domingo, 16 de diciembre de 2012

Miravalles


Hoy hace nueve meses que te fuiste, José Luis, el tiempo para crear una nueva vida, así que cedo tu sitio a quien creó la mía y me dejó hace tres meses. Y como fue poco aficionada a la poesía, pero quien llenó mi infancia de cuentos, he aquí uno para mamá, la mujer que consiguió el milagro de cocinar las migajas de  cariño que recibió en una fuente inagotable de amor incondicional con el que nos alimentó a toda su familia.


Las cigüeñas ya habían regresado y la primavera se anunciaba también en el intenso verdor de la joven hierba henchida de nieve y salpicada ya de amarillo por algunos brotes de narcisos. El frío, sin embargo, seguía siendo intenso. A estas alturas del año, yo sentía que ese frío formaba ya parte de mí; llevaba en los huesos las heladas de muchas noches de invierno en el dormitorio con corredor al que apenas subía el calor de la cocina, de innumerables horas en el monte cuidando de las ovejas o las cabras, de pies mojados dentro de los zuecos. Pero el sol tibio de ese día ofrecía una esperanza.
Había salido de casa de mañana, envuelta en la toquilla que me hizo madre con esa lana basta que tanto me picaba en la piel. Subí las peñas con el rebaño y pasé la mañana adormilada y de mal humor, hasta que mi hermana Basi me llevó la comida y pudimos jugar un rato juntas a pica y escondite. En las horas del sesteo estuve haciendo canalillos en el arroyo, comiditas con hierbas frescas, corralitos y caminos de palitos para mis muñecas de miga de pan y, antes que el atardecer, llegó el duro frío del monte. Entonces ya no hice nada más. Me senté en la peña y me puse a esperar que cayera la tarde y pudiera regresar con las ovejas al pueblo. Si llegaba demasiado pronto, se enfadarían conmigo, así que me senté en el alto donde se juntaban los valles y las casas quedaban a un sólo recodo, aguardando como el corredor en la línea de salida.
Con la misma prisa que yo aguardaba la vuelta al brasero y la cena, empezó a caer la lluvia, fría y dura. Me peinó las greñas y empapó la ropa en pocos minutos, pero el sol no tenía la misma prisa y seguía sujetándose, blanquecino, sobre la línea del monte.
Entonces le vi venir, tan alto y con la larga capa cayéndole desde los hombros. "Aún es pronto para recogerse", murmuró, y se sentó a mi lado. Traía un poco de pan y queso. Comimos en silencio. Padre no hablaba mucho en casa, aunque creo que con los hombres era muy charlador y hasta divertido. Tenía muchas historias de cuando estuvo en América de emigrante, pero solía ser madre quien nos las contaba, mezcladas con cuentos, chismes y amargura, después de la cena; eran historias que siempre terminaban mal. También tenía padre mal carácter en casa y bueno fuera, porque cuando se enfadaba con nosotras o con el burro, daba miedo de los gritos y palos que daba, pero los vecinos le llamaban siempre que tenían conflictos para que él razonase y pusiese orden. Todos decían que era cabal, honrado y generoso.
Yo quería mucho a padre, aunque le temiera, y me sentí orgullosa de él cuando intentó salvar la vida de un rojo al que pillaron escondido en el bosque, aunque el pobre hombre, acorralado, terminara matándose antes de que padre llegara, corriendo sudoroso monte arriba, para detener la furia de los perseguidores. Esa noche, sentado junto al fuego de la cocina, se sujetó la cabeza con las manos y lloró. Lo vimos todos, pero ninguno dijimos nada; sólo le miramos, sorprendidos y con ganas también de llorar.
Aquella mañana de marzo, parecía muy lejano el llanto de esa noche tan negra. Aunque nunca sonreía, yo notaba que padre estaba contento. Había un silencio tan profundo que parecía música. El sol estaba a punto de esconderse y todo estaba como en suspenso. Desde la peña, los dos, ensimismados, lo veíamos todo como si fuese un escenario en el que un pintor aún siguiera mezclando los colores: abajo, el arroyo que iba pasando de azul a gris, la ladera que ahora tenía todos los tonos de verde, las ovejas de lana amarillenta, el cielo anaranjado y violeta… Un ruiseñor comenzó su concierto nocturno.
Una ráfaga de viento frío nos arrojó la lluvia a la cara. Padre se volvió hacia mí, con los ojos brillantes. Se abrió la gruesa capa y me envolvió con ella los hombros. De pronto, noté el calor de su cuerpo, como cuando, muy chiquitina, me metía en la cama las noches de tormenta y me pegaba a madre, aunque siempre me echaban a los pocos minutos. Nunca me había sentido tan cerca de mi padre, y cerré los ojos de puro gusto. Entonces él me puso su enorme mano en una mejilla, como sujetándome la cara, y me besó en la otra. Fue la primera vez y la última. Ese beso fue el amor de toda una vida concentrado en un instante, el recuerdo más feliz que tengo de mi infancia y el motivo, hija mía, por el que te he traído aquí, al Alto de Miravalles, para pedirte que esparzas mis cenizas en este lugar, porque cuando se me acabe la vida, me gustaría volver, con el beso de despedida que tú me des, al lugar en el recibí el único beso de mi infancia.


martes, 20 de noviembre de 2012

Hojarasca


No, no creo que la crisis conlleve nada bueno. No estoy de acuerdo con esa teoría de que sirve para depurar excesos, tanto personales como políticos, porque es como decir que la bulimia es buena porque el vómito elimina el empacho. Yo prefiero una alimentación saludable por la vía de la educación, o una sociedad honesta, sin corrupción ni derroche, por la vía de la formación cívica y el control público. Si, por ejemplo, las leyes garantizaran la total transparencia, haciendo públicos de verdad los bienes e intereses de los políticos o dando participación real a los ciudadanos en la elaboración de los Presupuestos y en cada euro que gasta la Administración, sería muy difícil la corrupción política. Y si también en la empresa privada rigieran normas de mayor transparencia en la gestión, de límites a los sueldos y de verdadera penalización del tráfico de intereses, sucedería lo mismo. En suma, creo en la democracia como receta, no en el aceite de ricino.

Como tampoco creo -desde luego que no- que todos seamos culpables de la crisis por nuestros excesos en el consumo, lo cual no implica que defienda éstos, ni mucho menos. La crisis sólo tiene unos culpables y ni siquiera son los políticos por más que a los propios culpables les interese crear esa convicción en la ciudadanía. Los únicos culpables se llaman MBAs: los directivos de bancos, empresas de especulación y agencias de valores, es decir, los nuevos empresarios nacidos a los pechos de neoliberalismo y la desregulación. Los políticos, como los economistas, son meros cómplices. Y los trabajadores, desde luego, somos, sencilla y llanamente, víctimas.

Pero he de hacer una excepción. Y es que hoy, por primera vez, he descubierto un efecto positivo en la crisis, tan humilde como magnífico. Éste:



Los recortes en los servicios públicos han hecho que este año -o eso me parece a mí- esté tardándose más de lo habitual en recoger las hojas que caen de los árboles como una lluvia multicolor y tapizan las pisadas a la ribera del río y en podar las ramas cargadas de reflejos dorados. El espectáculo es monumental. El parque sueña ser bosque, el asfalto se esconde bajo una capa crujiente de naturaleza. Y tanta belleza es un consuelo para quienes vivimos la decadencia de una sociedad que construimos sobre la idea del progreso y nuestro propio otoño personal.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Ocho meses d.T.




Así cuento el tiempo. Antes de ti. Después de ti.
Hubo un tiempo antes de que aparecieras, otro desde que desapareciste.
Como Cristo.
Cuando lo único importante
fue el tiempo contigo.

Tú y yo éramos dos y más.
Con mis afanes sudabas, con tus heridas sangraba yo.
Ni dios quiso ser uno. Y era trino.
Sin ti
soy sólo la unidad

unidad sin arraigo.
Tenía dos raíces
y la que perdí hace tiempo.
Ahora tengo dos brotes que alimento con sal.

Después de ti. La magia
acabó en tragedia.

Estoy desnuda en la nieve, plantada en el desierto.
Un río sin luna, un cielo vacío, la mar opaca.
Por qué. Por qué.
Por qué.


La noche me envuelve como las alas de un murciélago.

Camisas, colonias, calzoncillos,
reúno tus despojos como piezas de un puzzle imposible.


Todo parece encajar.

Los días con las noches, las sombras y los soles.
Todo parece encajar, menos lo que importa.


El ying y el yang, seno y la mano, el seis con el nueve, la risa y la danza.

Todo parece encajar.
Pero no encaja.













sábado, 8 de septiembre de 2012

Sin título


   No era el momento  
   ni el modo  
   ni la persona adecuada.   
   Se equivocó en todo.  
   Pero la muerte es tozuda   
   y está dispuesta  
   a repetir su error.  

jueves, 6 de septiembre de 2012

Cumploaños


Te levantaste aún más temprano que de costumbre y te internaste por las carreteras y caminos en los que aún dormían los nogales sin pueblo. Con tu altura, pocas ramas se te resistían y las nueces verdes iban caynedo a hurtadillas en la bolsa.
Cuando el sol ya iluminaba los dormitorios, era el momento de volver a la ciudad, a la Plaza Mayor en la que brotaban los primeros tenderetes del mercado. Y allí ibas recolectando flores: lilium amarillo, claveles blancos... crisantemos de colores, gladiolos, retama... hasta juntar tantos ramos como cabían entre las ramas de tus brazos.
En el bolsillo, el pequeño paquete que compraste la víspera: seguramente otro reloj con el que intentar inútilmente ubicarme en el tiempo.
Entrabas en casa de puntillas. Café con leche, pan reciente en tostadas con aciete y azúcar, zumo de naranja y uno de los claveles en un vaso con agua.¡Arriba, niñas, preparad vuestros dibujos! Y, bandeja en mano, empezaba a sonar la música: una ópera de Verdi o Puccini, Mozart, quizá Preisner.
Quedaba lo más importante: la carta de amor escrita en alguno de los bares más madrugadores, con la que yo lloraría de alegría y te cubriría de besos.
5-9-2011
Por muchas armas de destrucción masiva que haya en la calle, la burbuja de Colón 36 no estallará, porque se alimenta de amor. Además, cumples los años perfectos en el año perfecto, que aún nos deparará lo mejor, porque son tus perjúmenes los que me suliveyan y me alteran la bilirrubina para seguir haciendo burbujas de amor en tu pecera y permanecer mojado en ti, sin necesidad de ir al Caribe e, incluso, a 10 bajo cero.
Feliz cumpleaños.
Tu Pepelui."
Así empezó cada 5 de septiembre de los últimos veinticinco años, cada uno con leves y apasionadas variantes, solos, con una hija, con las dos.
Pero éste empezó con nueces marchitas y flores amargas; el mercado devastado por un ciclón, el papel mojado de lágrimas, el reloj roto, los cristales clavados en mis manos.
Silencio.



Desde lados opuestos
los dos somos fantasmas.
Tú muerto, yo viva,
ambos vagamos de ser en rama,
de agua en pájaro, de mano
en nube y en brisa
y viento helado.
Desde lados opuestos
transitamos el mismo camino,
compartimos el mismo límite,
transeúntes de la frontera
entre la muerte y el vivir.
  

 

 
Yo soy la que duerme con los muertos,
la huérfana de todos,
la que llena los lavabos de llanto.
No sé adónde mirar,
de qué lado ponerme.
No tengo lugar.
Soy la embalsamadora,
la que araña el cielo, la rama rota,
la que huele a sangre,
la que se esconde en los rincones,
la esquina, en la última silla,
bajo la mesa sucia.
Soy la que ya no espera.
La que aún te busca.
 
 
 
 
 
 

lunes, 16 de julio de 2012

Cuatro meses



Puerta se cierra. El ascensor está subiendo.
Tres metros cúbicos de miedo,
la mirada al suelo, la garganta seca,
los párpados pesados bajo
la luz sórdida.
Hay polvo de polillas en el aire
y ceniza encerrada entre la respiración
agitada por el viento
de la angustia.
El rugido de la máquina.
Duelen los ojos de contener las lágrimas.
Alguna mirada susurra una esperanza, 
otras, el alivio de tener aún
piernas para el camino de vuelta.
Planta cuarta. Puerta se abre.
Pestañas alzadas, espalda recta, paso resuelto, 
una sonrisa, aunque sea pequeña.
Es el reino de las agujas, donde la vida
no sabe a nada
y huele a pócima de bruja
          -sangre seca, pis de vieja, sudor ácido de pánico, pena de enamorado, pastilla para acallar lamentos, detergente rancio, diarrea, humedad, colonia de lavanda marchita-
El ascensor está bajando.
Las avenidas están pobladas de supervivientes
en bata y zapatillas, arrastrando 
muletas, goteros, pánico, recuerdos
hasta la pared
y vuelta
y vuelta a la pared.
No hay meta ni salida pero
hay que caminar
para no morir
para creer
para esquivar la derrota de la camilla
en la que son llevadas las víctimas 
anónimas
de una guerra que ignoraban.
Gana la carne marcesible, los frágiles órganos,
intestinos, vísceras, misteriosos humores
frente a las grandes palabras
rotas como los besos en los labios secos.
El gigante yace humillado y empujado
por un extraño que silba para no oír
mientras espera ocupar su puesto.
Algún día.
Puerta se cierra.
Ya no habrá que volver.
De momento.

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Ni sonido ni silencio.
La noche es un zumbido
que sale de dentro.
Miran las ventanas
la calle por la que sólo pasa
el viento.

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A veces se derraman, a veces no,
pero las lágrimas están siempre
en mis ojos y a través de ellas
como de un catalejo
miro las nubes
buscando una señal de ti,
busco tus manos, tu perfil,
y sólo veo amables monstruos,
dragones, grifos, rostros deformes...


Ahora lo sé: la vida es azar
y la muerte,
también.
¿Qué queda?
Creí en el amor.
Nada más.
Y ahora, obligada a vivir,
obligada a vivir sin ti,
necesito creer
y creo.


Creo en el Más Allá
y como busca el detective
al desaparecido
yo busco
lo que de ti quede.
La vida es ahora para mí
un jeroglífico de señales
que tengo que desentrañar.


Recompongo tu cuerpo
con trozos de otros
elegidos entre la multitud.
Oigo tu voz en el primer pájaro
que espabila la mañana.
Hay una caricia tuya
en ese viento que se ha levantado
de repente.
Las ondas del río me traen
tu saludo y, mira, el perro
está siguiendo tu rastro.


Miro las nubes
buscando una señal de ti.





miércoles, 11 de julio de 2012

¡Que les (re)corten la cabeza!


Hace casi tres años recordé en este blog la historia de Pugachev, el cosaco ruso que, a mediados del siglo XVIII y haciéndose pasar por el desaparecido zar Pedro III, recorrió ese inmenso país liberando a su paso a los siervos y consiguió llegar a las puertas de Moscú con cientos de miles de seguidores que habían ido sumándosele. Hoy me viene de nuevo a la memoria pensando en la Marcha Negra. Como el héroe ruso, los mineros (ya héroes populares, sobre todo los siete encerrados en la mina ¡52 días!) han ido sumando apoyos de toda clase. Muchas, muchísimas personas, ajenas a la minería e ignorantes, incluso, de su problemática, han elegido este conflicto para simbolizar el suyo propio, básicamente el paro o el miedo al paro, y su indignación, cuando no rabia. Poco importan en este momento los matices del conflicto, como a muchos campesinos rusos les importaba poco si Pugachev era o no el zar presuntamente asesinado; importa no la minería, sino los mineros, esos hombres y mujeres que se entregan en cuerpo y alma a la protesta y la defensa de su trabajo, sus derechos y su modo de vida.


El fin de Pugachev, como el de todo héroe que se precie, fue la traición de sus allegados y el asesinato con ensañamiento por parte de la zarina, Catalina la Grande, quien después de apresarle lo hizo exhibir en una jaula de hierro, ordenó que le cortaran la cabeza (cual reina de "Alicia en el País de las Maravillas") y, no contenta con eso, exigió que su cadáver fuera cortado en pedazos. Pensándolo bien, la imagen se parece bastante al "discurso de los recortes" de Rajoy en el Parlamento: no contento con estrangular a la clase media (funcionarios, pequeños empresarios, pensionistas, usuarios de la sanidad y escuela públicas...), lamina a las inferiores (parados y discapacitados dependientes). Y la Reina de Corazones bien podría ser Esperanza Aguirre, pidiendo la cabeza de los mineros porque le parecen pocos y, sobre todo, iguales; y es que los concejales de Madrid, dice, llenaban el estadio Bernabéu "de gente diferente", es decir, de señoronas y sus criadas, mientras que a la manifestación minera sólo van las segundas. Ciertamente, los defraudadores fiscales amnistiados no debían encontrarse en la Puerta del Sol, pero no se da cuenta la presidenta de Madrid de que los recortes que, mientras ella hacía estas declaraciones, anunciaba su jefe en el Parlamento, van a multiplicar el número de víctimas de la crisis de tal modo que hasta algunas señoronas habrán de verse en la puerta de Cáritas, y no para donar su ropa vieja sino para pedir ayuda.

No sé si cabe, en el caso de los mineros, la traición (¿de los empresarios, quizá?) y su defenestración (es poco probable, desde luego, que el Gobierno dé marcha atrás), pero también hay que recordar que, doscientos años después de la muerte del cosaco, su nombre era coreado por las calles durante la Revolución Rusa. Del mismo modo, estoy segura de que esta movilización, teñida del mismo romanticismo que tuvo la rebelión de los siervos, tendrá consecuencias a largo plazo, porque son cada vez más los que ven su presente y su futuro negros como el carbón y poco o nada que perder. El número de los "prescindibles", que decía José Luis Estrada (ésos de los que los poderosos pueden prescindir de un modo u otro sin correr el riesgo de caerse ellos) aumentarán, y quizá esta vez no les salgan las cuentas a quienes las hacen para que siempre ganen los mismos.








viernes, 1 de junio de 2012

Poema de Juan Vallejo a José Luis Estrada









Ahí, ahora, todo es memoria
por esa repentina compañía
que irrumpe en el Solar de las Nogales.
El ruido de la hojarasca, al ser pisada,
quebrada deja la luz;
anuncia que alguien a deshora te visita.
Para ti, siempre será a deshora,
porque saltará el silencio de los pájaros,
y tu silencio escucharemos
en las extrañas leyes que rigen el destino.
En un hueco de tu sueño,
esconderás nuestras sombras
para regresar al olvido que redimes.
En el dendros de tu árbol,
árbol nuestro, vuestro, suyo; de ellos el árbol,
del lago, del sol, del huerto, de las plazas, de las calles,
nos añadirás poniendo lentitud
en los aros circuncéntricos
para hacernos planetas de los equinoccios.
Todo con pasos de memoria,
relatando la luz fundida de tus cenizas.


Te pilló la muerte
con las manos llenas de pájaros rotos,
llenos los ojos de lágrimas ocupadas,
el tiempo abrazado a tus piernas,
los zapatos abrochados en la horma del destino.
Tan largo el camino por andar...
Tus sombras, todavía navegando,
tus hijas aún
sin anudar la vida.

En las venas de tu árbol, 
el sol se orienta terso,
libera tu respiración, le hace habitable,
y ahí nos quedamos
con el principio de tu edad,
latiendo contigo
las varadas horas que nos debes.
De sus murtas
sembraremos los caminos
que dibujaste en las sienes de los ancianos,
en los labios de los muchachos y muchachas
que te recibían en la plaza...
Cosecharemos esa sembradura
palabras como las tuyas,
y las pondremos en el olivo
oferentes, limpias, transparentes;
mudarán el lenguaje de los sucios,
los indignos, los tramposos,
los de la codicia y la hiel,
los que tanto han hecho sufrir.
Las leerá el viento,
el cierzo amatorio.
Vertidas en el libro de la sabiduría,
quedarán soldadas con tu voz,
la atmósfera impregnada
de tu timbre sereno
formará los ecos de nuestros destinos.


La tinta está batida con la savia del olivo,
cita los silencios que no han sido,
narra por el envés de su corteza,
el dolor sin nombre, el azul del Veronés
que posa en las aguas de Sanabria
antiguas brisas;
unta en tu inmemoria
nuestro dolor.
El cierzo descalzo,
para no despertar a los pájaros,
le escondes,
filtras el sorbo de las ramas
para escuchar cuánto te amamos,
¡cómo echamos de menos tu opinión!


Vivimos con tus preguntas,
con el tiempo sin orillas
que nos marcaste.
Mientras nos convocas junto al árbol,
somos heridas de luz
que encienden las gargantas de los viejos,
de los muchachos, de las muchachas;
somos verdad sin idiomas,
silencios injertados a la hiedra,
para estirpe del sol si tú quieres.
Nuestros hijos, nuestros nietos,
están en tu árbol de sangre y savia.
Pronuncian tu nombre
que es como una rebeldía
que osa vivir entre la injusticia.


"Deja que al fin yo por siempre
en tu fondo el silencio recuerde"
que tu nombre pronuncie
gritando con todos:
¡A la Plaza! ¡A la Plaza!



martes, 29 de mayo de 2012

Insoportable

Fresadora, chirrido, sierra,
espanto, tuberoso, brutal,
supura, trepana, amputa,
tubérculo, almorrana, rata,
regurgita, grasiento, pústula,
purulento, gálibo, estertor,
coprófago, agusana, sonda,
pudendo, escupitajo, raja,
gonorrea, hemorragia, costra,
estreñido, ágrafo, marrón.


Amor mío,
¡cuánto te echo de menos!


domingo, 27 de mayo de 2012

Poesía eras tú



Yo solía contar nuestros besos.
Tenían que ser impares.
Lo sabías.
Tú los contabas también
para asegurarte
-querías complacerme-
o para bromear
besándome cuatro, ocho, doce veces,
echabas a correr y yo
iba en tu busca
reclamando ese beso que dejara
la puerta abierta a nuevos besos.
Porque par era cerrar;
es redondo, un cartel de completo,
es definitivo
y yo lo odio.
No quiero el para siempre
y ahora tengo
un para nunca.
Besos: cero.


____________________________________


Arde la chimenea con un sonido
de bulliciosos pájaros,
brilla la mesa encerada y
las paredes limpias,
huele a fruta, guiso caliente
y pastel de domingo,
las flores del jarrón parecen vivas.


Mas alguien se ha dejado la ventana abierta.
Y es de noche.
No queda nadie
en la calle.
Ni un borracho.
Ni un perro
que ladre.
Nadie.
Y entonces
se oye ese ruido atronador que nos recuerda
que al pie corre el oscuro río.
Tan frío.


___________________________________


Cuando te acercabas a mí
-¿recuerdas?-
agarraba tus manos y me dejaba caer hacia
atrás, al vacío que se abría
a mi espalda.
Tenías una milésima de segundo
para sujetar mis dedos,
librarme de la falta caída.


Y nunca lo dudé.
Y nunca me fallaste.


Estás loca -me reñías-,
un día me fallarán los reflejos,
no podré retenerte a tiempo,
me faltará la fuerza,
caerás, te matarás, no sé...


Y sí,
llegó el momento.



martes, 15 de mayo de 2012

15-M


Hace algo más de un año, un amigo, ex jefe y político cabal y honesto, Miguel Hidalgo, me pidió que diseñara la campaña electoral de Civiqus, tal como había hecho cuatro años antes. José Luis y yo vimos en esa campaña la posibilidad de dar rienda suelta a una necesidad, cada vez más imperiosa, de alzar la voz, de denunciar la corrupción del sistema y proponer medidas para afrontar la crisis económica y defender la democracia real. Ambos estábamos en el paro, viviendo en primera persona y a fondo la crítica situación de cada vez más familias, con mucho que decir pero muy desconectados de los ámbitos (político, universitario, asociativo, periodístico, laboral...) desde los que podríamos hacernos oír. Por eso la campaña electoral era una ocasión que había que aprovechar. Me convenció para dar un paso más y entrar a formar parte de la candidatura de León, mientras él se ponía al frente de una campaña que, sinceramente, creo pionera y modélica en cuanto a las formas y, sobre todo, el fondo. Los medios de comunicación nos dieron totalmente la espalda, pero estoy segura de que algún día, desde el programa electoral de Civiqus León e iniciativas como el contrato con León firmado por los candidatos o la declaración de intereses y propiedades pública, hasta el cartel, los billetes, lemas y anuncios, serán valorados como un ejemplo a seguir, tanto por políticos y medios como por publicistas y diseñadores.


Todo estaba en lo que José Luis llamaba su "Cuaderno de guerrillas". En él escribió una madrugada lo que pretendía ser un discurso; me lo leyó mientras yo aún me desperezaba en la cama e inmediatamente comprendí que era mucho más: un manifiesto ("Panfleto para jóvenes sin futuro y adultos mal aparcados por la crisis", lo llamó) y un llamamiento a la movilización -"¡A la plaza!"- como defensa del ágora democrática.
A los pocos días empezamos a ver los primeros carteles, en blanco y negro, llamando a manifestarse el 15 de mayo. José Luis comprendió que ésa era otra forma, la mejor, de poner el grito en la calle, y que había que apoyarla por todos los medios. Le convencí entonces para editar su manifiesto y, junto con los compañeros de Civiqus y hasta con las niñas, lo repartimos por las calles.
El 15-M ambos estábamos en la manifestación, recuperando el entusiasmo con el que nos echamos al ruedo en la época de la transición a la democracia; nos habíamos hecho mayores manteniendo las manos limpias y la fe en las grandes palabras (democracia, justicia, libertad, conciencia...), pero ahora éramos otra vez jóvenes e ilusionados.

En los días siguientes, José Luis pasó muchas horas en la acampada de Botines, con su libro en la mano, mientras escribía la segunda entrega: "Panfleto para banqueros sin bonus, becarios sin sueldo y catedráticos ociosos", en el que proponía ocupar los campus universitarios y recuperar la esencia de las universidades, hoy pervertida por la especialización y el mundo de los negocios. Sorprendentemente, la aportación de José Luis fue rechazada por buena parte de los acampados, que confundieron el apoyo altruista y sincero con un intento de manipulación política. Se trataba -creo yo- del efecto de la desconfianza y el miedo que prenden en los colectivos (como en las personas) inseguros aún de si mismos, y con el descrédito, merecido pero interesadamente fomentado por los poderosos, de la política.

Pero José Luis no se dio por vencido y, lector incansable desde hace muchos años de diarios y de ensayos económicos y políticos, siguió documentándose cada vez más apasionadamente hasta escribir la tercera parte de "¡A la plaza!", ésta ya en forma de libro más amplio, subtitulado "Crisis: viaje al corazón de la bestia que ocultan los Mercados". Sin medios ya para publicarlo (por supuesto, los medios de comunicación también había ignorado descaradamente los escritos de José Luis), lo divulgó a través de la web (www.alaplaza.es).

La víspera de otro 15-M vio el libro impreso. Estaba entonces agonizando en la cama de un hospital. "Ahora ya no podrán con nosotros", musitó. Aunque nunca fuimos "tú y yo", sino "nosotros", dos personas en una misma piel, obra el uno del otro, supe y sé que se refería a un "nosotros" mucho más amplio, del que últimamente hablaba con pasión y desazón. Los (nos) llamaba "los prescindibles": todas las personas de las que el sistema puede prescindir para ganar esta guerra de ricos contra pobres sin provocar una revolución violenta que les ponga a ellos en peligro. Desde que, dos meses antes, descubriera que estaba gravemente enfermo, había cambiado el "cuaderno de guerrillas" por "el maletín de los sueños", lleno de cuadernos en los que anotaba cómo podía él contribuir a la felicidad de los familiares y amigos a los que amaba, pero también a la mejora de la sociedad con la que siempre se sintió comprometido.


Fueron sus últimas palabras. Al día siguiente, 15 de Marzo, murió.
Mañana, 15-M otra vez, hará dos meses. Dejo, como aportación a esta doble conmemoración, sus palabras:


"Lo esencial es hacer virtud de la incertidumbre, reencontrar el espíritu socrático de la duda, aunque esto nos reporte, como a Sócrates, la condena social. La lucha debe escenificarse en la plaza, que no debe abandonarse ya jamás, pero ha de ser, ante todo, individual y una carrera de fondo, porque el camino será largo".



miércoles, 2 de mayo de 2012

El Roblón de las Janas



Su padre sopesó las opciones que se le ofrecían para ir de guarda forestal. Los años pasados en Truchas habían sido prolíficos: había encontrado a la mujer de su vida y había tenido a sus tres hijos. Ahora, ellos eran lo que más le importaba en el mundo y quería proporcionarles la mejor educación posible. De modo que decidió el traslado al Valle de las Casas, pues su maestro, uno de los pocos maestros republicanos que habían escapado a la represión, tenía fama de ser excelente (y lo era). Pero, ya instalados, Adolfo constató que el número de niños y niñas del pequeño pueblo era tan exiguo que la escuela corría un serio riesgo de ser cerrada y el maestro trasladado a quién sabe dónde. Urgía conseguir más niños para la escuela. Y lo hizo. Convenció a los de un pueblo cercano, más pequeño aún, para que fueran a estudiar al Valle. Era un pequeño grupo de críos y crías de todas las edades, algunos muy pequeños. Cada mañana, a veces entre la nieve y el hielo, encogidos de frío y entumecidos aún por el sueño, recorrían los pocos kilómetros, que a ellos se les hacían eternos, por un camino que los primeros rayos del sol de invierno apenas llegaban a iluminar lo suficiente para no trastabillar.

Por ese tenebroso sendero, el Camino de las Janas, se les veía llegar de madrugada en fila, como tenues y tristes sombras acompañadas por el lejano aullido de los lobos. Al pequeño José Luis se le encogía el corazón al verlos cuando él mismo recorría los pocos metros que le llevaban de su casa a la escuela, con su pizarrín y el carbón para encender la estufa en la que el maestro echaría la leche en polvo del almuerzo. También le pesaba a su padre, Adolfo, "el guarda-ríos", quien, para animar y defender la alegría infantil que el miedo enfriaba en los corazones de esos niños, les hablaba del Roblón de las Janas, el gran árbol que, desde el cercano bosque, les protegía camino de la escuela. ¡El Roblón de las Janas!

Encogido en la cama su metro ochenta y seis centímetros de cuerpo suave y fibroso, caliente siempre como un panecillo recién salido del horno, ancho y acogedor, José Luis me contó esa historia, por primera vez, en uno de esos abrazos con los que me envolvía por completo, con sus brazos como flexibles ramas. El cáncer se extendía por la savia de sus venas y él recordaba esa imagen en las noches de insomnio y delirio. Se estremecía de ternura pero, al tiempo, el mito de su infancia le reconfortaba y fortalecía, al tiempo que servía para explicar su vida que se iba acabando vertiginosa y cruelmente:
"Tú y las niñas sois las Janas y yo soy el Roblón de las Janas".

Hoy, un amigo, César Javier Palacios, con quien compartimos algunos de los mejores años de nuestra vida (aunque entonces no sabíamos que lo eran), me ha escrito una carta. Tengo a mi lado uno de los libros que han sido para mí como un fetiche: "La llamada de los árboles", de Antonio Colinas. Es el segundo que tengo. El primero se lo regalé a Vela Zanetti después de una llamada telefónica en la que me contó que, por fin, había decidido pintar un cuadro para si mismo y no para pagar facturas. Sería un autorretrato: un gran tronco serrado, un árbol abatido por la mano del hombre. "Pero no sé cómo hacerlo, estoy bloqueado", me dijo. Deseosa de responder a su llamada, mi ignorancia me resultó terriblemente frustrante pero pensé compensarla con la sabiduría de otro, así que cogí el libro de Colinas y se lo envié. Al día siguiente, Vela volvió a llamarme, esta vez entusiasmado: "He estado pintando toda la noche y, gracias a ti, he terminado el cuadro". En la exposición que José Luis organizó para que los burgaleses conocieran y reconocieran la obra del mejor de sus artistas, el mayor de sus sabios, Vela todavía daba los últimos retoques al cuadro que habría de recibir a los visitantes en la sala de exposiciones y, cuando nos vio, le dio la vuelta para que viera la dedicatoria a Antonio Colinas y a mí.

Mi amigo César Javier, que desde hace años vive en Fuerteventura, vino a visitarme el sábado, con otro amigo burgalés (casi un "alter ego" de José Luis, Elías Rubio), y me trajo su último libro: "Árboles y arboledas singulares de Canarias". Le dije que me encantaba la palabra "arboledas", pero no que era una de mis favoritas, una de ésas que, de vez en cuando, repito en voz alta y saboreo con el placer de una niña comiendo un caramelo. La carta que acabo de leer me dice cuánta ilusión le hizo verme y compartir con Elías y conmigo tan buenos recuerdos. Me envía un dossier del trabajo que está haciendo "y que, sin duda, le habría entusiasmado a José Luis", quien fue su jefe y para quien, si yo era su mano derecha, él era la izquierda... o viceversa. Y me dice (e indiscretamente revelo): "Lograrás que la figura de José Luis crezca en nuestros corazones como un inolvidable roblón singular con la alegría de haber disfrutado tan intensamente de su bondad, sencillez y extraordinaria profesionalidad".
¡El Roblón de las Janas!




lunes, 30 de abril de 2012

¡Maldita primavera!


No sé si es lluvia o llanto.
¡Maldita primavera que no es!
Donde debía estar la flor, el polluelo piando, la atareada cigüeña;
donde debían estar la merienda en la hierba, la siesta,
el paseo en el bosque, el pan de raposa,
la caseta de ramas nuevas y palos;
donde debías estar tú, tú y yo, tú y yo y los nuestros...
¡es el pesado vacío, tan lleno!
¡Un agujero, tan blanco!
No sé.
No sé si lloro o lluevo,
no sé si es lluvia o llanto.

lunes, 23 de abril de 2012

38 días

¿Eres tú?, pregunto al mirlo
que echa a cantar
al paso de mi pena.
¿Eres tú?, pregunto a la nube
que toma forma de beso
ante mis ojos nublados.
¿Eres tú?, pregunto al pez
que salta en el río
que llora.
¿Eres tú?, le digo a la onda
que surge en el agua
como lágrima que estalla.
¿Eres tú el aire
que seca mis mejillas anegadas,
el ruiseñor que se esconde
en la noche del muro,
la estela que araña el cielo,
el viento que me empuja
hacia adelante
sin miedo ni consuelo?

Te siento
fuera y dentro,
en el aire que me rodea
y en la piedra que llevo en el pecho.
Te siento
en forma de sombra,
de rama, rumor, silencio.
Te siento
fluyendo,
saltando de piedra en piedra,
de piedra en hoja,
de hoja en cielo.
Te siento y me siento sola.
Tú en todo.
Yo, sin ti.


jueves, 22 de marzo de 2012

Ángeles


Si alguien que lea estas palabras piensa que me he vuelto loca, puede que tenga razón: perder temprana e inesperadamente a quien te ha demostrado, durante 25 años, amarte más de lo imaginable, y a quien se ha amado y ama más de lo que se ha descrito, no es poco motivo para volverse loca. No obstante, me siento impulsada a correr ese riesgo y contarlo.
Durante estos aciagos días he recibido cientos de mensajes en el sentido de: él sigue contigo, él seguirá viviendo dentro de ti, él te seguirá acompañando... Ese tipo de comentarios que siempre interpreté literariamente y que estos días he vivido literalmente. 
El viernes vi por última vez el cuerpo que me ha envuelto tantos, tan rápidos e intensos años, pero no quise ver cómo lo devoraba un horno. Mientras eso sucedía yo ya había aparcado el coche frente a mi casa, junto al parque de La Condesa. Apagué el motor y abrí la ventanilla. Cerré los ojos. Interpreté el sonido de los coches que pasaban a mi lado como el sonido de la vida... y de pronto se detuvo cualquier sonido. Se hizo un silencio total y sentí una ráfaga de viento entrando por la ventanilla del coche. Supe que todo había acabado.
Sollocé y pensé con pena en la efímera llegada de la primavera que él no pudo contemplar. Han florecido los árboles, le dije, y pronto llegará "la nieve inversa del verano", recordando el día en que le dije eso y él me alabó la metáfora. Cuando abrí los ojos, vi, en efecto, cómo el viento hacía que el polen y los pétalos de las flores ascendieran, en la calle repentinamente vacía, en remolinos blancos. El viento me trajo otra imagen: la de ambos, con las manos enlazadas y los ojos cerrados, en el templo griego de Agrigento, hace muchos años, plantando cara a un viento tan fuerte que parecía llegar desde el principio de los tiempos batiendo los siglos, y el viento entró entonces por la ventanilla del coche casi con la misma fuerza. Sentí en él su clara presencia y, un poco asustada, intenté encender un cigarrillo mientras le oía decir "tienes que dejarlo", pero el mechero saltó hecho pedazos en mi mano. No podía obviar las señales. Sólo faltaría, pensé, que lloviera, pues durante años se labró una merecida fama de gafe en este sentido. ¡Y llovió! Bajé del coche para sentir en la piel la lluvia, el viento, las flores... y antes de decidirme a subir a casa, donde me esperaban familiares y amigos, le pedí la traca final. Pues sí. Oí varias ráfagas de petardos, supongo que provenientes de alguna boda en San Marcos. Sonriendo, subí a casa. Lo primero que oí fue: "¿Has visto, Esther? ¡Ha llovido!". También lo habían interpretado como un signo. Pregunté si habían oído los cohetes. "Sí, justo cuando estábamos brindando por José Luis".

José Luis, mi manual de instrucciones para vivir, me ha enseñado muchas cosas sobre mi misma que me serán valiosas para aprender a respirar sin él, como ir en el sentido contrario al que yo creo que debo ir o calcular el triple del tiempo que creo que necesito para llegar a alguna parte (él era también mi referencia espacial y temporal), pero desde ese día, además, me gusta hablar con él. Así que voy camino de hacer realidad las palabras de un viejo y queridísimo amigo de los tiempos universitarios a quien ni el Facebook ha sido capaz de devolverme, Natalio del Amo, con quien me gustaba, sobre todo, inventar historias y hablar de Cortázar. Una vez nos imaginamos de viejos y él dijo que a mí me veía como una viejecita cariñosa y estrafalaria que paseaba por los parques hablando sola.
Hoy es nuestro aniversario, el del día en el que José Luis y yo nos conocimos, primer día de primavera, y he ido a dejar sus cenizas en Sanabria, el lugar del que provenían muchos de sus recuerdos, al que me llevó para intentar conquistarme, al que hemos ido decenas de veces y al que siempre quería volver. Hacía un día soleado y primaveral. Nos acercamos al lago, hoy en completa calma, para arrojar al agua un puñado de cenizas de su cuerpo y unas flores. Quienes estábamos vimos con sereno asombro cómo las flores crearon lo que allí llaman "una bruja" (un gran remolino que se deshace en rápidas y grandes ondas) mientras descubríamos bajo las aguas un gran corazón hecho, quién sabe por quién ni cuándo, con piedras.


Tras enterrar el resto de las cenizas en su heredad, un pequeño terreno flanqueado de castaños desde el que se oye el rumor del río y se ve la sierra, me asomé al puente en el que tantas veces contemplamos juntos el paso alegre del agua, y vimos saltar una trucha enorme, la única que, al parecer, se ha visto allí en años.
Hay más. Más casualidades, señales... qué sé yo.
"La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, así que... ¿por qué no pensar que la energía de una persona se transforma en una especie de presencia consciente?", me dijo mi hermana, atea, como yo, y refractaria toda su vida a cualquier tipo de superstición... como yo.
No lo sé. Pero en una ocasión Vela Zanetti nos dijo, a José Luis y a mí, que él no creía en Dios, pero sí en los ángeles. Me sumo a esa creencia y creo en ti, José Luis.


viernes, 6 de enero de 2012

Son los padres



Primero fue el tambor. Octavio ya tenía un tambor, pero estaba roto. Ese año no había pedido nada a los Reyes, porque no sabía qué pedir. El tambor, igualito al que tenía antes, pero con colores distintos y más brillantes, le gustó mucho.

Las Navidades siguientes, Octavio sí sabía qué pedir: un camión de bomberos como el de Mario, el niño cuya casa mamá iba a limpiar todas las mañanas, después de dejarle a él en el colegio. Un día que estuvo con gripe mamá lo llevó allí. Papá tenía que presentarse en la oficina del paro, así que no podía cuidar de él, y mamá dijo que podría trabajar y cuidarle al mismo tiempo. Octavio se alegró mucho de conocer la casa que mamá limpiaba. Era un piso muy grande, aunque él no pudo ver todas las habitaciones, y el cuarto de Mario, a quien le hubiera gustado conocer, estaba atestado de juguetes. “Puedes quedarte en este cuarto y mirar los juguetes, pero no los cojas”, le advirtió mamá. Él no tenía muchas ganas de jugar, porque tenía fiebre y se sentía más a gusto tumbado en la cama, pero cogió, sólo un momento, el mando a distancia de ese enorme camión rojo, y pudo moverlo por toda la habitación. Mario no debía conducirlo muy bien, porque eran bien visibles los desconchones en la pintura del parachoques, la trasera y todas las esquinas; con el mismo mando se extendía y movía en todas direcciones una escalera plateada. Eso fue lo que más le gustó. El botón del mando a distancia estaba flojo, pero funcionaba perfectamente.

Los Reyes Magos se portaron bien: le dejaron bajo el arbolito de Navidad un camión igualito, incluso con el botón del mando a distancia flojo, pero sin desconchones. Octavio aún jugaba de vez en cuando con ese camión, a pesar de que la escalera ya no se desplegaba del todo y giraba más lentamente.

Después fueron los títeres, la prensa de flores, el juego de bolos, el curioso tren de madera y cartón, el invernadero con plantas y todo…

Ahora tenía ya ocho años. Era un niño mayor, o eso le decía todo el mundo, aunque él no se sentía muy diferente. En todo caso, le seguía gustando, más que nada, la Navidad. Esta vez había pensado pedir a los Reyes una consola. Casi todos sus compañeros la tenían. Jorge, incluso, se la había dejado una vez. Pero mamá le disuadió: al parecer, las consolas son malas para la vista y la cabeza, además de ser adictivas, que quiere decir que te enganchan y luego sólo quieres jugar con ellas. No le importó porque papá y mamá empezaron a llevarle casi todos los sábados a un cibercafé; papá sabía un montón de direcciones de páginas web con juegos como los de la consola de Jorge.

También había pensado pedir un robot que anunciaban mucho en la televisión, pero mamá le recordó que los mejores juguetes son los que no tienen ninguna marca. Finalmente, se decidió por una cometa.

Ahora sólo faltaban algunas horas para que los Reyes Magos visitaran su casa y Octavio se revolvía, inquieto, en su cama. Se había quedado dormido nada más acostarse, como siempre, pero un ruido le había despertado y tenía miedo. Llamó bajito a sus padres, pero no le oyeron. Quería levantarse, pero tardó un buen rato en reunir el valor suficiente. Ya en el pasillo, vio luz en la cocina. Por si acaso eran los Reyes, no quiso molestarlos, así que se dirigió a la puerta de la izquierda, la del dormitorio de sus padres. No había nadie en esa habitación. No quedaba más remedio que ir a la cocina. Entreabrió muy despacio la puerta y comprobó, con decepción pero con alivio, que no eran los Reyes, sino sus padres, quienes estaban allí. Mamá estaba cosiendo, a un bastidor de juncos en forma de rombo, una gran tela pintada con la silueta de un pájaro sobre un fondo de flores que le recordó a un pañuelo que ella usaba a menudo, mientras papá manipulaba un rollo de hilo fuerte. Sobre la mesa había pinturas, pinceles, rotuladores, la caja de costura, tijeras, papel de seda…

Octavio, a través de la rendija de la puerta, observó con mudo estupor, hasta que se dio cuenta de lo que sucedía. Había descubierto la verdad: el regalo son los padres.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Durmiendo con el enemigo



Joaquín Sabina y Javier Krahe cantaban una canción, hace años, que describía distintos círculos viciosos. En una estrofa decía que el jefe era jefe porque valía mucho y se sabía que valía mucho porque estaba de jefe; había un hombre que estaba triste porque tenía anemia, tenía anemia porque no comía y no comía porque estaba triste; un vecino que no trabajaba porque nadie le contrataba y ello porque estaba fichado, tenía ficha por haber estado preso, fue a la cárcel por haber robado y había robado porque no tenía trabajo; o un tipo al que nadie hablaba porque le tenían miedo, le temían porque llevaba pistola e iba armado porque no se fiaba de nadie, dado que nadie le hablaba...

Lo desesperante de la situación actual es, en mi opinión, el círculo vicioso en el que vivimos y que provoca una insoportable impotencia. Buen ejemplo es el de Grecia. Allí, el todopoderoso banco Goldman Sachs, ayudó al Gobierno a falsificar sus cuentas para poder entrar en la Unión Europea, mientras era vicepresidente uno de sus empleados, Mario Dragui, lo que provocó una deuda pública que ha puesto al país en la puerta de salida de la Unión. El único que podría solucionar el problema, comprando la deuda, es el Banco Central Europeo, y ¿quién está al frente? Ya se sabe: Mario Dragui quien, por supuesto, no tiene intención alguna de comprar la deuda. La solución que se ha encontrado es asfixiar económicamente al pueblo griego, que nada supo de todo esto, y poner a dedo en el Gobierno a otro tecnócrata salido de la misma escuela, Goldman Sachs, flanqueado por la ultraderecha, lo que da que pensar que, más que gobernar, le han puesto allí para asegurarse de que la gente como Dragui sigue ganando dinero jugando con la Banca en lugar de a las chapas en una celda. Algo similar ha sucedido en Italia, donde el político paradigma de todo lo deleznable que pueda tener un político ha puesto fácil al Mercado sustituirle (sí, también sin Elecciones y por tiempo indefinido) por uno de los suyos. En suma, los banqueros, MBAs y demás dirigentes corporativos (es decir, los causantes de la crisis económica) están quitándose de encima a los políticos que utilizaban como títeres para tomar directamente las riendas.

En fin, que estamos durmiendo con el enemigo: nos están "salvando" los que nos han hundido; nos hundieron por ganar más y, "salvándonos", siguen haciéndolo, mientras los demás nos hundimos más porque, al parecer, la única forma de "salvarnos" es hundiéndonos más nosotros y haciéndoles ganar más a ellos... Sin embargo, cualquiera sabe que los círculos viciosos son complejos pero salir de ellos es sumamente sencillo: sólo hay que romper el círculo. El jefe debe demostrar lo que sabe, el triste tiene que comer, al pobre hay que darle trabajo; al de la pistola, conversación... y a los más ricos, hacerles pagar.

www.alaplaza.es



viernes, 21 de octubre de 2011

Una victoria póstuma

Han sido tantas las víctimas mortales de ETA (857 en sus 51 años de vida) que muchas personas llevamos nuestra propia víctima a la espalda. Yo también y no puedo dejar pasar una fecha tan feliz como ésta sin dedicarle unas lágrimas y unas palabras. Se llamaba Javier Gómez Elósegui, aunque para mí y los amigos comunes era sólo Elósegui. Era de León. Le conocí durante breve tiempo y le recordé el resto de mi vida. Entonces éramos dos adolescentes que teníamos en común el ansia por la libertad y la fe en las más bellas palabras: justicia social, igualdad, paz, democracia. Nos llamábamos comunistas, aunque ninguno de los dos sabíamos, en esa época cerrada y oscura en la que brillaban nuestros ideales de quinceañeros, lo que era eso, más allá de algunas lecturas aún clandestinas y muchas conversaciones en los parques poco frecuentados al caer la tarde, tras las horas de colegio y biblioteca. Algunas de esas conversaciones las terminábamos cantando la famosa canción de Labordeta: "Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra llamada Libertad. Hermano, aquí mi mano...". La cantábamos intentando no levantar la voz, lo que, además de difícil, resultaba tan antinatural que el esfuerzo nos estremecía tanto como la emocionante letra de la canción.
No he podido encontrar ningún otro retrato de Elósegui más que éste, tan deficiente, pero recuerdo perfectamente sus ojos claros, entonces tras unas gruesas gafas, y el tacto de su mano cuando cantábamos a la Libertad, enlazada a la mía en un gesto de fraternidad que deseábamos universal.
Elósegui tenía dos años más que yo; quizá por eso y por su propio carácter, yo le encontraba demasiado serio y él a mí demasiado poco, pero compartíamos la pasión común por la lectura y los versos de Bertolt Brecht limaban cualquier discusión entre ambos.
No sé o no recuerdo qué profesión tenía él pensada para su futuro, a parte la de revolucionario, pero no me sorprendió enterarme de que había optado por el estudio de lo humano. Era, según pude saber por los breves retazos biográficos publicados tras su asesinato, psicólogo en la cárcel de Martutene. Formaba a los funcionarios de prisiones y defendía sus derechos como sindicalista, ofrecía asistencia a las víctimas de la violencia, trabajaba con ahínco en la reinserción de los presos y batalló por el acercamiento de los presos vascos, por el diálogo y la paz. En suma, ese horrible 11 de marzo en el que acababa de despedirse de su mujer y su hija de tres años (Irene: paz), a sólo 37 años de su nacimiento y 15 metros de su casa en San Sebastián, lo mataron aquéllos a quienes él quería escuchar y por quiénes deseaba hacerse oír: no hay nada más triste y, de algún modo, hermoso. Hoy, más que nunca, pienso y quiero pensar que esa terrible canallada no fue en vano. El adiós de ETA es su victoria, y la de muchos, después de muertos.