jueves, 12 de junio de 2014

No pudimos, pero podemos



Hay otra forma de hacer política. Lo supimos. Lo intentamos. En las pasadas Elecciones Municipales, José Luis Estrada, que llevaba años vaticinando, primero el estallido de la burbuja de la construcción, después la financiera y, finalmente, la de la democracia a manos del neoliberalismo, creyó imperioso dar el paso, salir a la plaza a proponer soluciones para reinventar una democracia real. Me animó a entrar en una candidatura tras Miguel Hidalgo, un político que entendía todo eso y que había ya demostrado una gran capacidad de trabajo y de liderazgo honesto. Tras las siglas de Civiqus (que en su momento elegimos porque aunaban el civismo que reivindicábamos, la consideración de ciudadanos frente a la de clientes o meros votantes, y un cierto aire romano, pues el partido se formó en Villaquilambre, en plena campaña municipal reivindicando la Villa Romana, como símbolo de la cultura menospreciada y hurtada a la población) nos presentamos en León con un lema, "¡Abran paso!" con el que queríamos "jubilar" a los poderes fácticos de siempre, encabezados por Isabel Carrasco y Paco Fernández, y abrir la puerta a una alternativa ciudadana de gobierno, con gente de la calle, como la que integraba nuestra candidatura: una periodista en paro, una joven con un contrato basura, un médico de la Seguridad Social, una laboral de la Administración... José Luis lo definió como el partido de las víctimas de la crisis y contra la corrupción. Era una definición no ideológica, pero sí con un ideario que se plasmó en un programa, una estrategia y una filosofía.

El programa está ahora en Podemos, aunque el de Civiqus iba algo más allá, al presentarse, no como una lista de promesas o meros propósitos, sino como un contrato que todos los candidatos firmamos. Bajo los epígrafes "Exigir responsabilidades", "Recuperar el control público", "Proteger a los afectados por la crisis", "Premiar el esfuerzo y el trabajo", "Reprimir la riqueza y el despilfarro", "Recuperar sueños y dar oportunidades", "Evitar que se repitan los errores pasados", "Que los ciudadanos controlen y dirijan", se plasmaban todos los compromisos de gobierno concretos que asumíamos, entre ellos una declaración pública y publicada de bienes e intereses patrimoniales, cambios concretos en el Plan de Urbanismo; restringir al máximo los consorcios, fundaciones y demás chiringuitos para camuflar el dinero público, las relaciones con el área metropolitana, medidas contra los desahucios y en favor de autónomos y pequeños empresarios, eliminar la duplicidad de cargos y competencias, medidas concretas para fomentar la agricultura y la energía ecológicas, presupuestos participativos, la retirada de los políticos de la gestión directa de los servicios... para terminar con un sistema de evaluación popular de la labor de los políticos para que los ciudadanos puedan pedirles responsabilidades por el cumplimiento o incumplimiento de dicho contrato.



La estrategia la diseñó José Luis en lo que llamó su "cuaderno de guerrillas", en el que anotó con precisión el por qué y para qué de la candidatura y cada detalle de la campaña, con ideas que aún estábamos lejos de pensar que iban a eclosionar en el Toma la Calle, tales como: "nos han robado el futuro, infundido el miedo a la pobreza, matado la ilusión"; nos presentamos porque "los causantes de la crisis, banqueros y constructores, no están en la cárcel", "hay que hacer un asalto al poder con la democracia por bandera", "La solución son las personas, el espíritu, la ilusión, la esperanza", "Los ciudadanos tienen que rebelarse y tomar el control", "La mayoría tiene que dejar de ser silenciosa y abrirse paso". La campaña incluía, por cierto, un foro público en la plaza de San Isidoro recordando las primeras Cortes Leonesas, recuperando ese espacio como lugar de debate abierto.

La filosofía se plasmó en un manifiesto, "¡A la plaza! Panfleto para jóvenes sin futuro y adultos mal aparcados por la crisis", que inútilmente intentamos que leyeran, debatieran y asumieron los indignados que acampaban en Botines y que, en ese momento, preferían el camino de la abstención. Entusiasmados con el movimiento 15-M, al que quisimos dar forma antes de que éste existiera o, al menos, se diera a conocer públicamente, nos sentimos como una audaz barca que se adentra en el sucio y tenebroso mar de la política con el mapa del tesoro como bandera y, en lugar de servir de guía, es arrollada por la marea de "los nuestros".

Creo que nos pasaron por encima porque no nos vieron, puede que porque los medios de comunicación de León nos volvieron la espalda con desdeñosa actitud de menosprecio. Hoy pienso que tampoco nos vieron porque íbamos demasiado por delante. Tres años han hecho falta para que ese fértil e ilusionante movimiento haya decidido intentar cambiar las cosas, no sólo (que también) asaltando calles y plazas, sino asaltando las instituciones, jubilando a los políticos corruptos y a los honestos pero cobardes, porque los dos caminos son uno y necesarios para tomar las riendas del mundo que habitamos y reinventar el futuro. Ahora, sí, podemos.


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