miércoles, 2 de mayo de 2012

El Roblón de las Janas



Su padre sopesó las opciones que se le ofrecían para ir de guarda forestal. Los años pasados en Truchas habían sido prolíficos: había encontrado a la mujer de su vida y había tenido a sus tres hijos. Ahora, ellos eran lo que más le importaba en el mundo y quería proporcionarles la mejor educación posible. De modo que decidió el traslado al Valle de las Casas, pues su maestro, uno de los pocos maestros republicanos que habían escapado a la represión, tenía fama de ser excelente (y lo era). Pero, ya instalados, Adolfo constató que el número de niños y niñas del pequeño pueblo era tan exiguo que la escuela corría un serio riesgo de ser cerrada y el maestro trasladado a quién sabe dónde. Urgía conseguir más niños para la escuela. Y lo hizo. Convenció a los de un pueblo cercano, más pequeño aún, para que fueran a estudiar al Valle. Era un pequeño grupo de críos y crías de todas las edades, algunos muy pequeños. Cada mañana, a veces entre la nieve y el hielo, encogidos de frío y entumecidos aún por el sueño, recorrían los pocos kilómetros, que a ellos se les hacían eternos, por un camino que los primeros rayos del sol de invierno apenas llegaban a iluminar lo suficiente para no trastabillar.

Por ese tenebroso sendero, el Camino de las Janas, se les veía llegar de madrugada en fila, como tenues y tristes sombras acompañadas por el lejano aullido de los lobos. Al pequeño José Luis se le encogía el corazón al verlos cuando él mismo recorría los pocos metros que le llevaban de su casa a la escuela, con su pizarrín y el carbón para encender la estufa en la que el maestro echaría la leche en polvo del almuerzo. También le pesaba a su padre, Adolfo, "el guarda-ríos", quien, para animar y defender la alegría infantil que el miedo enfriaba en los corazones de esos niños, les hablaba del Roblón de las Janas, el gran árbol que, desde el cercano bosque, les protegía camino de la escuela. ¡El Roblón de las Janas!

Encogido en la cama su metro ochenta y seis centímetros de cuerpo suave y fibroso, caliente siempre como un panecillo recién salido del horno, ancho y acogedor, José Luis me contó esa historia, por primera vez, en uno de esos abrazos con los que me envolvía por completo, con sus brazos como flexibles ramas. El cáncer se extendía por la savia de sus venas y él recordaba esa imagen en las noches de insomnio y delirio. Se estremecía de ternura pero, al tiempo, el mito de su infancia le reconfortaba y fortalecía, al tiempo que servía para explicar su vida que se iba acabando vertiginosa y cruelmente:
"Tú y las niñas sois las Janas y yo soy el Roblón de las Janas".

Hoy, un amigo, César Javier Palacios, con quien compartimos algunos de los mejores años de nuestra vida (aunque entonces no sabíamos que lo eran), me ha escrito una carta. Tengo a mi lado uno de los libros que han sido para mí como un fetiche: "La llamada de los árboles", de Antonio Colinas. Es el segundo que tengo. El primero se lo regalé a Vela Zanetti después de una llamada telefónica en la que me contó que, por fin, había decidido pintar un cuadro para si mismo y no para pagar facturas. Sería un autorretrato: un gran tronco serrado, un árbol abatido por la mano del hombre. "Pero no sé cómo hacerlo, estoy bloqueado", me dijo. Deseosa de responder a su llamada, mi ignorancia me resultó terriblemente frustrante pero pensé compensarla con la sabiduría de otro, así que cogí el libro de Colinas y se lo envié. Al día siguiente, Vela volvió a llamarme, esta vez entusiasmado: "He estado pintando toda la noche y, gracias a ti, he terminado el cuadro". En la exposición que José Luis organizó para que los burgaleses conocieran y reconocieran la obra del mejor de sus artistas, el mayor de sus sabios, Vela todavía daba los últimos retoques al cuadro que habría de recibir a los visitantes en la sala de exposiciones y, cuando nos vio, le dio la vuelta para que viera la dedicatoria a Antonio Colinas y a mí.

Mi amigo César Javier, que desde hace años vive en Fuerteventura, vino a visitarme el sábado, con otro amigo burgalés (casi un "alter ego" de José Luis, Elías Rubio), y me trajo su último libro: "Árboles y arboledas singulares de Canarias". Le dije que me encantaba la palabra "arboledas", pero no que era una de mis favoritas, una de ésas que, de vez en cuando, repito en voz alta y saboreo con el placer de una niña comiendo un caramelo. La carta que acabo de leer me dice cuánta ilusión le hizo verme y compartir con Elías y conmigo tan buenos recuerdos. Me envía un dossier del trabajo que está haciendo "y que, sin duda, le habría entusiasmado a José Luis", quien fue su jefe y para quien, si yo era su mano derecha, él era la izquierda... o viceversa. Y me dice (e indiscretamente revelo): "Lograrás que la figura de José Luis crezca en nuestros corazones como un inolvidable roblón singular con la alegría de haber disfrutado tan intensamente de su bondad, sencillez y extraordinaria profesionalidad".
¡El Roblón de las Janas!