lunes, 21 de marzo de 2016

Primavera de Pasión


La primera primavera
olió a sudor joven, a hierba
nueva y nieve cálida,
a desbarajuste de agua,
al esperado tacto, al deseado labio.

La última primavera
olía como el desgarro en la
piel de un niño, remolino
y llanto y viento y brasa,
olía al amoroso cuerpo quemado.

Esta primavera
huele a polvo de alfombra,
lágrima seca, dolor salado.
No es ya una sorpresa.
No es ya flor de cerezo.
Esta primavera
en la que la revolución es desaliento
y la indignación, cansancio,
en la que yo no estoy y estoy tan triste
no es culpa de nadie
que cruce el paraíso arrastrando mi cruz
a latigazos
mientras florecen los pies en el hielo
descalzos.
No es culpa ni siquiera de
la primavera
que la tierra tiemble entre tambores
o lo que es peor, risas
de efímera esperanza.

Es puro y sagrado azar
que esta primavera
vinagre en la boca,
clamor desoído y cuerpo desollado
huelan a jazmín y a sándalo.


domingo, 14 de febrero de 2016

Volver a empezar



Hace unos días se celebró un juicio contra la Federación Estatal de Enseñanza de Comisiones Obreras. La demandante es Elena Fernández, secretaria regional de esta Federación hasta que se la destituyó por medio de una maniobra que no requirió dar explicación pública alguna. Elena defiende sus derechos, especialmente el de su dignidad. La conozco personalmente y doy fe de que, en éste como en otros sentidos, tiene mucho que defender. Pero me siento especialmente involucrada no por una cuestión de amistad, sino porque, si ella es uno de esos seres que te inducen a recuperar la esperanza en el género humano y en el futuro social, el golpe que ha recibido lo siento como un golpe también a esas esperanzas. 

Es también uno de tantos indicadores del fracaso de los sindicatos en un momento, además, en el que tan necesarios resultan. Este tipo de golpes dictatoriales en su funcionamiento, como su absoluta opacidad o el papel bochornoso que han jugado en las Cajas de Ahorros (y no hablo sólo de las tarjetas blak) han sumido a los sindicatos españoles en el descrédito y les están dejando al margen de los movimientos sociales que deberían abanderar.

No es de extrañar. Tras muchos años de honesta y denodada lucha en favor de los derechos de los trabajadores, los sindicatos perdieron los papeles. ¿Recuerdan la canción "Juan sin tierra" de Víctor Jara?. "Mi padre fue peón de hacienda y yo un revolucionario, mis hijos pusieron tienda y mi nieto es funcionario". Pues esa deriva han tenido los sindicatos. Pero han ido más allá, hasta sus orígenes como el sindicalismo corporativista americano, que abogaba por la consecución de mejoras laborales, pero sin cuestionar el sistema político. Y aún más allá: en los años previos a la crisis económica, estas mejoras laborales ya no eran ni siquiera para los trabajadores en general sino para sus clientes en particular, convirtiéndose en poco más que en bufetes de abogados y gabinetes de negociadores laborales, mientras la deslocalización provocaba el renacimiento de la esclavitud y un ejército de desempleados a mayor gloria de la voracidad del capital transnacional.

No fueron capaces o no quisieron enterarse de la explosión de un capitalismo planetario sin frenos que, desde la década de los 90, ha provocado que el 70% de la población mundial sólo tenga el 3,3% de la riqueza del planeta y una superélite del 0,6% acumule casi el 40%, y  de que la globalización -una máquina que, para funcionar, requiere personas cada vez más pobres y más dóciles- se estaba convirtiendo en el denominador común de todos los trabajadores, unidos a su pesar sea cual sea su país y trabajen donde trabajen.

No fueron capaces o no quisieron enterarse de que los ecologistas no eran enemigos sino, por el contrario, aliados, pues la crisis económica va de la mano de la crisis ecológica, dado que tienen el mismo origen: un modelo económico basado en el absurdo ideal del crecimiento sin límites de la productividad y del consumo. 

Si los capitalistas sólo miden el éxito económico en dinero, también los sindicatos han medido de ese modo el éxito social y han seguido y siguen poniendo los cinco sentidos en conseguir aumentos salariales, en lugar de trabajo y calidad de vida para todos, entendida ésta no como mayores ingresos económicos, sino como dignidad personal, cooperación social y conservación de la Naturaleza. Hoy no se trata de ganar más, sino de que todos ganemos lo suficiente; no se trata de no dar un paso atrás, sino de que nadie se quede atrás; como no se trata de demandar más o mayores industrias que consuman las materias primas y la energía del planeta (y la de sus trabajadores), sino de fomentar otros modelos, como la autoproducción. Sin embargo, los sindicatos no sólo no se están enterando, sino que ¿cuántas veces han defendido industrias contaminantes en pro de sus plantillas? Probablemente tantas como a empresarios corruptos; y han alzado muchas veces su voz en contra de la desleal competencia que supone para los trabajadores occidentales las condiciones inhumanas de trabajo en los países periféricos, pero ninguna en favor de esos trabajadores... ¡Es curioso que la globalización haya acabado con el internacionalismo!

Sí, los sindicatos han sido cómplices de este modelo económico basado en el crecimiento que ha alimentado un capitalismo salvaje y depredador, y están quedando al margen de la verdadera revolución pendiente, que es la que lleve al crecimiento intelecutual, a la solidaridad de los pueblos y a la felicidad personal. Porque, como dice Ralston Saul, "hay que repensarlo todo. Hay que volver a empezar". ¿Serán los sindicatos capaces de repensarse y recomenzar? Sin personas como Elena Fernández, no.











miércoles, 20 de enero de 2016

Ubicumque eris, tecum ero


Aquí estás tú
abrazándome con manos de viento
y aquí estoy yo,
rodeada de ti como una isla.
Aquí estás,
cincuenta y siete años después de sentir el primer frío
y el primer abrazo;
veintiocho después de nuestra primera primavera,
mil cuarenta y un días, casi noventa millones de segundos
desde que me diste tu alma y calentaste mi cuerpo
por última vez.
Aquí estoy, alimentada de agua y ceniza,
sola,
mirando tu rastro en el presente para no ahogarme de pasado:
la sombra de las nubes en el agua
y el brillo deslumbrante de las olas...
Aquí estás, donde yo esté, y dondequiera que estés,
estoy contigo.


jueves, 14 de enero de 2016

La historia se repite


Siempre me ha interesado la política, como me ha interesado cualquier aspecto de mi ser social (la familia, el vecindario... en fin, la comunidad), pero mi cercanía profesional a los políticos ha hecho que cada vez valore más la actitud personal frente a la política o, quizá, la necesaria coherencia entre lo uno y lo otro. No creo que sea una deriva propia de la edad, puesto que, al mismo tiempo, me he hecho aún más radical en algunas actitudes ideológicas (como mi intransigencia ante el racismo) y he cambiado algunas ideas (como mi mejor valoración de la democracia real, tras la caída del muro físico e informativo de Berlín). Como José Luis Estrada en "¡A la Plaza!", reivindico, cada vez con mayor convencimiento, la necesidad de volver al humanismo y el librepensamiento.

Esa actitud me ha llevado a trabajar, en ocasiones, en una institución gobernada por partidos que ni me gustaban ni tenían nada en común con mis ideas. Sería fácil -y creo que comprensible por cualquiera- decir que lo hice porque hay que dar de comer a los hijos y nadie puede aspirar al lujo de elegir a su jefe, pero lo cierto es que no lo hubiera hecho si no hubiera confiado en la honestidad de las personas que me ofrecieron ese trabajo. Así, cuando Miguel Hidalgo me ofreció ser su jefa de Gabinete en Villaquilambre, sólo sabía de él que había tenido la decencia de enfrentarse a su partido, el PSOE, para defender los derechos de los ciudadanos de Villaquilambre, que su partido intentaba utilizar como moneda de cambio para un pacto con UPL en el Ayuntamiento de León. Ésa era la actitud que a mí me gustaba y, en los años sucesivos, tuve ocasión de comprobar que, en efecto, además de inteligente y valiente, era un político honesto y digno. Con él nació Civiqus, reivindicando la necesidad de cambiar el funcionamiento de los partidos, de hacer política desde abajo... lo que otros han hecho unos cuantos años después.

Por entonces conocí ya a Carmen Pastor, trabajadora infatigable en el área de Cultura del Ayuntamiento. Llamaba la atención porque era la única que aún quedaba en el Ayuntamiento cuando yo me iba a casa, siempre mucho tiempo después de terminar mi jornada laboral; porque siempre que le pedía algún documento o información, no tardaba ni un minuto en dármela, porque se involucraba personalmente en todo lo que hacía y porque hablaba siempre con sinceridad y sin tapujos a cualquiera. Obviamente, me cayó bien.

Cuando Civiqus decidió pactar con el PP y gobernar Villaquilambre en la pasada legislatura, tuve bastante claro que era un error cometido desde la honestidad política: realmente había el convencimiento de que el municipio, en concreto, como en el país, en general, estaba viviendo una crisis tan profunda que era perentorio actuar en favor de las víctimas de esa crisis y no se podía dejar al PP gobernar en solitario, con ese talante tan suyo de pensar antes en los propietarios de los chalés que en las familias que, de pronto, eran empujadas al infierno de la pobreza o, incluso, la indigencia. Se cumplió el objetivo ético y se pagó el error político. 

Posteriormente, Civiqus volvió a presentarse a las Elecciones, con la generosidad de anteponer a las siglas, el nombre o cualquier símbolo, la necesidad de unidad para poder llevar a cabo su programa electoral. Los demás partidos progresistas no quisieron esa unidad, en tanto unos señores de un partido llamado Ciudadanos se ofrecieron a ella con gran insistencia; ese partido era tan poco conocido que no había mucho que esgrimir a su favor, pero tampoco en su contra. Creo que la decisión finalmente tomada no gustó a casi nadie, pero fue secundada por casi todos, básicamente por el convencimiento de que la unión hace la fuerza y de que había que apoyar y que apoyarse en formaciones que habían surgido, como nosotros, de la voluntad de acabar con el bipartidismo y regenerar la democracia. Por lo que a mí respecta, mi único motivo fue apoyar a Carmen Pastor, candidata a alcaldesa y, en mi opinión, la mejor alcaldesa posible. 

Aunque fui parte de la creación de Civiqus y José Luis su ideólogo, él dio por acabado ese movimiento hace ya años, pero yo sólo he tomado cierta distancia a partir de las últimas Elecciones Municipales; y digo cierta, porque sigo teniendo confianza en lo que Civiqus representó y representa y, sobre todo, en Carmen Pastor, de la que sólo puedo decir que no me extraña que le haya pasado lo mismo que, en su momento, le sucedió a Miguel Hidalgo. 

Todos los partidos tienen escrito con letras de oro en su estrategia que sus líderes han de presentarse siempre al público como triunfadores o posibles triunfadores; que la victoria es el objetivo, que están para ganar... Será una manía personal, pero siempre me he considerado una perdedora y sentido cercana a los que pierden. Desde luego, se trata de conceptos -ganar y perder- muy subjetivos, porque gana el que cumple los requisitos para ello y, en política, créanme, a menudo esos requisitos son viles, de modo que los que ganan hacen que los demás -los ciudadanos a los que representan- pierdan. Como dice Eduardo Aguirre en su espléndido último trabajo, "El cosmos de piedra", no hay buen gobierno sin bondad; procuremos estar, en política como en nuestra vida cotidiana, con las buenas personas, y a los otros, los que ganan sin serlo, pues ojalá algún día, como dijo Sabina en una canción (yo soy así de ecléctica en mis citas), la cumbre se les clave en el culo.




domingo, 15 de marzo de 2015

Hace tres años





Demasiado alto
para tantas mezquinas pasiones e ideas pequeñas.
Demasiado alto para la vida y para el féretro.
Demasiado profundo para nadar en la charca
en la que aúllan peces barbudos y caimanes insomnes.
Demasiada primavera
en las manos de pan caliente.
Te esperaban las nogales,
ansiosas sus raíces de beber tus cenizas
junto al lago;
sus ramas, de abrazar tu espíritu libre
y liberar el espíritu del agua.
Y sí, era primavera, pero
mientras tú ardías
sobrevino un silencio de nieve.
Se rompió el espejo
en el que yo me veía tal como deseo ser.
Se acabaron mis muchas vidas
para empezar el sinvivir que precede a la muerte.
Sentada en el banco helado.
Hoy hace tres años
y voy a escuchar a Mike Oldfield todo el día,
hoy voy a leer tus cartas de amor,
hoy voy a mirar tus fotos y a recorrer
todo tu cuerpo con los ojos doloridos y la sonrisa empapada.
Y desearé morir
si es lo necesario para volver a estar contigo.
Y desearé vivir
si es lo preciso para no perderte del todo.



viernes, 27 de febrero de 2015

El político infiltrado


Hace poco vi un programa de televisión con mi hija (sí, las cosas que una tiene que hacer por sus hijos superan a veces lo imaginable). Se llamaba "El jefe infiltrado" y va de un empresario que, disfrazado convenientemente, pasa unas jornadas trabajando en su propia empresa, no se sabe muy bien si para controlar "in situ" los procesos de producción o, simplemente, espiar a sus trabajadores. Todo acababa bien: les hace unos regalos a sus avergonzados operarios y él vuelve a su vida, mejor que la de ellos, sin duda alguna. Me pareció una idea estupenda, pero para aplicar a muchos de los políticos españoles, sobre todo después de oír el discurso del presidente en el debate del estado de la nación, en el que se esforzó sin rubor ni piedad en que creyéramos que el país va mejor sólo porque a algunos (a quienes nunca les fue mal) les va mejor. Definitivamente, dio la impresión de que la profunda brecha de desigualdad abierta en España ha consolidado dos países incapaces de verse cara a cara y algunos políticos se han acomodado en la España cómoda (valga la redundancia), en la que siempre han vivido. No quieren entender que un país o comunidad cualquiera es un único ente y que sólo prospera si lo hacen todos a una, no unos a costa de otros.



No, no soy partidaria de que los políticos trabajen sin un buen sueldo, pues no creo que la política deba dejarse en manos de los ricos, que son los únicos que podrían hacerlo, pero, además de revisar muchos sueldos ciertamente desmesurados, no hay nada como experimentar en carne propia la realidad ajena. Propongo un programa, "El político infiltrado" que, por un tiempo o a perpetuidad, permita, por ejemplo, a Ana Botella, vivir de lo que saque cantando en el metro; a los alcaldes de Valladolid y Barcelona, ser mendigos en sus ciudades; a Fátima Báñez, un poco de lo que ella llama "movilidad exterior" sobreviviendo en Alemania como friegaplatos en una hamburguesería; a Arias Cañete, desde luego, le tocaría trabajar de camarero en una tasca; a la diputada Andrea Fabra, en una oficina del paro, en la que tenga que conocer en persona a algunos de los más de cuatro millones y medio de desempleados, sus sueños rotos y sus vidas invisibles; a Rita Barberá, Camps, Zaplana y demás ralea, les enviaría a trabajar de peones a una fábrica de Louis Vuitton, pero de las que tiene en La India; a Cospedal, de víctima de desahucio, lo que le vendría muy bien para hacer dieta, dado que se dice convencida de que los españoles dejan de comer antes que incumplir sus deberes religiosos para con los dioses banqueros; a Rafael Hernando, ése que se burla de quienes buscan a sus parientes asesinados y enterrados en fosas comunes, de sepulturero; a Esperanza Aguirre, de policía de tráfico; a Aznar lo enviaría a practicar el inglés a Estados Unidos, concretamente de inmigrante ilegal trabajando en el servicio doméstico. A Rato... Bueno, a Rato lo infiltraría en una prisión de máxima seguridad en calidad de preso, como a tantos otros; y a Rajoy, de escapar a esta alternativa, sencillamente a vivir del sueldo mínimo en el trabajo y distrito que prefiera.


martes, 17 de febrero de 2015

El liderazgo de los Gargantúas


Restaurantes, vino, ropa, joyas, hoteles de lujo, juergas nocturnas y más y más restaurantes… En eso se gastaban los “cajeros” con tarjeta black el dinero de los grandes, medianos, pequeños y pequeñísimos ahorradores. Los delegados de banca de Comisiones Obreras, liberados del sindicato y con sueldos medios de sus entidades de 45.000 euros, recibían sobresueldos que se gastaban en exactamente lo mismo: comilonas en marisquerías, asadores… hasta tres comidas por semana y dirigente en restaurantes que superan los cincuenta euros por comensal.

Obviamente, lo escandaloso de esta noticia es el fraude que suponen estas personas, cuyo cometido es defender los derechos de los trabajadores en un sector que perdió más de 30.000 empleos mientras ellos se reunían a mesa puesta, y el hecho de que tales sobresueldos (3,7 millones entre 2008 y 2012) se debieran a donaciones de los propios bancos, empezando por las Cajas de Ahorro que, cuando no han desaparecido, lo han hecho a costa del dinero de todos, incluidos los que nunca han sido sus clientes, incluidos los que no lo tienen… ah, y de donaciones de la patronal.

Pero lo que me llama poderosamente la atención es que Blesa y el sindicalista Benito Gutiérrez, por poner dos ejemplos, tengan los mismos gustos y que, en ningún caso, ese dinero ilegítimamente gastado lo fuera en libros, visitas a museos, viajes culturales… por no hablar de algún acto filantrópico. Sus gastos no sólo reflejan su catadura moral, sino la ignorancia y zafiedad que la acompañan y que iguala a políticos corruptos, banqueros, empresarios y sindicalistas.

No se trata sólo de la náusea que causa su vulgaridad, sino de la inquietud que provoca su ignorancia. Serán (los que lo sean) especialistas en lo que sea, pero son profundamente incultos. No es de extrañar que se afanen tanto en elaborar jergas incomprensibles para dar la impresión de que su trabajo es extraordinariamente complejo, como no son de extrañar los resultados. Grandes empresas ensalzadas como triunfadoras modélicas cuyos directivos eran encumbrados por su preparación e inteligencia, han protagonizado quiebras de cientos de miles de millones. Recordemos la primera, la de Lehman Brothers, que fue de 639.000 millones de euros, más del doble que toda la deuda de Grecia; y recordemos además que el día anterior a su hundimiento, ese banco de inversión había recibido la calificación, por parte de las todopoderosas agencias de Rating (los inquisidores del neoliberalismo) de triple A, es decir, seguridad absoluta, como ya había ocurrido con Enrom, los bancos islandeses o Madoff. Y es que los dueños del mundo (Goldman Sachs, Warren Buffet, Hearst…) son meros tragones que saben más de angulas y nécoras que de economía.

¿Que Rato, presidiendo el Fondo Monetario Internacional, no se enteró de la brutal crisis financiera que estaba a punto de estallar? ¿Qué el banco frente al que le pusieron, hecho con el dinero de todos, pues procedía de la fusión de las cajas, fue un desastre que sólo sirvió para que una pandilla de tramposos se hicieran aún más ricos? ¿Qué para salir a Bolsa ha tenido también que falsear los verdaderos datos? ¡Cómo extrañarse!

Sostengo que el mundo está gobernado por una panda de ignorantes. Y no me refiero a los políticos… que también. Éstos, al fin, no son sino el reflejo de los otros y, de hecho, sus corruptelas son también la sombra de la intrínseca corrupción de quienes han creado el presente modelo económico; de los grandes economistas que ni previeron la crisis ni han sabido aportar soluciones; de los altísimos directivos con un montón de másters que no saben más que jugar con el dinero ajeno; de los grandes empresarios que sólo saben ganar dinero a costa de rescates públicos o esclavizando a sus trabajadores (cuando no, directamente, utilizando mano de obra esclava en La India o China… ¡qué gran talento hay que tener para eso!). ¿Qué clase de dirigentes económicos tenemos y cómo esperamos que sean los dirigentes políticos si se pasan el día haciendo la digestión y la noche de putas?


Lo peor es que los medios de comunicación sigan encumbrándoles. Constantemente veo artículos sobre “las mujeres más ricas”, “los multimillonarios más jóvenes”, etcétera; historias de multimillonarios que se exhiben como modelos sociales; y lo son, al menos para los políticos, que emulan su forma de vivir a golpe de tarjeta (sí, dinero virtual) con la que pagan restaurantes, alquileres, el servicio doméstico, el colegio de los niños, las vacaciones y, en el caso de uno de los dirigentes de CC.OO., hasta las multas de tráfico. ¿Cuántos grandes empresarios saben lo que cuesta un billete de metro o la cesta de la compra? Ellos han creado un sistema económico que ignora la economía real, un sistema por el que uno se puede convertir en millonario especulando, sin ver ni un billete... ni el rostro de quienes morirán de hambre por su causa. Si su éxito sigue siendo el paradigma social, ¿cómo no van a perder los políticos el contacto con la realidad y con los ciudadanos que les votan? 



sábado, 6 de septiembre de 2014

Sí, la vida vuela



Se cumple otro año viva, sobrevolada de cigüeñas, bajo
las formas fetales de las nubes,
salpicada de pequeños pétalos blancos.
Otro año, por llamarlo de algún modo,
desde que una paloma chocó con mi pecho
y ambos murieron
en apenas un golpe de abanico.
Mi sombra se desdobla y ví y veo
el poder del reverso tenebroso.
Se cierne sobre mí una tormenta muda.
No os encariñéis, no me améis demasiado.
Me esperan.
Me hará de guía la muerte
que inclina un año más la balanza,

con las piernas cruzadas, con el gesto impaciente.


















Mi vida se desliza de sauce en sauce
y de ti en ti.
Entre todos, vivos y muertos,
yo te elijo,
te vuelvo a elegir.
Mi vida y tu muerte se deslizan
de sauce en cielo.
Mi vida y mi muerte
van parejas
como tú y yo
por parajes arbolados
de rama en nube,
de la nube al vacío
y se derrama
de cielo en cisne, de sauce en sauce.


Voy a gritar que te amo,
voy a gritarlo de
fuera adentro
y de dentro afuera.
Voy a gritar,
amor,
tan fuerte
que rompa el muro
entre la vida y la muerte.


Sí, todo.
De lo mínimo a lo absoluto.
Sólo un gesto: la sonrisa
con la que 
tiernamente 
recogías los secretos
que nunca habría de contarte.
Todo un gesto:
quedarte conmigo
aún
después de muerto.





jueves, 12 de junio de 2014

No pudimos, pero podemos



Hay otra forma de hacer política. Lo supimos. Lo intentamos. En las pasadas Elecciones Municipales, José Luis Estrada, que llevaba años vaticinando, primero el estallido de la burbuja de la construcción, después la financiera y, finalmente, la de la democracia a manos del neoliberalismo, creyó imperioso dar el paso, salir a la plaza a proponer soluciones para reinventar una democracia real. Me animó a entrar en una candidatura tras Miguel Hidalgo, un político que entendía todo eso y que había ya demostrado una gran capacidad de trabajo y de liderazgo honesto. Tras las siglas de Civiqus (que en su momento elegimos porque aunaban el civismo que reivindicábamos, la consideración de ciudadanos frente a la de clientes o meros votantes, y un cierto aire romano, pues el partido se formó en Villaquilambre, en plena campaña municipal reivindicando la Villa Romana, como símbolo de la cultura menospreciada y hurtada a la población) nos presentamos en León con un lema, "¡Abran paso!" con el que queríamos "jubilar" a los poderes fácticos de siempre, encabezados por Isabel Carrasco y Paco Fernández, y abrir la puerta a una alternativa ciudadana de gobierno, con gente de la calle, como la que integraba nuestra candidatura: una periodista en paro, una joven con un contrato basura, un médico de la Seguridad Social, una laboral de la Administración... José Luis lo definió como el partido de las víctimas de la crisis y contra la corrupción. Era una definición no ideológica, pero sí con un ideario que se plasmó en un programa, una estrategia y una filosofía.

El programa está ahora en Podemos, aunque el de Civiqus iba algo más allá, al presentarse, no como una lista de promesas o meros propósitos, sino como un contrato que todos los candidatos firmamos. Bajo los epígrafes "Exigir responsabilidades", "Recuperar el control público", "Proteger a los afectados por la crisis", "Premiar el esfuerzo y el trabajo", "Reprimir la riqueza y el despilfarro", "Recuperar sueños y dar oportunidades", "Evitar que se repitan los errores pasados", "Que los ciudadanos controlen y dirijan", se plasmaban todos los compromisos de gobierno concretos que asumíamos, entre ellos una declaración pública y publicada de bienes e intereses patrimoniales, cambios concretos en el Plan de Urbanismo; restringir al máximo los consorcios, fundaciones y demás chiringuitos para camuflar el dinero público, las relaciones con el área metropolitana, medidas contra los desahucios y en favor de autónomos y pequeños empresarios, eliminar la duplicidad de cargos y competencias, medidas concretas para fomentar la agricultura y la energía ecológicas, presupuestos participativos, la retirada de los políticos de la gestión directa de los servicios... para terminar con un sistema de evaluación popular de la labor de los políticos para que los ciudadanos puedan pedirles responsabilidades por el cumplimiento o incumplimiento de dicho contrato.



La estrategia la diseñó José Luis en lo que llamó su "cuaderno de guerrillas", en el que anotó con precisión el por qué y para qué de la candidatura y cada detalle de la campaña, con ideas que aún estábamos lejos de pensar que iban a eclosionar en el Toma la Calle, tales como: "nos han robado el futuro, infundido el miedo a la pobreza, matado la ilusión"; nos presentamos porque "los causantes de la crisis, banqueros y constructores, no están en la cárcel", "hay que hacer un asalto al poder con la democracia por bandera", "La solución son las personas, el espíritu, la ilusión, la esperanza", "Los ciudadanos tienen que rebelarse y tomar el control", "La mayoría tiene que dejar de ser silenciosa y abrirse paso". La campaña incluía, por cierto, un foro público en la plaza de San Isidoro recordando las primeras Cortes Leonesas, recuperando ese espacio como lugar de debate abierto.

La filosofía se plasmó en un manifiesto, "¡A la plaza! Panfleto para jóvenes sin futuro y adultos mal aparcados por la crisis", que inútilmente intentamos que leyeran, debatieran y asumieron los indignados que acampaban en Botines y que, en ese momento, preferían el camino de la abstención. Entusiasmados con el movimiento 15-M, al que quisimos dar forma antes de que éste existiera o, al menos, se diera a conocer públicamente, nos sentimos como una audaz barca que se adentra en el sucio y tenebroso mar de la política con el mapa del tesoro como bandera y, en lugar de servir de guía, es arrollada por la marea de "los nuestros".

Creo que nos pasaron por encima porque no nos vieron, puede que porque los medios de comunicación de León nos volvieron la espalda con desdeñosa actitud de menosprecio. Hoy pienso que tampoco nos vieron porque íbamos demasiado por delante. Tres años han hecho falta para que ese fértil e ilusionante movimiento haya decidido intentar cambiar las cosas, no sólo (que también) asaltando calles y plazas, sino asaltando las instituciones, jubilando a los políticos corruptos y a los honestos pero cobardes, porque los dos caminos son uno y necesarios para tomar las riendas del mundo que habitamos y reinventar el futuro. Ahora, sí, podemos.