lunes, 23 de abril de 2018

El poder de un libro o el libro, al poder




Inventar la escritura nos abrió la puerta a la Historia y la Historia se ha escrito con libros: "La Biblia", "El Manifiesto Comunista", "El origen de las especies" y tantos otros han escrito o subrayado el rumbo de nuestra especie. Otros libros podrían haberla cambiado, como el famoso manuscrito -cuya historia es más fantástica que cualquier novela, igual que el protagonista- de Arquímedes (http://www.bbc.com/mundo/noticias-42183913). Y, por supuesto, millones de vidas particulares han cambiado tras la lectura de un libro. Todos los lectores, de hecho, hemos experimentado un cambio, siquiera temporal, tras la lectura de cada libro; lo ha demostrado un estudio de la Universidad de Ohio (https://www.muyinteresante.es/salud/articulo/leer-un-libro-puede-cambiar-nuestra-realidad), pero muchos han abierto sus mentes a posibilidades intelectuales o vitales que han modificado su destino, fuera ese libro de autoayuda, de ficción o un ensayo; leído en un pergamino, en un libro, una pantalla o meramente escuchado.

Como personal contribución a este Día del Libro quiero contar la historia de un libro que pudo también cambiar algunas cosas, quién sabe si el presente de este país. La anécdota se refiere a José Luis Estrada quien, siendo director del El Mundo-La Crónica de León, tuvo un encuentro con el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero a quien, como leonés, le conocía desde hacía años. La breve conversación fue, pues, en un tono coloquial. Por entonces, José Luis llevaba años alertando, desde las páginas de Diario 16 Burgos, del estallido de las burbujas financiera e inmobiliaria. Pero, obviamente, su voz tenía un alcance muy limitado, y Zapatero había terminado su primera legislatura con éxitos sociales que creo indudables (la ley de dependencia que mejoró la vida de miles de familias azotadas por el infortunio, el matrimonio entre homosexuales que marcó un antes y un después en la mentalidad de los españoles, las ayudas por nacimiento o adopción para madres trabajadoras, el fin del terrorismo de ETA, el vuelco en la vida de los ancianos con el IMSERSO, la ampliación de la ley del aborto...) y se adentraba en una segunda legislatura desastrosa en la que pronto estallaría la Gran Crisis, de la que el presidente demostró no saber nada de nada y que le hizo perder las Elecciones, dejando al país en manos de la derecha en los años en los que más necesitaba (y necesita) un Gobierno que prime la política social sobre cualquier otra. Zapatero cometió otros errores (sobre todo y ante todo, rodearse de un club de fans incapaces -por ignorancia o por interés- de hacer bien su trabajo), pero creo que es unánime que echó a perder su futuro político, el de su partido y, quizá, el del país, el día que negó la existencia de una crisis económica que ya se extendía desde Estados Unidos como un huracán, arrasando el Estado del Bienestar y amenazando seriamente la democracia.


Pues bien, quizá las cosas hubieran sido diferentes si Zapatero hubiera leído un libro: el que José Luis Estrada le regaló en esa ocasión con la recomendación, insistente y perentoria, de que lo leyera lo antes posible. Era un libro de John Ralston Saul, probablemente el intelectual más lúcido de cuantos existen, presidente del Pen Club Internacional y profeta de la crisis económica mundial: esto no lo digo yo, lo dijo la revista Time.
Pues yo hago la misma recomendación a los lectores que puedan tener la paciencia e interés de estar leyendo esto: "La civilización inconsciente" es un buen comienzo al que, seguro, seguirán otros, como "Los bastardos de Voltaire", "Diccionario del que duda" o "El colapso de la globalización". Pero déjenme añadir: "Viaje al corazón de la bestia que ocultan los Mercados", de José Luis Estrada, una voz lúcida y desoída que no llegó a ver sus libros impresos, pero que pueden leerse en: http://www.alaplaza.es/





viernes, 13 de abril de 2018

De ciudadanos a productos




El escándalo del tráfico de datos personales en Facebook (donde me sigo expresando), que es sólo una parte llamativa de la realidad de un constante comercio de datos a través de toda la Red, es la manifestación de un hecho muchísimo más grave, un paso más en la perversión de la democracia hacia su completa y silenciosa desaparición: si la globalización supuso la conversión de los ciudadanos en clientes, ahora hemos pasado de clientes a producto.


El sistema avanza y lo hace en la misma dirección que nos llevó a la gran crisis financiera, al progresivo recorte del Estado del Bienestar y a la desaparición de la clase media en pro de una sociedad cada vez más polarizada entre escandalosamente ricos y escandalosamente pobres.
Vivimos en una ficción económica. El presidente del PEN Club –mi nunca suficientemente citado John Ralston Saul- dice que en los años 70 el comercio era seis veces el valor de los bienes; en 1995 era 50 veces más y ahora, a falta de datos -porque se ocultan- calcula que es alrededor de 150 veces más. Y seguimos creando más y más dinero: tarjetas de crédito, bonos basura, derivados… y ahora bitcoins. Nunca ha habido tanto dinero y tan mal repartido.


Pero con dinero o sin él, el frenesí del consumo debe continuar. Y si, para ello, hay que resucitar la esclavitud, se hace. Y nosotros, los que menos dinero tenemos en la sociedad de la opulencia, los que lloramos viendo “Kunta Kinte”, cerramos los ojos a la esclavitud, incluso de miles de niños, para poder comprar los artículos que, gracias a ella, nos resultan baratísimos.

Llevamos ya decenios “de abrumadora mediocridad intelectual, sin sentido de la historia, ni imaginación, ni creatividad, sin pensar qué estamos haciendo y adónde vamos: una gran banalidad con tremendos resultados”, dice Ralston Saul. Pero además de estirpar nuestra consciencia, el neoliberalismo estirpó nuestra conciencia y ahora, en un paso más, abole nuestra propia personalidad para convertirnos, al tiempo que clientes que consumen incansablemente, en producto a consumir por quienes nos dirigen hacia su “Mundo feliz”.



viernes, 23 de febrero de 2018

Asaz tristérrima



Me está costando mucho digerir la noticia. La muerte de Forges es, realmente, algo personal para mi generación, pues sus viñetas nos han acompañado desde la adolescencia. Si El Roto es un humorista-filósofo, Forges ha sido un humorista-literato: no sólo inventaba palabras que han llegado al Diccionario de la Real Academia (bocata, muslamen), sino todo un lenguaje en extraña y cómica mezcla de castellano antiguo y neologismos castellanizados o deformados. Me recuerdo perfectamente, con catorce o quince años, hablando con mis amigos "al estilo Forges" (Javi y Roca eran virtuosos). Literato porque, además de un estilo y lenguaje propios, creó multitud de personajes con vocación de eternos. Sus ocurrencias e historias no han dejado de hacernos reír o sonreír durante toda una vida y, a menudo, de conmovernos. Pero, para colmo, a lo largo de sus innumerables viñetas y de sus palabras, ha demostrado siempre ser un hombre tan inteligente como decente. Lo único que puede consolarme de su muerte es que su legado es tan vasto que va a ser imposible recordar que ya no está.




martes, 23 de enero de 2018

¿Quiénes nos informan?



El 24 de enero se celebra la fiesta de los periodistas, San Francisco de Sales, un beato elegido como patrono por Pío XI porque tuvo la idea de colocar pasquines católicos en las puertas de los protestantes para intentar convertirles, lo que, en mi opinión, no le habilita para representar ni a los paparazzi.
No me gustan las fiestas patronales, pero, si los periodistas queremos tener un patrón, debiéramos de ocuparnos nosotros de elegirlo, no el Papa, y yo, claramente, abogo por elegir a Plinio el Viejo. Para empezar, era un erudito, como debiera ser cualquier periodista. Cuando el Vesubio entró en erupción en el año 79 -momento en el que, para los romanos, el único volcán que existía era el Etna y le daban ese nombre por ser la morada del dios Vulcano, pero desconociendo por completo que supusiera ningún peligro-, se encontraba dirigiendo la flota de la región a más de 30 kilómetros. Cuando vio la gigantesca nube que ascendía de Pompeya y las barcas que huían del lugar con gente desesperada convencida de que los dioses habían dictado el final de los tiempos, él preparó una barca y remó en dirección opuesta, hacia la ciudad, bajo una lluvia de piedras y cenizas ardientes, para indagar sobre la verdadera causa de la tragedia (es la necesidad de saber por qué suceden las cosas la que define a los periodistas) y, también, para socorrer a las víctimas, empeños ambos que le costaron la vida, tal y como su sobrino narró en la crónica que da cuenta de esa noche eterna que terminó, como dijera el poeta hispano Marcial, con toda una ciudad sumergida "en llamas y en siniestra ceniza: ni los dioses del cielo hubieran querido que esto les fuese permitido".
Por cierto que Pompeya fue el lugar en el que también comenzó la lucha liberadora de Espartaco, hermosa casualidad, pues sin el periodismo no existe la libertad.
La erupción del Vesubio y la muerte de Plinio fue un 4 de marzo, de modo que adelanto mi homenaje para hacer una pequeña reflexión sobre mi profesión, que vive en una larga y profunda crisis objeto de interminables discusiones en las que se ha echado la culpa de la falta de credibilidad (que es, per se, lo peor que le puede pasar y les ha pasado a los medios de comunicación) a la prensa amarilla, a las revistas de corazón, a Internet... En definitiva, a las circunstancias, pero no a las causas, la principal de las cuales es la propiedad de los medios de comunicación.
No hay ni habrá periodismo libre en tanto no se aborde la imperiosa necesidad de que las sociedades propietarias de los medios sean absolutamente transparentes. Como José Luis Estrada señala en su libro "¡A la plaza!": "Es imprescindible que los medios de comunicación hagan públicas las cuentas de ingresos, detalladas, sobre todo en publicidad, ahora encubierta por parte de instituciones públicas, semipúblicas y privadas, y publicar los intereses empresariales y el patrimonio de sus empresarios y directivos".
Mientras eso no se haga (y, de momento, ni siquiera se plantea), los medios de comunicación seguirán siendo "armas del poder corporativo en manos de despiadados grupos de presión" para los cuales trabaja una legión de periodistas mal pagados y menospreciados que, como Plinio, siguen dejándose a veces la vida por saber y contar qué sucede y por qué.


In memoriam de Daphne Caruana Galizia.



lunes, 22 de enero de 2018

No neguemos a la mujer de Lot


Descubro, fascinada, a una poetisa rusa, Anna Ajmátova, con cuyos versos me siento identificada ("A través del moho, la ceniza y la negrura / dos esmeraldas grises brillan / y el gato maúlla. ¡Vamos a casa, criatura! / ¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?"); capaz de decirle al viento: "Yo era libre, como tú, / pero quería vivir demasiado. / Mira, viento, mi cuerpo está frío / y no hay a quién estrechar la mano"; y capaz de dedicar estos maravillosos versos a la mujer de Lot, una mujer del que la Biblia nos ha negado hasta su nombre, porque así hemos pasado las mujeres por la Historia, innominadas mujeres de alguien (hombres justos) que hicieron historia por sus errores.

Y el hombre justo acompañó al luminoso agente de Dios
por una montaña negra, siguiendo su huella,
mientras una voz incansable acosaba a la mujer:
—No es demasiado tarde, aun puedes mirar hacia atrás.
Hacia las torres rojas de tu Sodoma nativa,
al patio donde una vez cantaste, al pabellón para hilar,
a las ventanas de la enorme casa
donde la descendencia santificó tu lecho conyugal.
Una sola mirada: súbita punzada de dolor
en sus ojos, antes de poder emitir cualquier sonido.
Su cuerpo se derritió en sal transparente
y sus ligeras piernas claváronse en la tierra.
¿Quién penará por esta mujer? ¿No le resulta
de sobra insignificante a nuestra incumbencia?
Incluso así, nunca la negaré en mi corazón,
ella que murió porque eligió volverse.


sábado, 20 de enero de 2018

¡Feliz cumpleaños!


Por fin, un día de fiesta.
Hoy salgo de la húmeda gruta
en la que paso mis noches
añorando el calor de tus muslos,
del hueco de tu cabeza en la almohada
mojada de perfume y sal
en la que me hundo hasta perder el aliento;
salgo del infierno de un cielo siempre en ocaso,
de ese añorar la primavera en invierno
y el invierno, en el verano;
salgo de la grieta oscura en la que me ovillo,
con los dedos rotos, con la boca reseca.
Salgo de los escombros de mi vida
y la reconstruyo fugazmente.
Porque hoy es un día de fiesta.
Hoy lloro, sí,
en un paréntesis entre la noche y el día
que me apropio en esta soledad
que ya no es sino tu ausencia:
escucho a Mike Oldfield y esparzo
tus cenizas sobre mi alma.
Pero luego, 
luego arderé con otros acordes
de risas, de bailes, bullicio
dulce y copas alzadas en tu honor
para brindar por que viviste,
por que nacieras como un manantial,
abriendo un año y la puerta
que crucé en tus brazos.
Brindo por todos los besos que me diste,
por todo lo que aprendí.

La primera lección, en mi primer hogar: bondad. 
La segunda, en el tuyo: amor; la tercera, sin ti: hay un final.
Celebro tu vida y mi vida vivida en ti.


viernes, 24 de noviembre de 2017

Black Water



Además de que "nuestras vidas son los ríos", como dijera Jorge Manrique, nosotros mismos somos agua. También la mayor parte de nuestro planeta es agua, pero apenas contamos con 9.000 kilómetros cúbicos de agua dulce al año para que toda la humanidad pueda beber, suficiente si no fuera porque la gran mayoría de este agua cae, en forma de lluvia, sólo en algunas zonas, dejando el resto del planeta muerto de sed... Y no es una expresión coloquial ni una figura literaria: según el último informe de Unicef, "Sed de futuro", más de cuatro mil niños mueren cada día por falta de acceso al agua potable. Y la cosa va a peor: el cambio climático, que todavía algunos irresponsables niegan, condenan a 600 millones de niños a vivir en zonas áridas dentro de treinta años. Estos millones de niños y muchos más millones de mujeres y hombres no han desafiado a los dioses (no han construido grandes fábricas ni acumulan coches en sus garajes), pero como Tántalo, están condenados a no poder comer cuando tienen hambre, en un mundo lleno de comida, y a no poder beber cuando tienen sed, en un mundo de agua.

Y, por seguir el hilo de la mitología, la culpa la tenemos quienes, como Narciso, enamorados de nosotros mismos, nos ahogamos intentando atrapar nuestro propio reflejo, ajenos a todo lo que no sea la pasión por el despilfarro, el juego, la frivolidad y la consciente y a menudo cínica ignorancia: "Y admira cuanto es en él admirable, y se desea y se busca y se quema, y trata inútilmente de besar y abrazar lo que mira, ignorando que es sólo un reflejo lo que excita sus ojos; sólo una imagen fugar, que existe únicamente porque él se detiene a mirarla", escribió Ovidio hace más de dos mil años, es decir, antes de que se inventara el Black Friday.

Ahora, en España empezamos a vislumbrar lo que puede llegar a ser vivir sin agua. Con apenas el 37 por ciento de las reservas de agua embalsada, los agricultores abandonando las tierras de regadío, el 75 por ciento del país al borde de la desertificación, los ciudadanos respirando basura y aturdidos por tener que usar menos el coche, la factura eléctrica por las nubes, más de ciento veinte municipios con restricciones de agua y bosques quemados por todas partes, ya somos el país más árido de Europa. Pero clamamos por que llueva como si todo fuera una cuestión puramente pasajera, un mal revés meteorológico pasado el cual volveremos al despilfarro y a considerar el asunto algo ajeno, infinitamente menos importante que los estúpidos nacionalismos o la política del día a día. ¿Pasado el cual, he dicho? No, ni siquiera. En plena sequía, hace poco más de una semana, se anunció la construcción de la playa artificial más grande de Europa en Guadalajara.

Y es ésta una muerte anunciada. Hace muchísimos años que los expertos (los que no cobran de ninguna multinacional) claman en el desierto -y nunca mejor dicho-, pero el cambio climático sigue siendo noticia sólo cuando no hay nada más llamativo que lleva a primera página.

Recuerdo la campaña municipal del 2007 en Villaquilambre. Acabábamos de crear el movimiento ciudadano Civiqus. A propuesta de José Luis Estrada, nuestro lema fue "La ciudad de agua", conscientes del lujo de vivir en una tierra de ribera. En lugar de merendolas de pulpo o chorizo, como hicieron los otros partidos, nosotros regalábamos a la gente agua y, coherentes con un programa electoral lleno de propuestas medioambientales, hicimos una campaña imaginativa y ecológica: utilizando bicicletas y tandems, una fiesta de la primavera, una marcha cívica a pie... Muchos nos criticaron entonces poner el foco en la necesidad de parar el cambio climático, de cambiar nosotros para cambiar el mundo... "Es un asunto con poco gancho" o "es un asunto que no es local", tuve que escuchar. ¿No es local aquello que nos afecta como individuos?

Como es tradición, terminaré con una rogativa. Bueno, dos: que toda la energía que se despliega desde hace meses en las calles para defender naciones imaginarias, se utilice para defender una nación sin campos de golf en cada esquina, y que en las naciones reales que se encuentras fuera de las zonas templadas del planeta caiga ese "mar de arriba, voz del cielo, violín negro" que es la lluvia, en versos de Borges.


martes, 17 de octubre de 2017

El sainete catalán


Puntualizaciones.

Primera.- Los fachas son los nacionalistas de cualquier país o no-país, pues es ésta una ideología que se fundamental en la superioridad de un pueblo sobre otro. En el caso catalán, concretamente, no hay más que acudir a la hemeroteca, llena de bárbaras estupideces como la de Junqueras (Diferencias genéticas entre catalanes y españoles) diciendo que los catalanes no tienen nada que ver con el resto de los españoles, porque ellos tienen en su ADN un toque francés (aunque ahora parece que les gustan más los eslovenos) y nosotros somos más bien portugueses (por cierto, ¡viva Portugal!).
Segunda.- El presidente del Gobierno y sus secuaces de Ciudadanos algún motivo tienen que tener para hacer todo lo posible por convertir a unos cantamañanas en héroes populares; en mi opinión, no hacen sino echar leña al fuego y por los mismos motivos: desviar la atención ciudadana de sus verdaderos problemas y, sobre todo, de los verdaderos culpables.

Tercera.- A mí también me rejuvenecen las manifestaciones y fue muy importante para la creación de mi personalidad y para mi crecimiento personal haber tenido, durante la adolescencia y la juventud, causas sociales por las que luchar activamente, así que puedo comprender la emoción de muchos jóvenes catalanes y no catalanes sintiéndose perseguidos por la justicia, enfrentándose a la Policía, votando a escondidas... ¡pero, por favor, sus dirigentes debieran saber distinguir entre la acción y la causa! ¿Cómo es posible que los dirigentes de Podemos y otros grupos de izquierda hayan dejado de movilizar al país contra los banqueros y los políticos corruptos, causantes de la crisis y de la forma trágicamente injusta e inaceptable de salir de ella, y lo hagan ahora para abanderar (y nunca mejor dicho) la innecesaria y nada pertinente creación de otro país sobre un base ficticia? Del cacao mental que tienen da idea su verborrea, hablando, por ejemplo, del "nacionalismo internacionalista" y el "independentismo sin fronteras" de los catalanes (el diario.es/CUP).

Cuarta.- Democracia y referendum no es en absoluto lo mismo ni la una implica lo otro. ¿Son, por ejemplo, los californianos más demócratas que otros por utilizar este sistema para aprobar la pena de muerte o prohibir los matrimonios homosexuales? Por cierto que fue Hitler quien más los utilizó.

Quinta.- Respecto a los socialistas, esta crisis ha dejado bastante claro quién puede ser un líder y quién no, mostrando la abismal diferencia de categoría intelectual y coraje personal entre su actual dirigente, que prácticamente no ha abierto la boca, y quien debiera haberlo sido si no se lo hubiera cargado el propio aparato del partido, Borrell, quien no ha dejado de intervenir públicamente para lanzar los mensajes más acertados y sensatos que se han oído desde que empezó esta función.

Sexta.- También ha quedado clara la altura política de nuestros dirigentes, que utilizan la política como un juego de trileros, especialmente -desde luego- Puigdemont y su forma de tomar el pelo a los catalanes, saltándose las propias leyes de su comunidad, haciendo un referendum que, obviamente, no ha tenido ni validez ni rigor y mintiendo a sus votantes al asegurarles que la independencia significaría prosperidad económica y apoyo europeo; y de tomar el pelo a los demás con esa ridiculez de no querer decir si ha declarado la independencia o no, de modo que, al parecer, ha sido una declaración, además de subrogada, secreta.

Y séptima.- Los intelectuales suelen ser especialistas en el escaqueo de responsabilidades. Si, respecto a la crisis económica, no he visto a ningún economista entonar el "mea culpa" por no haberla previsto, en este caso los historiadores debieran entonarlo por su silencio culpable sobre el largo proceso de manipulación de las nuevas generaciones de catalanes, a quienes se hace aprender de memoria libros de texto de Historia, ya no sesgados, sino abiertamente falsos. Y, con ellos, los profesores y, por supuesto, los políticos, tanto del PP como del PSOE, que han creado el monstruo que hoy les tiene contra las cuerdas, utilizando durante decenios a los nacionalistas catalanes como llave para sus mayorías parlamentarias.



En las primeras 
Elecciones democráticas 
en España, mi hermana 
se encontró a la puerta de 
su colegio electoral 
con una amiga 
que era una activa militante de 
Bandera Roja. 
"¿Se presenta Bandera Roja? 
¡Porque, claro está, 
es el partido al que vas a votar!", 
le preguntó mi hermana, 
y su amiga contestó: 
"¡No, claro que no! 
¡Cómo voy a votarles!... 
¡Imagínate que ganan!"... 



Pues yo creo que eso es lo que, probablemente, les ha pasado a los nacionalistas catalanes. Respecto a Puigdemont, puso en marcha un proceso que, inicialmente, no era sino el chantaje clásico que al propio Rajoy, hundido hasta el cuello en los casos de corrupción, también le convenía, pero el asunto se les ha ido de las manos a los dos. Respecto a sus socios de gobierno, no soy de las personas que piensan que la edad te hace más conservadora, que sustituye ilusiones por realidades, combatividad por conformismo. Al menos, no es mi caso: el tiempo me ha enseñado a ver los muchos matices de grises que hay entre el negro y el blanco, pero no me ha convertido en gris. Mantengo la aspiración de un mundo mejor y conceptos como solidaridad, igualdad de oportunidades, democracia real, movilización ciudadana o revolución siguen teniendo todo el sentido para mí. Pero una cosa es tener las aspiraciones de la adolescencia y otra muy distinta es comportarse como un adolescente. En mi opinión, la mayor parte de quienes integran los grupos anti-sistema que han hecho de la independencia catalana su principal objetivo político, se comportan como los antiguos adolescentes de Bandera Roja.


domingo, 24 de septiembre de 2017

¡Independencia, ya!


Cualquiera que haya vivido durante decenios en España y se haya ausentado un par de años, habrá quedado atónito al ver el país sumido en el obsesivo y crispado debate sobre la independencia de Cataluña. Tiene la apariencia de mera serpiente de verano, incluido el componente chusco de las urnas escondidas o declaraciones tan absurdas como las del alcalde de Blanes, nacido en las Alpujarras, que compara Cataluña con Dinamarca y al resto de España con el Magreb, la amenaza del coronel Francisco Alamán de una intervención militar o las de esos manifestantes de la Diada entrevistados por "El Intermedio" que aseguran que prefieren que sus hijos no estudien a que vayan a la Universidad en Madrid. Pero no lo es, porque el verano declina y la tormenta no sólo no pasa sino que llega a su punto álgido.
Hay, pues, que tomarlo en serio, es decir, intentar entenderlo y ello requiere preguntarse a qué viene esto, lo que implica ir a su origen; pero no al origen del sentimiento catalanista, tan antiguo y evanescente como el sentimiento albaceteño o maragato y que entretiene a historiadores, aficionados y meros ignorantes en las tinieblas históricas, a menudo manipulando vergonzosamente la Historia, quizá porque, como dijo Milan Kundera, "los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado" o al revés. De nada sirve buscar en nuestra antepasada Lucy el gen de la catalanidad, como no le sirvió a Hitler justificar el nacionalismo alemán intentando convertir al Hombre de Cromañón en el primer ario.

El origen que hay que buscar es el del presente conflicto y lo encuentro en julio de 2012, cuando Artur Mas, que poco antes había dicho que no quería una fractura del país, una vez se hubo quedado sin mayoría, sin socio y sin tripartito, aprueba el "pacto fiscal" que, hasta entonces, había sido la única reivindicación de Convergencia, y el PP, en el Gobierno, le dice que no. Ahí empiezan las movilizaciones independentistas. Así que tenemos en Cataluña, en ese momento, una situación política de gran debilidad y una situación económica tan mal dirigida como en el resto del país. La reivindicación independentista, en ese momento, no parece más que uno de los chantajes que, permanentemente, ha hecho el Gobierno catalán (y el del resto de los gobiernos autonómicos) al Gobierno español para conseguir ventajas económicas; la única diferencia es que en anteriores ocasiones la situación económica era buena, pero en ese momento, la situación era (y es) de crisis. Con un elemento crucial a mayores: la corrupción. Pero no la del PP, como espetó a Rajoy en el Parlamento, con todo descaro, el portavoz de ERC, Joan Tardá: "¿Por qué cree que nos queremos ir? ¡Porque estamos hartos de la corrupción! ¿Qué se creen, que somos imbéciles?"; bueno él debe tomar por imbéciles a los demás si obvia que el mayor caso de corrupción en España lo ha protagonizado Jordi Pujol, fundador del partido que gobierna Cataluña y presidente de esa comunidad durante 23 años; la fortuna que él y su familia, ejerciendo una actividad de mafia clásica y evadiendo impuestos, le ha colocado en los puestos de cabeza de la Lista Forbes, dejando atrás a Amancio Ortega, Bill Gates o Carlos Slim: ¿se puede robar más aun país o, si lo prefieren, a dos: España y Cataluña?

Quienes hayan tenido la paciencia de leer este largo artículo (que se une a los cientos, sino miles, sobre el mismo tema), saquen sus propias conclusiones. Sólo añadiré mi propia reivindicación: ¡independencia, ya!, aunque la independencia que a mí me preocupa no es la de Cataluña, sino la personal. Me preocupa la creciente manipulación de las personas, empujándolas a una batalla política que tiene más que ver, en la forma y en el fondo, con la liga de fútbol que con el debate democrático y convirtiendo, por consiguiente, a las personas, en hinchas en lugar de personas libres, razonables e informadas... en fin, cabales. Por lo demás, tanto daría si Cataluña se convierte en un país, como si, acto seguido, también lo hace el País Vasco o, en definitiva, este país vuelve a ser un Reino de Taifas (lo mismo así los leonesistas, que siempre tuvieron como lema lo de "León solo", al final lo consiguen): el problema no son los países, sino las fronteras y la verdadera tragedia de que se creen nuevos países es que aparecerán nuevas trabas al movimiento de las personas, a su legítimo derecho a trabajar y vivir donde puedan garantizarse la supervivencia o la felicidad.
Respecto al Referendum ni es per se una herramienta democrática (es, por ejemplo, la herramienta que ha elegido Suiza para aprobar las normas más xenófobas de Europa) ni el catalán va a tener la importancia, para cada uno de los españoles, catalanes o no, que las Elecciones alemanas, que, entre otras cosas, darán entrada al Parlamento de ese país a un partido de extrema derecha.


martes, 20 de junio de 2017

¡A devolver!


El ministro de Economía, Luis de Guindos, afirmó: “No les quepa la menor duda de que se recuperará la mayor parte de lo destinado a los bancos nacionalizados. El préstamo no tendrá coste para la sociedad, sino todo lo contrario”. El presidente, Mariano Rajoy, añadió: “Es un crédito a la Banca y lo va a pagar la propia Banca”. La vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, insistió: “Hemos hecho este rescate a la banca para que no cueste ni un euro al contribuyente”.



Cinco años después, el Banco de España nos dice que la inmensa mayoría del dinero prestado a los bancos, 60.613 millones de euros, no los recuperaremos jamás. Que no los van a devolver. La secuencia aproximada y resumida es: los bancos, dirigidos por desaprensivos financieros, se juegan nuestros ahorros y los pierden; entonces ellos se suben el sueldo (en Bankia, por ejemplo, los multiplicaron por diez), despiden a miles de trabajadores, provocan una crisis económica sin precedentes que, en España, ha destruido uno de cada cinco puestos de trabajo (cuatro millones de empleos), ha sumido en la miseria a casi la mitad de los parados y a una de cada seis personas que sí tienen trabajo… Y nosotros, las víctimas, consentimos que nos recorten en la educación de nuestros hijos y en nuestra propia salud (los recortes en estos dos sectores han sido de 16.000 millones de euros desde que comenzó la crisis) para darles a ellos, a los bancos, sesenta mil millones que no van a devolver, a pesar de que, durante este tiempo, no han dejado de hacer alarde de sus superávits ni han dejado de subirse sus sueldos y prebendas.
No van a devolver ese dinero a pesar de que ellos, durante estos años, han desahuciado a más de cuatrocientas mil familias que no han podido devolver los créditos que les concedieron y han secado totalmente el crédito a las pequeñas y medianas empresas, provocando su cierre masivo y dejando en la calle a miles de trabajadores.

-          ¡Pero había que hacerlo!
-          ¿Por qué?
-          Porque si no el desastre hubiera sido mayor…
-          ¿Y quién lo dice?
-          Ellos
-          ¿Los mismos que cometieron los errores que provocaron la crisis? ¿Los mismos que se han beneficiado con ella?

Sí, los mismos, pero por algún inexcrutable motivo, se les sigue considerando voces autorizadas a pesar de que, en primer lugar, han demostrado sobradamente su ineptitud y, en segundo, lugar, su mala fe.
Ineptitud. Los mercados financieros no sólo la han demostrado provocando esta crisis sino incurriendo en constantes contradicciones; los banqueros, sus directivos y sus prestigiosos economistas de cabecera nos han dicho que el endeudamiento es el motor de la economía y, dos días después, que es el desastre, o que hay que subir los tipos de interés de los bancos centrales para, inmediatamente después, asegurar que hay que bajarlos, o que hay que devaluar la moneda o reevaluarla… Como dice José Luis Estrada en “¡A la plaza!”, lo único en lo que se han mantenido siempre coherentes es “en reformar los mercados laborales en base a abaratar los despidos, recortar los salarios, elevar los impuestos indirectos y tasas de servicios, recortar prestaciones sociales y mantener o elevar el sueldo de los directivos”.
En el actual caso del Banco de España, que no deja de echarse flores a sí mismo en el informe en el que (valga la redundancia) nos informa de esos sesenta mil millones que los ciudadanos no recuperarán, achaca la mala noticia a “la imprevisible dureza de la coyuntura”. ¿Imprevisible para quienes siempre tienen la única solución posible, para quienes dictan las normas, caiga quien caiga (países enteros) y sin posibilidad de oposición o demora? Incluso, con el acostumbrado cinismo, asegura que “se hizo lo mejor posible”; ¿pues qué era lo peor? O, mejor dicho, ¿lo mejor para quiénes?

Mala fe. Sí sabían. Mienten descaradamente cuando aseguran que la crisis y la dureza con la que ha asestado su golpe, eran imprevisibles. En 2004 los cinco mayores bancos de inversión del mundo se unieron para forzar a la Comisión del Mercado de Valores para que liberase los miles de millones de dólares del porcentaje de los depósitos de los clientes que los bancos debían guardar para afrontar pérdidas; un miembro de la Comisión dijo entonces. “Si algo sale mal, va a ser un terrible desastre”. Se la jugaron haciendo trampas y a sabiendas de lo que estaba pasando, de lo que pasaría; de lo que, de hecho, pasó.

Y, por último, el Banco de España nos da la receta para que esto no vuelva a pasar, lo que, en el fondo, significa, resignémonos a lo que ya ha pasado, lo que me parece inaceptable. Pero es que, además, la receta es hacer reformas estructurales. ¿Pero qué reformas? Al principio de la crisis parece que todo el mundo las veía claramente: Obama y los principales líderes occidentales del G-20 se comprometieron a una reforma financiera profunda y hasta en una reinvención del capitalismo, pero han hecho justamente lo contrario: rescatar bancos y grandes empresas, dar crédito ilimitado a los bancos centrales, mantener desregulado el mercado internacional de divisas, mantener o aún mejorar las condiciones impositivas de las grandes fortunas, cerrar los ojos a los paraísos fiscales… Como ya decía José Luis Estrada tres años después: “Los gobiernos democráticos se han postrado, una y otra vez, ante los mercados, y el resultado es que todo lo que era susceptible de empeorar, ha empeorado: el paro, la pobreza, los servicios sociales…” y a la lista, que sigue y sigue, hay que añadir, a estas alturas, la democracia.


lunes, 8 de mayo de 2017

¡Viva Europa!




Sí, con todas las letras: “¡Viva Europa!”. Incluso la Europa de Macron, la Europa que se queda sentada ante el televisor viendo cómo miles de personas se ahogan en el Mediterráneo; la Europa en la que un jefe de gobierno propone recuperar la pena de muerte y nadie le da una patada en el culo; la Europa de la desigualdad, la que no tiene en cuenta los intereses de las personas y sí de las corporaciones, la de los lobbies, la que decide el futuro de más de quinientos millones de personas a puerta cerrada, la que elige democráticamente un Parlamento pero le tapa los ojos y le ata las manos; la que aprueba un tratado intergubernamental sin testigos, que no garantiza ni la rendición de cuentas ni la transparencia; la que divide Europa entre países deudores y países acreedores; la que degrada los derechos y libertades de los ciudadanos con cualquier excusa; la Europa en crisis, la Europa de la Gran Gran Deflación; la que se desintegra y, en su asfixia, genera la xenofobia y el racismo.

¡Viva Europa! Lo digo y proclamo desde Malta –que, por cierto, preside este semestre el Consejo de la Unión Europea- rodeada de españoles, que van de los veintipocos a los cincuenta y tantos, que, con rabia y añoranza, han venido porque su país les niega el derecho a trabajar, pero han venido sin tener que viajar en patera, sin esconderse en los bajos de un camión, sin echar a correr cuando ven a un policía ni sentirse menospreciados en ningún modo, compartiendo los mismos derechos que sus vecinos.

Es el Día de Europa y yo, por primera vez, lo celebro, no sólo con ganas sino con pasión. Por primera vez, pienso en Europa, no como en una superestructura opaca plagada de una costosa burocracia, sino como la Europa en paz por la que hoy conmemoramos que, en 1950, un ministro francés, Robert Schuman, tuviera la idea de poner bajo el control de una autoridad más alta que las de los gobiernos nacionales, las producciones de carbón y acero, para evitar que volvieran a utilizar esos productos en la fabricación de armas con las que matarse entre sí.

Superar las guerras y evitar el nacionalismo eran los objetivos, nada desdeñables, y ésos sí se han cumplido. Las dos Guerras Mundiales, el Holocausto, la Guerra Fría o el Muro de Berlín no son sucesos menores ni de la Prehistoria. El escritor Héctor Abad, desde la distancia que le da ser de un país como Colombia, lo dice claramente: “Europa no es un error ni una basura. Comete muchos fallos y debe reformarse. El mundo nunca será un paraíso, pero el logro de mantener unidas a las naciones europeas durante los últimos sesenta años, así como la cooperación basada en la solidaridad es, por el momento, el experimento del planeta que ha llegado más lejos y cuyo resultado dista más del infierno”.

Hasta ahora. Ahora el nacionalismo vuelve a resurgir, y no sólo en Gran Bretaña (perdón, quitemos lo de grande y dejémoslo en Inglaterra), sino por todas partes. Hasta hace poco, la política europea era percibida como aburrida; ahora, como bien señala Yanis Varoufakis, ha vuelto la pasión, pero es la pasión del odio, del miope y miserable sentimiento nacional, del egoísmo patrio, del miedo. Es una pasión que, dice él, “aviva la misantropía” y frente a la cual hay que albergar la “pasión por el beneficio del humanismo”.


Por eso lanzo este ¡viva Europa!, porque quienes, con tanta pasión se oponen al proyecto europeo son, en el fondo, aliados de quienes lo dirigen: son, por un lado, la Troika Global al mando de una comunidad que están destruyendo en pro de su avaricia neoliberal; menoscabando la democracia, desintegrando la unidad europea y provocando la muerte ecológica de la tierra y la real del resto de la humanidad para que todo siga igual, para que los beneficios de los más beneficiados sigan creciendo a costa de nuestro presente y de su propio futuro; y, por otra, la Internacional Nacionalista que desprecia todo el terreno conquistado en los últimos decenios en cuanto a valores éticos como la paz, la solidaridad o la justicia social universal. Aunque ambos bandos parecen enemigos, en el fondo pretenden lo mismo y, emparedados entre ambos, si no se levanta una izquierda europea que defienda con pasión un cambio revolucionario y avive la esperanza de la ciudadanía, estamos abocados a volver a vivir una Era de oscuridad.


miércoles, 8 de febrero de 2017

¡A la Plaza del Grano!


Pasé tantas horas jugando en ella que, cuando estaba en casa, me preguntaba qué pasaría allí, quiénes ocuparían mi lugar, qué clase de personas pisarían esas piedras cuando los niños estábamos en casa haciendo los deberes o durmiendo. Desde mi balcón apenas podía verla, al final del atrio de la iglesia del Mercado, a pesar de que me asomaba por las contraventanas como una amante celosa. Esa plaza era un mundo. Mi mundo. En ella estaba el placer de correr, saltar a la comba y jugar al corro y a voltear cromos sentada en un escaño; y acechaba el peligro en la calle de las escalerillas, donde las monjas nos decían que vivían las brujas (yo suponía que por eso solía estar custodiada por una fila de soldaditos). En ella conocí la amistad y la libertad, una libertad redonda.
Muchos años después volví allí para inaugurar mi edad adulta, compartiendo techo con el gran amor de mi vida. Y esos primeros años de amor eran también redondos, estremecidos por tormentas de verano pero bellos como los falampos de la nieve cubriendo los guijarros y las hojas plateadas de los álamos en primavera.

Por aquel entonces, la plaza estaba en obras. Unos afanosos obreros recolocaron las piedras y arreglaron la fuente que ponía la banda sonora de ese rincón dormido en el tiempo. Colocaron después unos pivotes de piedra para impedir que los coches entraran y estropearan el pavimento, pero apenas duraron unos días. Los coches entraban cada día y cada noche, hundiendo el antiguo empedrado. Los críos cegaron la fuente y ya nadie la volvió a arreglar, provocando que el agua se desbordara y se desprendieran las piedras de su entorno. Yo hacía fotos desde mi balcón a los coches, incluidos los de la Policía, que desafiaban la prohibición y la sensibilidad cívica, y con ellas me dirigí a varios concejales, pidiendo que, por favor, repusieran los pivotes que impedían la entrada de vehículos y ejercieran cierta vigilancia. Uno de ellos, leonesista, me contestó que, puesto que la obra la había hecho la Junta de Castilla y León, allá ellos si se les estropeaba.
El día que cumplí treinta años saqué la conversación entre mi pequeño grupo de invitados y uno de ellos, Francisco Azconegui, que entonces dirigía la Escuela de Restauración, decidió hacerse cargo personalmente de la protección de la plaza. Hizo unos preciosos espigones de hierro forjado que volvieron a cerrar las entradas "y éstos, te lo aseguro, no podrá romperlos nadie". Pero pudieron: el propio Ayuntamiento se encargó de arrancarlos, no sin esfuerzo, para el paso de una procesión de Semana Santa y ya no los repuso.
Y ahora toca hacer una confesión. Desesperada al ver cada día el deterioro de esa plaza única, me dediqué, durante algún tiempo, a bajar a horas intempestivas de la noche para poner en los coches aparcados notas amenazadoras que firmaba "Mano Negra". Pido perdón a las víctimas por asustarlas, pero lo cierto es que mis malas artes funcionaron y reconozco que me sentí como una especie de dama andante.
Poco después, me fuí de León. Mi vida dio muchas vueltas en círculos y espirales en cuyo centro siempre estuvo esa plaza, la de mi infancia y la de mi segunda y verdadera vida, la que allí empecé a compartir con quien ha ocupado y ocupará siempre mi corazón.
Yo, pues, he sido vecina de la plaza, como lo era mi abuela, que la recorría con su pata de palo. Comprendo a los vecinos que se quejan de la incomodidad, como en su momento algunos se quejaban de las ramas de los árboles, pero a nadie se le ocurre sustituir las escalerillas de una calle por una escalera mecánica para hacerla accesible o talar los árboles de los parques para evitar el polen a los alérgicos. Es una cuestión de prioridades y lo funcional no puede estar por encima de la historia o, incluso, de la belleza; no, a menos que queramos convertirnos todos en ciudadanos funcionales viviendo en ciudades uniformes una vida aséptica, en un "mundo feliz" despersonalizado en el que todos tendremos una vida tan cómoda como invivible.

viernes, 20 de enero de 2017

Feliz cumpleaños




"Justos y rectos en todas sus acciones, pero también con piedad y clemencia; generosos cuando son ricos, y cuando son pobres, a su vez en lo pequeño generosos; que ayudan igualmente en lo que pueden; que siempre dicen la verdad, aunque sin odio para los que mienten". Así eras, defensor de Las Termópilas, guardián del estrecho paso en el que los corazones puros se miden en el anonimato y las nobles aspiraciones pueden avanzar o perecer. Hoy celebro tu vida de roble, tu camino perseguido por las hienas sin perder la sonrisa, tu llegada con el balance de unas manos limpias y un torrente de amor que nos sostuvo a tantos y sostiene tu memoria. Duerme, mi amor, en tu elemento, el agua cristalina, la sombra de los árboles. Duerme y que se duerma el mar que ahoga tantas esperanzas y que subyuga con su brillo mi interminable aflicción. Ya he azotado la marea; el viento ha limpiado mi desesperación y avanzo sobre las aguas, serena y doliente, a tu encuentro. Feliz cumpleaños, mi amor: feliz la vida que compartimos, feliz la vida que ha crecido a la sombra de tus acogedoras ramas.


viernes, 30 de septiembre de 2016

El guardián del queso




No es Felipe González ni su discípula Susana. Son quiénes realmente mandan aquí (y acullá), los banqueros y corporaciones, los que quieren y necesitan que gobierne Rajoy. Felipe hace tiempo que trabaja para ellos y ahora les presta un nuevo servicio que, por cierto, será crucial, pues se trata de una de esas jugadas en las que siempre ganas (¡qué gran tramposo es este hombre, como ampliamente ha venido demostrando desde el referendum para entrar en la OTAN!), pues si gana, el PSOE pactará con el PP, y si no gana, el PSOE será barrido en las próximas Elecciones facilitando de todos modos al PP su ansiada mayoría absoluta. A él tanto le da, pues, como Dorian Grey, justificar su presente implica olvidar su pasado y, por tanto, destruir su retrato o, lo que es lo mismo, su partido.
La izquierda, en mi generación, está marcada por las ilusiones que gritamos y las decepciones que callamos: fuimos entusiastas bolcheviques o guardias rojos, activistas del movimiento obrero, intelectuales comprometidos con la dialéctica... y aún nos cuesta aceptar el estrepitoso fracaso del comunismo, la funcionarización de los sindicatos o el apoltronamiento en las pervertidas cátedras de algunas de las mentes más preclaras. Así les cuesta a algunos aceptar que, aunque jugara un papel importantísimo en su momento, Felipe González fue quien introdujo en la democracia española la financiación ilegal de los partidos políticos, el terrorismo de Estado y la corrupción, en un periplo que no podía sino terminar como multimillonario consejero de Gas Natural Fenosa y asesor de empresarios como Carlos Slim o Farshad Zandi. Sirvió y sirve al corporativismo con creciente descaro, aunque también -el tiempo no pasa en balde- cierta torpeza.
Hace años que espero, como inevitable, la desaparición del PSOE, tras dejar pasar de largo el momento de una imprescindible refundación, pero me resulta esperpéntico que sea Felipe González el llamado a darle la puntilla. En su carrera política, tan llena de paradojas, este hombre, que fue encarnación de la joven democracia española, me recuerda al griego Pisístrato. Después de que Solón inventara la democracia, este ateniense creó su facción entre los montañeses (diacrii), la gente más pobre, a quienes representó y protegió favoreciendo un reparto más equitativo de la riqueza, facilitando su ascenso a la clase media y poniendo coto a los abusos de poder de la aristocracia, pero también fue el primer tirano, palabra que, por cierto, parece que literalmente significa "el guardián del queso".

viernes, 12 de agosto de 2016

Pollos y cachorros


Fotografía de la Agencia Reuters

Hace veintiseis años, poco después de la caída del Muro de Berlín y tras la muerte del dictador Enver Hoxa, miles de albaneses aprovecharon los primeros signos de apertura democrática de su país para huir de él, cruzando a pie las montañas hacia Grecia. Los europeos no estábamos aún "acostumbrados" a vivir fenómenos de inmigración masiva dentro o hacia Europa y que fueran los albaneses los que asomaban la cabeza de ese pequeño y absolutamente hermético país llamó mucho la atención. Un reportero, creo recordar que de La Vanguardia, les acompañó un trecho durante ese periplo agotador de semanas caminando por altas montañas y escarpados desfiladeros. Les preguntaba por qué lo hacían y un niña de diez años contestó: "Porque quiero ser pianista". A estas alturas, en las que las historias de la inmigración hacia Europa forman un permanente relato de horrores, todavía recuerdo ese reportaje profundamente conmovida, sobre todo después de la muerte, el pasado mes de abril, de Samia Yusuf, la joven atleta somalí que debería estar ahora compitiendo en los Juegos Olímpicos en lugar de muerta al intentar alcanzar Italia en una patera con la ilusión de llegar, como su hermana mayor, a Finlandia, y poder dedicarse al atletismo en mejores condiciones que en su país. No sé qué sería de esa niña albanesa pero me temo que no encontrara el paraíso de oportunidades que perseguía.

Desgraciadamente, no todos los europeos, pero sí muchos, pueden comprender que otros seres humanos se jueguen la vida y la libertad intentando llegar a nuestros países cuando huyen de la guerra, de la persecución o del hambre; pero menos, muchos menos, entienden que perseguir un sueño -ser atleta, pianista, médico o cualquier otra cosa- es también una aspiración legítima y, además, encomiable. Les concedemos el derecho de querer comer o vivir en paz, pero no el de querer ser felices, como si éste no fuera también un imperativo humano y nuestra propia aspiración.

Ahora se ha escrito un libro sobre esta joven atleta, pero nuestros gestos para con estos inmigrantes muertos son como los museos en los que metemos los restos de culturas a las que previamente hemos machacado.

Hoy he viajado en un ferry. Junto a mi coche había otro con cuatro cachorritos dentro; unos perritos encantadores que recibían sonrisas y mimos de todos los que pasábamos a su lado, pero nadie prestó la menor atención hacia un camión, justo al lado, lleno de jaulas en las que miles de pollos hacinados que sufrían y se quejaban. Hay animales y animales; hay seres humanos y seres humanos. Puestos a hacer divisiones, nos hemos subdividido nosotros mismos y hecho clasificaciones dentro de nuestra propia sensibilidad.

Fotografía de Vadim Ghirda