sábado, 25 de enero de 2014

La conjura de los necios


Lo aterrador, lo verdaderamente aterrador, no es que nuestra presente civilización la haya creado un grupo de malvados, sino que son idiotas. Dueños de las grandes corporaciones, especuladores, banqueros... pero también catedráticos de Economía y políticos de prestigio... no sólo los dirigentes económicos y políticos, sino también intelectuales, perpetraron, bien por avaricia, bien por ignorancia (o ambas cosas) la gran mentira de la globalización que sumió al mundo pobre en una pobreza aún mayor y al mundo rico en las más flagrantes desigualdades y el hundimiento de la clase media: la crisis. Creando un lenguaje tan hermético como vacío, nos apabullaron con una ingeniería financiera que no era sino chapuza y la idea de que la economía es la base de la civilización. Como bien analizó José Luis Estrada, convirtieron a los Mercados en dioses incuestionables tras los que se oculta una panda de necios conjurados en su propio beneficio. No ha habido la menor sofisticación ni económica ni intelectual, sino error tras error, empezando por el principal: el de creer que la sociedad se maneja a través de la economía en lugar de servirse de ella. Una vez se ha descorrido la cortina, el grande y poderoso mago de Oz ha resultado ser un chapucero (o unos cuantos) repitiendo durante cuarenta años una idea fracasada.

Y los errores -que a estas alturas todavía son incapaces de reconocer- han ido socavando, uno por uno, los cimientos de la democracia, empezando por la política y terminando por la educación. Ah, y pasando por la naturaleza, porque todo vale en la absurda idea neoliberal de que el dinero es una fuente tan inagotable como la ambición de quienes, de forma ultrajante, lo acumulan.

El último esperpento que he leído ("Le Monde Diplomatique" del mes de diciembre) a Jean Marie Harribey se refiere a los últimos estudios de los "grandes" economistas del Banco Mundial, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, de la Unión Europea, etcétera, preocupados por la sospecha de que, quizá, al menos la naturaleza no sea tan inagotable como el neoliberalismo supone y, por ello, se están dedicando a "valorarla". Por ejemplo, y para que mis lectores (si los hubiere) se enteren, los servicios prestados por los murciélagos en Estados Unidos valen 22.900 millones de dólares anuales, que es lo que cuesta el ahorro en insecticidas; los servicios prestados por los insectos polinizadores ascienden a 190.000 millones de dólares al año (¡y ellos sin enterarse!)... y, en suma, los servicios prestados por la naturaleza están entre los 16 y los 54 billones de dólares.

¿Pero en manos de quién estamos?, cabe preguntarse. Esta gente que salva bancos pero no países, que transforma en capital la cultura, el conocimiento o la fotosíntesis; que gobierna el mundo... no tiene el sentido común del más humilde de nuestros ancestros cavernícolas.

Si ya lo dijo Antonio Machado: sólo el necio, confunde valor y precio.