Hay
que mirar atrás… otra vez. La Gran Crisis de 2008, que se presentó como
inesperada, había sido anunciada por varias crisis previas, como la de las
Cajas de Ahorro en USA o la burbuja “punto com”. Por entonces también debíamos
saber que el hormigón, la vivienda y el suelo como sectores sólidos y en
revalorización permanente era una invención que una y otra vez se hundía –casos
de Florida, Luisiana…-, pero se permitió que se pusiera en marcha la mayor burbuja
inmobiliaria y la mayor estafa bancaria de la Historia desde el crack del 29
llamándolo, en ese caso, ingeniería financiera.
Los
culpables fueron muchos: banqueros, políticos; maquinarias administrativas en
las que se enmarañaron empresas públicas, lobbies, corporaciones, fundaciones,
consorcios y otros muchos inventos diseñados para que sus presupuestos y
gestión escapen al control público; presidentes y gerentes de grandes
multinacionales de sectores básicos, dueños de corporaciones mediáticas y sindicatos.
Los
principales nombres pueden encontrarse en las listas Forbes, pero si hay que
personificarlas en políticos –más identificables por la ciudadanía que esos
oscuros personajes y sus muchísimos cómplices- en España hay que señalar al
binomio Aznar-Rato.
Aunque
la burbuja inmobiliaria –como la crisis financiera- se gestó en Wall Street y
en la City londinense, infectó a casi todo el sistema mundial –menos China- y
prendió especialmente en España cuando Aznar y los ideólogos neoliberales del
PP pusieron el urbanismo al servicio de la especulación aprobando la norma que
permitió legalizar la burbuja: todo el suelo es urbanizable excepto aquél que
sea especialmente protegido por la Ley; es decir, que si se desea evitar que se
construya en un paraje de enorme valor ecológico hay que iniciar un costoso y
largo proceso legal que casi siempre llegará tarde, porque lo legal es meter
las máquinas y empezar a construir. En muy pocos años se levantaron millones de viviendas en lugares en los
que da vergüenza mirar y a eso lo llamó Aznar “el milagro económico español”.
Las
empresas constructoras extendieron sus tentáculos por todo el sector productivo
-incluido el de los medios de comunicación- y los políticos facilitaron la
impunidad legal de la especulación financiera y empresarial. El sistema financiero español, que había
logrado salir inmune de la crisis de las hipotecas sub prime, gracias a una
política conservadora del Banco de España, cayó de lleno en las hipotecas
basura y en la financiación especulativa a las grandes empresas constructoras,
inmobiliarias y promotoras.
Esta
situación se encontró José Luis Rodríguez Zapatero, un hombre de mucha sabiduría
política pero poca económica y que se rodeó de
un club de fans en lugar de verdaderos asesores, llevó a cabo una primera
legislatura espectacular: sacó a las tropas españolas de Irak, logró el fin de
ETA, creó la Unidad Militar de Emergencias, aumentó un 22 por ciento el salario
mínimo y aprobó leyes de tanta trascendencia como la de Dependencia, el
matrimonio homosexual, el divorcio exprés, la Ley de Memoria Histórica, la Ley
Integral contra la Violencia de Género y la de Igualdad efectiva entre hombres
y mujeres… Pero, temeroso de que pinchar la burbuja provocara una crisis que
hubiera sido muchísimo menor pero le hubiera restado votos –lo que sucedió
igualmente-, ocultó y negó la realidad, y siguió haciéndolo cuando la crisis
mundial iniciada en Estados Unidos con la caída de Lehman Brothers hizo
estallar la burbuja. El frenazo del préstamo interbancario –el combustible del
sistema- pilló a las empresas constructoras y promotoras con deudas gigantescas
y su derrumbe arrastró a todos los demás sectores, sobre todo a los autónomos y
pymes, que son el verdadero motor del crecimiento español.
Salieron
a la luz las trampas del sistema financiero español. Salió a la luz la maraña
de intereses localistas con las que las Cajas de Ahorro financiaron el boom
especulativo y endeudaron a todas las instituciones públicas. Y salieron a la
luz las hipotecas basura que los bancos concedieron por hasta el 110 por ciento del valor de las
viviendas a millones de españoles, que quedaron así atrapados porque resultaron
imposibles de pagar, engrosando además la deuda bancaria.
¿Y
qué hizo Zapatero? Dio luz verde a la fusión de ocho cajas de ahorro en un
nuevo banco, Bankia, y le otorgó un crédito, a través del Frob, de casi cuatro
mil quinientos millones de euros, que sirvió para cerrar cientos de oficinas,
despedir a miles de trabajadores, cerrar el crédito a las empresas provocando
su cierre masivo y embargar cientos de viviendas cuyos propietarios no pudieron
devolver los créditos que esas mismas entidades les concedieron. Y al frente de
Bankia, el ex ministro de Economía de Aznar, Rodrigo Rato, que por entonces
cobraba cinco millones de euros, contando las opciones de acciones y otras
gabelas con las que los directivos tratan de disimular su sueldo real. Los
menos de dos años que pasó después en la cárcel, sin duda, le compensaron. ¿Qué
hizo la ciudadanía? Incapaz de entender qué estaba sucediendo y por qué y,
sobre todo, de identificar a los culpables, votó al PP. ¿Y qué hizo Rajoy?
Regalar más de 60.000 millones de euros a los bancos. ¿El resultado? Más de
seis millones de parados y más de 500 desahucios diarios, 684.000 sólo entre
2008 y 2012.
Todo
esto lo contó ya el periodista José Luis Estrada en 2011 en sus libros
titulados “¡A la plaza!”, el primero de los cuales dedicó “A los jóvenes sin
futuro y adultos mal aparcados por la crisis”, el segundo “A becarios sin
sueldo, banqueros sin bonus y catedráticos ociosos”; el tercero, que incluía
también los anteriores, era un “Viaje al corazón de la bestia que ocultan los
Mercados” y se editó el 14 de marzo de 2012, víspera de su muerte, como un
alegato a los “prescindibles”, los millones de personas de los que el sistema
puede prescindir, expulsándolos del mismo, en diversas y crueles formas, sin
que quienes detentan el poder -aquellos que manejan los hilos del Mercado en el
que se ha convertido el mundo, en beneficio propio-, corran un riesgo serio de
perderlo. Preparaba entonces otros dos libros: uno sobre el “Mundo feliz” al
que nos empuja el corporativismo utilizando para ello a la ultraderecha, y otro
–“Sin impuestos no hay paraísos, salvo los fiscales”- vaticinando el estallido
de la burbuja de la comunicación, y explicando la única y sencilla fórmula para
salir de la crisis, la reforma fiscal.
Hay que volver a salir a la calle, sí; hay que ocupar las plazas, sí. La protesta vuelve a ser inevitable y justa. Pero hay que leer, pensar, debatir… y tomar lecciones del pasado. Volver a caer en la abstención ya sabemos que no es un castigo a los políticos corruptos o timoratos. Hay que llegar al corazón de la bestia, hay que ir contra la élite mundial y sus dirigentes, tan inmorales como ineptos, que han convertido el sistema financiero en un casino, llevado a la ruina a las empresas productivas, responsables de todas las crisis de este siglo –empezando por la mayor, la ambiental- y puesto a los políticos a su servicio para reducir a cero el papel del Estado, desprestigiar la política y aupar al poder a la ultraderecha.
Todos
tenemos que elegir –en las acampadas, en las movilizaciones y en las urnas-
iniciar un nuevo asalto de las murallas de Troya o embarcarnos, como Ulises, de
regreso a Ítaca, a la paz interior o la del hogar. Yo elijo Aquiles... o Maricarmen.



































