jueves, 2 de mayo de 2013

El enemigo



Ya vamos para cinco años desde que comenzó oficialmente la crisis, con la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers, tras la que descubrimos que estamos gobernados por los Mercados financieros y éstos están gobernados por delincuentes. Los propios Mercados ofrecieron la solución a la catástrofe que ellos crearon y, así, ordenaron a todos los gobiernos gastar cientos de miles de millones de dólares y de euros de los ciudadanos para salvar a los bancos que engañaron a esos ciudadanos y a los que hoy dejan en la calle sin pudor; hacer después lo mismo con las principales empresas, para que pudieran seguir ganando cantidades ingentes de dinero que repartir entre sus altos e incompetentes directivos; dar a los bancos centrales crédito ilimitado; impedir la regulación del mercado de divisas y, sobre todo, ni pensar en aumentar los impuestos a los más ricos sino, por el contrario, rebajar los impuestos de sociedades de las grandes empresas. Todo eso o… ¡el fuego del infierno! Un poco lo que hizo Berlusconi por sí mismo: si cometo delitos, sólo tengo que ponerme al frente del Gobierno y cambiar las leyes, no sólo para que mis delitos queden impunes sino para que pueda seguir cometiéndolos.
Lo peor es que esta gente, la que nos ha empujado al agujero, además de avariciosos, tramposos y desalmados, son unos auténticos incompetentes. Utilizando una jerga incomprensible tras la que se parapetan y confunden a la gente, no hacen sino equivocarse una y otra vez. Compran a figuras de prestigio y esgrimen sus títulos universitarios de las Escuelas de Negocios para lanzarnos órdenes supuestamente irrefutables e, inmediatamente después, las órdenes contrarias, también irrefutables. Ora resulta que el endeudamiento es el motor de la economía, ora resulta el peor de los males; ora hay que subir los tipos de interés, ora bajarlos… Sólo son fieles a sí mismos cuando exigen que se abaraten los despidos, se recorten los salarios, aumenten los impuestos indirectos, se supriman prestaciones sociales o se suban ellos sus millonarios sueldos.                                                                                                       ¿Y qué han hecho los ciudadanos? Cambiar los gobiernos de derechas por los de izquierdas y los de izquierdas por los de derechas. ¿Y qué han hecho unos y otros gobiernos? Someterse dócilmente a las órdenes de sus jefes, que no son, como en democracia debiera, los ciudadanos que los eligen, sino ese puñado de ricachones que maneja los Mercados y las agencias de calificación (que es como decir a los ladrones y a los policías a la vez) y que están dispuestos a seguir haciéndolo eternamente a mayor gloria de sus cuentas corrientes y pese a quien pese, incluyendo millones de nuevos mendigos en los países ricos y millones de nuevos cadáveres en los pobres.
Sí, los políticos que así actúan son despreciables porque traicionan su propia razón de ser. Pero no olvidemos que el gran enemigo no son ellos que, aún con todas sus corruptelas, no obtienen sino las migajas del verdadero festín, el que se dan los miembros de la Lista Forbes. De hecho, algunos políticos lo intentaron en un principio: recordemos las declaraciones de Obama y algunos líderes europeos hablando de una reforma financiera profunda, de la supresión de paraísos fiscales… No todos han terminado por corromperse; muchos, sencillamente, se han rendido.  No defiendo a los políticos. Defiendo la política y, sobre todo, creo preciso recordar que el enemigo es quien les maneja: el corruptor, antes que el corrompido. Y, sí, es más fácil hacer escraches a la puerta de un político que a la de un banquero pero, precisamente, porque el político es el escudo tras el que se parapeta el poderoso; es el que, en definitiva, da la cara. Es más difícil, desde luego, pero son las puertas blindadas de los que verdaderamente tienen el poder las que hay que abatir, y son precisamente ellos –estoy convencida- los que alientan las campañas contra los políticos, los que dirigen nuestra ira contra sus vasallos, quedando ellos mismos a cubierto.
De hecho, ya van atreviéndose incluso a prescindir de los políticos como intermediarios de sus intereses y a ejercerlos ellos directamente, poniendo a sus directivos al frente de gobiernos; es decir, prescindiendo de la política y, por ende, de la democracia, porque es la democracia su principal estorbo y debe ser el principal objetivo ciudadano, una democracia real que garantice la libertad individual y la igualdad social.