jueves, 12 de diciembre de 2013

Tontas


En estos días en los que contemplamos impertérritos cómo el Fiscal Anticorrupción ¡se opone! a que el juez Castro (¡qué poco le queda para que lo acusen de prevaricación y lo destierren!) impute a la infanta Cristina por fraude a la Hacienda Pública y blanqueo de dinero, a mí me preocupa qué será de Agustina Álvarez. 

Esta señora es la alcaldesa (del PP) de Cubillas de Rueda, un municipio de poco más de quinientos habitantes que, justo en los días previos a las Elecciones Municipales, sufrió un curioso crecimiento de su población, con 29 nuevos empadronados. No es habitual, desde luego, en un municipio que, en el último decenio, ha perdido unos trescientos habitantes, de modo que la Oficina del Censo Electoral pidió a la alcaldesa que confirmara que, en efecto, esos empadronamientos eran reales. Ella, con mucha soltura, afirmó y firmó que lo eran, pero después se comprobó que los nuevos vecinos se habían empadronado en casas vacías o que, sencillamente, no existían. No hace falta ser muy listo para imaginar a quién votaron. El caso es que ella, al parecer, tampoco es muy lista, porque en el juicio, celebrado hace un mes, la señora alcaldesa se defendió diciendo que es un ama de casa con estudios de EGB que se limitó a firmar lo que escribieron los funcionarios.

Y he aquí por qué me preocupa tanto el caso de esta señora, que se atreve a presentarse para dirigir los asuntos públicos de su municipio y luego alega que es una inculta que firma sin leer y no se entera de nada pero que, eso sí, sigue siendo alcaldesa. ¿Es que ha cundido el ejemplo de la infanta, una señora que se casa con un tipo que, según han publicado Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta, ya era un chorizo cuando se conocieron, con el que ha participado en la gestión de empresas fantasma con cuyos beneficios ha llevado y lleva una vida de lujo asiático (gastaron con cargo a Aizoon y en sólo cuatro años 58.000 euros en billetes de avión y tren, 13.816 en restaurantes, 10.271 en hoteles, 8.312 en joyas...) y dice no tener nada que ver, haber firmado sin saber qué, ostentado cargos sin enterarse de nada y, en definitiva, ser tonta pero, eso sí, sigue gastando a manos llenas y ejerciendo un alto cargo?

Decía Rudyard Kipling que "la más tonta de las mujeres puede manejar a un hombre inteligente, pero es necesario que una mujer sea muy hábil para manejar a un imbécil". ¿Quién maneja, pues, a quién, en la familia Real? ¿Dónde está la habilidad y dónde la imbecilidad?

Sea como fuere, no son casos únicos. La historia de la corrupción está llena de hombres podridos de dinero e infamia con mujeres que se hacen las tontas. Es más, imagino que esa mala costumbre tiene que ver con el papel de tontas que los hombres han dado a las mujeres durante siglos. Lo que me parece nuevo y terrible es que, después de tanta sangre y lágrimas que ha costado la lucha de la mujer por su dignidad y por ejercer el poder en igual medida que los hombres, haya mujeres que opten por esa cobarde actitud habiendo, de hecho, accedido a ese poder. Y es que no estamos hablando de mujeres oportunistas que viven a la sombra de un marido rico dedicadas a sus labores de florero, sino de mujeres que también tienen, en mayor o menor medida, el poder en sus manos, desde una alcaldesa de pueblo a una infanta, pasando por la ministra de Sanidad. 





domingo, 10 de noviembre de 2013

La lista


Aquí estoy, ya sabes, con mis listinas
pulcras e interminables.
Hoy tacho comprar comida
sin mirar
al mendigo de la puerta,
no mojar las sábanas
con el llanto que contuve
durante el día,
recordar a las niñas
cuánto las queremos.
Tacho las tres cosas
-¡qué extraño e interno placer
superponer la recta sobre
las letras curvas, prenderlas
con un trazo al infinito geométrico!-
Y añado:
sacar fuerzas de la flaqueza,
sueños del insomnio,
confianza del rencor,
indignación de la pesadumbre,
presente del pasado roto,
manos tendidas
de los muñones del miedo.


martes, 5 de noviembre de 2013

Todos los santos


Acabó el puente de todos los santos, donde los muertos son esos seres añorados a los que llevamos flores, pero también ánimas que vagan entre nosotros, de modo que su ausencia nos impele a mostrarles que no habitan el olvido, pero su presencia nos perturba. La importación de la fiesta de Halloween la ha convertido también en una parada de los monstruos con la que, supongo,  nos burlamos de forma histérica e histriónica de nuestro miedo a morir. Así que toda la celebración es un caos, como probablemente lo sea nuestra relación con la muerte, llena de sentimientos encontrados. Cada cultura ha ido elaborando su propia relación con la muerte, tan diversa como la esperanza en la reencarnación o la alegría jubilosa de algunas tribus africanas.
Lo que importa no es la muerte sino la forma de morir.
El horror este puente ha estado pintado en las máscaras, pero no en las de vampiros sedientos de sangre o zombis podridos. El horror está en la máscara con la que nos impedimos ver la sangre y la podredumbre real.
Cien cadáveres en las arenas del Sáhara, casi la mitad de niños y niñas, muertos de sed al intentar atravesar el desierto en busca de una vida que les dé la oportunidad de ganarse la vida, el derecho a vivir. Cientos de muertos flotando en las costas de Lampedusa y 114 supervivientes deportados y multados. Veinte mil gitanos, la mitad de los cuales son niños, temblando de miedo porque pueden perder cuanto tienen y tener que emprender el éxodo de su país, Francia.
El horror es pensar que el Mare Nostrum es, realmente, nuestro, el de quienes nacemos en una de sus orillas. El horror es pensar que el escaso 4 por ciento que forman los inmigrantes extranjeros en Europa pone en peligro nuestra civilización. El horror es multar a los lampedusianos que ayudaron a sobrevivir a seres humanos con su mismo derecho a la vida y no perseguir a quienes les dejaron ahogarse o recluir a los "afortunados" supervivientes en campos de ignominia donde tienen que dormir a la intemperie. El horror es que el presidente de Iberdrola viva con un sueldo de siete millones y medio de euros y millones mueran sin nada.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, príncipe y autor de "El Gatopardo", escribió en esa novela la célebre frase de "hace falta de algo cambie para que todo siga igual". Pues ahí estamos.


viernes, 1 de noviembre de 2013

Letanía para el 1 de noviembre


Señor de las aguas, roble milenario,
el habitante del faro, el vigía
del bosque, guardián
de manantiales y regueros
que emerge desnudo del lago;
constructor de chozas, de ideas
y canales en la arena,
de prendedores de hojas y flores,
de aromas; espejo de la hierba mojada
y de la escarcha en la ventana;
inventor de mapas, cabal;
escudo de avispas, polillas 
y pesadillas,
gran cazador de mosquitos y temores,
ojos sin nubes cristal del prado,
espuma blanca en el rugiente mar de la noche,
abrazo, cálida arena, 
número capicúa -y esos hoyuelos que adoro-, 
el guardarríos, rey del amanecer, 
el horno del pan, el fuego
en invierno, la cama caliente
y la mano que envuelve, que irradia,
que lleva prendido el gatito huérfano,
atlante de todas los pesares,
amigo de los pájaros diminutos y los
solitarios autillos,
pacífico habitante del adobe,
olor de café y lavanda
en la mañana;
ladrón de nueces verdes, lilas y moras, 
hortelano de las palabras, 
el camino de estrellas, brújula,
hilo de Ariadna, flecha
en el tortuoso sendero, guía de durmientes
en las madrugadas,
siesta, sonrisa, sombra,
perfume, ágora,
fresa silvestre,
maletín de sueños,
pan de raposa para el hambriento,
transparente campo de rocío,
el gran gigante bonachón,
dulce Gulliver; el tesoro escondido
en lata y cartón,
reloj de muñeca y bolsillo, carillón,
despertador de conciencias;
sueco, canadiense, hindú;
bosque y más bosques,
agua y más agua,
libros,
iris, nido, maíz tierno, ave
migratoria, leal cigüeña, silencio,
rumor de fuente,
naranjo y limonero, carta
de amor, tierra húmeda,
árbol frutal,
el más vivo de todos los muertos.




viernes, 11 de octubre de 2013

El quinqui de la esquina


La crisis está hundiendo el barco social como el iceberg al Titanic. Por supuesto, el agua empezó a inundar los sótanos y los pisos más bajos, en los que se alojan las clases sociales más vulnerables, empezando por los inmigrantes, siguiendo por los obreros y trabajadores por cuenta ajena con peores contratos y, después, trabajadores con más de 45 años o menos de 25, interinos de la Administración... Pero la cosa no ha terminado ahí. El agua ha inundado los camarotes de profesionales liberales ligados a sectores en crisis, como arquitectos o periodistas que, hasta hace poco, formaban parte de una clase media más o menos acomodada; ha tocado a los intocables funcionarios, a los comerciantes... ésos que, en mi adolescencia llamábamos pequeñoburgueses, y que con los años de democracia y bienestar se hicieron "mayores" y conformaron la burguesía urbana. 

Quienes provocaron la crisis -banqueros, especuladores, directivos- no sólo están a salvo, sino que obligaron al pasaje a vaciarse los bolsillos, antes de echarles por la borda, para comprarse lujosos helicópteros en los que han huido allá donde no llegan los gritos de auxilio de los ahogados.

En medio, la clase media alta, la de quienes exprimieron la sociedad del bienestar en su favor -constructores, grandes empresarios, consejeros y muchos políticos- se aferran a proa, cara al viento, confiando en que, si caen, los pasados beneficios les librarán de mojarse los pies.

Pero aún queda una clase media. básicamente la de profesionales, funcionarios de niveles altos, medianos empresarios, rentistas y quienes, de un modo u otro, se han librado de la quema, que se encarama al palo mayor con desesperación. Su preocupación no es, como antes, la de ascender, sino la de no resbalar y, por ello, patean sin compasión a quienes intentan aferrarse a sus piernas y miran hacia abajo con el desprecio que provoca el miedo. Son ésos que, cuando, casi a diario, ven recortado (¡qué demonios recortado! ¡arrancado de cuajo, mas bien!) alguno de sus derechos, no se quejan de quienes los van acumulando ilegítimamente, sino que dicen cosas como "¿por qué el quinqui de la esquina puede aparcar donde quiera y a mí me obligan a pagar el vado?" o "¿por qué cualquier inmigrante puede llevar a sus hijos al colegio y mi niño no tiene plaza donde yo quiera?", "¿por qué cualquier gitano tiene una ayuda y yo...?"...

Son, en definitiva, el monstruo vociferante que han creado los dueños del Mercado para que no oigamos el ruido de sus fiestas; son los votantes de Marie Le Pen, del Amanecer Dorado... de esa ultraderecha que sólo sabe mantenerse a flote sobre las cabezas de los más débiles y que, sobre todo, evita que éstos tiren piedras a los helicópteros.

martes, 24 de septiembre de 2013

Vuelta al cole



Empezó el curso. Ya están los niños y niñas donde deben de estar: sentados en una silla lo más quietos posible (¡ah, qué lejos quedó la Escuela Peripatética!). Se les enseñará una Historia sin sentido, en la que se empieza por unos señores que vivían en cuevas, pero que no se sabe muy bien donde terminan y, sobre todo, qué relación tienen con nosotros; una historia a cachitos, como quien coge un lienzo y pinta un caballito y, cuando está perfectamente pintado, a su lado hace un árbol... pero sin visión de la obra completa. Aprenderán en Science a decir en inglés cosas tan útiles como citoplasma o cloroplastos, mientras en la clase de Inglés el profesor les hablará en español; eso sí, es probable que les enseñe el Past Tense antes de que, en Lengua Española, aprendan a conjugar un verbo. Aprenderán lo que es una célula y las mil y una partes y clases que hay, sin saber nada sobre el origen de la vida ni, mucho menos, su sentido, puesto que no se estudia Filosofía. Van a aprender a tocar el Himno de la Alegría con la flauta, pero no van a escuchar a Beethoven. Van a aprender a hacer todo tipo de recortables y collages, pero no verán un cuadro. Aprenderán a hacer cuentas, sistemas de ecuaciones o raíces cuadradas, pero no lo que cuestan las cosas ni el origen del dinero ni su papel en el sistema en el que vivimos. Harán gimnasia, pero les venderán bollos y refrescos en la puerta. Les enseñarán algo sobre los hábitos de vida saludables, pero les joderán la espalda para siempre con la mochila. Les recomendarán la lectura de algunos libros, pero no les enseñarán a leer el periódico. Y, por supuesto, memorizarán montañas de información, pero no aprenderán a coser un botón, a preparar una comida sencilla y saludable, planchar una camisa o manejar una llave inglesa; es decir, a ser personas autónomas capaces de sobrevivir por si mismas. 


Por la tarde, llegarán a casa con montañas de deberes y serán las madres las que, cuando no hagan de chófer para desplazar a sus agobiada prole de una a otra inevitable actividad extraescolar, tendrán que convertirse en señoritas Rotenmeyer, ocupadas en explicar, ayudar, corregir y, sobre todo, reñir y, claro está, sin tiempo para hablar de lo que realmente les importa. Y, finalmente, las criaturas se sentarán a ver un rato la tele, que les convencerá de que aprender es inútil porque el triunfador es siempre un ignorante; o bien podrán conectarse un rato al Tuenti para dar rienda suelta a su segunda personalidad y vengarse en un ciberespacio sin normas, familia ni ética, mostrándose todo lo soeces, analfabetos, superficiales, exhibicionistas, precoces y hasta crueles que puedan.

La cosa acaba el viernes por la tarde cuando, por fin, pueden ir todos, padres e hijos, al psicólogo.







miércoles, 21 de agosto de 2013

Lecturas de viaje


Leo, mientras viajo, "Viajes y otros viajes", de Antonio Tabucchi. En uno de esos viajes cuenta una historia sobre un hindú que va en moto y se detiene junto a su coche en un paso de tren, en Mahabalipuram. Espera, como él, que el tren pase y se alce la barrera. En la moto lleva, envuelto, un cadáver. Lo lleva para incinerarlo junto a un río cuyas aguas, sagradas, transportarán su alma hacia una nueva vida. El escritor no sabe qué decir a su momentáneo vecino, impresionado por esa carga que, seguramente, es la de un ser querido, y le dice la primera bobada que se le ocurre para iniciar una conversación: "Soy italiano". En ese momento la barrera se levanta y el chófer del escritor emprende la marcha, pero por la ventanilla alcanza a oír la respuesta del hindú: "Vespa", dice.
La historia impresiona aún sin entenderla. Como La India.

Una interesante reflexión tras ver una importante colección de arte aborigen en un museo australiano, sobre las paradojas de la Historia: "Una civilización destruye otra y después la mete en un modernísimo museo".
Es curiosa la obsesión moderna por los museos; por guardar, conservar, encerrar... en un mundo vertiginosamente cambiante. Cuando tenemos algo bajo llave, entre paredes, de forma que podamos controlarlo, es decir, esclavizado o muerto, dejamos de temerlo o de odiarlo y, por el contrario, podemos empezar a admirarlo. Es como cuando buscamos las cualidades de alguien cuando ya ha muerto o la admiración por Camarón de quienes desprecian a todo gitano.

El libro menciona también, en varios capítulos, a Lisboa y a Pessoa, lo que inevitablemente me lleva a otros viajes, mis viajes con José Luis a su amado Oporto y a Lisboa, donde nos alojamos en una pensionzucha que estaba en la Rúa Da Gloria... como nosotros entonces. Allí escribí muchos poemas que, por supuesto, he perdido, como perderé el diario de este viaje, algún día, en alguna caja que terminará en un gran basurero, el de las vidas anónimas. Pero también las palabras de los seres anónimos entrarán a formar parte del sustrato de la vida y, al fin, el Universo es infinito y tiende a su extinción, así que, a pesar de que sea la palabra "la única manera posible para salir del laberinto de nuestro cerebro" (Sophia de Mello, quien escribió sobre "la banalidad del mal" que tan bien define a tantos), ¡qué importa que nosotros o nuestras palabras lleguen a un sitio u otro, a un museo o a un vertedero, a las aguas sagradas o a la incineradora de resíduos!



Sólo importa el amor.
Y leo:
"Amor,
puesto que es palabra esencial,
inicie esta poesía y la envuelva entera.
Amor guíe mi verso, y al guiarlo
reúna alma y sentidos, miembro y vulva.
¿Quién osará decir que no es más que alma?
¿Quién no siente el alma expandírsele en el cuerpo
hasta desembocar en un puro grito de orgasmo,
en un instante de infinito?"
Carlos Drummond

miércoles, 31 de julio de 2013

A quien interese...



Era la persona que no gustaba a la derecha porque él era de izquierdas (estaba en contra del capitalismo especulativo, del injusto reparto de la riqueza, de los beneficios sin tope...), pero no gustaba a la izquierda porque era contrario a toda forma de dictadura, también la cubana; no le gustaba a los empresarios porque no aceptaba la búsqueda del beneficio que no fuera social, pero tampoco a los sindicatos porque no publicaba sus cifras de manifestantes el 1 de Mayo, sino que los contaba. Era la persona que nunca estuvo totalmente de acuerdo ni totalmente en desacuerdo con nadie, ni estuvo en un colegio profesional porque abominaba de todo lo injusto y arbitrario que hay en el gremialismo, el corporativismo, el nacionalismo, el racismo o cualquier idea o asociación excluyente.

Era la persona que no quería tener hijos para no verse en la tesitura de tener que pedir nunca un favor a un poderoso (algo que temía podría llegar a hacer por un hijo) y que hacía un favor (el que fuera y sin necesidad de pedírselo) sólo a los débiles que se cruzaban en su camino (muchos inmigrantes pueden dar fe de ello). A su último "proyecto", al que se dedicó los dos meses que pasaron desde que conoció su sentencia a muerte hasta que ésta se ejecutó, lo llamó "El maletín de los sueños" y consistía en idear y organizar todo aquello que pudiera hacer felices a las personas que quería o apreciaba.

Era tremendamente lúcido (en todo), pero no brillante, en una sociedad que sólo se guía por el brillo, a menudo falso. De hecho, tampoco me gustó a mí, cuando le conocí, porque no tenía una imagen definida: no iba de intelectual, ni de "progre", ni de moderno... ni de ninguna cosa. Hablaba poco, porque sólo hablaba de lo que sabía y ello siempre requería información y reflexión previa. Paripé, ingenio, frivolidad, imagen, superficialidad, labia... eran conceptos que le eran totalmente ajenos. Integridad, la palabra que mejor le definía. Nunca daba a nadie una palmada en la espalda, sino la mano. Y yo hoy quiero actuar como él, sin rodeos, y escribir lo que, sí, parece y es claramente un panegírico, no sé si oportuno, creo que necesario y, desde luego, totalmente cierto; pero a mi estilo: demasiado largo y, por supuesto, incompleto.

José Luis era... el mejor periodista con vocación de farero.
Sólo se puso bajo los focos en dos ocasiones: para denunciar el hambre en el mundo y para, a través de un nuevo partido del que fue artífice intelectual, incitar a la gente a salir a la calle en defensa de una democracia real cuando aún no se sabía nada de la gestación del movimiento 15-M.

Era la persona que no gustaba a quienes trabajaban bajo su dirección (o a la mayoría) porque no tenía ni deseaba el don de gentes (no contaba chistes, no se acordaba de cómo se llama la mujer o el marido de alguien, no preguntaba por el catarro del niño ni se iba nunca de copas; sencillamente daba la vida por alguien, si hacía falta) y, sobre todo, porque siempre decía la verdad, pero sólo la verdad, sin adornos, con el número justo de palabras, y porque nunca se escondió detrás de nadie: cuando tenía que despedir a alguien peleaba hasta el límite por no hacerlo pero, si no quedaba otro remedio, jamás se escudaba en el "no es cosa mía" ni el "qué más quisiera yo", sino que asumía toda la responsabilidad. Pero, sobre todo, era la persona que no le gustaba a sus jefes, y por las mismas razones.


En su estreno como periodista, ocupó un cargo en un Gobierno Civil y dimitió cuando su jefe se negó a detener a dos guardias civiles que habían cometido un error fatal. Alumbró en León el periodismo sobre consumo, un asunto que le interesaba porque afectaba al conjunto de la sociedad (todos somos consumidores) y a la justicia (no soportaba el engaño ni el abuso) y cuando sus reportajes fueron censurados no le importó lo más mínimo renunciar a su autoría y divulgarlos a través de una agencia de noticias; con todo, le valió el despido, pero no alardeó de él. Se fue con la discreción que le caracterizaba en todo lo que hacía.

Era la persona que se enfrentó al dueño de toda una ciudad, el todopoderoso empresario que entró en la cárcel por el Caso de la Construcción y salió con más poder del que antes tenía. Y lo hizo con rigor y sin adjetivos y, por supuesto, la conciencia de que podría pagar el precio el resto de su vida.
Consiguió que Diario 16 Burgos marcara un antes y un después en esa ciudad, desde el punto de vista político y social, y que fuera el único del Grupo 16 que no daba pérdidas, a pesar de contar con el boicot de todas las instituciones (muchos funcionarios no se atrevían siquiera a mostrar el periódico en público y él fue objeto de pintadas, amenazas e insultos que, desde luego, ni le afectaron personalmente ni convirtió en noticia) gracias a fórmulas tan innovadoras como el Mercado 16. A pesar de que el cierre fue largamente anunciado, renunció a varias propuestas de trabajo en medios más poderosos por disfrutar del privilegio de dirigir un medio que era realmente libre y, desde luego, no convirtió la despedida en un género periodístico con el que ganarse admiración ni consuelo.

Cuando el grupo finalmente cerró, invirtió hasta el último céntimo de la cartilla de ahorros y del paro en intentar un proyecto utópico pero imprescindible: un periódico que no dependiera de ningún empresario, sino de un grupo amplio y heterogéneo de intelectuales, entre los que se encontraban Vela Zanetti, el artista Juan Vallejo, el arquitecto Javier Bartolomé... todos aportando el mismo capital. Por supuesto, y aunque el periódico sí fue una realidad, perdió la esperanza de hacerlo posible tal como lo concibió, como un periódico de verdad independiente, renunciando cuando ya había conseguido caer en manos, cómo no, de constructores. Se fue silenciosamente y sin recuperar el dinero.
Era la persona que perdió un trabajo de director general antes de cobrar el primer mes, porque sospechó que lo que se esperaba de él no era del todo honesto profesionalmente. También se fue sin ruido.

La paternidad, en efecto, le empujó donde no deseaba: a aceptar un trabajo que no le gustaba y al que, de hecho, había dicho "no" algún tiempo antes. Sólo tuvo tres conversaciones personales con el dueño del periódico. La primera fue telefónica. José Luis llevaba a su hija a la guardería antes de ir al trabajo, donde llegaba el primero, a las 9 de la mañana, para poder leer toda la prensa posible (solía decir que poder hacerlo era lo mejor de su profesión); su jefe le preguntó dónde estaba y él, por supuesto, dijo la verdad, y le cayó una bronca por ser "tan familiar". La segunda y la tercera vez le ordenó que hiciera algo que no quiso hacer porque perjudicaba a los trabajadores y se negó; en la primera de las ocasiones, su jefe le dijo que debería irse y él se limitó a contestarle que lo despidiera cuando quisiera, y en la segunda le reprochó que no tenía huevos y él sólo contestó con un "pues a lo mejor". Por supuesto, no les dijo nada a los trabajadores porque él no se jugaba su trabajo por los demás para que se lo agradecieran y porque no lo hubiera considerado leal para con su jefe y, por muy mal que se llevaran, él era leal. A pesar de ello y afortunadamente, el jefe nunca se fió de él y siempre tuvo a una persona interpuesta entre ambos. Esa falta de confianza tuvo como resultado negativo que nunca se aceptaron sus ideas ni se escucharon sus advertencias. Ni una sólo vez se equivocó, pero tampoco se le reconoció, porque él no hablaba con énfasis, no hacía gracias o aspavientos, pero tampoco pasó nunca una factura ni estuvo en su vocabulario el "ya os lo advertí".
Se limitó a contar las cosas en un orden de importancia que nunca empezó por lo complaciente, sin decir jamás nada que fuera una falsedad o una verdad retorcida. La verdad (la verdad de la buena, que decíamos de pequeños) está en sus libros, los que pudo escribir cuando ya no tuvo ningún jefe.

Y sí, fue la persona que cuando se quedó en el paro, después de dirigir medios de comunicación durante veinte años, no tenía ni un sólo amigo entre los poderosos de ningún partido político, de ningún sector. Nadie había adquirido ningún compromiso con él, por el que pudiera compensarle. Por eso siguió en el paro hasta que llegó el fin (¿habrá algún otro caso?). No le sorprendió en absoluto, aunque sí le hubiera sorprendido (mucho y muy dolorosamente) que le diera la espalda otro tipo de personas: compañeros, colegas de profesión, simples conocidos o quienes él consideraba amigos.

Sobrevivió a base de amor y de amistades más que entrañables. Eso es lo que tenía. Mucho más de lo que esperaba y mucho menos de lo que merecía.





lunes, 22 de julio de 2013

¡A por la pasta!


Casi cada día descubrimos un nuevo desfalco, en el que, inevitablemente, hay implicados políticos y empresarios. Y nos horrorizamos. Con razón, pero con cierta hipocresía. En realidad, todo esto no nos pilla por sorpresa. Durante años sospechamos que las Cajas eran una merienda de blancos (todos: directivos presuntamente profesionales, políticos, sindicatos); que buena parte de las faraónicas obras públicas que se realizaban eran inútiles al público y, por tanto, debían de ser útiles a los "privados"; que las enormes cantidades de dinero público que se movían alrededor del sector de la construcción, la energía, las concesiones de canales televisivos o telefonía pasaban por demasiadas manos para que a nadie se les quedara nada en las uñas; que los medios de comunicación iban, uno tras otro, a manos de constructores que, a menudo, no sabían ni leer y que, por tanto, difícilmente podían estar interesados en la comunicación en si (¡a quién le va a extrañar que, cuando ya no hay obras públicas a repartir, empiecen a cerrarse!); que, en suma, la corrupción se estaba convirtiendo en una plaga de termitas que acabaría minando los cimientos de la democracia. ¡Vaya que si lo sabíamos! Tanto, que muchos ciudadanos de a pie (expresión, por cierto, que habría ya que haber cambiado, porque, durante años, hemos llamado así a ciudadanos con dos y tres coches) han sido incluso partícipes de esa corrupción, cobrando o pagando en dinero negro, por ejemplo; o apostando su dinero en operaciones bancarias más que dudosas.

No, no les culpo a ellos. La culpa empieza siempre por arriba. De hecho, es una táctica bien conocida desde, quién sabe si el Neolítico, y perfeccionada por la mafia, la de repartir migajas entre las víctimas para que se sientan cómplices. Y, ante todo, con las manos limpias o medio sucias, la ciudadanía ha sido y es la víctima.

Pero quiero insistir en ello porque tengo la impresión de que el actual agobio de casos de corrupción descubiertos empieza a crear cierto hartazgo parecido al fatalismo. Incluso, me temo que sólo se nos enfoca hacia los casos que más conviene destapar a los propios corruptos. Y contra eso sólo hay una receta: no pasar ni una. No, no todos los políticos han sido ni son corruptos, pero son muchos, seguramente muchísimos, y ninguno debe quedar impune; como ningún empresario que haya conseguido obras corrompiendo a políticos.



Tenemos que exigir la mayor transparencia en el presente y en el pasado. Hay un caso paradigmático que me llama la atención porque, precisamente, me temo que no la está llamando lo suficiente: los Fondos Miner. Desde 1996, Europa ha estado subvencionando esos planes cuyo objetivo era crear alternativas laborales en las poblaciones y comarcas mineras que fueran paulatinamente sustituyendo a las propias minas. Y se han invertido cantidades tan enormes de dinero que, a estas alturas, ya no debería haber un solo ex minero sin un buen trabajo en su pueblo. Obviamente, no ha sido así. Todo lo contrario. Pero el dinero ha existido de verdad y se ha gastado de verdad. ¿Cuánto dinero? ¿En qué se ha gastado? ¿Dónde están las facturas? ¿Qué puestos de trabajo se han creado? Toda esa información básica debiera estar publicada y ser conocida por todos y, sin embargo, nadie ha preguntado nada hasta ahora, cuando Europa y, por ende, el Gobierno, ha recortado el grifo hasta convertirlo en un inútil gotero. Con todo, las preguntas, formuladas por Izquierda Unida en el Congreso, no han tenido respuesta. Comprendo que los directamente interesados -los mineros-, ante el chantaje de las empresas de cerrar si se cierra el grifo, estén más interesados en que el dinero llegue que en saber qué ha pasado con el dinero que ha llegado durante tantos años. Pero el resto de la población, junto a la solidaridad con los mineros, tiene que exigir información y responsabilidades sobre ese dinero.

Lo más alucinante es que el propio ministro de Industria y Energía ha sugerido en más de una ocasión que esas "ingentes cantidades de dinero", que en buena parte se han regalado a los empresarios mineros, se han malgastado fraudulentamente y no han servido para nada. Y bien, ¿qué demonios hace entonces que no inicia una investigación a fondo? Porque ese dinero ha sido gestionado por todas las administraciones, desde la estatal a las municipales, pasando por gobiernos autónomos y diputaciones. Y en todas ellas hay personas concretas que tienen que responder de lo que han hecho, como tienen que responder los beneficiarios, porque, ¿cómo es posible que una humilde y altruista asociación tenga que presentar facturas detalladas, compulsadas y qué sé yo, de cada céntimo que gasta de una subvención, o que se inspeccione al propietario de una tiendina con lupa, y no se haya utilizado todo el rigor con quienes reciben millones del erario público.

Porque hablamos de millones, sí, no se sabe cuántos, pero millones a millares: tantos como costaría subir las pensiones, cubrir buena parte de las prestaciones de desempleo, multiplicar los programas de becas, incrementar el gasto en educación o sanidad, financiar años de investigación, decuplicar la ayuda al desarrollo...

Démonos de una vez cuenta de que el dinero que nos falta no se ha destruido, sino que ha ido a parar a unos cuantos bolsillos: los de muchos que son, no obstante, una mínima minoría respecto a los expoliados. Démonos cuenta de una vez de que recuperar el bienestar económico general es tan sencillo como recuperar el dinero robado o, para ser políticamente correcta, ilegítimamente percibido.