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| Imagen de TVE |
El secuestro del presidente de Venezuela y su mujer y la
ocupación de Venezuela no puede dejar de recordarme la invasión de Austria en
1938, a la que poco después siguió Checoslovaquia y, un año después, la de
Polonia, mientras los países demócratas le daban vueltas al asunto y decidían
hacer lo que hicieron cuando, en el 2000, contemplaron sólo de reojo la
ocupación por Rusia de Crimea, Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia y,
finalmente –de momento- Donetsk y Lugansk, en Ucrania.
Pero seguir escondiendo la cabeza sólo hará que los tres
monstruos –Trump, Putin y Xi Jinping- sigan devorando el planeta. Trump ya lo
ha anunciado claramente amenazando pública y abiertamente a Cuba, Nicaragua,
Colombia, Brasil y arrinconando, en el más puro estilo del matón del patio, a
la presidenta de Méjico, la de Dinamarca y al presidente español. ¿Por qué –me pregunto-
amenazar a una persona es un delito, pero amenazar a un país no?
La respuesta oficial es algo así como “es por su bien”, como
explica con la ironía que le caracteriza el periodista John Carlin. Trump ya ha
dicho recientemente que Putin quiere lo mejor para los ucranianos que, supongo,
es inculcarles los valores con los que gobierna Putin: corrupción y ausencia de
libertad de expresión y valores democráticos; y en Palestina ya ha demostrado que lo mejor
para los niños es la mano dura de Netanyahu: matarlos, mutilarlos o dejarlos
morir de hambre. También persigue la paz, con tanto éxito como el que ha
conseguido –dice- acabando con la guerra entre Albania y Azerbayan, una guerra
tan desconocida como improbable, más que nada porque se trata de dos países que
él cree vecinos pero que están a 2.500 kilómetros de distancia. También en pro
de la paz quiere eliminar la relevancia de la Unión Europea, esa banda de
debiluchos con una civilización obsoleta, y la forma de hacerlo es propiciar la
llegada al poder de partidos que piensen como él, dispuestos a acabar con la
justicia social –de la que algunos dirigentes, como la Ayuso, incluso se burlan
públicamente- en aras a una política común, la suya, e invertir en Inteligencia
Artificial –que no entiende de tonterías como la ética- y, de paso, cumplir el
sueño de su amigo Elon Musk de conseguir ser el primer trillonario.
No sé si Maduro es un narcotraficante. En todo caso, sí sé
que ése no es el motivo de su secuestro. Prueba fehaciente de ello es que poco
antes, Trump otorgó el perdón presidencial a Juan Orlando Hernández, expresidente
de Honduras, que ya había sido juzgado y condenado a 45 años de cárcel por tráfico
de narcóticos y armas. Cuando apenas había cumplido un año, Trump lo ha dejado
en libertad y además ha pedido a los hondureños que voten a su partido. Se ve
que hay narcotraficantes buenos y malos. De lo que no me cabe duda es que
Maduro es un dictador cruel, mafioso e incompetente, pues mantiene a un 80 por
ciento de su población viviendo en la pobreza en un país que tiene las mayores
reservas de petróleo del mundo. Pero condenar el secuestro de maduro no tiene
nada que ver con apoyarle, como condenar el genocidio de los gazatíes no tiene
nada que ver con defender el antisionismo.
Queridos venezolanos –incluidos mis familiares que están allí
resistiendo y otros exiliados-, la ocupación de Trump no va a acabar con la
dictadura ni va a suponer el enriquecimiento general de la población. Sucederá
como en las invasiones de Afganistán, Irak y Libia, que sólo dieron lugar a
nuevas dictaduras y a un desastre económico y social que perdura décadas después. Trump no quiere liberaros del yugo, sólo
robaros el petróleo, a costa de añadir a la pobreza, más violencia. Es más que comprensible vuestro deseo de
libraros de Maduro y su gobierno autoritario y corrupto, pero sólo podréis
hacerlo con una revolución que surja desde abajo, desde la base social, como
hizo en su momento Chaves y su revolución bolivariana. Bien es cierto que, como
bien dice en La Vanguardia el periodista Xavier Mas, la revolución suele
devorar a sus hijos y sus líderes se convierten en sátrapas, pero entonces esos
hijos de la revolución tienen que devorar a sus sátrapas, no regalar su país a
una corporación.
Pero, además, apoyar las acciones de la Corporación Trump,
además de perjudicar a los pueblos, tienen un efecto perverso en todo el mundo,
porque son ilegales: ilegal para las democracias de todo el mundo, porque las prohíbe
terminantemente la Carta de las Naciones Unidas, y para el propio Estados
Unidos, cuya Constitución no permite una acción como ésta sin el permiso previo
del Senado. Y permitir que los países incumplan la ley es un ataque directo a
la democracia, es imponer la ley de la jungla, es apostar por un mundo basado
en la fuerza y el dinero y es un retroceso brutal en la civilización humana.
El neonazismo avanza. Ya son Gaza y Venezuela; pronto serán más
países, mientras Putin tiene vía libre en Ucrania y China, en Taiwan. Los tres
dueños del mundo van a saco.



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