miércoles, 8 de julio de 2026

La decadencia del Imperio

 

Ciertamente, los imperios caen, pero lo curioso es que quienes los hacen caer utilizan la decadencia que ellos mismos provocan para justificar y afianzarse en su poder. Quizá el proceso de decadencia más estudiado ha sido el del poderosísimo Imperio Romano, que, por cierto, les encanta a dictadores y populistas aunque a menudo demuestren saber muy poco de él. Fascinó a Carlos I, Mussolini o Reagan y también Elon Musk ha compartido memes comparando Estados Unidos con el Imperio Romano. Les gusta el Imperio, les gusta anunciar su decadencia y les gusta presentarse como sus salvadores. Ya en su época, lo hicieron los Gracos, Catón el Viejo y Mario y Sila, que convirtieron los años finales de la República en una orgía de sangre, dando paso a Augusto, que transformó Roma en su cortijo. Trump hace lo mismo con el mensaje de todo está en decadencia –la ONU, Europa, la OTAN, la democracia, el laicismo…- y he venido a reformar esas antiguallas ya inservibles para salvar el Imperio. La cuestión es que ya sabemos cómo terminó todo y podemos vaticinar cómo acabará esto.

El historiador norteamericano Edward J. Watts, en su apasionante obra “La decadencia y caída de Roma. La clave para entender el mundo de hoy”, no en vano empieza mencionando a Trump y Abascal –España se rompe, nos gobierna un dictador comunista, el país vive en el caos, pronto seremos todos musulmanes…- como ejemplos políticos que hoy utilizan la idea de decadencia para presentarse como la única medicina posible ante los supuestos males.

El libro recorre desde el inicio de la República romana hasta la caída del imperio romano de Oriente en un detallado y exhaustivo recorrido histórico que va desvelando, junto con los hechos, los resortes del poder y el uso de la propaganda para generar un estado de opinión que justifique un cambio en el poder. Él resume la decadencia y caída de Roma en tres factores: la retórica de la decadencia, la promesa de renovación y la identificación de los inmigrantes como culpables de todos los males.

La amenaza exterior es una fórmula siempre eficaz. De hecho, aún se estudia en los libros de texto que la principal causa del fin del Imperio Romano fueron las invasiones bárbaras, cuando historiadores como Mary Beard muestran que las principales razones del colapso fueron internas. De hecho, los invasores promovieron desde la poesía en latín al Derecho. Y no fueron los bárbaros los sucesores del Imperio Romano, sino los cristianos, que también terminaron imponiéndose por la fuerza –Constantino llegó al poder con una guerra civil- e imitaron el modelo a derribar, creando, en palabras de esta historiadora, “un imperio que ya no es de dominación política, sino de la mente y, por tanto, un imperio sin límites”.


Imagino que Trump aspira a ser Constantino. Al menos, el gran proyecto urbanístico para la nueva Roma a la que puso su nombre –Constantinopla- y que presidía una gigantesca estatua suya, recuerdan el escandaloso proyecto para Gaza. Aunque, en su lado más grotesco, también se parece un poco a Heliogábalo, por sus ostentosos banquetes, su pérfido sentido del humor y seguramente Trump no desdeñaría la afición de ese emperador a ser transportado por mujeres desnudas.

Andrés Bello aporta un matiz: no son los datos fehacientes, sino los relatos emocionales y los narradores convincentes los que hacen que la gente pueda sentir esa decadencia aunque no pueda verla ni constatarla, así como la necesaria renovación, aunque sea imaginaria.

Pero Watts es optimista: “Yo tengo la esperanza de que podamos utilizar el ejemplo de Roma para elaborar un relato diferente que, más que sembrar la división, fomente la cohesión ante todos los graves desafíos sociales, económicos y personales que ahora tenemos por delante”. Roma resistió y creció cuando se dedicaron a reparar lo roto o desgastado, no a destruirlo; cuando, sobre todo durante los siglos II y III, los ciudadanos eran colaboradores, no víctimas, y en lugar de derribar la sociedad, fortalecieron su salud y su vitalidad. La receta es que cuando realmente llega la decadencia, hay que centrar la retórica en una restauración colaborativa -mejorar el funcionamiento de la ONU y del Parlamento Europeo, hacer más transparentes las instituciones democráticas, mejorar el Estado autonómico y/o la Constitución, solucionar los problemas agrarios y medioambientales…- porque si la respuesta es destruir para que un iluminado nos salve, el resultado es el incendio.

 

 


sábado, 16 de mayo de 2026

15 años después, cuando la indignación se ha convertido en rabia

 



Hace quince años José Luis Estrada y yo volvimos a ser jóvenes. Si cuando tenía

trece años fue para mí una revelación leer “El manifiesto comunista” de Karl Marx,

cuarenta años después de evolución personal e ideológica, tuve otra revelación a través

de un libro, “La civilización inconsciente” de John Ralston Saul. Al primer libro accedí

a través de mis hermanos, entonces universitarios progresistas; a éste, a través de José

Luis, que lo convirtió –junto con “Los bastardos de Voltaire”, del mismo autor- en su

libro de cabecera y le abrió un apetito insaciable por la política económica. Por entonces

trabajábamos en Diario 16 Burgos, el periódico que él dirigía, y empezó a escribir

artículos alertando de los peligros de la economía especulativa y el neoliberalismo, y

vaticinando una crisis económica que haría palidecer a la de 1929.

Ya en León, cuando estalló la crisis de 2008 se puso a escribir un libro (él lo

llamaba panfleto), “¡A la plaza!”, en la que desentrañaba la actuación de los Mercados

que, en su opinión, estaban secuestrando la democracia y ponían en riesgo de desparecer

instituciones como la Unión Europea; denunciaba el papel de las Escuelas de Negocios,

que habían convertido el sistema financiero mundial en un casino, y el corporativismo

que había invadido la política y la había puesto a su servicio, desprestigiando a los

políticos y haciendo el trabajo sucio a la ultraderecha, cuyo ascenso Estrada analizaba

minuciosamente, tanto en Europa como en América.

En ese panfleto, José Luis lanzaba algunas propuestas al debate público y un

llamamiento para crear un movimiento de rescate de la democracia, y en ello estaba

cuando empezamos a ver esos carteles en blanco y negro que llamaban a una

movilización el 15-M y a la que nos unimos inmediatamente.

Lamentablemente, José Luis iba un paso por delante. En ese momento, muchos

de los reunidos en la plaza –la del Sol en Madrid, la de Botines en León- abogaban por

soslayar las instituciones y mantenerse al margen de las Elecciones. Nosotros

pensábamos que reinventar una democracia real pasaba por participar activamente en

ella; que renunciar a ser votantes y votados era resignarse a que a los ciudadanos se nos

tratara como meros clientes. José Luis me animó entonces a entrar en la candidatura de

un partido que, inicialmente, se había formado en Villaquilambre con mi propia

participación y que podía abrir la puerta a una alternativa ciudadana a los poderes

fácticos de siempre –representados en León por Isabel Carrasco y Paco Fernández-, lo

que José Luis llamó “el partido de las víctimas de la crisis y contra la corrupción”. Era

una definición no ideológica, pero sí con un ideario que se plasmó en un programa, una

estrategia y una filosofía contenida en su obra “¡A la plaza. Panfleto para jóvenes sin

futuro y adultos mal aparcados por la crisis”.

Ese partido, con vocación local, no obtuvo ningún éxito, pero sus propuestas

coincidieron en buena parte con Podemos, un partido con el que nos sentimos afines en

esos momentos, aunque su deriva ha sufrido los mismos avatares que aquejan

históricamente a la izquierda: la división y subdivisión sin límite.


Actualmente, sigo pensando en el 15-M como un movimiento crucial, no sólo

por sus repercusiones en España sino también fuera del país. Aún recuerdo, cuando

vivía en Malta –donde me trasladé tras la muerte de José Luis y de mi madre intentando

recomponerme y recomponer mi familia- una colección de ratones de ordenador que

vendían en el principal centro comercial de la isla; cada uno tenía la bandera de un país

europeo y un lema que lo caracterizaba, como “Viva la pizza” en el italiano o “Vive

l’amour” en el francés, y en el español ponía “Podemos”.


No obstante, en mi opinión –y como conclusión- lo único que queda de ese

movimiento es el temor a una ciudadanía que ha sustituido la indignación por la

rabia –y la indignación sabe dónde quiere ir en tanto la rabia es ciega- y la

necesidad, cada vez más imperiosa, de unidad en torno a las ideas básicas de los

demócratas progresistas. La muerte de las ideologías no esconde el hecho de que

siempre ha habido y hay dos caminos, tanto en lo personal como en lo político: el

que conduce hacia los demás y el que conduce hacia uno mismo, es decir, el camino

hacia el interés privado o el camino hacia el interés público y la solidaridad, y crei

que éste sigue siendo, por suerte y en el fondo, mayoritario, pero desactivado por

las divisiones en torno a cuestiones de menor importancia y por la frustración.



viernes, 6 de marzo de 2026

Patriotas vs lameculos





Vivimos malos tiempos para la coherencia. Cuando yo era joven, era importante. “Hay que ser consecuente” era una frase muy repetida y asumida hasta su deformación porque se utilizaba para reproches absurdos, como “los que somos de izquierda no podemos llevar ropa cara” o “los ecologistas tenemos que ir en bici”. Había gente que exigía ser consecuente hasta sus últimas consecuencias… si se me permite el juego de palabras. Ahora también se utiliza, pero no como exigencia de quienes piensan parecido a ti sino como auto justificación de quienes piensan lo contrario; por ejemplo, los partidarios de “consume y contamina cuanto puedas” le reprochan a Greta Thunberg que no viva como una eremita. En todo caso, se le está dando tan poco valor a esta cualidad, que se exhibe su ausencia sin el menor sonrojo. 

En todas las intervenciones y apariciones de los líderes ultras aparecen tres principios claramente definidos: la virilidad, el patriotismo y la religión. No comparto ninguno de ellos, pero sí esperaría algo de coherencia en sus defensores. Y he aquí que el Aznar-Cid Campeador y el Abascal-soldado de los Tercios se dedican a lamer el culo (no hago sino utilizar las palabras textuales de Trump) de un presidente que ataca constantemente a España y a los países hispanoamericanos –incluso ha dicho que el personaje histórico al que más admira es a Mac Kinley, el que “robó” a España sus últimas colonias-, en tanto su gran enemigo, el presidente español, muestra una impresionante valentía al oponerse al villano macarra que está incendiando el mundo y arrasando leyes y derechos y reivindicando la soberanía sobre nuestro territorio, incluida Rota. Respecto al patriotismo… están dejando claro que los intereses de España, amenazados por la política de Trump y por las consecuencias de las guerras que provoca o alienta (el robo del petróleo de Venezuela, los aranceles, el bloqueo del estrecho de Ormuz…) les dan igual. Es más, tienen la desfachatez de erigirse en líderes de los campesinos a pesar de que el cambio climático que ellos niegan es el causante de que se les inunden los campos o que haya cientos de pueblos que ya no tienen agua potable. Y respecto a la religión, es imposible saber cuál es la que profesan, pues no les gustaba el Papa Francisco y tampoco les gusta el actual, pero aún menos el mensaje de Jesús sobre el que se fundó la religión católica, un mensaje de amor, paz, hermandad y tolerancia: ¡con quienes se confiesa esta gente que aprueba la matanza de inocentes, el bombardeo de escuelas y hospitales, el exterminio de niños! De todos modos, la civilización occidental que defienden frente a la posible influencia de los musulmanes, no tiene nada que ver con la religión católica, que surgió en Oriente en el seno del pueblo judío, sino con la democracia, que ellos menosprecian y destruyen. 

Ni siquiera hay coherencia entre quiénes son estos personajes y sus referentes. Al menos Hitler escuchaba a Wagner, en tanto Trump se queda con Village People y Abascal con Los Meconios. Como su idolatrado Franco, nuestro aspirante a reyezuelo tiene la misma capacidad de crueldad de todos los grandes dictadores, pero en formato ridículo.






domingo, 4 de enero de 2026

¡A saco!

 

Imagen de TVE

El secuestro del presidente de Venezuela y su mujer y la ocupación de Venezuela no puede dejar de recordarme la invasión de Austria en 1938, a la que poco después siguió Checoslovaquia y, un año después, la de Polonia, mientras los países demócratas le daban vueltas al asunto y decidían hacer lo que hicieron cuando, en el 2000, contemplaron sólo de reojo la ocupación por Rusia de Crimea, Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia y, finalmente –de momento- Donetsk y Lugansk, en Ucrania.

Pero seguir escondiendo la cabeza sólo hará que los tres monstruos –Trump, Putin y Xi Jinping- sigan devorando el planeta. Trump ya lo ha anunciado claramente amenazando pública y abiertamente a Cuba, Nicaragua, Colombia, Brasil y arrinconando, en el más puro estilo del matón del patio, a la presidenta de Méjico, la de Dinamarca y al presidente español. ¿Por qué –me pregunto- amenazar a una persona es un delito, pero amenazar a un país no?

La respuesta oficial es algo así como “es por su bien”, como explica con la ironía que le caracteriza el periodista John Carlin. Trump ya ha dicho recientemente que Putin quiere lo mejor para los ucranianos que, supongo, es inculcarles los valores con los que gobierna Putin: corrupción y ausencia de libertad de expresión y valores democráticos;  y en Palestina ya ha demostrado que lo mejor para los niños es la mano dura de Netanyahu: matarlos, mutilarlos o dejarlos morir de hambre. También persigue la paz, con tanto éxito como el que ha conseguido –dice- acabando con la guerra entre Albania y Azerbayan, una guerra tan desconocida como improbable, más que nada porque se trata de dos países que él cree vecinos pero que están a 2.500 kilómetros de distancia. También en pro de la paz quiere eliminar la relevancia de la Unión Europea, esa banda de debiluchos con una civilización obsoleta, y la forma de hacerlo es propiciar la llegada al poder de partidos que piensen como él, dispuestos a acabar con la justicia social –de la que algunos dirigentes, como la Ayuso, incluso se burlan públicamente- en aras a una política común, la suya, e invertir en Inteligencia Artificial –que no entiende de tonterías como la ética- y, de paso, cumplir el sueño de su amigo Elon Musk de conseguir ser el primer trillonario.

No sé si Maduro es un narcotraficante. En todo caso, sí sé que ése no es el motivo de su secuestro. Prueba fehaciente de ello es que poco antes, Trump otorgó el perdón presidencial a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, que ya había sido juzgado y condenado a 45 años de cárcel por tráfico de narcóticos y armas. Cuando apenas había cumplido un año, Trump lo ha dejado en libertad y además ha pedido a los hondureños que voten a su partido. Se ve que hay narcotraficantes buenos y malos. De lo que no me cabe duda es que Maduro es un dictador cruel, mafioso e incompetente, pues mantiene a un 80 por ciento de su población viviendo en la pobreza en un país que tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. Pero condenar el secuestro de maduro no tiene nada que ver con apoyarle, como condenar el genocidio de los gazatíes no tiene nada que ver con defender el antisionismo.

Queridos venezolanos –incluidos mis familiares que están allí resistiendo y otros exiliados-, la ocupación de Trump no va a acabar con la dictadura ni va a suponer el enriquecimiento general de la población. Sucederá como en las invasiones de Afganistán, Irak y Libia, que sólo dieron lugar a nuevas dictaduras y a un desastre económico y social  que perdura décadas después.  Trump no quiere liberaros del yugo, sólo robaros el petróleo, a costa de añadir a la pobreza, más violencia.  Es más que comprensible vuestro deseo de libraros de Maduro y su gobierno autoritario y corrupto, pero sólo podréis hacerlo con una revolución que surja desde abajo, desde la base social, como hizo en su momento Chaves y su revolución bolivariana. Bien es cierto que, como bien dice en La Vanguardia el periodista Xavier Mas, la revolución suele devorar a sus hijos y sus líderes se convierten en sátrapas, pero entonces esos hijos de la revolución tienen que devorar a sus sátrapas, no regalar su país a una corporación.

Pero, además, apoyar las acciones de la Corporación Trump, además de perjudicar a los pueblos, tienen un efecto perverso en todo el mundo, porque son ilegales: ilegal para las democracias de todo el mundo, porque las prohíbe terminantemente la Carta de las Naciones Unidas, y para el propio Estados Unidos, cuya Constitución no permite una acción como ésta sin el permiso previo del Senado. Y permitir que los países incumplan la ley es un ataque directo a la democracia, es imponer la ley de la jungla, es apostar por un mundo basado en la fuerza y el dinero y es un retroceso brutal en la civilización humana.

El neonazismo avanza. Ya son Gaza y Venezuela; pronto serán más países, mientras Putin tiene vía libre en Ucrania y China, en Taiwan. Los tres dueños del mundo van a saco.

 

Imagen de redes sociales