo que digan los libros de texto catalanes. ¡Pero qué más da! Dejemos que Cataluña se convierta en lo que Puigdemont y adláteres desean: un pequeño país que repartirse entre una burguesía neoliberal que pueda hacer sus propias leyes para llevar a cabo sus negocios con las manos totalmente libres. 

Cataluña podría entonces ser la Suiza de la que Artur Mass ha hablado en alguna ocasión: un país sin trabas financieras para que los Pujol y seguidores puedan seguir enriqueciéndose, gobernado a base de referendums (el arma del fascismo) para aprobar sus xenófobas leyes y donde fluya el dinero negro de toda la basura mundial. Aunque, en mi opinión, es probable que, en vez de una nueva Suiza tengan una nueva Grecia, hundida por la fuga de empresas, la deuda y el desgobierno. De todos modos, será interesante ver a todos esos jóvenes de izquierda, que lo han dado todo, quedar perplejos por el resultado de su lucha y comprender, al fin, que la causa nacionalista nunca ha sido ni será una causa de izquierda.

Pero, sobre todo, el resto del país se quitará de encima la amenaza creciente de la ultraderecha, nacida -y en monstruoso crecimiento- al calor del nacionalismo español como respuesta al nacionalismo catalán. Démosles lo que quieren, su pequeño paraíso (fiscal) y cortemos el camino (hacia atrás) al que nos aboca esta panda de zombis de Vox que sale de las tumbas del Medievo y la dictadura.




miércoles, 23 de octubre de 2019

¡A mover el esqueleto!


Mañana sale el dictador de su faraónico mausoleo y, desde luego, lo celebraré, aunque de forma algo más ostentosa que la celebración de su muerte. Aún recuerdo la euforia contenida cuando en el colegio nos mandaron a todas para casa porque había muerto el Generalísimo. Me fuí directamente al Barrio Húmedo, donde encontré rápidamente a algunos amigos con los que festejar el fin del dictador. Los bares se habían llenado de gente que bebía champán y todos nos sonreíamos, aún sin conocernos, con silenciosa complicidad. Después, en casa, dedicamos la tarde a escuchar los discos de Quilapayún, Paco Ibáñez, Víctor Jara... con las ventanas bien cerradas y el volumen bajo, por supuesto. Ese día había más miedo que nunca, pero, por fin, después de que la Caja de Pandora escupiera todos los males, veíamos a Elpis, el espíritu de la esperanza, en el fondo de esa tinaja oscura.

Aunque pasé por una detención y algunos golpes, yo sólo tenía quince años cuando murió Franco y, en mi precoz activismo antifascista, no viví la historia de torturas, cárcel y fusilamientos que tantas víctimas dejaron esos cuarenta años, pero sentí en mis huesos lo que era la dictadura en ese oxímoron de la alegría sin hablar, como el de cantar a coro, pero en voz baja, el himno de Labordeta -"Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad"- cuando me reunía con mis camaradas. Como lo sintió mi madre, que nació con la Guerra Civil, cuando, al ir a votar en las primeras Elecciones democráticas, me dijo, con enorme tristeza: "¡Qué duro es llegar a los 40 años y descubrir que te han estado mintiendo durante toda tu vida".

No, no hay un resentimiento personal contra el franquismo. De hecho, mi padre me enseñó que lo importante es la bondad y que ésta puede estar en el corazón de cualquiera al margen de su ideología. Él, cargado en una camioneta para ser fusilado sin motivos ni explicaciones, por un grupo de matones falangistas, fue salvado en el último momento por un alcalde franquista que se enfrentó a los suyos afirmando que no consentiría que se matara a una buena persona. No hay un resentimiento personal, pero el monumento del Valle de los Caídos es una afrenta a todas las víctimas: no sólo a quienes fueron encarcelados y asesinados (o, como mi padre, estuvieron a punto de serlo), sino también a los engañados, como mi madre, o a quienes crecimos cantando en voz baja.

Mientras veo el especial de El Intermedio, brindaré por la exhumación de Franco de su mausoleo y, ojalá, de las mentalidades.


viernes, 21 de junio de 2019

Una manada de machos civilizados


Corría el año 1.200 antes de nuestra Era cuando la señora Hao dio a luz y el texto chino que deja constancia del hecho señala: "No hubo suerte. Era una niña". Durante los siglos siguientes, numerosos textos en todo el mundo dejan claro que la mujer no era sino una de las propiedades de un hombre, de modo que, por ejemplo, si era violada, la víctima no era ella sino su padre, hermano o marido, es decir, su propietario, que era a quien tenía que resarcir el violador de algún modo, a veces, si la mujer era virgen, sencillamente comprándosela. Lo explica la Biblia. Esa consideración, de algún modo, ha durado hasta nuestros días, puesto que, por ejemplo, en Alemania no se consideró legalmente la violación de la propia mujer como un delito hasta 1997.




"El patriarcado ha sido la norma en casi todas las sociedades agrícolas e industriales y ha resistido tenazmente a los cambios políticos, las revoluciones sociales y las transformaciones económicas", constata el antropólogo Yuval Noah Harari ("Sapiens, de animales a dioses", un libro que considero imprescindible), quien, no obstante, reconoce que a estas alturas aún no hay ninguna razón suficientemente convincente para explicarlo. Lo único que parece estar claro es que no hay razón alguna pues, aunque a pesar de que muchos apelan a las diferencias biológicas, éstas no pueden justificarlas de ninguna manera: como también señala este autor, "biológicamente, los humanos se dividen en machos y hembras. Un macho de Homo sapiens posee un cromosoma X y un cromosoma Y; una hembra tiene dos cromosomas X. Pero "hombre" y "mujer" denominan categorías sociales, no biológicas". El sexo, pues, puede considerarse una categoría biológica, pero el género es puramente cultural y, por tanto, es una categoría subjetiva. De hecho, el concepto de masculinidad y de femineidad cambian constantemente. No hay más que ver, por ejemplo, la moda masculina del siglo XVIII (véase el retrato de Luis XIV de Francia) con sus pelucas, medias, zapatos de tacón y ademanes, para darse cuenta de que lo masculino no tiene nada que ver con el prototipo de actual. El psiquiatra y escritor  chileno Claudio Naranjo atribuye esta perversión a la perversión intrínseca de la civilización. Sencillamente, la civilización es un error, y ciertamente, los antropólogos lo tienen ya bastante claro: "La revolución agrícola -dice Harari- fue el mayor fraude de la historia". La civilización no ha sido sino la forma de mantener más gente viva en peores condiciones: cada vez más gente y cada en peores condiciones. Y así seguimos. Atrapados en la misma trampa que, rizando el rizo, concluirá, paradógicamente, con nuestro suicidio como especie.




Así que "la manada" no debiera llamarse así, con ese cariz animal que no merece, porque no actuaron como animales sino como seres humanos civilizados. Porque, admitámoslo, la civilización ha creado el machismo, como creó la esclavitud o la guerra. Y a medida que nuestra civilización y nuestro poder como especie progresa, parecemos ser más irresponsables, más egoístas y, sin embargo, ni más satisfechos ni más felices.

La lucha contra el machismo no es trivial ni algo que sólo concierne a las mujeres: es la lucha contra la destrucción del planeta, la violencia, la injusticia social... Es la lucha contra nuestros peores errores como civilización. Y, en este contexto, que "la manada" duerma hoy ya en la cárcel, condenados por violación, no es sólo una satisfacción personal (¡y vive dios que lo es!) o de género, es un avance indiscutible hacia la esperanza.

viernes, 24 de mayo de 2019

¡No a la libertad!


Cuando hablan de impuestos, tendemos a pensar en nosotros mismos. Error. Tendemos también a pensar sólo en el Impuesto de la Renta y no en los impuestos indirectos. Error también. Los impuestos indirectos son injustos, puesto que todos, ricos y pobres, pagamos los mismos. Los impuestos directos son, no sólo justos (pues son progresivos: paga más el que más tiene) sino imprescindibles para que podamos vivir mejor que en la Edad Media. Son los que permiten, por ejemplo, que, aún con un sueldo de mierda, podamos ir a un Hospital cuando nos ponemos enfermos y salven nuestra vida o llevar a nuestros hijos a un colegio y que puedan aspirar a una vida mejor que la nuestra. Sin los impuestos, los ricos seguirían teniendo sus médicos privados y los demás moriríamos por una gripe o una infección; ellos serían en la vida lo que les dé la gana y tendrían cuanto les apetezca (como ahora), poero nosotros sólo podríamos aspirar a su caridad y benevolencia para poder, sencillamente, sobrevivir y conseguir que sobrevivan nuestros hijos. Supongo que eso es lo que defienden los políticos de derecha cuando se refieren a los impuestos como "sablazo" y cosas similares.

En esta campaña electoral, por fin, algunos partidos se han atrevido a hablar de la necesidad de subir los impuestos a los millonarios. Y lo alucinante es que esa propuesta dé miedo incluso a aquéllos a los que la Declaración de la Renta les da a devolver. Es lo que han conseguido, de forma lenta y constante, los más ricos: crear y extender a toda la población el descrédito hacia los impuestos.

Quizá hay que recordar algunas cosas, como que, en el mundo hay 2.208 personas con miles de millones en sus cuentas corrientes: ¡miles de millones! Y, por supuesto, faltan en la lista los dictadores y traficantes y faltan, seguro, muchos millones no declarados en las cuentas. Lo brutal es que en 2009, el año después del estallido de la crisis mundial, había 1.011, es decir, la crisis que ha echado a la cuneta de la pobreza a millones de personas, ha duplicado la cifra de multimillonarios y ha multiplicado las cuentas de los que ya lo eran. Pero los impuestos no han subido: los gobiernos han permitido que 200 millones de personas en todo el mundo se hayan convertido en pobres de solemnidad sin arrancar un euro más a los que se han beneficiado (y en algunos casos, provocado) de la crisis financiera.

Por cierto, en esa lista de multimillonarios hay un español, Amancio Ortega, con un patrimonio declarado de 62.700 millones de dólares, más admirado por haber hecho donaciones a la Sanidad Pública que denostado por no subvencionarla con sus impuestos. ¿Por qué nos preocupa que de esos miles de millones le obliguen a poner unos cuantos en las arcas del Estado? La cuestión no es nunca si subir o no los impuestos sino a quiénes. 


En España la tendencia es la misma: hay 428 millonarios, ¡un 60 por ciento más que en 2008! Y mientras ellos compran Ferraris y joyas, cuadros por cien millones de dólares, equipos de fútbol, etcétera, los demás nos espantamos cuando un político se atreve a sugerir subirles los impuestos.

El odio a los impuestos nos lo han inculcado sin molestarse siquiera en darnos argumentos para ello; si acaso, uno: que mientras más dinero tengan los ricos, más dinero invertirán y, por tanto, más puestos de trabajo crearán. La mentira es tan burda y falsa que cuesta trabajo que hayan conseguido colarla. Primero, porque la mayor parte de esos millonarios no producen nada: son banqueros, gerentes de fondos, etc., que sólo juegan con el dinero. Segundo, porque los que sí son empresarios, normalmente tienen sus factorías en otros países, aquéllos que permiten el trabajo en condiciones de esclavitud (el propio Amancio Ortega), dejando en sus países apenas las migajas. Tercero, porque damos por hecho que ser multimillonario requiere cierta sabiduría, siquiera empresarial, lo cual es rotundamente falso; la prueba es que muchos de esos tipos que crearon empresas gigantescas, también causaron gigantescas quiebras: Lehman Brothers, el banco Washington Mutual, WorldCom, Euron, Conseco, Texaco, Financial Corporation of America... y muchos -siempre partidarios del liberalismo económico, es decir, de que cada uno gane todo lo que pueda sin impuestos, cortapisas ni imposición ninguna de los Estados- han salido a flote justamente porque los Estados les han rescatado (sí, con nuestro dinero): City Bank, Bank of America, Commertz Bank, Desdner Bank, Washovia, ING, General Motors, Chrysler, Royan Bank of Scotland, Banco HBOS, catorce bancos españoles...

¿Cómo demonios han conseguido entonces hacer que nosotros, las víctimas de sus errores y su avaricia, sus víctimas, nos convirtamos en sus cómplices? Medios no les faltan (léanse "¡A la plaza!", de José Luis Estrada), pero hay uno fundamental: el lenguaje. Sus esbirros, entre los que se encuentran políticos y periodistas, dominan el arte del lenguaje y, así, han pervertido el sentido de palabras como libertad. Es ésa una palabra que gritaban los esclavos de la Antigüedad, los siervos de los señores feudales y los oprimidos de todas las épocas, hasta que el liberalismo y el neoliberalismo la han convertido en algo totalmente distinto: donde dicen libertad quieren decir "acabemos con lo público, que nos dejen hacer lo que nos dé la gana". Donde dicen libertad, sólo se refieren a la libertad de ganar todo el dinero posible de cualquier modo posible sin darle nada a la comunidad (es decir, sin pagar impuestos), se refieren a la libertad de despedir gratis, de manejar sus empresas sin respetar los derechos de los trabajadores... y de que las mujeres puedan cortarse el pelo o pintarse las uñas, pero no decidir su vida. No les importa si el Estado no tiene suficiente dinero para hacer carreteras (ellos tienen un jet) o ciudades sostenibles (ellos ya tienen su paraíso privado) o colegios a los que ellos jamás enviarán a sus hijos. 

Llaman libertad -y es sagrada, el único dogma de fe- a la libertad de ganar dinero. Pero no se trata de cómo han conseguido su dinero: aunque sea limpia y concienzudamente, mientras haya gente que nace sin la menor oportunidad de hacerse rico y aún de sobrevivir, gente a la que la pobreza le niega sus derechos como ciudadanos y aún como seres humanos, no debiera permitirse que haya personas escandalosamente ricas. Del mismo modo que se nos niega la libertad de tirar la basura por las calles, en pro del bien común, no es libertad poder enriquecerse hasta límites que impiden una sociedad mínimamente equitativa.

Sólo les importa que el Estado tenga, eso sí, suficiente dinero con el que echarles una mano si les vienen mal dadas... porque libertad sí, pero dentro de un orden, que como decían los carcas de mi juventud: una cosa es la libertad y otra el libertinaje.




viernes, 9 de noviembre de 2018

Kristallnacht



“No necesitamos que nadie venga a nuestro país”. “La obra realizada por la Humanidad occidental durante dos milenios está en peligro”. “Vemos derrumbarse nuestro continente, y vemos, bajo sus ruinas, enterrarse la herencia histórica de Occidente”- “La mojigatería burguesa quiere vivir según la frase: Lávame la piel, pero no me mojes (léase buenismo); pero es mejor hacer un corte a tiempo que esperar a dejar que la enfermedad agarre”.  “No pertenecemos a aquéllos espíritus timoratos y pusilánimes que, cual conejos hipnotizados, permanecen mirando inmóviles a la serpiente hasta que son devorados por ésta”. Lo dijo Goebbels.

Y una noche como ésta, miles de personas pasaron a la acción. La noche anterior había muerto un funcionario alemán, asesinado por un judío. ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Es hora de ir a por todas, de sacar el odio acumulado durante años de mensajes difundidos por todos los medios, a veces en forma burlesca y a veces en forma incendiaria! Entre esas miles de personas que salieron “espontáneamente” a la calle en Alemania y Austria había otras tantas que sabían muy bien lo que hacían, que habían alentado la revuelta y sabían cómo espolear a los espontáneos. El resultado es bien conocido: se destruyeron 1.547 sinagogas, los cementerios judíos, más de siete mil tiendas y almacenes; más de treinta mil judíos fueron detenidos e internados en campos de concentración; más de un centenar fueron asesinados, entre ellos algunos que no eran judíos pero se lo parecieron a alguien; a los demás, se les sometió a toda clase de humillaciones y tormentos.

Una noche como ésta comenzó el Holocausto, cuando se cumplía una década de la gran crisis económica del 29. También ahora se cumple una década de la gran crisis económica financiera y ¿cuál es el balance?, ¿se han atajado los problemas de desregulación del mercado que dieron lugar a la crisis? Obviamente, no. Muy al contrario, la economía es cada vez más ficticia: el capitalismo no sólo no se ha renovado sino que ha vuelto al mercantilismo; la competencia ha sido devorada por los oligopolios; el fraude fiscal crece cada día, así como los desorbitantes sueldos de meros gerentes que sólo saben pensar en el corto plazo; el sector privado se libra de las deudas acumuladas que hicieron estallar la burbuja, pero el sector público arrostra con el suyo propio y el ajeno; nunca ha habido tanto dinero en el mundo y tan mal repartido; la religión neoliberal sigue siendo incuestionable; las víctimas de la crisis no sólo son marginadas, sino humilladas (¡qué bien lo describe Ken Loach en “Mi nombre es Daniel”); la política es desprestigiada y la democracia puesta en peligro; se impulsa la ideología nacionalista con una fuerza que no tenía desde la Segunda Guerra Mundial, y, en medio de “una gran banalidad, de una abrumadora mediocridad intelectual, sin sentido de la historia, ni imaginación, ni creatividad, sin pensar qué estamos haciendo y adónde vamos” (John Ralston Saul), a los ciudadanos se les da un culpable contra el que verter su ira: los inmigrantes, sobre todo si son musulmanes.

Diez años de la Noche de los Cristales Rotos y una situación con demasiados paralelismos como para obviarlos. También entonces se hablaba de invasión: “Se prepara la invasión de la España roja por el judaísmo internacional”, decía el ABC en esos días. De invasión habla Trump y tantas personas que no saben de qué hablan.

Noam Chomsky ha predicho el próximo estallido de una nueva crisis financiera. Bueno, ¡si sólo fuera eso… si sólo fueran a matarnos de hambre y no a convertirnos también en asesinos…!
















Nota: Gracias, alcaldesa de Madrid, por haber recordado a los inmigrantes en la fiesta más típica madrileña, la Almudena, que se ha celebrado hoy, y advertir que “si blindamos nuestras fronteras y nuestro corazón, nos deshumanizamos”.

viernes, 2 de noviembre de 2018

La festividad del frío




Siempre hace frío el 1 de noviembre, siempre
sopla un viento cargado de cristales como agujas
que se clavan en el alma. Siempre.
En cualquier lugar de la Tierra el sol está lejos
el 1 de noviembre.
Y la lluvia penetra en la piel erizada y congela la vida;
el aire pesa como la losa, los pies sólo pisan musgo,
los ojos duelen de resolana y se encogen las venas,
el pulso tirita, el aliento se convierte en hielo seco, el
corazón se hace frágil como una fruta helada.
El 1 de noviembre siempre es frío, es
siempre pérdida, que se siente como
el calor que se fué del cuerpo amado, de los
cuerpos que nos amaron y se llevaron
nuestra energía en la última caricia,
la que ya no pudieron sentir,
a cambio de un escalofrío que nos acompaña
el resto de este camino que empezó y terminará
con ellos. Sin ellos nos queda esto, el frío
de aguanieve que sacrificará nuestros miembros
para preservar el corazón caliente; y así,
caerá la copa de nuestra temblorosa mano, caeremos
vencidos por la pierna entumecida, tendidos
quedaremos como carámbanos rotos,
para que no se apague nunca la pasión
que late en nuestro centro.
Pero yo requiero más frío. Más frío pido yo
a todos los santos.
Me tiendo en la nieve esperando el relente glacial,
la escarcha puntiaguda, transida del glacial rocío;
vengan a mí las inclemencias, la rigurosa helada que adormece
y apacigua el dolor.

lunes, 8 de octubre de 2018

La voracidad del lobo malo



¡Quién me iba a decir a mí que habría de echar de menos el tan reciente “yo no soy racista, pero…”! En pocos años y en vertiginoso “in crescendo”, esa expresión ha sido sustituida por un “sí, soy racista”. A la gente ya no le avergüenza. 

Estaba cantado, porque la única manera que tenían quienes provocaron la crisis económica (banqueros y especuladores) de conseguir la impunidad y evitar un verdadero cambio en el sistema, era buscar otro culpable, crear un enemigo fácil de abatir, de modo que no en vano ha sido justo después de la crisis, cuando no sólo hay menos inmigrantes que nunca sino que muchos han vuelto o están volviendo a sus países de origen, cuando han arreciado las campañas anti-inmigración. La jugada es buena porque, además, el racismo y la xenofobia conectan con un sentimiento fácil de alentar, el nacionalismo, que por su esencia ideológica fascista y por su efecto disgregador, es el que los poderosos han necesitado siempre para imponer sus intereses. Es algo así como: “para ganar la guerra, deja que los enemigos se maten entre ellos”. Y el aumento de la ultraderecha en todo el mundo (¡hasta en los países nórdicos!, ¡hasta en Brasil!) muestra que están consiguiendo su objetivo.

Con todo, la velocidad de propagación de esta plaga racista, me espanta. Casi a diario oigo a un republicano, que niega el privilegio de la cuna para ser rey, justificar el azar genético de haber nacido en uno u otro país para tener el privilegio del empleo, la vivienda, el orgullo racial o cultural… o cualquier otro. Oigo a personas ateas defender la cultura católica por encima de la barbarie musulmana con un tesón que no se daba desde las Cruzadas. Oigo a mujeres feministas justificar la xenofobia por el machismo que aportan los inmigrantes de otras culturas, como si esas mujeres no fueran víctimas a las que ayudar sino portadoras de un peligroso virus a las que hay que apartar. Oigo a personas progresistas repetir con pasión los discursos de la extrema derecha y, en definitiva, por todas partes veo a las víctimas de la crisis, decepcionadas y rabiosas por un sistema enfermo pero que se eterniza en su agonía, hacerse fuertes entre los muros del orgullo patrio, racial, local, religioso o futbolístico…

La prueba de que esos sentimientos son manipulados es que los argumentos son siempre los mismos y se propagan como la pólvora por todas las redes: los inmigrantes nos invaden, se llevan todas las ayudas sociales, son los culpables de la quiebra del sistema sanitario y de las pensiones… Sí, parece increíble, pero banqueros, buitres de la crisis, altos directivos con sueldos indecentes, especuladores que convierten la pobreza y la muerte en beneficios económicos, han conseguido hacer creer a miles, a millones, que los culpables de la crisis son, precisamente, sus mayores víctimas. Una jugada maestra y, sin embargo, facilísima de rebatir con sólo acudir a la información básica que puede encontrarse en los datos oficiales (básicamente, el Instituto Nacional de Estadística y el Centro de Estudios sobre Migraciones). No lleva mucho tiempo y es contundente.

  • No, no nos invaden. Los extranjeros son menos del 10 por ciento de la población española (4.464.997, un 9,59%, tres puntos menos que en 2011), y la mitad de estos inmigrantes procede de los países de la Comunidad Europea. ¡Ah, y sólo el 1% ha llegado en patera!
  • No, no hay ninguna ayuda específica para los extranjeros. No hay ninguna normativa reguladora de ayudas sociales, ni a nivel municipal, ni autonómico, ni nacional, que priorice la nacionalidad: sólo tiene en cuenta las circunstancias personales y familiares del solicitante.
  •  La mayor parte de los beneficiarios de ayudas al alquiler (el 60 por ciento de media, aunque con muchas diferencias entre comunidades autónomas) son españoles, y ello a pesar de que sólo un 13,5 por ciento de los españoles vive de alquiler, en tanto el porcentaje es casi del 70 por ciento entre los extranjeros.
  • No sólo no tienen una influencia negativa en los servicios sanitarios sino que, dado que la mayor parte de los inmigrantes son jóvenes, utilizan en muchísima menor medida el sistema de salud. Los  inmigrantes consultan un 7 por ciento menos al médico y tienen un gasto farmacéutico por persona de 73,70 euros, frente a los 374,01 euros por cada español.
  •  No, no es cierto que los inmigrantes utilicen “nuestro” sistema sanitario sin aportar nada al mismo: desde 1997 la financiación del sistema sanitario proviene de los impuestos (IRPF, IVA…), no de la Seguridad Social, y cualquier persona que compre algo, lo que sea, está pagando impuestos y, por tanto, colaborando a financiar la asistencia sanitaria, tanto si está trabajando como si no y tanto si es un español, un inmigrante legal o uno irregular. De hecho, la población extranjera supone el 6,5% del gasto sanitario, tres puntos menos que su porcentaje poblacional.
  • Respecto al sistema de pensiones, en realidad se mantiene en buena parte gracias a ellos, pues  apenas representan el 1% de los beneficiarios, mientras que la población nacional es, como todo el mundo sabe, una población muy envejecida.
  • Y respecto a las prestaciones por desempleo, sólo el 8,6% son otorgadas a inmigrantes, que, por supuesto, se las han ganado con su trabajo.
  • Por último, en los colegios son un 9% del total de los escolares y, según una encuesta hecha por el Ministerio de Educación, el 72,2% del profesorado considera que los alumnos extranjeros se han adaptado bien o muy bien al sistema educativo (a pesar, he de decir, de que se trata de un sistema poco o nada flexible, que no se lo pone fácil). Los profesores opinan, además, que su presencia favorece la diversidad en los centros y el refuerzo de capacidades.


Seamos justos. Los inmigrantes son los principales responsables del crecimiento económico español en los decenios previos a la crisis (aportaron el 30% del PIB entre 2001 y 2006); no sólo no socavan el sistema de protección social, sino que su contribución ha sido vital para que se mantenga.  Han asumido trabajos decisivos para el bienestar social de la población, como el cuidado de ancianos y dependientes, y muchas extranjeras han asumido trabajos domésticos en condiciones de explotación, sin cotizar ni tener días libres o vacaciones pagadas, permitiendo con ello a muchas mujeres españolas realizar trabajos mucho mejor remunerados y personalmente gratificantes.

Con todo, estos datos, que desmienten rotundamente las falacias divulgadas constantemente, no deberían ser necesarios para justificar unos derechos que hemos aceptado como Derechos Humanos. ¿Es que tenemos que esperar a que haya otra guerra mundial para que, horrorizados de nosotros mismos, volvamos a reafirmar la Declaración Universal que firmamos en 1948: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”?

En la película de “Tomorrowland” la protagonista recuerda a su padre que todos llevamos dentro un lobo bueno y un lobo malo y gana aquél al que alimentamos. Quienes son responsables del hambre en el mundo, están gastando cantidades ingentes de comida en alimentar a nuestro lobo malo.

viernes, 5 de octubre de 2018

La herencia



Ya no soy yo. En el otoño de mi edad,
cuando soy más yo misma y menos ya de todo,
soy tú.
No te fuiste al cielo ni al Más Allá,
sino al Más Adentro.
Te metiste en mí. Sí, te llevo dentro
en una ocupación que no es metáfora.
Tengo en mí tu amor intacto, tu juicioso
y laborioso hacer, tus inquietudes y tu celo.
También tu pena, tus amargas decepciones,
tu siempre insatisfecho corazón.
Tu coraje y tu miedo.
Tu soledad en el bullicio de una vida derramada.
Ya no tengo que preguntar ni preguntarme
para aprender y comprenderte: sólo cerrar los ojos.
Y no espero
sino seguir dehilachándonos juntas y reconsiéndonos
y volver a deshacernos hasta cruzar,
juntas,
el umbral al polvo
y la brisa entre los alisos.



lunes, 23 de abril de 2018

El poder de un libro o el libro, al poder




Inventar la escritura nos abrió la puerta a la Historia y la Historia se ha escrito con libros: "La Biblia", "El Manifiesto Comunista", "El origen de las especies" y tantos otros han escrito o subrayado el rumbo de nuestra especie. Otros libros podrían haberla cambiado, como el famoso manuscrito -cuya historia es más fantástica que cualquier novela, igual que el protagonista- de Arquímedes (http://www.bbc.com/mundo/noticias-42183913). Y, por supuesto, millones de vidas particulares han cambiado tras la lectura de un libro. Todos los lectores, de hecho, hemos experimentado un cambio, siquiera temporal, tras la lectura de cada libro; lo ha demostrado un estudio de la Universidad de Ohio (https://www.muyinteresante.es/salud/articulo/leer-un-libro-puede-cambiar-nuestra-realidad), pero muchos han abierto sus mentes a posibilidades intelectuales o vitales que han modificado su destino, fuera ese libro de autoayuda, de ficción o un ensayo; leído en un pergamino, en un libro, una pantalla o meramente escuchado.

Como personal contribución a este Día del Libro quiero contar la historia de un libro que pudo también cambiar algunas cosas, quién sabe si el presente de este país. La anécdota se refiere a José Luis Estrada quien, siendo director del El Mundo-La Crónica de León, tuvo un encuentro con el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero a quien, como leonés, le conocía desde hacía años. La breve conversación fue, pues, en un tono coloquial. Por entonces, José Luis llevaba años alertando, desde las páginas de Diario 16 Burgos, del estallido de las burbujas financiera e inmobiliaria. Pero, obviamente, su voz tenía un alcance muy limitado, y Zapatero había terminado su primera legislatura con éxitos sociales que creo indudables (la ley de dependencia que mejoró la vida de miles de familias azotadas por el infortunio, el matrimonio entre homosexuales que marcó un antes y un después en la mentalidad de los españoles, las ayudas por nacimiento o adopción para madres trabajadoras, el fin del terrorismo de ETA, el vuelco en la vida de los ancianos con el IMSERSO, la ampliación de la ley del aborto...) y se adentraba en una segunda legislatura desastrosa en la que pronto estallaría la Gran Crisis, de la que el presidente demostró no saber nada de nada y que le hizo perder las Elecciones, dejando al país en manos de la derecha en los años en los que más necesitaba (y necesita) un Gobierno que prime la política social sobre cualquier otra. Zapatero cometió otros errores (sobre todo y ante todo, rodearse de un club de fans incapaces -por ignorancia o por interés- de hacer bien su trabajo), pero creo que es unánime que echó a perder su futuro político, el de su partido y, quizá, el del país, el día que negó la existencia de una crisis económica que ya se extendía desde Estados Unidos como un huracán, arrasando el Estado del Bienestar y amenazando seriamente la democracia.


Pues bien, quizá las cosas hubieran sido diferentes si Zapatero hubiera leído un libro: el que José Luis Estrada le regaló en esa ocasión con la recomendación, insistente y perentoria, de que lo leyera lo antes posible. Era un libro de John Ralston Saul, probablemente el intelectual más lúcido de cuantos existen, presidente del Pen Club Internacional y profeta de la crisis económica mundial: esto no lo digo yo, lo dijo la revista Time.
Pues yo hago la misma recomendación a los lectores que puedan tener la paciencia e interés de estar leyendo esto: "La civilización inconsciente" es un buen comienzo al que, seguro, seguirán otros, como "Los bastardos de Voltaire", "Diccionario del que duda" o "El colapso de la globalización". Pero déjenme añadir: "Viaje al corazón de la bestia que ocultan los Mercados", de José Luis Estrada, una voz lúcida y desoída que no llegó a ver sus libros impresos, pero que pueden leerse en: http://www.alaplaza.es/