Suelo citar como norma para reconocer una obra de arte la que me dijo mi admirado Ramón Carnicer: “Tiene que ser ética, estética y ecológica”. En estos tiempos en los que los ecologistas queman los bosques, las vacunas matan y los asesinos de niños y sus cómplices se dicen cristianos, sin reconocer otro dios que el dinero; en los que se llama nazis a las mujeres que defienden sus derechos como seres humanos iguales a los demás y se inyecta testosterona en los hombres que dudan; en estos tiempos en los que los valores que creíamos universales –paz, democracia, convivencia, respeto, igualdad, bondad, compasión, generosidad, solidaridad…- son escupidos con el título de buenismo y los gobernantes alardean de su codicia y falta de escrúpulos; en estos tiempos en los que la inteligencia artificial asfixia la imaginación, nadie tan necesario como el belga Marc Tassoul, ingeniero aeroespacial y profesor de la Universidad Tecnológica de Delft (Holanda) y autor del manual de importancia mundial “Facilitación creativa”. Y, sin embargo, ha fallecido. Por eso me siento impelida a reivindicar la personalidad y obra de una de las pocas personas que convirtió la ciencia en arte, pues además de estética –dedicó sus investigaciones y docencia a promover la creatividad- y ecológica –valor que presidió toda su vida y obra- fue un ejemplo de ética, ya que, además de su labor docente, de sus trabajos como diseñador industrial y de las conferencias que impartió por numerosos países, dedicó años a enseñar a los más pobres a desarrollar su creatividad y utilizarla para ganarse la vida y mejorar, al mismo tiempo, la vida de sus comunidades.
A los habitantes de las
barriadas más míseras de Medellín y Bogotá les enseñó que la creatividad se
puede aprender, que la fantasía se puede utilizar como una herramienta, no sólo
para fabricar nuevos productos sino para crear pequeñas e innovadoras empresas
con proyección social y sostenible. De ese modo, a la tríada de Carnicer, él
añadió la economía, en lo que llamaba “bienestar sostenible”. Para ello, entre
otras cosas, este referente mundial afirmaba que hace falta “escuchar, no tener
egos y respetar todas las opiniones”, lo que además de seres imaginativos y
emprendedores, nos convierte en mejores seres humanos. “Podemos decir que
queremos acabar con la pobreza en el mundo, pero hay que buscar a personas para
ayudar y hacer algo por ellos en el contexto en el que se encuentran”; hay que “crear
una visión compartida”, “estimular la generación de nuevas ideas pero, sobre
todo –porque es lo más difícil- aprender a analizarlas y desarrollarlas”.
“Todo lo que se aprende de él está orientado a trascender y a tener un impacto en los estudiantes, en los procesos y en el entorno”, dijo la vicerrectora de Investigación y Desarrollo Tecnológico de la Universidad Católica del Norte, una de las instituciones en las que impartió talleres para demostrar que las cuestiones más complejas pueden resolverse con amplitud mental y metodologías participativas.
Tal como señala el
Diccionario de las Ciencias de la Educación Santillana, de 1995, el término
creatividad es muy reciente, de modo que aún lo es más su inclusión como
concepto de estudio y ello, en buena parte, gracias a Marc Tassoul, que publicó
la primera edición de su manual hace veinte años, quince antes de que la UNESCO
decidiera crear el Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo
Sostenible (2021) en atención, entre otros motivos, a que “es un elemento
esencial de la vida espiritual, pero también de la vida material y económica de
las sociedades e individuos, reconocida como un recurso renovable e ilimitado, que
“tiene un impacto en los procesos de cambio transformativo” y puede plantear
nuevas oportunidades para crear el mundo que queremos, uno más equitativo e
inclusivo, para no dejar a nadie atrás y no dejar a nadie afuera, como preconiza
la Agenda 2030.
Tuve el lujo de contar
con la amistad de Marc Tassoul durante treinta y cinco años y puedo decir que
su personalidad era coherente con su obra, pues estaba dotado de tanta
imaginación como generosidad y sentido del humor. Amante del aeromodelismo y
del jazz, excelente músico; admirador de la cultura hispana, siempre mantuvo
vivo, dentro del profesor adulto e intelectual, al niño alegre, inquieto, libre
de prejuicios, capaz tanto de conmoverse ante las injusticias del mundo como de
mantener la esperanza… ¡el niño que dibuja Bansky en sus murales! Pues en estos
“malos tiempos para la lírica”, aun comprendiendo a Brecht cuando se confesaba
incapaz de mostrar su “entusiasmo por el manzano en flor” mientras resonaban “los
discursos del pintor de brocha gorda”, Marc Tassoul podía ver “la gigantesca red
del pescador”, pero también “las barcas verdes y alegres velas” en el mar.






































