Hace quince años José Luis Estrada y yo volvimos a ser jóvenes. Si cuando tenía
trece años fue para mí una revelación leer “El manifiesto comunista” de Karl Marx,
cuarenta años después de evolución personal e ideológica, tuve otra revelación a través
de un libro, “La civilización inconsciente” de John Ralston Saul. Al primer libro accedí
a través de mis hermanos, entonces universitarios progresistas; a éste, a través de José
Luis, que lo convirtió –junto con “Los bastardos de Voltaire”, del mismo autor- en su
libro de cabecera y le abrió un apetito insaciable por la política económica. Por entonces
trabajábamos en Diario 16 Burgos, el periódico que él dirigía, y empezó a escribir
artículos alertando de los peligros de la economía especulativa y el neoliberalismo, y
vaticinando una crisis económica que haría palidecer a la de 1929.
Ya en León, cuando estalló la crisis de 2008 se puso a escribir un libro (él lo
llamaba panfleto), “¡A la plaza!”, en la que desentrañaba la actuación de los Mercados
que, en su opinión, estaban secuestrando la democracia y ponían en riesgo de desparecer
instituciones como la Unión Europea; denunciaba el papel de las Escuelas de Negocios,
que habían convertido el sistema financiero mundial en un casino, y el corporativismo
que había invadido la política y la había puesto a su servicio, desprestigiando a los
políticos y haciendo el trabajo sucio a la ultraderecha, cuyo ascenso Estrada analizaba
minuciosamente, tanto en Europa como en América.
En ese panfleto, José Luis lanzaba algunas propuestas al debate público y un
llamamiento para crear un movimiento de rescate de la democracia, y en ello estaba
cuando empezamos a ver esos carteles en blanco y negro que llamaban a una
movilización el 15-M y a la que nos unimos inmediatamente.
Lamentablemente, José Luis iba un paso por delante. En ese momento, muchos
de los reunidos en la plaza –la del Sol en Madrid, la de Botines en León- abogaban por
soslayar las instituciones y mantenerse al margen de las Elecciones. Nosotros
pensábamos que reinventar una democracia real pasaba por participar activamente en
ella; que renunciar a ser votantes y votados era resignarse a que a los ciudadanos se nos
tratara como meros clientes. José Luis me animó entonces a entrar en la candidatura de
un partido que, inicialmente, se había formado en Villaquilambre con mi propia
participación y que podía abrir la puerta a una alternativa ciudadana a los poderes
fácticos de siempre –representados en León por Isabel Carrasco y Paco Fernández-, lo
que José Luis llamó “el partido de las víctimas de la crisis y contra la corrupción”. Era
una definición no ideológica, pero sí con un ideario que se plasmó en un programa, una
estrategia y una filosofía contenida en su obra “¡A la plaza. Panfleto para jóvenes sin
futuro y adultos mal aparcados por la crisis”.
Ese partido, con vocación local, no obtuvo ningún éxito, pero sus propuestas
coincidieron en buena parte con Podemos, un partido con el que nos sentimos afines en
esos momentos, aunque su deriva ha sufrido los mismos avatares que aquejan
históricamente a la izquierda: la división y subdivisión sin límite.
Actualmente, sigo pensando en el 15-M como un movimiento crucial, no sólo
por sus repercusiones en España sino también fuera del país. Aún recuerdo, cuando
vivía en Malta –donde me trasladé tras la muerte de José Luis y de mi madre intentando
recomponerme y recomponer mi familia- una colección de ratones de ordenador que
vendían en el principal centro comercial de la isla; cada uno tenía la bandera de un país
europeo y un lema que lo caracterizaba, como “Viva la pizza” en el italiano o “Vive
l’amour” en el francés, y en el español ponía “Podemos”.
No obstante, en mi opinión –y como conclusión- lo único que queda de ese
movimiento es el temor a una ciudadanía que ha sustituido la indignación por la
rabia –y la indignación sabe dónde quiere ir en tanto la rabia es ciega- y la
necesidad, cada vez más imperiosa, de unidad en torno a las ideas básicas de los
demócratas progresistas. La muerte de las ideologías no esconde el hecho de que
siempre ha habido y hay dos caminos, tanto en lo personal como en lo político: el
que conduce hacia los demás y el que conduce hacia uno mismo, es decir, el camino
hacia el interés privado o el camino hacia el interés público y la solidaridad, y crei
que éste sigue siendo, por suerte y en el fondo, mayoritario, pero desactivado por
las divisiones en torno a cuestiones de menor importancia y por la frustración.




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