sábado, 16 de mayo de 2026

15 años después, cuando la indignación se ha convertido en rabia

 



Hace quince años José Luis Estrada y yo volvimos a ser jóvenes. Si cuando tenía

trece años fue para mí una revelación leer “El manifiesto comunista” de Karl Marx,

cuarenta años después de evolución personal e ideológica, tuve otra revelación a través

de un libro, “La civilización inconsciente” de John Ralston Saul. Al primer libro accedí

a través de mis hermanos, entonces universitarios progresistas; a éste, a través de José

Luis, que lo convirtió –junto con “Los bastardos de Voltaire”, del mismo autor- en su

libro de cabecera y le abrió un apetito insaciable por la política económica. Por entonces

trabajábamos en Diario 16 Burgos, el periódico que él dirigía, y empezó a escribir

artículos alertando de los peligros de la economía especulativa y el neoliberalismo, y

vaticinando una crisis económica que haría palidecer a la de 1929.

Ya en León, cuando estalló la crisis de 2008 se puso a escribir un libro (él lo

llamaba panfleto), “¡A la plaza!”, en la que desentrañaba la actuación de los Mercados

que, en su opinión, estaban secuestrando la democracia y ponían en riesgo de desparecer

instituciones como la Unión Europea; denunciaba el papel de las Escuelas de Negocios,

que habían convertido el sistema financiero mundial en un casino, y el corporativismo

que había invadido la política y la había puesto a su servicio, desprestigiando a los

políticos y haciendo el trabajo sucio a la ultraderecha, cuyo ascenso Estrada analizaba

minuciosamente, tanto en Europa como en América.

En ese panfleto, José Luis lanzaba algunas propuestas al debate público y un

llamamiento para crear un movimiento de rescate de la democracia, y en ello estaba

cuando empezamos a ver esos carteles en blanco y negro que llamaban a una

movilización el 15-M y a la que nos unimos inmediatamente.

Lamentablemente, José Luis iba un paso por delante. En ese momento, muchos

de los reunidos en la plaza –la del Sol en Madrid, la de Botines en León- abogaban por

soslayar las instituciones y mantenerse al margen de las Elecciones. Nosotros

pensábamos que reinventar una democracia real pasaba por participar activamente en

ella; que renunciar a ser votantes y votados era resignarse a que a los ciudadanos se nos

tratara como meros clientes. José Luis me animó entonces a entrar en la candidatura de

un partido que, inicialmente, se había formado en Villaquilambre con mi propia

participación y que podía abrir la puerta a una alternativa ciudadana a los poderes

fácticos de siempre –representados en León por Isabel Carrasco y Paco Fernández-, lo

que José Luis llamó “el partido de las víctimas de la crisis y contra la corrupción”. Era

una definición no ideológica, pero sí con un ideario que se plasmó en un programa, una

estrategia y una filosofía contenida en su obra “¡A la plaza. Panfleto para jóvenes sin

futuro y adultos mal aparcados por la crisis”.

Ese partido, con vocación local, no obtuvo ningún éxito, pero sus propuestas

coincidieron en buena parte con Podemos, un partido con el que nos sentimos afines en

esos momentos, aunque su deriva ha sufrido los mismos avatares que aquejan

históricamente a la izquierda: la división y subdivisión sin límite.


Actualmente, sigo pensando en el 15-M como un movimiento crucial, no sólo

por sus repercusiones en España sino también fuera del país. Aún recuerdo, cuando

vivía en Malta –donde me trasladé tras la muerte de José Luis y de mi madre intentando

recomponerme y recomponer mi familia- una colección de ratones de ordenador que

vendían en el principal centro comercial de la isla; cada uno tenía la bandera de un país

europeo y un lema que lo caracterizaba, como “Viva la pizza” en el italiano o “Vive

l’amour” en el francés, y en el español ponía “Podemos”.


No obstante, en mi opinión –y como conclusión- lo único que queda de ese

movimiento es el temor a una ciudadanía que ha sustituido la indignación por la

rabia –y la indignación sabe dónde quiere ir en tanto la rabia es ciega- y la

necesidad, cada vez más imperiosa, de unidad en torno a las ideas básicas de los

demócratas progresistas. La muerte de las ideologías no esconde el hecho de que

siempre ha habido y hay dos caminos, tanto en lo personal como en lo político: el

que conduce hacia los demás y el que conduce hacia uno mismo, es decir, el camino

hacia el interés privado o el camino hacia el interés público y la solidaridad, y crei

que éste sigue siendo, por suerte y en el fondo, mayoritario, pero desactivado por

las divisiones en torno a cuestiones de menor importancia y por la frustración.



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