martes, 9 de agosto de 2022

Juan Vallejo. Cogito, ergo Gótico

 



Decía Borges sobre los escritores que al principio todos son barrocos, “vanidosamente barrocos”, pero con los años, “si son favorables los astros”, pueden lograr, no tanto “la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”. Supongo que lo mismo puede decirse de muchos artistas, al menos de Juan Vallejo, cuya última exposición, “Gótico”, en el Arco de Santa María de Burgos, es un viaje a la raíz del arte gótico y un homenaje a “la gran fábrica de arte que es la Catedral de Burgos” y a cuantos contribuyeron a su construcción: canteros, artesanos, comerciantes, prostitutas y todos los “villanos” que vivieron a su sombra y vertieron sus propios oficios, quehaceres, conocimientos, vidas, en el monumento que ahora celebra su octingentésimo cumpleaños.

Juan Vallejo sorprende cada vez que expone. Su obra da constantes giros de tuerca dentro del expresionismo abstracto que, ahora es doble: intelectual y carnal, conceptual y sensitivo, abstracto pero contiguo al mundo; y va en una doble dirección: convierte la idea en entraña y lo sensual en concepto. Y, así, como las mínimas herramientas, esta exposición también habla de su lucha personal, amparada por el desaparecido Diario 16 Burgos, para salvar la Catedral, para arrancarla de las soberbias, avariciosas y negligentes manos del Cabildo y ponerla bajo la protección de sus verdaderos dueños, el pueblo y quienes lo representan desde instituciones españolas (como Icomos) o internacionales (Unesco).

Dice Vallejo que encontró su inspiración en Matisse, concretamente en los gouaches que realizó a finales de los años 40, en los que cortaba y pagaba papeles coloreados. Vallejo, en mi humilde opinión, tiene bastantes puntos en común con ese artista, sin duda uno de los más importantes del siglo XX, como la forma fluida de sus dibujos, la tendencia a la simplificación, la sutileza y, sobre todo, el ritmo, presente no sólo en el contenido sino en la propia disposición de las obras que forman “Gótico”, una colección de círculos, tubos y triángulos.

Más allá de cualquier simbolismo, el carácter puramente geométrico de las obras hace pensar en “El libro de la naturaleza en Galileo”, de Italo Calvino, según el cual la metáfora que contiene el núcleo de la filosofía es la del universo como un libro enorme y continuamente abierto “que no puede entenderse si no aprendemos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito” y esa lengua es la matemática y esos caracteres son “triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin los cuales es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro”.

De modo que, sí, esta exposición remite a las entrañas de la tierra, de las que salió la piedra de Hontoria pero, como en un espejo, también a lo alto, al universo al que apuntan las agujas de la Catedral, que nos mira a través de esos enormes ojos redondos de cuyas vidrieras originales sólo quedan los añicos que Vallejo ha rescatado en esos pequeños trocitos de papel, como ha rescatado la música que quedó dormida dentro de los tubos de sus órganos.

Es una exposición, en suma, tan conmovedora como conceptual y, en todo caso, absolutamente imprescindible. ¡Éste sí es un homenaje digno a la Catedral de Burgos y no los portones egocéntricos de Antonio López con los que el Cabildo y los prebostes burgaleses (léase Méndez Pozo) quisieron volver a burlar la legalidad e hicieron el homenaje inverso, el que celebra el dinero en lugar del arte.



jueves, 21 de julio de 2022

La culpa es de Greta

 

No se puede ser de izquierdas y tener un chalet. No se puede ser ecologista y viajar en coche. Un presidente no puede señalar al cambio climático como responsable de los incendios y viajar en helicóptero… Conclusión: no seamos de izquierdas ni ecologistas ni clamemos contra el cambio climático si no estamos dispuestos a hacernos eremitas. Dejemos que gobiernen los otros, los que pueden tener un chalet, viajar en coche y coger un avión sin culpa porque ellos son coherentes con sus ideas retrógradas. Estos razonamientos me recuerdan a una compañera de mi adolescencia que me decía que no podía hacer pintadas contra el fascismo y llevar un jersey de marca. Las mismas estupideces se pueden oír de cualquier boca.

¿Coherencia personal? ¡Sí, claro, pero los problemas sociales requieren, ante todo, respuestas sociales! Si el cambio climático mata –y no cabe la menor duda para cualquier persona mínimamente informada (por los expertos y las estadísticas, no por los voceros de la derecha ni por los memes ultras) y valore más la opinión de, por ejemplo, Stephen Hawking que del primo de Rajoy-, espero de mí misma algo más importante que reciclar y usar lo menos posible el coche: manifestarme, de viva voz y con mi voto, pidiendo políticas medioambientales. Y, desde luego, espero de los políticos algo más que hacerse fotos a caballo en lugar de en una avioneta o susurrar a las vacas en lugar de poner coto a las granjas de ganado intensivo: espero que lleven a cabo esas políticas que reviertan el camino al desastre.

Pero para quienes la pobreza no es culpa de los escandalosos beneficios de las corporaciones ni de los escandalosos sueldos de algunos directivos ni de la evasión fiscal, sino de los propios pobres por “vivir de paguitas” y de los inmigrantes por, sencillamente, vivir; lógicamente, los incendios son culpa de los ecologistas, que no dejan que se limpien los bosques de maleza por no pisar una hormiga, o del Gobierno, por gastar el dinero en los bonos culturales a los jóvenes (no en armas) en lugar de ponerlos a trabajar en el monte (a los jóvenes, no a ellos).  Los ecologistas, que llevan años (¡decenios!) pidiendo mayor cuidado de los bosques, la prohibición de construir en reservas, de sobreexplotar los acuíferos que evitan la desertización del campo, etcétera, etcétera, son los culpables, porque, al parecer, lo verdaderamente ecológico es promover la caza y la ganadería industrial. Según esta lógica, el campo se vacía, no por un sistema que perjudica a los pequeños campesinos en pro de las grandes cadenas de distribución o por la falta de un buen sistema educativo y sanitario (los dos sectores en los que la derecha realizó los mayores recortes económicos), sino porque los ecologistas no dejan que lo arrasen.

Es el mundo al revés. Ayuso deja morir a los ancianos de las residencias durante la pandemia impidiendo que se les hospitalice, pero representa la vida frente a quienes aprueban la ley de eutanasia; sacrifica la salud y la vida de los madrileños negándose al cierre de la hostelería, pero la mala gestión de la pandemia la hizo el Gobierno por no haber echado el cierre antes;  le encarga a su hermano el negocio de la compra de mascarillas en un escandaloso acto de nepotismo, pero el que tiene que dimitir es el que lo denuncia. Las mujeres que son violadas es porque van por la calle y borrachas, pero a pesar de estas declaraciones de Ayuso en España no hay machismo (eso es cosa de los musulmanes) y si lo hubiere, ni que decir tiene que las culpables son las feministas. Se pone al descubierto la falsedad de las únicas informaciones que pudieran menoscabar el prestigio de los dirigentes de izquierdas, mientras no cesan las sentencias por corrupción de los dirigentes de la derecha, pero los corruptos son los rojos.

Especialistas en ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, estos neorrancios lo son también en echar combustible al fuego.

¡Ah!, y aviso que la foto es un montaje, como la de Sánchez posando chulescamente en un monte incendiado, el de Pablo Iglesias con un traje que le quedaba grande, la de los ataúdes en la Gran Vía, la de Alberto Rodríguez pateando a un policía, José Mújica de compras en Nueva York o mujeres en posturas sexuales explícitas adoctrinando niños.

viernes, 17 de junio de 2022

Sin impuestos no hay democracia

 

La presencia de Vox en las Cortes pero, sobre todo, su presencia en las Elecciones de Castilla y León y, ahora, de Andalucía, les ha obligado a lanzar públicamente, su mensaje primordial que, como el del PP, es: bajar los impuestos. Vox es aún más explícito cuando pide, además, suprimir subvenciones a los colectivos más desfavorecidos. Es, además, exactamente el mismo mensaje en todos los partidos de derecha y la mal llamada “nueva ultraderecha” en todo el mundo, es decir, a escala global. Bueno, está claro, pues, de dónde sale esta gente, ¿no?



El neoliberalismo no es capitalismo. Sus políticos títeres han resucitado el término comunista o rojo, como insulto, para situarse ellos en el otro lado, el del capitalismo, pero lo suyo no va de eso. Recordemos las palabras del expresidente de Estados Unidos James Madison, quien definía el mal que los políticos debían combatir como “incrementar la desigualdad en la sociedad mediante una inmoderada acumulación de riqueza”; o que otros presidentes del país capitalista por antonomasia llegaron a fijar el tipo máximo del impuesto federal sobre la renta –el aplicado a los más ricos- en más de un 80 por ciento en tiempos de crisis.

Capitalismo es libre empresa; el neoliberalismo es plutocracia. Aquí no están los empresarios pequeños, medianos ni grandes; aquí están los mercados, los oligopolios,  los miembros de la Lista Forbes, esos ochenta y cinco multimillonarios que tienen tanto dinero como los 3.500 millones de personas más pobres, ese 1 por ciento que posée más de 110 billones de dólares. Y, en su mayor parte, esas personas no tienen fábricas, no producen nada, sólo especulan.

Bueno, crean puestos de trabajo, dice la derecha, que sigue siendo partidaria de la célebre teoría del goteo según la cual si crecen los beneficios de los de arriba, esos beneficios irán derramándose hacia abajo como un maná. Pero esa teoría llevan aplicándola sus políticos muchísimo años y debiéramos tener ya meridianamente claro que es falsa, puesto que la brecha de la desigualdad no ha hecho sino crecer y crecer. Es tan falsa como que bajar los impuestos supone que los ciudadanos tengan más dinero en los bolsillos, cuando, por pura matemática, una bajada de impuestos proporciona mucho más dinero a los ricos, que ya tienen de sobra para utilizar seguros médicos privados, colegios y universidades privadas, etcétera, en tanto a los de abajo esa limosna les va a suponer tener peores hospitales, peores colegios, menos plazas educativas, menos plazas en residencias de ancianos, etcétera, sin que lleguen ni a soñar con acceder a todos esos servicios privados. En definitiva, bajar los impuestos es hacer a los escandalosamente ricos aún más ricos a costa de la felicidad, el futuro y aún la vida de las clases media, baja y muy baja.


¿Por qué, entonces, hay tanta gente que no lo ve? ¿Por qué los más perjudicados por una bajada de impuestos se siguen dejando engañar con esa promesa electoral? Pues para eso están los políticos, claro, esos políticos que les distraen con sus discursos racistas para que encuentren cerca al enemigo y no en las alturas, que es donde realmente está. El caso es que el dinero carece de imaginación porque esa fórmula es también de muy viejo cuño (por eso me parece inmerecido llamar “nueva” ultraderecha a los Trump, Abascal, Bolsonaro, Orbán y demás). Es lo mismo que hacía la “vieja” ultraderecha culpando a los judíos de todos los males de los ciudadanos, aunque hay que reconocer cierto perverso perfeccionamiento de la técnica sustituyendo a los judíos (distinta raza, pero generalmente adinerados) por los inmigrantes (distinta raza y especialmente pobres).

Tampoco son nuevas sus estrategias de marketing. De toda la vida los publicistas saben que lo que tienen que vender de un producto es, precisamente, aquello de lo que carecen, de modo que si el único efecto que tiene “adelgazar” al Estado es debilitarlo para que ellos puedan moverse más a sus anchas en una economía sin regulaciones, a eso lo llaman libertad, ocultando los apellidos de esa palabra: libertad de morirse de hambre o asco para quienes nunca pertenecerán a la plutocracia y libertad para acabar con la democracia, puesto que debilitar a los Estados haciendo que recauden menos y, por tanto, tengan menos dinero, es asesinar al sistema que defiende la igualdad de derechos de los individuos al margen de su clase, fortuna, raza, género o religión.

jueves, 10 de marzo de 2022

¿Es Vox la extrema derecha?

 

Conozco gente que simpatiza con Vox y se define como de izquierda. Según los especialistas (Mudde, Falter, Shumann, Stanley, Eco…) hay muchas características que definen la extrema derecha, pero se pueden resumir en cinco: nacionalismo, racismo, xenofobia, anti democracia y un Estado fuerte. ¿Cumple Vox estas características? Vayamos a las fuentes –como decimos los periodistas-, es decir, el ideario aprobado y publicado por Vox (“Cien medidas para la España Viva”) y las declaraciones de sus líderes.

Las diez grandes medidas que propone Vox son: acabar con el Estado de las Autonomías, derogar la Ley de Memoria Histórica, endurecer las penas a cualquier persona u ONG que ayude a los inmigrantes, cerrar todas las mezquitas, levantar un muro en Ceuta y Melilla, suprimir de la Sanidad pública las operaciones de cambio de sexo y aborto; eliminar de la Sanidad gratuita a los inmigrantes ilegales; establecer la autorización de padres y madres para charlas que impliquen valores éticos y sexuales; derogar la Ley de Violencia de Género y sustituirla por otra de violencia intrafamiliar, eliminar las asociaciones feministas y acabar con las subvenciones a partidos y sindicatos. Añadiría, de su programa electoral, defender la soberanía nacional de cada Estado de la Unión Europea por encima de las leyes comunitarias.

Si vamos a las declaraciones, no terminaríamos nunca: “la invasión migratoria” (sólo si viene del Sur), “la traición de Cataluña”, “el revanchismo histórico”, “el Estado de las Autonomías se aleja del proyecto común de España”, los impuestos (¡claro!),“los okupas impulsados por los progres y podemitas”, la relación del aumento de la inmigración con el de “las violaciones en manada”, la “avalancha de violaciones fomentada por el feminismo al callarse las violaciones por parte de extranjeros”, “nuestras abuelas no pueden caminar por la calle sin que un delincuente, que mayoritariamente suele ser extranjero, le tire del bolso”, las feministas son “una amenaza a la vida” por su reivindicación del derecho de las mujeres a decir sobre sus cuerpos y “un colectivo que solo busca enriquecerse a través de causas inexistentes”. El colectivo LGTBI se basa en “ideologías totalitarias y anticientíficas”… Todo ello sustentado en, por una parte, noticias tendenciosas (como señalar el origen de los delincuentes sólo si son extranjeros) y un sinnúmero de bulos (como que los menores extranjeros no acompañados reciben 664 euros y cobran más que una viuda y un larguísimo etcétera que recomiendo contrastar en la web https://maldita.es/ o cualquier otra).


¿Cumple Vox las características de la extrema derecha? Pero, además, cumple al dedillo las del populismo:  importancia de lo mítico, líder carismático, culto a la tradición, reinvención del pasado para suscitar un sentimiento de nostalgia hacia los roles patriarcales, lenguaje bélico y emocional (la personificación de España, el lenguaje épico, la insistencia en las palabras miedo y enemigos…), utilización de las clases frustradas o descontentas para hacerles sentir humillados, pensamiento único, descrédito de la educación, ataque a las instituciones públicas para reemplazarlas por otras afines, exaltación de la nación; consideración de la cultura, el pensamiento crítico y la diversidad de pensamiento como un ataque a los valores tradicionales y, por el contrario, exaltación de lo rural como reserva de esos valores; infundir el miedo al diferente con un discurso de “Nosotros y Ellos”... Umberto Eco, el autor en el que me estoy basando aquí (muy recomendable, junto a otras, su obra “Cinco estudios morales”), señala que en este punto es importante identificar al Nosotros con la cultura del esfuerzo que permite progresar y al Ellos con vagos y pobres que sólo quieren vivir de las ayudas del Estado, de modo que se justifiquen las jerarquías sociales y el hecho de que las minorías estén en lo más bajo. Por último, habla de las teorías conspiratorias y la creencia de que existe un complot contra la patria.

Otro experto, Jason Stanley, en su estudio sobre el fascismo, añade, entre otras cosas, que las razas distintas  a la blanca, los homosexuales, los inmigrantes, los “cosmopolitas decadentes” o los que no practican la religión dominante, por su mera existencia, atentan contra el orden público. “En el proyecto fascista se combina la ansiedad que provoca la pérdida del estatus de los miembros de la verdadera nación con el miedo que despierta que se reconozca la igualdad de las minorías odiadas” Además, se hace uso del victimismo como fundamento para ahondar la desigualdad: “El fascismo manipula esta sensación de pérdida –que es auténtica- y la transforma en una queja victimista para justificar tanto las nuevas formas de opresión como las presentes o anteriores”.


Bueno, no voy a extenderme más, pero por si no queda probado que Vox es un partido de extrema derecha, populista y fascista, añado una tabla elaborada por la periodista Belén Sumba.

A mí no me cabe duda de que la nueva ultraderecha que ha surgido en el contexto de la crisis, con su exaltación de una identidad nacional supuestamente amenazada por el proceso de mundialización de la cultura y la economía, es una ideología que parte, como la vieja ultraderecha, de la frustración, el odio y la falta de ética, enriquecida en España con los fascistas todavía con el recuerdo de Franco y quienes buscan una nueva ideología a la que agarrarse que les plantee soluciones fáciles. Nueva o vieja, el efecto es el mismo: pudrir las mentes y el futuro.









miércoles, 23 de febrero de 2022

Mesa bien puesta, familia contenta

Hace muchos años, comprando flores en el mercado, presencié cómo un inspector encontraba la balanza de un puesto de frutas y verduras trucada. El encargado del puesto estaba engañando a sus compradores. El estafador rápidamente reaccionó increpando al inspector a voces: “¡Métanse con los ricos y no con los que nos ganamos la vida con el sudor de nuestra frente!”. Los clientes no parecían, precisamente, estar entre “los ricos” y, quizá por eso, no sólo no se enfadaron con el vendedor que les estaba robando, sino que se solidarizaron con él y casi echaron a patadas al pobre inspector. Fue un triunfo aplastante de la retórica victimista que no había presenciado tan claramente hasta que Ayuso se presentó ante el público reconociendo que su hermano se ha llevado una sustanciosa comisión haciendo negocios con el gobierno que ella preside y, con ese gesto de mártir que tanto le gusta, se lamentó amargamente de haber sido espiada por sus jefes de partido y “cruelmente” atacada en “lo más importante que tenemos, la familia” (léase “su familia” porque la mía no sólo no ha recibido ninguna prebenda sino que ha contribuido a pagar las de la suya). Pujol opinaba lo mismo; también los Ruiz Mateos y Juan Carlos I.

El caso es que ni siquiera es la primera vez, pues al poco de ser elegida presidenta de la Comunidad de Madrid ya protagonizó lo que debiera haber sido un escándalo: el préstamo a fondo perdido a su padre y las deudas que se le perdonaron pues… por ser su familia. Pero tampoco reaccionó la gente como parecería lógico y eso que entonces todavía no había contratado para asesorarla al Príncipe de las Tinieblas, el ínclito Miguel Ángel de tan triste recuerdo para los periodistas de Castilla y León a los que, por cierto, espiaba para elaborar una lista negra con datos personales.

La Wikipedia define la retórica victimista como una técnica demagógica que consiste en descalificar al adversario mostrándolo como atacante en lugar de refutar sus afirmaciones y la relaciona con la conducta megalomaníaca, que es lo menos que se puede decir de la conducta de Ayuso. Lo que yo me pregunto es si quienes la apoyan, además de ser las verdaderas víctimas (y pagadores) de esa burda estrategia, no serán también corruptos en sus trabajos o sus vidas o aspirarán a serlo. ¿Serían los clientes del verdulero que les estafaba un profesional que no da facturas, el propietario que vende su piso cobrando parte del precio en dinero negro, uno que engaña a Hacienda, otro que es un funcionario que acepta sobornos…? Como dice Baltasar Garzón, uno de los jueces que ha perseguido con mayor ahínco la corrupción: “En España nunca ha dado miedo ser corrupto; en realidad, como se la daba por existente, la corrupción no ha sido algo que haya preocupado excesivamente a la ciudadanía. Esa indiferencia ha conseguido que las raíces de la misma se hayan vuelto profundas y sólidas, sosteniendo todo un entramado de intereses muy difícil de destruir”.  La corrupción política alimenta la corrupción ciudadana y eso no puede llevar sino al descrédito del sistema democrático. Ayuso está ganando una batalla, no contra el presidente de su partido, sino contra la decencia pública.




domingo, 12 de diciembre de 2021

Las puertas del Tiempo

 



En un auténtico rapto de espíritu navideño, intento encontrar lo positivo de cualquier cosa, hasta del espeluznante avance de la ultraderecha. Y no, no encuentro nada positivo, pero sí, al menos, gracioso. Lo es, por ejemplo, oír a gente joven hablando como si fueran nuestros abuelos: por ejemplo, de la patria y la defensa de los símbolos nacionales (da igual que sean los españoles que los catalanes o los guarromanenses), la tópica pero contradictoria demonización de la política, los políticos y lo político; la identificación entre el feminismo y una guerra de sexos de la que no se tiene noticia… Es casi enternecedor ver cómo se involucran en la política como si fuera el fútbol, en términos de filias y fobias, de derrota del adversario, identificación con el equipo y todas esas cosas que no requieren haber leído un libro en la vida sino sólo saberse las alineaciones y, desde luego, es de traca ver a las chicas exaltando la maternidad y la lactancia materna y sustituyendo al anhelado príncipe azul, no por un amante y compañero sino por un caballero medieval de armadura y pendón.

Comprendo que –siempre hablando de los chavales jóvenes, porque los adultos no tienen excusa- es una reacción bastante lógica, básicamente, a la globalización, que les sume en el vértigo de no encontrar su identidad a una edad en la que ésta lo significa todo. Les perdono que utilicen palabras cuyo contenido desconocen por completo, como igualdad y, sobre todo, libertad; pero, además, les agradezco que estos neorrancios hayan recuperado palabras que estaban ya en el olvido, como rojos y, sobre todo, progres: ¿no es maravilloso que a una la llamen progre cuando anda ya por la tercera dosis de la vacuna? Cuando menos, resulta rejuvenecedor.

Estoy volviendo a ver la divertida serie española “El Ministerio del Tiempo” y no puedo dejar de pensar lo útil que sería poder pagar a los jóvenes unas vacaciones en la época del Cid o de Franco, como lo hubiera sido para mí visitar la China de Mao cuando, de adolescente, entré en la Joven Guardia Roja. Lo malo es que de mis errores adolescentes me salvó la lectura y ahora esa receta resulta imposible en quienes no son capaces de leer más de 140 caracteres. Aunque, en último término, está la sensibilidad, o eso que ahora llaman buenismo para mofarse de la bondad, y ésa creo que es la verdadera receta para superar esa etapa de irracionalidad alentada por quienes utilizan las frustraciones ajenas para ganar adeptos a una única causa, la del dinero (el propio), dirigen a sus huestes contra las migajas que reciben los más débiles en lugar de contra las fabulosas cantidades de dinero público que se embolsan los más poderosos y ondean banderas nacionales cuando su única patria es un paraíso fiscal. Habría que educar a los jóvenes en la cultura y la inteligencia emocional por igual pero, si fracasamos en lo primero, confío en que no lo hagamos en lo segundo.




domingo, 28 de noviembre de 2021

La solución definitiva

 


Europa se estremece ante una nueva ola de Covid. Los casos están subiendo, sobre todo en los países con menos vacunados. En España están subiendo mucho menos, siendo precisamente el que más vacunados tiene. A esto se le suele llamar “dos más dos igual a cuatro”. Leonoticias ofrece hoy algunos datos sobre los casos en León, donde aún quedan 164.000 personas que no se han querido poner ninguna dosis. En los últimos dos meses, cuando la epidemia parecía controlada, se han contagiado 1.475 personas, de las que 103 tuvieron que ser hospitalizadas, 19 de ellas acabaron en Cuidados Intensivos y 8 de éstas fallecieron. Pues bien, prácticamente en todos los casos se trataba de personas no vacunadas (las vacunadas han sido un 0,7 por ciento).

Los datos parecen claros, pero no sirven para convencer a las víctimas del fanatismo o de cualquier otra conducta irracional. Siempre dirán que son datos falsos, ofrecidos por los esbirros de Mañueco, Sánchez o Satán. Incluso la evidencia es insuficiente para este tipo de personas, de modo que no creo que los llamamientos, argumentos o campañas públicas sean suficientes –me temo- para convencerles de que se vacunen y permitan a la sociedad en su conjunto librarse del virus.

En mi opinión, el dinero de estas campañas debiera utilizarse para seguirles la corriente o, como diría Ayuso, respetar su libertad: no quieren vacunarse, que no se vacunen; están en contra de las vacunas, financiémosles su traslado a algún país en el que éstas prácticamente no existan. Yo propongo la República Democrática del Congo, Haití, Tanzania, Chad o Sudán del Sur. En estos países los vacunados con al menos una dosis no llegan ni al 1 por ciento. Tampoco les iría mal Yemen, Benin, Camerún, Papúa Nueva Guinea, Madagascar o Burkina Faso, donde no llegan al 2 por ciento. Y si ninguno de estos países les convence, siempre les quedarán la República Centroafricana, Guinea Bissau, Etiopía, Nigeria, Uganda o Costa de Marfil, donde siguen teniendo unas posibilidades mínimas de que alguien se les acerque con una jeringuilla. Y hay más: hasta 51 países con menos del 10 por ciento de la población vacunada.

Los supervivientes siempre podrán darnos una visión mucho más documentada que la que ahora tienen, no sólo sobre la pandemia, sino sobre asuntos de aún mayor trascendencia, como la terrible brecha entre países ricos y pobres o entre personas razonables e imbéciles.




domingo, 22 de agosto de 2021

Superheroínas


¡Mírenlas bien! En adelante, en el examen para ser superhéroe habrá sólo una pregunta: ¿es usted tan valiente como estas mujeres? Creo que muchos van a tener que darse de baja de la lista de Marvel y demás. Ellas, con los talibanes, armados hasta los dientes, ocupando el Gobierno de Afganistán, se han quitado el velo y dado la cara en la calle, a plena luz del día, para protestar. Ellas que, para los nuevos (y viejos) gobernantes, son sólo carne de esclavitud

Pero para el examen de malo de la película habrá que poner otro ejemplo: ¿sería usted capaz de hacer lo que este hombre, Jimmy Carter, el rey del cacahuete, ese tipo que parece tan simpático, hizo el 3 de julio de 1979, cuando firmó la autorización a la CIA para que armara a los muyahidines afganos y que éstos echaran a los rusos del país? Muyahidin significa "los que luchan por su fe", pero entonces y siempre los afganos, incluidos los más devotos musulmanes, los conocían como "los criminales", así como a los talibanes como a "los burros", por su extrema ignorancia.


Entre Carter y Reagan gastaron más de 40.000 millones de dólares en comprar a esa gente todo tipo de armamento, además de entrenar y enviar como refuerzo a 35.000 más, entre ellos un tal Osama Bin Laden. Buena parte del dinero era para recompensas: 250 dólares por matar a un soldado o un maestro, 750 por matar a un clérigo musulmán no extremista (sí, tomen nota quienes creen que musulmán es igual a extremista), 2.500 por matar a una mujer que no llevara burka... Para cobrar, había que llevar, al menos, una oreja del asesinado. 

Pero el dinero no era la principal motivación. Recuerdo como si fuera ahora la lectura de un reportaje de la época escrito por un periodista que había conseguido pasar unos días junto a esos bárbaros y a la pregunta de por qué deseaban tanto tomar Kabul, todos respondían que para poder violar a las mujeres. Esas mujeres, tan modernas como cualquier mujer occidental, que estudiaban y ejercían todo tipo de profesiones, eran el principal reclamo.


Con todo, les costó veinticinco años conseguir su espantoso objetivo. Y no, la invasión norteamericana de Afganistán no fue una guerra de liberación sino un mero e inútil intento de frenar la bestia que ellos mismos habían creado cuando ésta se les volvió en contra. No hubo ni hay piedad para los afganos y, sobre todo, puesto que son las principales víctimas, para las afganas.

Escribo esto desde el horror y la impotencia. Que se esclavice a las mujeres desde niñas, que se las someta a todo tipo de crueles castigos, que se las sentencie a una vida de brutalidad y miseria desde que nacen es horrible; que se haga a escala de todo un país es impensable, pero que se haga en 2021 es, además, una espantosa burla, un anacronismo estremecedor. 

martes, 13 de julio de 2021

El pecado de la carne

 

Todo es cuestión de prioridades. La derecha española se comporta como los adolescentes: prioriza la hostelería sobre la salud. Yo, quizá por mi edad, entiendo que la salud es lo más importante y que lo importante debe primar sobre lo urgente, que, en este caso, es el beneficio económico. Lo mismo sucede con el tema de la carne.

Ante todo, he de decir que no soy vegetariana. Reconozco que más de nueve mil años de historia desde que el homo sapiens inventó la agricultura y la ganadería y cambió todo su sistema social y mental me pesan de forma contundente y también yo aprecio muchísimo un chuletón al punto. Pero un político no puede gobernar en función de sus gustos, sino del bien común y resulta incuestionable que España es el país europeo con mayor consumo de carne: 275 gramos al día, cuando las recomendaciones de los organismos científicos y sanitarios indican un máximo de 300 gramos a la semana (los niños estudian la pirámide alimentaria en Primaria, no es nada que se haya inventado el ministro de Consumo). De hecho, incluso para la Iglesia Católica –evidentemente acientífica- ya era obvio que el consumo de carne era excesivo y perjudicial para la salud –sobre todo de quienes podían permitírselo, a saber, reyes y nobles-  cuando decretó no consumirla 92 días al año (los viernes y la Cuaresma).

Resulta incuestionable que la ganadería es responsable de la emisión del 14,5% de los gases de efecto invernadero, tanto como todos los coches, camiones, trenes, barcos y aviones juntos; que daña nuestra salud (la OMS clasifica la carne procesada como “carcinógena” y la carne roja como “probablemente carcinógena”); que monopoliza la superficie agrícola, merma la biodiversidad por el uso de fertilizantes y plaguicidas sintéticos en la producción de piensos, que envenena el agua con los desechos y monopoliza su uso (para producir un kilo de filete de ternera hacen falta 15.000 litros de agua)…

Pero sí, como carne y desearía seguir comiéndola. No tengo nada en contra de la ganadería ni el consumo de carne en cantidades saludables. Sí tengo todo en contra de las actuales prácticas en la ganadería industrial, como el uso masivo de antibióticos, que ha provocado tal resistencia a los medicamentos que hoy mueren casi tantas personas por infecciones como antes de que se inventara la penicilina. Y, desde luego, tengo todo en contra del trato que se da a los animales. No es una cuestión de “buenismo” ni sensiblería: no creo que los animales tengan alma, como tampoco creo que la tengan los seres humanos. Pero la propia ciencia demuestra que, al menos todos los mamíferos, compartimos innumerables sensaciones y sentimientos, mientras que la industria ganadera quiebra hasta la emoción más básica que compartimos, la del vínculo madre-hijo.

En sus inicios, las religiones sirvieron para justificar que el ser humano se convirtiera en el eje del Universo y estuviera por encima de todos los demás seres, pero aún incluían cierta relación o pacto entre humanos, plantas domésticas y animales de granja. Pero, como señala el antropólogo Yuval Noah Harari, si “durante la revolución agrícola la humanidad silenció a animales y a plantas y convirtió la gran ópera animista en un diálogo entre los hombres y los dioses, durante la revolución científica la humanidad silenció también a los dioses. El mundo pasó a ser un espectáculo individual”. Citaré otro párrafo aún más explicativo para quienes aún no hayan leído Homo Deus: “La agricultura industrial sacraliza las necesidades, los caprichos y los deseos humanos al tiempo que deja de lado todo lo demás; no tiene ningún interés en los animales, que no comparten la sacralidad de la naturaleza humana, y tampoco tiene ningún uso para los dioses, porque la ciencia y la tecnología modernas confieren a los humanos poderes que exceden con mucho los de los antiguos dioses. La ciencia permite que las empresas modernas sometan a vacas, cerdos y gallinas a condiciones más extremas que las que prevalecieron en las sociedades agrícolas tradicionales”.

Y sí, creo que estamos demasiado lejos del Neolítico, pero no de la revolución industrial que, en términos de la evolución, tuvo lugar antesdeayer. Creo que podemos volver a establecer una economía que incluya la ganadería sin torturar a los animales. Y creo que ese propósito debe estar en la parte alta de las prioridades políticas –por importante, pero también por urgente-, por encima del beneficio económico de cualquier sector.