domingo, 10 de noviembre de 2019

¡Independecia de Cataluña, ya!


Aún quedan unas horas. Aún estamos a tiempo. Señor Sánchez, ni lo dude: haga lo necesario para que Cataluña se convierta ya en la República Catalana que tantos ansían.

No, no hay fundamento, lo sé: no hay derecho de autodeterminación de un territorio que no ha sido nunca ni es una colonia (lo dice la ONU, no las "corruptas y malintencionadas" instituciones españolas); no está Cataluña en ninguno de los supuestos de "anexión por conquista", "dominación extranjera", "ocupación" o "violanción masiva y flagrante", digan lo que digan los libros de texto catalanes. ¡Pero qué más da! Dejemos que Cataluña se convierta en lo que Puigdemont y adláteres desean: un pequeño país que repartirse entre una burguesía neoliberal que pueda hacer sus propias leyes para llevar a cabo sus negocios con las manos totalmente libres. 

Cataluña podría entonces ser la Suiza de la que Artur Mass ha hablado en alguna ocasión: un país sin trabas financieras para que los Pujol y seguidores puedan seguir enriqueciéndose, gobernado a base de referendums (el arma del fascismo) para aprobar sus xenófobas leyes y donde fluya el dinero negro de toda la basura mundial. Aunque, en mi opinión, es probable que, en vez de una nueva Suiza tengan una nueva Grecia, hundida por la fuga de empresas, la deuda y el desgobierno. De todos modos, será interesante ver a todos esos jóvenes de izquierda, que lo han dado todo, quedar perplejos por el resultado de su lucha y comprender, al fin, que la causa nacionalista nunca ha sido ni será una causa de izquierda.

Pero, sobre todo, el resto del país se quitará de encima la amenaza creciente de la ultraderecha, nacida -y en monstruoso crecimiento- al calor del nacionalismo español como respuesta al nacionalismo catalán. Démosles lo que quieren, su pequeño paraíso (fiscal) y cortemos el camino (hacia atrás) al que nos aboca esta panda de zombis de Vox que sale de las tumbas del Medievo y la dictadura.




miércoles, 23 de octubre de 2019

¡A mover el esqueleto!


Mañana sale el dictador de su faraónico mausoleo y, desde luego, lo celebraré, aunque de forma algo más ostentosa que la celebración de su muerte. Aún recuerdo la euforia contenida cuando en el colegio nos mandaron a todas para casa porque había muerto el Generalísimo. Me fuí directamente al Barrio Húmedo, donde encontré rápidamente a algunos amigos con los que festejar el fin del dictador. Los bares se habían llenado de gente que bebía champán y todos nos sonreíamos, aún sin conocernos, con silenciosa complicidad. Después, en casa, dedicamos la tarde a escuchar los discos de Quilapayún, Paco Ibáñez, Víctor Jara... con las ventanas bien cerradas y el volumen bajo, por supuesto. Ese día había más miedo que nunca, pero, por fin, después de que la Caja de Pandora escupiera todos los males, veíamos a Elpis, el espíritu de la esperanza, en el fondo de esa tinaja oscura.

Aunque pasé por una detención y algunos golpes, yo sólo tenía quince años cuando murió Franco y, en mi precoz activismo antifascista, no viví la historia de torturas, cárcel y fusilamientos que tantas víctimas dejaron esos cuarenta años, pero sentí en mis huesos lo que era la dictadura en ese oxímoron de la alegría sin hablar, como el de cantar a coro, pero en voz baja, el himno de Labordeta -"Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad"- cuando me reunía con mis camaradas. Como lo sintió mi madre, que nació con la Guerra Civil, cuando, al ir a votar en las primeras Elecciones democráticas, me dijo, con enorme tristeza: "¡Qué duro es llegar a los 40 años y descubrir que te han estado mintiendo durante toda tu vida".

No, no hay un resentimiento personal contra el franquismo. De hecho, mi padre me enseñó que lo importante es la bondad y que ésta puede estar en el corazón de cualquiera al margen de su ideología. Él, cargado en una camioneta para ser fusilado sin motivos ni explicaciones, por un grupo de matones falangistas, fue salvado en el último momento por un alcalde franquista que se enfrentó a los suyos afirmando que no consentiría que se matara a una buena persona. No hay un resentimiento personal, pero el monumento del Valle de los Caídos es una afrenta a todas las víctimas: no sólo a quienes fueron encarcelados y asesinados (o, como mi padre, estuvieron a punto de serlo), sino también a los engañados, como mi madre, o a quienes crecimos cantando en voz baja.

Mientras veo el especial de El Intermedio, brindaré por la exhumación de Franco de su mausoleo y, ojalá, de las mentalidades.


viernes, 21 de junio de 2019

Una manada de machos civilizados


Corría el año 1.200 antes de nuestra Era cuando la señora Hao dio a luz y el texto chino que deja constancia del hecho señala: "No hubo suerte. Era una niña". Durante los siglos siguientes, numerosos textos en todo el mundo dejan claro que la mujer no era sino una de las propiedades de un hombre, de modo que, por ejemplo, si era violada, la víctima no era ella sino su padre, hermano o marido, es decir, su propietario, que era a quien tenía que resarcir el violador de algún modo, a veces, si la mujer era virgen, sencillamente comprándosela. Lo explica la Biblia. Esa consideración, de algún modo, ha durado hasta nuestros días, puesto que, por ejemplo, en Alemania no se consideró legalmente la violación de la propia mujer como un delito hasta 1997.




"El patriarcado ha sido la norma en casi todas las sociedades agrícolas e industriales y ha resistido tenazmente a los cambios políticos, las revoluciones sociales y las transformaciones económicas", constata el antropólogo Yuval Noah Harari ("Sapiens, de animales a dioses", un libro que considero imprescindible), quien, no obstante, reconoce que a estas alturas aún no hay ninguna razón suficientemente convincente para explicarlo. Lo único que parece estar claro es que no hay razón alguna pues, aunque a pesar de que muchos apelan a las diferencias biológicas, éstas no pueden justificarlas de ninguna manera: como también señala este autor, "biológicamente, los humanos se dividen en machos y hembras. Un macho de Homo sapiens posee un cromosoma X y un cromosoma Y; una hembra tiene dos cromosomas X. Pero "hombre" y "mujer" denominan categorías sociales, no biológicas". El sexo, pues, puede considerarse una categoría biológica, pero el género es puramente cultural y, por tanto, es una categoría subjetiva. De hecho, el concepto de masculinidad y de femineidad cambian constantemente. No hay más que ver, por ejemplo, la moda masculina del siglo XVIII (véase el retrato de Luis XIV de Francia) con sus pelucas, medias, zapatos de tacón y ademanes, para darse cuenta de que lo masculino no tiene nada que ver con el prototipo de actual. El psiquiatra y escritor  chileno Claudio Naranjo atribuye esta perversión a la perversión intrínseca de la civilización. Sencillamente, la civilización es un error, y ciertamente, los antropólogos lo tienen ya bastante claro: "La revolución agrícola -dice Harari- fue el mayor fraude de la historia". La civilización no ha sido sino la forma de mantener más gente viva en peores condiciones: cada vez más gente y cada en peores condiciones. Y así seguimos. Atrapados en la misma trampa que, rizando el rizo, concluirá, paradógicamente, con nuestro suicidio como especie.




Así que "la manada" no debiera llamarse así, con ese cariz animal que no merece, porque no actuaron como animales sino como seres humanos civilizados. Porque, admitámoslo, la civilización ha creado el machismo, como creó la esclavitud o la guerra. Y a medida que nuestra civilización y nuestro poder como especie progresa, parecemos ser más irresponsables, más egoístas y, sin embargo, ni más satisfechos ni más felices.

La lucha contra el machismo no es trivial ni algo que sólo concierne a las mujeres: es la lucha contra la destrucción del planeta, la violencia, la injusticia social... Es la lucha contra nuestros peores errores como civilización. Y, en este contexto, que "la manada" duerma hoy ya en la cárcel, condenados por violación, no es sólo una satisfacción personal (¡y vive dios que lo es!) o de género, es un avance indiscutible hacia la esperanza.

viernes, 24 de mayo de 2019

¡No a la libertad!


Cuando hablan de impuestos, tendemos a pensar en nosotros mismos. Error. Tendemos también a pensar sólo en el Impuesto de la Renta y no en los impuestos indirectos. Error también. Los impuestos indirectos son injustos, puesto que todos, ricos y pobres, pagamos los mismos. Los impuestos directos son, no sólo justos (pues son progresivos: paga más el que más tiene) sino imprescindibles para que podamos vivir mejor que en la Edad Media. Son los que permiten, por ejemplo, que, aún con un sueldo de mierda, podamos ir a un Hospital cuando nos ponemos enfermos y salven nuestra vida o llevar a nuestros hijos a un colegio y que puedan aspirar a una vida mejor que la nuestra. Sin los impuestos, los ricos seguirían teniendo sus médicos privados y los demás moriríamos por una gripe o una infección; ellos serían en la vida lo que les dé la gana y tendrían cuanto les apetezca (como ahora), poero nosotros sólo podríamos aspirar a su caridad y benevolencia para poder, sencillamente, sobrevivir y conseguir que sobrevivan nuestros hijos. Supongo que eso es lo que defienden los políticos de derecha cuando se refieren a los impuestos como "sablazo" y cosas similares.

En esta campaña electoral, por fin, algunos partidos se han atrevido a hablar de la necesidad de subir los impuestos a los millonarios. Y lo alucinante es que esa propuesta dé miedo incluso a aquéllos a los que la Declaración de la Renta les da a devolver. Es lo que han conseguido, de forma lenta y constante, los más ricos: crear y extender a toda la población el descrédito hacia los impuestos.

Quizá hay que recordar algunas cosas, como que, en el mundo hay 2.208 personas con miles de millones en sus cuentas corrientes: ¡miles de millones! Y, por supuesto, faltan en la lista los dictadores y traficantes y faltan, seguro, muchos millones no declarados en las cuentas. Lo brutal es que en 2009, el año después del estallido de la crisis mundial, había 1.011, es decir, la crisis que ha echado a la cuneta de la pobreza a millones de personas, ha duplicado la cifra de multimillonarios y ha multiplicado las cuentas de los que ya lo eran. Pero los impuestos no han subido: los gobiernos han permitido que 200 millones de personas en todo el mundo se hayan convertido en pobres de solemnidad sin arrancar un euro más a los que se han beneficiado (y en algunos casos, provocado) de la crisis financiera.

Por cierto, en esa lista de multimillonarios hay un español, Amancio Ortega, con un patrimonio declarado de 62.700 millones de dólares, más admirado por haber hecho donaciones a la Sanidad Pública que denostado por no subvencionarla con sus impuestos. ¿Por qué nos preocupa que de esos miles de millones le obliguen a poner unos cuantos en las arcas del Estado? La cuestión no es nunca si subir o no los impuestos sino a quiénes. 


En España la tendencia es la misma: hay 428 millonarios, ¡un 60 por ciento más que en 2008! Y mientras ellos compran Ferraris y joyas, cuadros por cien millones de dólares, equipos de fútbol, etcétera, los demás nos espantamos cuando un político se atreve a sugerir subirles los impuestos.

El odio a los impuestos nos lo han inculcado sin molestarse siquiera en darnos argumentos para ello; si acaso, uno: que mientras más dinero tengan los ricos, más dinero invertirán y, por tanto, más puestos de trabajo crearán. La mentira es tan burda y falsa que cuesta trabajo que hayan conseguido colarla. Primero, porque la mayor parte de esos millonarios no producen nada: son banqueros, gerentes de fondos, etc., que sólo juegan con el dinero. Segundo, porque los que sí son empresarios, normalmente tienen sus factorías en otros países, aquéllos que permiten el trabajo en condiciones de esclavitud (el propio Amancio Ortega), dejando en sus países apenas las migajas. Tercero, porque damos por hecho que ser multimillonario requiere cierta sabiduría, siquiera empresarial, lo cual es rotundamente falso; la prueba es que muchos de esos tipos que crearon empresas gigantescas, también causaron gigantescas quiebras: Lehman Brothers, el banco Washington Mutual, WorldCom, Euron, Conseco, Texaco, Financial Corporation of America... y muchos -siempre partidarios del liberalismo económico, es decir, de que cada uno gane todo lo que pueda sin impuestos, cortapisas ni imposición ninguna de los Estados- han salido a flote justamente porque los Estados les han rescatado (sí, con nuestro dinero): City Bank, Bank of America, Commertz Bank, Desdner Bank, Washovia, ING, General Motors, Chrysler, Royan Bank of Scotland, Banco HBOS, catorce bancos españoles...

¿Cómo demonios han conseguido entonces hacer que nosotros, las víctimas de sus errores y su avaricia, sus víctimas, nos convirtamos en sus cómplices? Medios no les faltan (léanse "¡A la plaza!", de José Luis Estrada), pero hay uno fundamental: el lenguaje. Sus esbirros, entre los que se encuentran políticos y periodistas, dominan el arte del lenguaje y, así, han pervertido el sentido de palabras como libertad. Es ésa una palabra que gritaban los esclavos de la Antigüedad, los siervos de los señores feudales y los oprimidos de todas las épocas, hasta que el liberalismo y el neoliberalismo la han convertido en algo totalmente distinto: donde dicen libertad quieren decir "acabemos con lo público, que nos dejen hacer lo que nos dé la gana". Donde dicen libertad, sólo se refieren a la libertad de ganar todo el dinero posible de cualquier modo posible sin darle nada a la comunidad (es decir, sin pagar impuestos), se refieren a la libertad de despedir gratis, de manejar sus empresas sin respetar los derechos de los trabajadores... y de que las mujeres puedan cortarse el pelo o pintarse las uñas, pero no decidir su vida. No les importa si el Estado no tiene suficiente dinero para hacer carreteras (ellos tienen un jet) o ciudades sostenibles (ellos ya tienen su paraíso privado) o colegios a los que ellos jamás enviarán a sus hijos. 

Llaman libertad -y es sagrada, el único dogma de fe- a la libertad de ganar dinero. Pero no se trata de cómo han conseguido su dinero: aunque sea limpia y concienzudamente, mientras haya gente que nace sin la menor oportunidad de hacerse rico y aún de sobrevivir, gente a la que la pobreza le niega sus derechos como ciudadanos y aún como seres humanos, no debiera permitirse que haya personas escandalosamente ricas. Del mismo modo que se nos niega la libertad de tirar la basura por las calles, en pro del bien común, no es libertad poder enriquecerse hasta límites que impiden una sociedad mínimamente equitativa.

Sólo les importa que el Estado tenga, eso sí, suficiente dinero con el que echarles una mano si les vienen mal dadas... porque libertad sí, pero dentro de un orden, que como decían los carcas de mi juventud: una cosa es la libertad y otra el libertinaje.




viernes, 9 de noviembre de 2018

Kristallnacht



“No necesitamos que nadie venga a nuestro país”. “La obra realizada por la Humanidad occidental durante dos milenios está en peligro”. “Vemos derrumbarse nuestro continente, y vemos, bajo sus ruinas, enterrarse la herencia histórica de Occidente”- “La mojigatería burguesa quiere vivir según la frase: Lávame la piel, pero no me mojes (léase buenismo); pero es mejor hacer un corte a tiempo que esperar a dejar que la enfermedad agarre”.  “No pertenecemos a aquéllos espíritus timoratos y pusilánimes que, cual conejos hipnotizados, permanecen mirando inmóviles a la serpiente hasta que son devorados por ésta”. Lo dijo Goebbels.

Y una noche como ésta, miles de personas pasaron a la acción. La noche anterior había muerto un funcionario alemán, asesinado por un judío. ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Es hora de ir a por todas, de sacar el odio acumulado durante años de mensajes difundidos por todos los medios, a veces en forma burlesca y a veces en forma incendiaria! Entre esas miles de personas que salieron “espontáneamente” a la calle en Alemania y Austria había otras tantas que sabían muy bien lo que hacían, que habían alentado la revuelta y sabían cómo espolear a los espontáneos. El resultado es bien conocido: se destruyeron 1.547 sinagogas, los cementerios judíos, más de siete mil tiendas y almacenes; más de treinta mil judíos fueron detenidos e internados en campos de concentración; más de un centenar fueron asesinados, entre ellos algunos que no eran judíos pero se lo parecieron a alguien; a los demás, se les sometió a toda clase de humillaciones y tormentos.

Una noche como ésta comenzó el Holocausto, cuando se cumplía una década de la gran crisis económica del 29. También ahora se cumple una década de la gran crisis económica financiera y ¿cuál es el balance?, ¿se han atajado los problemas de desregulación del mercado que dieron lugar a la crisis? Obviamente, no. Muy al contrario, la economía es cada vez más ficticia: el capitalismo no sólo no se ha renovado sino que ha vuelto al mercantilismo; la competencia ha sido devorada por los oligopolios; el fraude fiscal crece cada día, así como los desorbitantes sueldos de meros gerentes que sólo saben pensar en el corto plazo; el sector privado se libra de las deudas acumuladas que hicieron estallar la burbuja, pero el sector público arrostra con el suyo propio y el ajeno; nunca ha habido tanto dinero en el mundo y tan mal repartido; la religión neoliberal sigue siendo incuestionable; las víctimas de la crisis no sólo son marginadas, sino humilladas (¡qué bien lo describe Ken Loach en “Mi nombre es Daniel”); la política es desprestigiada y la democracia puesta en peligro; se impulsa la ideología nacionalista con una fuerza que no tenía desde la Segunda Guerra Mundial, y, en medio de “una gran banalidad, de una abrumadora mediocridad intelectual, sin sentido de la historia, ni imaginación, ni creatividad, sin pensar qué estamos haciendo y adónde vamos” (John Ralston Saul), a los ciudadanos se les da un culpable contra el que verter su ira: los inmigrantes, sobre todo si son musulmanes.

Diez años de la Noche de los Cristales Rotos y una situación con demasiados paralelismos como para obviarlos. También entonces se hablaba de invasión: “Se prepara la invasión de la España roja por el judaísmo internacional”, decía el ABC en esos días. De invasión habla Trump y tantas personas que no saben de qué hablan.

Noam Chomsky ha predicho el próximo estallido de una nueva crisis financiera. Bueno, ¡si sólo fuera eso… si sólo fueran a matarnos de hambre y no a convertirnos también en asesinos…!
















Nota: Gracias, alcaldesa de Madrid, por haber recordado a los inmigrantes en la fiesta más típica madrileña, la Almudena, que se ha celebrado hoy, y advertir que “si blindamos nuestras fronteras y nuestro corazón, nos deshumanizamos”.

viernes, 2 de noviembre de 2018

La festividad del frío




Siempre hace frío el 1 de noviembre, siempre
sopla un viento cargado de cristales como agujas
que se clavan en el alma. Siempre.
En cualquier lugar de la Tierra el sol está lejos
el 1 de noviembre.
Y la lluvia penetra en la piel erizada y congela la vida;
el aire pesa como la losa, los pies sólo pisan musgo,
los ojos duelen de resolana y se encogen las venas,
el pulso tirita, el aliento se convierte en hielo seco, el
corazón se hace frágil como una fruta helada.
El 1 de noviembre siempre es frío, es
siempre pérdida, que se siente como
el calor que se fué del cuerpo amado, de los
cuerpos que nos amaron y se llevaron
nuestra energía en la última caricia,
la que ya no pudieron sentir,
a cambio de un escalofrío que nos acompaña
el resto de este camino que empezó y terminará
con ellos. Sin ellos nos queda esto, el frío
de aguanieve que sacrificará nuestros miembros
para preservar el corazón caliente; y así,
caerá la copa de nuestra temblorosa mano, caeremos
vencidos por la pierna entumecida, tendidos
quedaremos como carámbanos rotos,
para que no se apague nunca la pasión
que late en nuestro centro.
Pero yo requiero más frío. Más frío pido yo
a todos los santos.
Me tiendo en la nieve esperando el relente glacial,
la escarcha puntiaguda, transida del glacial rocío;
vengan a mí las inclemencias, la rigurosa helada que adormece
y apacigua el dolor.

lunes, 8 de octubre de 2018

La voracidad del lobo malo



¡Quién me iba a decir a mí que habría de echar de menos el tan reciente “yo no soy racista, pero…”! En pocos años y en vertiginoso “in crescendo”, esa expresión ha sido sustituida por un “sí, soy racista”. A la gente ya no le avergüenza. 

Estaba cantado, porque la única manera que tenían quienes provocaron la crisis económica (banqueros y especuladores) de conseguir la impunidad y evitar un verdadero cambio en el sistema, era buscar otro culpable, crear un enemigo fácil de abatir, de modo que no en vano ha sido justo después de la crisis, cuando no sólo hay menos inmigrantes que nunca sino que muchos han vuelto o están volviendo a sus países de origen, cuando han arreciado las campañas anti-inmigración. La jugada es buena porque, además, el racismo y la xenofobia conectan con un sentimiento fácil de alentar, el nacionalismo, que por su esencia ideológica fascista y por su efecto disgregador, es el que los poderosos han necesitado siempre para imponer sus intereses. Es algo así como: “para ganar la guerra, deja que los enemigos se maten entre ellos”. Y el aumento de la ultraderecha en todo el mundo (¡hasta en los países nórdicos!, ¡hasta en Brasil!) muestra que están consiguiendo su objetivo.

Con todo, la velocidad de propagación de esta plaga racista, me espanta. Casi a diario oigo a un republicano, que niega el privilegio de la cuna para ser rey, justificar el azar genético de haber nacido en uno u otro país para tener el privilegio del empleo, la vivienda, el orgullo racial o cultural… o cualquier otro. Oigo a personas ateas defender la cultura católica por encima de la barbarie musulmana con un tesón que no se daba desde las Cruzadas. Oigo a mujeres feministas justificar la xenofobia por el machismo que aportan los inmigrantes de otras culturas, como si esas mujeres no fueran víctimas a las que ayudar sino portadoras de un peligroso virus a las que hay que apartar. Oigo a personas progresistas repetir con pasión los discursos de la extrema derecha y, en definitiva, por todas partes veo a las víctimas de la crisis, decepcionadas y rabiosas por un sistema enfermo pero que se eterniza en su agonía, hacerse fuertes entre los muros del orgullo patrio, racial, local, religioso o futbolístico…

La prueba de que esos sentimientos son manipulados es que los argumentos son siempre los mismos y se propagan como la pólvora por todas las redes: los inmigrantes nos invaden, se llevan todas las ayudas sociales, son los culpables de la quiebra del sistema sanitario y de las pensiones… Sí, parece increíble, pero banqueros, buitres de la crisis, altos directivos con sueldos indecentes, especuladores que convierten la pobreza y la muerte en beneficios económicos, han conseguido hacer creer a miles, a millones, que los culpables de la crisis son, precisamente, sus mayores víctimas. Una jugada maestra y, sin embargo, facilísima de rebatir con sólo acudir a la información básica que puede encontrarse en los datos oficiales (básicamente, el Instituto Nacional de Estadística y el Centro de Estudios sobre Migraciones). No lleva mucho tiempo y es contundente.

  • No, no nos invaden. Los extranjeros son menos del 10 por ciento de la población española (4.464.997, un 9,59%, tres puntos menos que en 2011), y la mitad de estos inmigrantes procede de los países de la Comunidad Europea. ¡Ah, y sólo el 1% ha llegado en patera!
  • No, no hay ninguna ayuda específica para los extranjeros. No hay ninguna normativa reguladora de ayudas sociales, ni a nivel municipal, ni autonómico, ni nacional, que priorice la nacionalidad: sólo tiene en cuenta las circunstancias personales y familiares del solicitante.
  •  La mayor parte de los beneficiarios de ayudas al alquiler (el 60 por ciento de media, aunque con muchas diferencias entre comunidades autónomas) son españoles, y ello a pesar de que sólo un 13,5 por ciento de los españoles vive de alquiler, en tanto el porcentaje es casi del 70 por ciento entre los extranjeros.
  • No sólo no tienen una influencia negativa en los servicios sanitarios sino que, dado que la mayor parte de los inmigrantes son jóvenes, utilizan en muchísima menor medida el sistema de salud. Los  inmigrantes consultan un 7 por ciento menos al médico y tienen un gasto farmacéutico por persona de 73,70 euros, frente a los 374,01 euros por cada español.
  •  No, no es cierto que los inmigrantes utilicen “nuestro” sistema sanitario sin aportar nada al mismo: desde 1997 la financiación del sistema sanitario proviene de los impuestos (IRPF, IVA…), no de la Seguridad Social, y cualquier persona que compre algo, lo que sea, está pagando impuestos y, por tanto, colaborando a financiar la asistencia sanitaria, tanto si está trabajando como si no y tanto si es un español, un inmigrante legal o uno irregular. De hecho, la población extranjera supone el 6,5% del gasto sanitario, tres puntos menos que su porcentaje poblacional.
  • Respecto al sistema de pensiones, en realidad se mantiene en buena parte gracias a ellos, pues  apenas representan el 1% de los beneficiarios, mientras que la población nacional es, como todo el mundo sabe, una población muy envejecida.
  • Y respecto a las prestaciones por desempleo, sólo el 8,6% son otorgadas a inmigrantes, que, por supuesto, se las han ganado con su trabajo.
  • Por último, en los colegios son un 9% del total de los escolares y, según una encuesta hecha por el Ministerio de Educación, el 72,2% del profesorado considera que los alumnos extranjeros se han adaptado bien o muy bien al sistema educativo (a pesar, he de decir, de que se trata de un sistema poco o nada flexible, que no se lo pone fácil). Los profesores opinan, además, que su presencia favorece la diversidad en los centros y el refuerzo de capacidades.


Seamos justos. Los inmigrantes son los principales responsables del crecimiento económico español en los decenios previos a la crisis (aportaron el 30% del PIB entre 2001 y 2006); no sólo no socavan el sistema de protección social, sino que su contribución ha sido vital para que se mantenga.  Han asumido trabajos decisivos para el bienestar social de la población, como el cuidado de ancianos y dependientes, y muchas extranjeras han asumido trabajos domésticos en condiciones de explotación, sin cotizar ni tener días libres o vacaciones pagadas, permitiendo con ello a muchas mujeres españolas realizar trabajos mucho mejor remunerados y personalmente gratificantes.

Con todo, estos datos, que desmienten rotundamente las falacias divulgadas constantemente, no deberían ser necesarios para justificar unos derechos que hemos aceptado como Derechos Humanos. ¿Es que tenemos que esperar a que haya otra guerra mundial para que, horrorizados de nosotros mismos, volvamos a reafirmar la Declaración Universal que firmamos en 1948: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”?

En la película de “Tomorrowland” la protagonista recuerda a su padre que todos llevamos dentro un lobo bueno y un lobo malo y gana aquél al que alimentamos. Quienes son responsables del hambre en el mundo, están gastando cantidades ingentes de comida en alimentar a nuestro lobo malo.

viernes, 5 de octubre de 2018

La herencia



Ya no soy yo. En el otoño de mi edad,
cuando soy más yo misma y menos ya de todo,
soy tú.
No te fuiste al cielo ni al Más Allá,
sino al Más Adentro.
Te metiste en mí. Sí, te llevo dentro
en una ocupación que no es metáfora.
Tengo en mí tu amor intacto, tu juicioso
y laborioso hacer, tus inquietudes y tu celo.
También tu pena, tus amargas decepciones,
tu siempre insatisfecho corazón.
Tu coraje y tu miedo.
Tu soledad en el bullicio de una vida derramada.
Ya no tengo que preguntar ni preguntarme
para aprender y comprenderte: sólo cerrar los ojos.
Y no espero
sino seguir dehilachándonos juntas y reconsiéndonos
y volver a deshacernos hasta cruzar,
juntas,
el umbral al polvo
y la brisa entre los alisos.



lunes, 23 de abril de 2018

El poder de un libro o el libro, al poder




Inventar la escritura nos abrió la puerta a la Historia y la Historia se ha escrito con libros: "La Biblia", "El Manifiesto Comunista", "El origen de las especies" y tantos otros han escrito o subrayado el rumbo de nuestra especie. Otros libros podrían haberla cambiado, como el famoso manuscrito -cuya historia es más fantástica que cualquier novela, igual que el protagonista- de Arquímedes (http://www.bbc.com/mundo/noticias-42183913). Y, por supuesto, millones de vidas particulares han cambiado tras la lectura de un libro. Todos los lectores, de hecho, hemos experimentado un cambio, siquiera temporal, tras la lectura de cada libro; lo ha demostrado un estudio de la Universidad de Ohio (https://www.muyinteresante.es/salud/articulo/leer-un-libro-puede-cambiar-nuestra-realidad), pero muchos han abierto sus mentes a posibilidades intelectuales o vitales que han modificado su destino, fuera ese libro de autoayuda, de ficción o un ensayo; leído en un pergamino, en un libro, una pantalla o meramente escuchado.

Como personal contribución a este Día del Libro quiero contar la historia de un libro que pudo también cambiar algunas cosas, quién sabe si el presente de este país. La anécdota se refiere a José Luis Estrada quien, siendo director del El Mundo-La Crónica de León, tuvo un encuentro con el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero a quien, como leonés, le conocía desde hacía años. La breve conversación fue, pues, en un tono coloquial. Por entonces, José Luis llevaba años alertando, desde las páginas de Diario 16 Burgos, del estallido de las burbujas financiera e inmobiliaria. Pero, obviamente, su voz tenía un alcance muy limitado, y Zapatero había terminado su primera legislatura con éxitos sociales que creo indudables (la ley de dependencia que mejoró la vida de miles de familias azotadas por el infortunio, el matrimonio entre homosexuales que marcó un antes y un después en la mentalidad de los españoles, las ayudas por nacimiento o adopción para madres trabajadoras, el fin del terrorismo de ETA, el vuelco en la vida de los ancianos con el IMSERSO, la ampliación de la ley del aborto...) y se adentraba en una segunda legislatura desastrosa en la que pronto estallaría la Gran Crisis, de la que el presidente demostró no saber nada de nada y que le hizo perder las Elecciones, dejando al país en manos de la derecha en los años en los que más necesitaba (y necesita) un Gobierno que prime la política social sobre cualquier otra. Zapatero cometió otros errores (sobre todo y ante todo, rodearse de un club de fans incapaces -por ignorancia o por interés- de hacer bien su trabajo), pero creo que es unánime que echó a perder su futuro político, el de su partido y, quizá, el del país, el día que negó la existencia de una crisis económica que ya se extendía desde Estados Unidos como un huracán, arrasando el Estado del Bienestar y amenazando seriamente la democracia.


Pues bien, quizá las cosas hubieran sido diferentes si Zapatero hubiera leído un libro: el que José Luis Estrada le regaló en esa ocasión con la recomendación, insistente y perentoria, de que lo leyera lo antes posible. Era un libro de John Ralston Saul, probablemente el intelectual más lúcido de cuantos existen, presidente del Pen Club Internacional y profeta de la crisis económica mundial: esto no lo digo yo, lo dijo la revista Time.
Pues yo hago la misma recomendación a los lectores que puedan tener la paciencia e interés de estar leyendo esto: "La civilización inconsciente" es un buen comienzo al que, seguro, seguirán otros, como "Los bastardos de Voltaire", "Diccionario del que duda" o "El colapso de la globalización". Pero déjenme añadir: "Viaje al corazón de la bestia que ocultan los Mercados", de José Luis Estrada, una voz lúcida y desoída que no llegó a ver sus libros impresos, pero que pueden leerse en: http://www.alaplaza.es/





viernes, 13 de abril de 2018

De ciudadanos a productos




El escándalo del tráfico de datos personales en Facebook (donde me sigo expresando), que es sólo una parte llamativa de la realidad de un constante comercio de datos a través de toda la Red, es la manifestación de un hecho muchísimo más grave, un paso más en la perversión de la democracia hacia su completa y silenciosa desaparición: si la globalización supuso la conversión de los ciudadanos en clientes, ahora hemos pasado de clientes a producto.


El sistema avanza y lo hace en la misma dirección que nos llevó a la gran crisis financiera, al progresivo recorte del Estado del Bienestar y a la desaparición de la clase media en pro de una sociedad cada vez más polarizada entre escandalosamente ricos y escandalosamente pobres.
Vivimos en una ficción económica. El presidente del PEN Club –mi nunca suficientemente citado John Ralston Saul- dice que en los años 70 el comercio era seis veces el valor de los bienes; en 1995 era 50 veces más y ahora, a falta de datos -porque se ocultan- calcula que es alrededor de 150 veces más. Y seguimos creando más y más dinero: tarjetas de crédito, bonos basura, derivados… y ahora bitcoins. Nunca ha habido tanto dinero y tan mal repartido.


Pero con dinero o sin él, el frenesí del consumo debe continuar. Y si, para ello, hay que resucitar la esclavitud, se hace. Y nosotros, los que menos dinero tenemos en la sociedad de la opulencia, los que lloramos viendo “Kunta Kinte”, cerramos los ojos a la esclavitud, incluso de miles de niños, para poder comprar los artículos que, gracias a ella, nos resultan baratísimos.

Llevamos ya decenios “de abrumadora mediocridad intelectual, sin sentido de la historia, ni imaginación, ni creatividad, sin pensar qué estamos haciendo y adónde vamos: una gran banalidad con tremendos resultados”, dice Ralston Saul. Pero además de estirpar nuestra consciencia, el neoliberalismo estirpó nuestra conciencia y ahora, en un paso más, abole nuestra propia personalidad para convertirnos, al tiempo que clientes que consumen incansablemente, en producto a consumir por quienes nos dirigen hacia su “Mundo feliz”.



viernes, 23 de febrero de 2018

Asaz tristérrima



Me está costando mucho digerir la noticia. La muerte de Forges es, realmente, algo personal para mi generación, pues sus viñetas nos han acompañado desde la adolescencia. Si El Roto es un humorista-filósofo, Forges ha sido un humorista-literato: no sólo inventaba palabras que han llegado al Diccionario de la Real Academia (bocata, muslamen), sino todo un lenguaje en extraña y cómica mezcla de castellano antiguo y neologismos castellanizados o deformados. Me recuerdo perfectamente, con catorce o quince años, hablando con mis amigos "al estilo Forges" (Javi y Roca eran virtuosos). Literato porque, además de un estilo y lenguaje propios, creó multitud de personajes con vocación de eternos. Sus ocurrencias e historias no han dejado de hacernos reír o sonreír durante toda una vida y, a menudo, de conmovernos. Pero, para colmo, a lo largo de sus innumerables viñetas y de sus palabras, ha demostrado siempre ser un hombre tan inteligente como decente. Lo único que puede consolarme de su muerte es que su legado es tan vasto que va a ser imposible recordar que ya no está.




martes, 23 de enero de 2018

¿Quiénes nos informan?



El 24 de enero se celebra la fiesta de los periodistas, San Francisco de Sales, un beato elegido como patrono por Pío XI porque tuvo la idea de colocar pasquines católicos en las puertas de los protestantes para intentar convertirles, lo que, en mi opinión, no le habilita para representar ni a los paparazzi.
No me gustan las fiestas patronales, pero, si los periodistas queremos tener un patrón, debiéramos de ocuparnos nosotros de elegirlo, no el Papa, y yo, claramente, abogo por elegir a Plinio el Viejo. Para empezar, era un erudito, como debiera ser cualquier periodista. Cuando el Vesubio entró en erupción en el año 79 -momento en el que, para los romanos, el único volcán que existía era el Etna y le daban ese nombre por ser la morada del dios Vulcano, pero desconociendo por completo que supusiera ningún peligro-, se encontraba dirigiendo la flota de la región a más de 30 kilómetros. Cuando vio la gigantesca nube que ascendía de Pompeya y las barcas que huían del lugar con gente desesperada convencida de que los dioses habían dictado el final de los tiempos, él preparó una barca y remó en dirección opuesta, hacia la ciudad, bajo una lluvia de piedras y cenizas ardientes, para indagar sobre la verdadera causa de la tragedia (es la necesidad de saber por qué suceden las cosas la que define a los periodistas) y, también, para socorrer a las víctimas, empeños ambos que le costaron la vida, tal y como su sobrino narró en la crónica que da cuenta de esa noche eterna que terminó, como dijera el poeta hispano Marcial, con toda una ciudad sumergida "en llamas y en siniestra ceniza: ni los dioses del cielo hubieran querido que esto les fuese permitido".
Por cierto que Pompeya fue el lugar en el que también comenzó la lucha liberadora de Espartaco, hermosa casualidad, pues sin el periodismo no existe la libertad.
La erupción del Vesubio y la muerte de Plinio fue un 4 de marzo, de modo que adelanto mi homenaje para hacer una pequeña reflexión sobre mi profesión, que vive en una larga y profunda crisis objeto de interminables discusiones en las que se ha echado la culpa de la falta de credibilidad (que es, per se, lo peor que le puede pasar y les ha pasado a los medios de comunicación) a la prensa amarilla, a las revistas de corazón, a Internet... En definitiva, a las circunstancias, pero no a las causas, la principal de las cuales es la propiedad de los medios de comunicación.
No hay ni habrá periodismo libre en tanto no se aborde la imperiosa necesidad de que las sociedades propietarias de los medios sean absolutamente transparentes. Como José Luis Estrada señala en su libro "¡A la plaza!": "Es imprescindible que los medios de comunicación hagan públicas las cuentas de ingresos, detalladas, sobre todo en publicidad, ahora encubierta por parte de instituciones públicas, semipúblicas y privadas, y publicar los intereses empresariales y el patrimonio de sus empresarios y directivos".
Mientras eso no se haga (y, de momento, ni siquiera se plantea), los medios de comunicación seguirán siendo "armas del poder corporativo en manos de despiadados grupos de presión" para los cuales trabaja una legión de periodistas mal pagados y menospreciados que, como Plinio, siguen dejándose a veces la vida por saber y contar qué sucede y por qué.


In memoriam de Daphne Caruana Galizia.



lunes, 22 de enero de 2018

No neguemos a la mujer de Lot


Descubro, fascinada, a una poetisa rusa, Anna Ajmátova, con cuyos versos me siento identificada ("A través del moho, la ceniza y la negrura / dos esmeraldas grises brillan / y el gato maúlla. ¡Vamos a casa, criatura! / ¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?"); capaz de decirle al viento: "Yo era libre, como tú, / pero quería vivir demasiado. / Mira, viento, mi cuerpo está frío / y no hay a quién estrechar la mano"; y capaz de dedicar estos maravillosos versos a la mujer de Lot, una mujer del que la Biblia nos ha negado hasta su nombre, porque así hemos pasado las mujeres por la Historia, innominadas mujeres de alguien (hombres justos) que hicieron historia por sus errores.

Y el hombre justo acompañó al luminoso agente de Dios
por una montaña negra, siguiendo su huella,
mientras una voz incansable acosaba a la mujer:
—No es demasiado tarde, aun puedes mirar hacia atrás.
Hacia las torres rojas de tu Sodoma nativa,
al patio donde una vez cantaste, al pabellón para hilar,
a las ventanas de la enorme casa
donde la descendencia santificó tu lecho conyugal.
Una sola mirada: súbita punzada de dolor
en sus ojos, antes de poder emitir cualquier sonido.
Su cuerpo se derritió en sal transparente
y sus ligeras piernas claváronse en la tierra.
¿Quién penará por esta mujer? ¿No le resulta
de sobra insignificante a nuestra incumbencia?
Incluso así, nunca la negaré en mi corazón,
ella que murió porque eligió volverse.


sábado, 20 de enero de 2018

¡Feliz cumpleaños!


Por fin, un día de fiesta.
Hoy salgo de la húmeda gruta
en la que paso mis noches
añorando el calor de tus muslos,
del hueco de tu cabeza en la almohada
mojada de perfume y sal
en la que me hundo hasta perder el aliento;
salgo del infierno de un cielo siempre en ocaso,
de ese añorar la primavera en invierno
y el invierno, en el verano;
salgo de la grieta oscura en la que me ovillo,
con los dedos rotos, con la boca reseca.
Salgo de los escombros de mi vida
y la reconstruyo fugazmente.
Porque hoy es un día de fiesta.
Hoy lloro, sí,
en un paréntesis entre la noche y el día
que me apropio en esta soledad
que ya no es sino tu ausencia:
escucho a Mike Oldfield y esparzo
tus cenizas sobre mi alma.
Pero luego, 
luego arderé con otros acordes
de risas, de bailes, bullicio
dulce y copas alzadas en tu honor
para brindar por que viviste,
por que nacieras como un manantial,
abriendo un año y la puerta
que crucé en tus brazos.
Brindo por todos los besos que me diste,
por todo lo que aprendí.

La primera lección, en mi primer hogar: bondad. 
La segunda, en el tuyo: amor; la tercera, sin ti: hay un final.
Celebro tu vida y mi vida vivida en ti.


viernes, 24 de noviembre de 2017

Black Water



Además de que "nuestras vidas son los ríos", como dijera Jorge Manrique, nosotros mismos somos agua. También la mayor parte de nuestro planeta es agua, pero apenas contamos con 9.000 kilómetros cúbicos de agua dulce al año para que toda la humanidad pueda beber, suficiente si no fuera porque la gran mayoría de este agua cae, en forma de lluvia, sólo en algunas zonas, dejando el resto del planeta muerto de sed... Y no es una expresión coloquial ni una figura literaria: según el último informe de Unicef, "Sed de futuro", más de cuatro mil niños mueren cada día por falta de acceso al agua potable. Y la cosa va a peor: el cambio climático, que todavía algunos irresponsables niegan, condenan a 600 millones de niños a vivir en zonas áridas dentro de treinta años. Estos millones de niños y muchos más millones de mujeres y hombres no han desafiado a los dioses (no han construido grandes fábricas ni acumulan coches en sus garajes), pero como Tántalo, están condenados a no poder comer cuando tienen hambre, en un mundo lleno de comida, y a no poder beber cuando tienen sed, en un mundo de agua.

Y, por seguir el hilo de la mitología, la culpa la tenemos quienes, como Narciso, enamorados de nosotros mismos, nos ahogamos intentando atrapar nuestro propio reflejo, ajenos a todo lo que no sea la pasión por el despilfarro, el juego, la frivolidad y la consciente y a menudo cínica ignorancia: "Y admira cuanto es en él admirable, y se desea y se busca y se quema, y trata inútilmente de besar y abrazar lo que mira, ignorando que es sólo un reflejo lo que excita sus ojos; sólo una imagen fugar, que existe únicamente porque él se detiene a mirarla", escribió Ovidio hace más de dos mil años, es decir, antes de que se inventara el Black Friday.

Ahora, en España empezamos a vislumbrar lo que puede llegar a ser vivir sin agua. Con apenas el 37 por ciento de las reservas de agua embalsada, los agricultores abandonando las tierras de regadío, el 75 por ciento del país al borde de la desertificación, los ciudadanos respirando basura y aturdidos por tener que usar menos el coche, la factura eléctrica por las nubes, más de ciento veinte municipios con restricciones de agua y bosques quemados por todas partes, ya somos el país más árido de Europa. Pero clamamos por que llueva como si todo fuera una cuestión puramente pasajera, un mal revés meteorológico pasado el cual volveremos al despilfarro y a considerar el asunto algo ajeno, infinitamente menos importante que los estúpidos nacionalismos o la política del día a día. ¿Pasado el cual, he dicho? No, ni siquiera. En plena sequía, hace poco más de una semana, se anunció la construcción de la playa artificial más grande de Europa en Guadalajara.

Y es ésta una muerte anunciada. Hace muchísimos años que los expertos (los que no cobran de ninguna multinacional) claman en el desierto -y nunca mejor dicho-, pero el cambio climático sigue siendo noticia sólo cuando no hay nada más llamativo que lleva a primera página.

Recuerdo la campaña municipal del 2007 en Villaquilambre. Acabábamos de crear el movimiento ciudadano Civiqus. A propuesta de José Luis Estrada, nuestro lema fue "La ciudad de agua", conscientes del lujo de vivir en una tierra de ribera. En lugar de merendolas de pulpo o chorizo, como hicieron los otros partidos, nosotros regalábamos a la gente agua y, coherentes con un programa electoral lleno de propuestas medioambientales, hicimos una campaña imaginativa y ecológica: utilizando bicicletas y tandems, una fiesta de la primavera, una marcha cívica a pie... Muchos nos criticaron entonces poner el foco en la necesidad de parar el cambio climático, de cambiar nosotros para cambiar el mundo... "Es un asunto con poco gancho" o "es un asunto que no es local", tuve que escuchar. ¿No es local aquello que nos afecta como individuos?

Como es tradición, terminaré con una rogativa. Bueno, dos: que toda la energía que se despliega desde hace meses en las calles para defender naciones imaginarias, se utilice para defender una nación sin campos de golf en cada esquina, y que en las naciones reales que se encuentras fuera de las zonas templadas del planeta caiga ese "mar de arriba, voz del cielo, violín negro" que es la lluvia, en versos de Borges.