Ciertamente, los imperios caen, pero lo curioso es
que quienes los hacen caer utilizan la decadencia que ellos mismos provocan
para justificar y afianzarse en su poder. Quizá el proceso de decadencia más
estudiado ha sido el del poderosísimo Imperio Romano, que, por cierto, les
encanta a dictadores y populistas aunque a menudo demuestren saber muy poco de
él. Fascinó a Carlos I, Mussolini o Reagan y también Elon Musk ha compartido
memes comparando Estados Unidos con el Imperio Romano. Les gusta el Imperio,
les gusta anunciar su decadencia y les gusta presentarse como sus salvadores.
Ya en su época, lo hicieron los Gracos, Catón el Viejo y Mario y Sila, que
convirtieron los años finales de la República en una orgía de sangre, dando
paso a Augusto, que transformó Roma en su cortijo. Trump hace lo mismo con el
mensaje de todo está en decadencia –la ONU, Europa, la OTAN, la democracia, el
laicismo…- y he venido a reformar esas antiguallas ya inservibles para salvar
el Imperio. La cuestión es que ya sabemos cómo terminó todo y podemos vaticinar
cómo acabará esto.
El historiador norteamericano Edward J. Watts, en su
apasionante obra “La decadencia y caída de Roma. La clave para entender el
mundo de hoy”, no en vano empieza mencionando a Trump y Abascal –España se
rompe, nos gobierna un dictador comunista, el país vive en el caos, pronto
seremos todos musulmanes…- como ejemplos políticos que hoy utilizan la idea de
decadencia para presentarse como la única medicina posible ante los supuestos
males.
El libro recorre desde el inicio de la República
romana hasta la caída del imperio romano de Oriente en un detallado y
exhaustivo recorrido histórico que va desvelando, junto con los hechos, los
resortes del poder y el uso de la propaganda para generar un estado de opinión
que justifique un cambio en el poder. Él resume la decadencia y caída de Roma
en tres factores: la retórica de la decadencia, la promesa de renovación y la
identificación de los inmigrantes como culpables de todos los males.
La amenaza exterior es una fórmula siempre eficaz.
De hecho, aún se estudia en los libros de texto que la principal causa del fin
del Imperio Romano fueron las invasiones bárbaras, cuando historiadores como
Mary Beard muestran que las principales razones del colapso fueron internas. De
hecho, los invasores promovieron desde la poesía en latín al Derecho. Y no
fueron los bárbaros los sucesores del Imperio Romano, sino los cristianos, que
también terminaron imponiéndose por la fuerza –Constantino llegó al poder con
una guerra civil- e imitaron el modelo a derribar, creando, en palabras de esta
historiadora, “un imperio que ya no es de dominación política, sino de la mente
y, por tanto, un imperio sin límites”.
Imagino que Trump aspira a ser Constantino. Al menos, el gran proyecto urbanístico para la nueva Roma a la que puso su nombre –Constantinopla- y que presidía una gigantesca estatua suya, recuerdan el escandaloso proyecto para Gaza. Aunque, en su lado más grotesco, también se parece un poco a Heliogábalo, por sus ostentosos banquetes, su pérfido sentido del humor y seguramente Trump no desdeñaría la afición de ese emperador a ser transportado por mujeres desnudas.
Andrés Bello aporta un matiz: no son los datos fehacientes,
sino los relatos emocionales y los narradores convincentes los que hacen que la
gente pueda sentir esa decadencia aunque no pueda verla ni constatarla, así
como la necesaria renovación, aunque sea imaginaria.
Pero Watts es optimista: “Yo tengo la esperanza de
que podamos utilizar el ejemplo de Roma para elaborar un relato diferente que,
más que sembrar la división, fomente la cohesión ante todos los graves desafíos
sociales, económicos y personales que ahora tenemos por delante”. Roma resistió
y creció cuando se dedicaron a reparar lo roto o desgastado, no a destruirlo;
cuando, sobre todo durante los siglos II y III, los ciudadanos eran
colaboradores, no víctimas, y en lugar de derribar la sociedad, fortalecieron
su salud y su vitalidad. La receta es que cuando realmente llega la decadencia,
hay que centrar la retórica en una restauración colaborativa -mejorar el
funcionamiento de la ONU y del Parlamento Europeo, hacer más transparentes las
instituciones democráticas, mejorar el Estado autonómico y/o la Constitución, solucionar
los problemas agrarios y medioambientales…- porque si la respuesta es destruir
para que un iluminado nos salve, el resultado es el incendio.



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