viernes, 2 de noviembre de 2018

La festividad del frío




Siempre hace frío el 1 de noviembre, siempre
sopla un viento cargado de cristales como agujas
que se clavan en el alma. Siempre.
En cualquier lugar de la Tierra el sol está lejos
el 1 de noviembre.
Y la lluvia penetra en la piel erizada y congela la vida;
el aire pesa como la losa, los pies sólo pisan musgo,
los ojos duelen de resolana y se encogen las venas,
el pulso tirita, el aliento se convierte en hielo seco, el
corazón se hace frágil como una fruta helada.
El 1 de noviembre siempre es frío, es
siempre pérdida, que se siente como
el calor que se fué del cuerpo amado, de los
cuerpos que nos amaron y se llevaron
nuestra energía en la última caricia,
la que ya no pudieron sentir,
a cambio de un escalofrío que nos acompaña
el resto de este camino que empezó y terminará
con ellos. Sin ellos nos queda esto, el frío
de aguanieve que sacrificará nuestros miembros
para preservar el corazón caliente; y así,
caerá la copa de nuestra temblorosa mano, caeremos
vencidos por la pierna entumecida, tendidos
quedaremos como carámbanos rotos,
para que no se apague nunca la pasión
que late en nuestro centro.
Pero yo requiero más frío. Más frío pido yo
a todos los santos.
Me tiendo en la nieve esperando el relente glacial,
la escarcha puntiaguda, transida del glacial rocío;
vengan a mí las inclemencias, la rigurosa helada que adormece
y apacigua el dolor.

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