viernes, 15 de octubre de 2010

...Y la funcionaria de baja

Desde luego que el fraude fiscal es lo primero, pero no creo que eso para que también haya que controlar las bajas de quienes, cobren mucho o poco, no cumplen con su trabajo, lo que supone una carga extra de trabajo para sus compañeros y un servicio deficiente para el público. Hay casos sangrantes. Conozco uno: el caso de una funcionaria que, disgustada cuando cambió su jefe, decidió no volver a trabajar. Durante tres años, los que duró su nuevo jefe, sencillamente sólo acudió a su puesto de trabajo, con un aspecto de lo más saludable, para ir depositando baja tras baja: unas por estrés, otras por depresión, otras por gripe, otras por "gripe ansiosa", otras por trastornos relacionados con la menstruación... unas encadenadas a otras hasta sumar la casi totalidad de los tres años en que tardó su novio en volver a ser su jefe.
Francamente, ¿puede ser eso admisible? Eso sí, no entiendo bien que haya que pagar más al médico que le niegue la baja: lo que yo creo es que habría que sancionar al médico que le estuvo facilitando bajas indebidas y al inspector que tendría que haber evitado el fraude. Porque la cuestión no es incentivar el trabajo bien hecho (además de ser dudoso que no firmar bajas sea un trabajo bien hecho), sino, en éste y tantas otros ámbitos, el trabajo bien hecho de los inspectores. Desde mi punto de vista ésa es la grieta por la que no funciona la administración: porque no funcionan los servicios de inspección.
A raíz del anuncio de rebaja del 5 por ciento en el sueldo de los funcionarios ha cundido una oleada de apoyo a este colectivo, recordándonos, por ejemplo, que no todos son iguales (¡obvio!) o que tienen sueldos bajos. Eso de que, a cambio de un puesto fijo, ellos cobran menos, es ya un mito. Para empezar, muchos realizan trabajos privados con los que aumentan su sueldo y, habitualmente, no aumentando sus horas de trabajo sino detrayéndolas de sus trabajos públicos. Para continuar, los sueldos de los trabajadores en empresas privadas cada vez son más bajos, por no hablar de la creciente inseguridad laboral.
En suma, el abismo entre trabajadores de la empresa privada y de la función pública es cada vez mayor. Lo irritante es que se baje el sueldo de los funcionarios (no es, en general, sueldo, lo que les sobra) y se haga más fácil el despido de las empresas (ya es facilísimo), cuando lo que habría que hacer es justo lo contrario: que se suba el sueldo de los funcionarios que funcionan y se posibilite el despido de los que no funcionan en absoluto, y que se recorten los sueldos (los altos) en las empresas privadas, pero se les dé una mínima estabilidad en sus puestos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

La funcionaria 213...

Estoy emocionada y tengo que contarlo. Desde que traje a mi hija mayor de La India, hace diez años, he tenido que visitar innumerables veces la sección de Bienestar Social de la Junta de Castilla y León en León, edificio sito en la Plaza de Colón. Aún recuerdo la primera vez. Nos presentamos (entonces aún estaba en el edificio central de la Junta) los felices padres de la mano de la niña, con una sonrisa de oreja a oreja, ante la única funcionaria en activo en ese momento, activa comedora de pipas, y le dijimos algo así como: "Bueno, pues tras cinco años de pesadilla, al fin estamos aquí con nuestra hija, ¿qué hacemos ahora?". Ella, sin dejar de comer pipas, respondió: "¡Pues ustedes sabrán!". Tras explicarle que en lo que nos acabábamos de convertir era en padres, no es técnicos de adopción, papel que se le suponía a ella, dudó un momento y resolvió el problema: "Pues habrá que llamar a Valladolid... Pasad por aquí dentro de una semana", tiempo que no requería una llamada ni con el primer teléfono inventado por Graham Bell.
Pues bien, desde ese día, he tenido que ir allí, como decía, para recoger las decenas de informes de seguimiento que no llegaron a enviarme a casa, para entregar traducciones de los mismos, para los mil y un absurdos y tediosos trámites de la adopción de mi segunda hija y, por fin, para conseguir (me ha llevado un año) que envíen al Juzgado de Instrucción los papeles de La India para que se inicie el proceso judicial: un trámite que podría hacerse en cinco o diez minutos pero que a ellos les ha llevado un año, desde que traje a mi niña.
En esas "cienes y cienes" de visitas, el proceso ha comenzado siempre igual: me presento al guardia de seguridad sentado en el vestíbulo, le cuento el objeto de mi visita, le doy mi carnet de identidad, toma nota de él en un papel, me entrega una identificación de visitante para que lo enganche a la ropa y me indica que suba a la segunda planta y vaya al despacho 213. La sección que visito tiene forma de L, con despachos a ambos lados, o sea, en cuatro hileras. A la derecha pone: "despachos 200 a 220". La sigo, observo las puertas abiertas de despachos con luces encendidas, en su mayor parte, y vacíos en todos los casos. Nadie, ni en el 213 ni en ningún otro. Me voy al otro brazo de la L. A veces he encontrado allí a una persona, otras ha sido fuera, en el vestíbulo de esa segunda planta. En todos los casos, abordo a esa solitaria figura y le cuento mi situación. El rito es que ella intenta quitarse mi muerto de encima y yo le digo, amable pero firme, que me da igual que no tenga idea del asunto, que yo estoy dentro del horario y no es mi problema si no está el ocupante del despaho 213 ni de ningún otro, y termino con un "aquí le quedan estos papeles y le hago a usted responsable" o "tome usted nota y désela a quien corresponda" o algo así. Normalmente, ahí queda la cosa, aunque a veces no he tenido más remedio que volver y volver.
Pues bien, ayer, por fin, he seguido el ritual cotidiano y, efectivamente, de los alrededor de cincuenta despachos de la planta, he encontrado ocupado... ¡el 213! La mujer, la verdad, estaba a punto de salir, pero le intercepté el paso efusivamente: "¡No sabe qué agradable sorpresa es conocerla! Usted no me conoce a mí pero yo estoy en su fichero, sí, sí, justamente dentro de su fichero, con dos adopciones nada menos. ¡Diez años y por fin la conozco!". Desconcertada, no ha sabido valorar ni mi emoción ni mi ironía, pero, con buen carácter, ha accedido a abrir su archivador y, en efecto, ha encontrado allí la carpeta que me concierne... aunque, ¡oooooooooh!, no estaba el expediente. Un funcionario que por allí pasaba le dijo que, probablemente, lo tendría Pilar. "¿Pero qué Pilar -preguntó ella-, la de arriba o la de abajo". "La de abajo", contestó él. "¡Ah, pues yo a esa no se lo pido!", concluyó mi recién descubierta funcionaria personal.
Pero la decepción no ha empañado la ilusión de haberla conocido y el deseo de que, tanto a ella como a sus ausentes compañeros les recorten, no el 5% del sueldo, ni el 10 ni el 80, sino que, sencillamente, se lo ajusten al trabajo que realizan: así habrá unos cuantos puestos de trabajo disponibles en el exhausto mercado laboral.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

¿Yo por ellos y ellos por mí?


Me levanto cantando eso de "a la huelga, compañero, no vayas a trabajar, deja quieta la herramienta, que es la hora de luchar. ¡A la huelga diez, a la huelga cien; a la huelga, madre, yo voy también; a la huelga cien, a la huelga mil. Yo por ellos, madre, y ellos por mi!".
Es algo así como un instinto atávico en mi. En todo caso, no hago huelga.
No hago huelga, además de porque estoy en paro, porque no estoy de acuerdo. Hablando de instintos atávicos, esta huelga pone de manifiesto otro: el instinto suicida de la izquierda
No estoy de acuerdo por completo con la reforma laboral, aunque sí con la imperiosa necesidad de hacerla; menos satisfecha aún estoy con las medidas tomadas para apretar las tuercas a la otra parte, la de los ricos, sobre todo en lo que se refiere a los bancos que son, al fin y al cabo, principales causantes de la crisis, pero también entiendo la enorme dificultad que el sistema ofrece para ir muy lejos con este tipo de medidas. Y, sobre todo, aunque, en mi opinión, Zapatero se ha quedado corto en las dos cosas (en la reforma laboral, porque no ha tomado medidas para reducir los gastos de la administración pública, y en la subida de impuestos a las rentas más altas, porque falta, por ejemplo, reinstaurar el impuesto al patrimonio), también tomo en cuenta su valor a la hora de hacer lo uno y lo otro aunque, lamentablemente, muy, muy tarde.
Pero poco y tarde no es, a mi juicio, motivo para hacer una huelga general, que sólo se justificaría si se tratara de cambiar la dirección política; lo que, por cierto, mucho me temo que consigan los sindicatos con esta huelga.
Claro que tampoco estoy de acuerdo con quienes no secundan la huelga, porque, hasta ahora, los únicos argumentos que les he oído o leído son el antisindicalismo.

Es el mundo al revés: los yanquis son ahora más progresistas que los europeos, China más dinámica que Alemania, los sindicatos hacen huelga general a un gobierno de izquierdas, en su momento de máxima debilidad, para que haga una política de izquierdas y con unas reivindicaciones dudosamente izquierdistas; y yo, lamentando la huelga pero sin desear su fracaso, es decir, con el corazón más partido que un ecologista en la marcha minera.
Simplificando, tengo la impresión de que quienes convocan la huelga lo hacen en favor de los funcionarios, y quienes la critican lo hacen en contra de los sindicatos. Y bien, ¿qué voy a hacer hoy yo?... Pues me temo que me limitaré a acercarme a la Oficina de Empleo con el ardiente deseo de que, en la próxima ocasión, yo tenga, al menos, un empresario al que poder fastidiar: eso ya sería un motivo.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Fresas salvajes



Durante diez años, la primavera y el verano han convertido en un festín para los sentidos un rincón de Navatejera: un amplio jardín en una casa de campo del área metropolitana de León. Allí, he podido seguir en directo la cría de una pareja de cigüeñas, unos herrerillos instalados en el hueco de un tronco seco, dos parejas de torcaces, mirlos, urracas, pájaros carpinteros, un petirrojo al que le gusta la comida de gato, una lechuza y un mochuelo, pero el rincón al que me refería es un espacio de unos cien metros cuadrados, protegido de la calle por un alto y grueso seto y rodeado por un cedro, un laurel y un viejo sauce llorón que le proporcionan, a distintas horas del día, sol y sombra a capricho. Originalmente, estaba cubierto de césped, pero, año a año, se fue convirtiendo en lo que llamamos "el campo de fresas salvajes".
Quiero contaros la historia. Mi marido es hijo de guarda forestal y tiene un hermano que también es técnico forestal y se dedica a la jardinería. Hace unos diez años, ambos hicieron una excursión a la Cascada de Sotillo, un lugar increíble situado en los Montes de León, en la comarca de Sanabria, y regresaron con un par de plantas de fresas silvestres que trasplantaron a su huerto de Santibáñez de Tera, en Zamora, donde, durante tres años, rebuscábamos entre las matas unas diminutas fresas cuyo olor y sabor, una vez probados, nunca se olvidan, trasladándonos a una infancia bucólica.
Unas obras en el jardín de los abuelos acabaron con esta maravilla, pero antes, el abuelo, no queriendo privarnos de ese placer, transplantó tres pequeñas matas a una maceta. Estas tres plantitas iniciaron la conquista, metro a metro, año a año, del campo de fresas salvajes de Navatejera, hasta formar parte de un laberinto de pasillos rodeando bancales de un metro cuadrado cada uno, formados por miles de plantas de fresas que han convertido el jardín, cada primavera y verano, en un festín de los sentidos para mi familia y un puñado de amigos.
El campo creció cada año con nuevos bancales que, antes, alojaron guisantes, que comíamos en fresco en la misma mata (otra de mis pasiones) y que han aportado nitrógeno al suelo lo que, al parecer, favorece la plantación de fresas al año siguiente.
El miedo a que pudieran perder su sabor, olor y enormes cualidades nutritivas, nos hicieron mantener una constante batalla por proteger la plantación de cualquier agente contaminante, de modo que no utilizamos ni siquiera abono, excepto algo de compost vegetal de las propias bayas y hierbas del jardín y, en el último año, una pequeña cantidad de estiércol de caballo; esto, junto con el humus vegetal, algo de arena de río y la propia tierra del jardín que antes sostenía el césped, han sido sus únicos alimentos, intentando reproducir al máximo las condiciones de su lugar de origen, en Sanabria.
Las imposiciones del clima propio de esta tierra a 800 metros de altitud -dos o tres nevadas cada invierno y hasta 35 o 37 grados en verano- terminaron de convertir estas plantas en especiales, junto con otros facotres como la penumbra y el agua, procedente de un pozo a 35 metros de profundidad que se alimenta del cercano río Torío.
Todo eso se acabó este mes de agosto. El paro nos ha arrojado de ese pequeño paraíso, pero en la pesadilla de la mudanza no hemos olvidado nuestras fresas salvajes y puedo decir que les hemos encontrado el lugar idóneo. Esta vez han cambiado nuevamente de río, pasando del Tera al Torío y, ahora, al Porma, el río que nació de la sangre de la bella joven montañesa Polma, traspasado su corazón enamorado por su amante, el bravo guerrero Curienno, cuya sangre dio lugar al Curieño, su afluente; nuestros Romeo y Julieta particulares dieron así lugar al "río del olvido" de Julio Llamazares; el río que nace, entre hayas, abedules y avellanos, en un lugar sagrado de lagos y fuentes donde viven las xanas; río truchero cuyo topónimo podría derivar de la raíz hebrea "para", que significa ser fecundo, fértil, prolífico, propagarse, multiplicarse, hacerse fuerte, brotar de la raíz... En fín, el sitio ideal para "crecer y multiplicarse".
Nuestras fresas salvajes, en una finca de Castrillo del Porma a la misma vera del río, están, así, completando su extraordinaria capacidad de adaptación (como mi propia familia), cualidad que será de gran importancia a la hora de ser trasplantadas a macetas o a cualquier otro lugar; pues ésa es su vocación: extenderse, como toda especie, vegetal o animal, amenazada. Nada nos gustaría más que compartir sus frutos, bien directamente en Castrillo, bien facilitando esquejes, con quienes sepan apreciarlo.
http://fresas-silvestres.blogspot.com/

miércoles, 30 de junio de 2010

Ético, estético y ecológico

He entrado a ver la exposición en el Centro Leonés de Arte sobre el libro de Ramón Carnicer "Donde las Hurdes se llaman Cabrera", el primer "libro de viajes" que leí y que escribió a partir de un recorrido por esta comarca leonesa hace justamente cuarenta y ocho años. El libro, que leí antes de conocer La Cabrera, me sorprendió y fascinó en su momento, por la sencillez y rotundidad con que estaba escrito, por la enorme verdad que emanaba; era de esos libros en los que crees ver claramente al autor, en este caso, como una persona valiente y tremendamente honesta. Por eso, además de gustarme el libro (lo releí años después, cuando ya había visitado esos lugares, y volvió o encantarme), me quedé prendada del autor.
Trabajando en Radio Nacional tuve la oportunidad de conocerle. Le hice varias entrevistas cortas pero, sobre todo, una más larga, en Ponferrada, en la que pocas veces he escuchado tantas ideas interesantes y tan bien expresadas. Entre ellas, la definición de cultura que, desde entonces, haría mía: "la cultura, para serlo, debe ser ética, estética y ecológica".
Viéndole en la fotografía expuesta en la que él mismo aparece con su mochila y su sombrero de paja, recorriendo esos 150 kilómetros ojo avizor, realmente se ve que él era así, como atestiguan también sus diatribas contra la electricidad, el invento a partir del cual comenzaron, según me dijo entonces, los problemas del planeta y del propio ser humano contemporáneo. Era un sabio y, como tal, tan modesto como genial. Para quienes no le hayan leído, les pido que lo hagan. Y pido a las instituciones competentes, una mayor atención a su figura y mayor promoción de su obra.

viernes, 28 de mayo de 2010

Ahora o nunca

Empiezo a estar harta. O más que harta. Zapatero está demostrando que el tiempo no necesariamente te enseña; ni el tiempo ni el cargo. Sigue cometiendo los mismos errores que cometía cuando era el secretario provincial del PSOE en León: rodearse de mediocres e intentar a toda costa agradar a todos. Supongo que es una cuestión de soberbia o... qué sé yo, no quiero juzgarlo ni importa demasiado. El caso es que sus cualidades están sirviendo de bien poco frente a esos recalcitrantes defectos. Llevo meses recordándome las cosas que ha hecho bien como presidente y diciéndome que valían más que cualquiera de los errores: poner fin a nuestra intervención en la guerra de Irak, aprobar la investigación con células madre, normalizar socialmente la homosexualidad, la ley de dependencia y la creación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Esas cinco cosas, desde mi punto de vista, salvaban su Presidencia. Procuro no olvidarlas. Me parecen de una enorme trascendencia. Pero es difícil, está, de hecho,  empezando a ser imposible sujetar con ellas el platillo de la balanza que pueda equilibrar esta pesadilla de anuncios de medidas que se rectifican al día siguiente o que no llegan a ponerse nunca en marcha. 
No le culpo del todo. Bien es cierto que el PP, que no se ha renovado en absoluto y sigue poblado por los mismos fascistas y corruptos que antes (y por los que no son ni lo uno ni lo otro, ciertamente), ha decidido que cualquier medio justifica su fin, el de ganar las elecciones, incluyendo el ambiente prebélico en el que están sumiendo al país; negándose (¡y es el colmo, algo que no se les puede perdonar... porque no es el dinero lo más importante y la Educación debería estar por delante de la crisis!) incluso a consumar un imprescindible y urgente Pacto por la Educación.
Pero Zapatero tiene la mayor responsabilidad de, no sólo no ser capaz de sacar al país de la crisis (o, mejor dicho, de dos: la financiera y la de la construcción) sino además, con ello, echarnos en brazos de una derecha que, no lo olvidemos, es quien las ha provocado, con la desregulación total del sistema financiero y la liberación del suelo, es decir, con la creación de las dos burbujas, especulativa y urbanística, que, finalmente, han explotado.
Y nos echa en sus brazos por no ser capaz de enfrentarse a los bancos (¡que nos devuelvan ya el dinero!), a los ricos (¡que reponga el impuesto del Patrimonio inmediatamente!), a los sindicatos (que les corte el grifo con el que se han convertido en poco más que el amparo de los funcionarios y de sus propios liberados); que impida, pero desde hoy mismo, a los ayuntamientos gastar dinero a manos llenas en engordar plantillas con los sobrinos de los amigos y privatizar servicios públicos; que disuelva las diputaciones provinciales y los patronatos que no sirven para nada más que procurar sobresueldos a los políticos; que impida los escandalosos salarios de los banqueros, incluidos los de las presuntamente públicas Cajas de Ahorro...
Que se atreva de una vez a hacer lo que debe (incluyendo sustituir a toda la corte de aduladores de la que se ha rodeado por personas con criterio) y, de hecho, estoy segura de que quiere, pero sin un minuto de dilación... o dejará a las puertas de Cáritas a sus decepcionados votantes y pasará a la historia como uno de los peores presidentes de Gobierno con un programa que ofrecía la esperanza de todo lo contrario.

jueves, 6 de mayo de 2010

El día en que a las niñas les quitaron las pelotas


Recuerdo los primeros años escolares de mi hija mayor. Desde pequeñina ha sido muy activa, así que sus juegos favoritos consistían en trepar, saltar, correr, dar volteretas y, en fin, moverse. A la hora del recreo el profesor les daba una pelota como único juguete. Un día, en Primero o Segundo de Primaria, salió muy enfadada del colegio: un niño se hacía con la pelota en cuanto tocaba el patio y a ella no la dejaba jugar. Me explicó que ese niño jugaba con otros niños, pero a ella no la admitían, así que tenía que quedarse con las otras niñas jugando a comiditas, lo que le resultaba mucho más aburrido. Cuando le conté la situación a su tutora, al parecer firme partidaria de una sociedad ultraliberal y contraria a toda regulación o discriminación positiva, me dijo que los niños tenían que resolver solos sus conflictos; apelé al director y éste me propuso que, en último extremo, ella llevara su propia pelota, lo que me resultó totalmente antipedagógico, pues no se trataba, en mi opinión, de que ella pudiera jugar a la pelota, aunque fuera sola o con otra niña, sino de que pudieran jugar niñas y niños, distribuyéndose por juegos, no por sexos.
Aún estaba yo dándole vueltas a otra estrategia a seguir cuando me anunció que ya no quería jugar a la pelota: sólo jugaban los niños y, además, sólo jugaban al fútbol. Evidentemente, se había adaptado a la nueva situación, a esa norma social de niños con niños y niñas con niñas, con ambos grupos haciendo cosas bien distintas; en ese último proceso perdió al que, hasta entonces, había sido su mejor amigo, pues éste también se había acostumbrado a pasar el recreo jugando al fútbol con los demás niños.

Ayer mi hija pequeña, de 6 años, salió muy enfadada del colegio: "Pablo Jiménez coge la pelota y se la quedan los niños todo el recreo y a mí, mamá, no me dejan jugar".
Sé muy bien cómo termina esa historia... estamos en ella. Ahora sé también cómo y cuándo empieza.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Un ordinal, por favor


Decidido. Este año no celebraré el 40 aniversario del Día de la Tierra (y lo siento de verdad), ni el 92 de la independencia de Lituania (lo siento menos, ciertamente), ni el 125 del nacimiento de Blas Infante o el 91 de la muerte de Zapata o el 30 de la de Rodríguez de la Fuente; no celebraré el 20 aniversario de la liberación de Nelson Mandela, la creación de Photoshop, la puesta el órbita del telescopio Hubble, y ni tan siquiera el 100 del nacimiento de Miguel Hernández.
Estoy harta de cardinales y, aunque el nombre cardinal es mucho más bonito y evocador que el de ordinal, porque prefiero orientarme que seguir el orden, añoro enormemente esas palabras que, por difíciles, resultan tan especiales: cuadragésimo, nonagésimo segundo... Porque, ¿quién puede negar la belleza de un, por ejemplo, sexagésimo sexto o quincuagésimo quinto? Y, por contra, ¡qué incoherente resulta decir el veinte aniversario o el 13 centenario!
Les pasa a los ordinales lo que a tantas normas (como el plural de las palabras terminadas en "i", que parece una bobada, pero yo no me acostumbro a vivir entre marroquís o hindús), por no decir tantísimas palabras, que ya no es que caigan en desuso, yéndose al limbo de las palabras olvidadas, sino que, a menudo, son asesinadas por otras, importadas tal cual o deformadas, del idioma inglés.
Cierto que la lengua tiene que evolucionar, al modo en que evoluciona la sociedad, pero esa evolución hacia el empobrecimiento le recuerda a una, de forma demasiado dolorosa, esa evolución social hacia lo simplificador, lo mísero, lo tópico, lo gregario... Y, en todo caso y sobre todo, estoy dispuesta a aceptar (¡qué remedio!) la inevitabilidad de ese camino paralelo, pero lo que rechazo de pleno es que, tan a menudo, el lenguaje cambie no porque cambie la forma de hablar de la gente, sino por la ignorancia de quienes hablan para los demás con eco inmerecido, a saber, periodistas, políticos y famosos; de modo que si su ignorancia les lleva a desconocer el uso de los ordinales, no sólo tienen la cara dura de sustituirlos por cardinales sino que, encima, lo hacen con tal desparpajo e insistencia que consiguen generalizar sus errores.

martes, 20 de abril de 2010

El calamar vampiro gigante

El periodista Matt Taibbi definió, en la revista Rolling Stone, al banquero Goldman Sachs, como "un gigantesco calamar vampiro que envuelve a la humanidad y succiona sin piedad dondequiera que encuentre algo de dinero". La definición me parece muy acertada para este tipo que preside el cuarto banco más poderoso, que ha "nombrado" y sigue nombrando a todos los presidentes del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y que acaba de ser acusado (él no, su banco, en el que ya ha encontrado a un chivo expiatorio) de engaño por la Comisión de Valores poco después de haber afirmado eso de que "los banqueros hacemos la obra de Dios en la tierra" y mientras, en este trimestre, duplicaba sus beneficios (los suyos, no sé los de Dios); pero, por extensión, también me parece una definición acertada para todos los banqueros; acertada, aunque incompleta, porque podrían añadirse muchas otras imágenes y calificativos, entre ellos un inveterado cinismo. En unas declaraciones que escuché por la radio pero no he conseguido escontrar por escrito, el presidente de la CECA decía hace poco, instando a una urgente reforma laboral, que el sistema financiero, "que ha sido puntal en la recuperación de la crisis" podría, en caso contrario, dejar de serlo. Así que este hombre, el mismo que achaca a la sociedad vivir en "un mundo de osos amorosos" y ser incapaz de afrontar sacrificios, se atreve a decir ya a las claras lo que, de otro modo, llevan ya tiempo vendiéndonos: que los bancos no han sido la causa de la crisis sino el puntal de la recuperación. Y van consiguiendo que el mensaje cale, porque yo ya hace tiempo que no oigo a nadie maldecirlos; las críticas a la forma en que el Gobierno maneja la crisis (en mi opinión, no todas con el mismo fundamento) parecen haber convertido a éste en el propio causante de la crisis, dejando a los banqueros en un segundo plano en el que se les escucha como a "expertos", "profesionales" o, en fin, personas dignas de crédito; lavan su imagen a toda prisa, aprovechan el caos que han causado para llenarse los bolsillos más que nunca y vuelven a decir a los políticos lo que tienen o no que hacer sin el menor sonrojo.


sábado, 3 de abril de 2010

Papa al banquillo

Hoy, Viernes Santo, me parece la fecha idónea para pedir el procesamiento del Papa Joseph Alois Ratzinger por encubrimiento del delito de pederastia, así como de cuantos cardenales y curas en general han participado en el mismo, además, por supuesto, de a los propios pederastas. No puede ser que quienes aplican las leyes terrenales permitan que alguien se autoexcluya de ellas, sometiéndose únicamente a las leyes divinas que él mismo crea. No puede ser que se permita una campaña tras otra en defensa de los fetos a los mismos que cometen u ocultan abusos sexuales a los niños y niñas. No puede ser que se consienta la impunidad de alguien sólo por ser el líder de una confesión religiosa. Ni es posible que se sigan concediendo a la Iglesia privilegios en materia de ¡educación!, materia en la que su voz es tenida en cuenta a la hora de mantener la asignatura de Religión en los colegios públicos, de recibir ayudas estatales en los privados o de consentir, además, el pago "voluntario" de los padres cada mes.

 Me parece igualmente escandalosa la actitud hipócrita de la mayoría de los católicos, a muchos de los cuales les oigo, un día sí y otro también, quejarse de la supuesta crisis de la familia que provocan las leyes progresistas del Gobierno y de la supuesta (y falsa) inseguridad que acosa a sus hijos por culpa de los inmigrantes o de leyes relajadas respecto a la delincuencia; sin embargo, no alzan la voz ni se movilizan a la hora de protestar por la  inseguridad real de sus hijos en las catequesis, seminarios o internados religiosos, a pesar de que, en muchas ocasiones, ellos mismos han sufrido o sido testigos de, como poco, malas experiencias con curas en su niñez.
Por contra, hemos de soportar la reacción feroz de los lobbys católicos mostrando a la Iglesia como víctima, en lugar de verdugo, y su creciente influencia en todas las instituciones, empezando por las europeas, donde ejercen de auténtica mafia (no hay más que ver la página web en la que valoran a los eurodiputados en función de su defensa o ataque a la Iglesia católica y ejercen una auténtica presión política utilizando sus actuaciones privadas).
Da la impresión de que, en el inconsciente colectivo eclesial aún pervive el poder omnímodo que ejerció durante siglos y que, en el de la ciudadanía, pervive aún el miedo al fuego... ya sea el del infierno o el de la Inquisición.

lunes, 8 de marzo de 2010

Irena Sandler... ¡y feliz Día de la Mujer!

Hace algún tiempo leí, creo que el El País, un reportaje sobre una mujer que desconocía y cuya historia era realmente conmovedora, Irena Sandler. Era una enfermera polaca cuando su país fue ocupado por los nazis. Consiguió un permiso para trabajar en el ghetto de Varsovia y, además de atender a los judíos allí encerrados, se jugó la vida cada día sacando de allí a escondidas a los niños para ponerlos a salvo. Por diversos medios, a veces realmente ingeniosos, y siempre tremendamente arriesgados, esta mujer consiguió salvar la vida a 2.500 niños; los escondía en una maleta, en un saco... hasta en un féretro. En su casa, registraba los nombres de los niños, para que pudieran recuperar su identidad tras la guerra, y enterraba los papeles, metidos en tarros de cristal, bajo un árbol de su jardín; gracias a ese tesoro, los escasos padres supervivientes pudieron reencontrar a sus hijos; los demás, fueron adoptados u acogidos por otras familias.
Irena Sandler terminó siendo capturada por los nazis, quienes la torturaron y la rompieron las piernas. Inválida, esta mujer llevó, tras la guerra, una vida sencilla y anónima, hasta que en su vejez, fue internada en una residencia de ancianos.
Muchos de aquéllos a quienes ella salvó la vida acabaron por encontrarla y ella comentaba, casi con asombro y, desde luego, con emoción, que su habitación en la residencia siempre estaba llena de flores. En la breve entrevista que acompañaba el reportaje, Irena aseguraba que no se consideraba en absoluto una heroína ni había sentido nunca la tentación de dar publicidad a su historia porque no había hecho nada extraordinario, "solmanente hice lo que debía".
El coraje y la humildad de esta mujer deberían haberle valido, no sólo la gratitud eterna de esas 2.500 personas y de sus familias (que, sin duda, la tiene), sino de todo el mundo. De hecho, el año pasado fue propuesta para recibir el Premio Nobel, pero no fue seleccionada.
Hoy, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, me entero de que ha muerto, con 98 años de edad. Cualquier reconocimiento llegará, pues, tarde, pero sigue siendo justo y necesario.



sábado, 27 de febrero de 2010

¡Fuera pobres!

No sé si crear un grupo de apoyo al alcalde de Valladolid, por prohibir la mendicidad en la ciudad porque, dice, provoca vandalismo... En fin, que molesta, queda como sucio y feo. Tampoco va a permitir la presencia de quienes venden pañuelos (¡qué será de mi sin ellos, con mi catarro permanente a cuestas, que más que un catarro creo que es una protesta al largo invierno!) o se ofrecen a limpiar el parabrisas. Yo le sugiero que amplíe la orden y no sólo no permita a los mendigos pedir en la calle sino ni siquiera transitarla porque, las cosas como son, no van tan limpios y arregladitos como nosotros, los que el alcalde llama "gente de bien" (habrá querido decir "gente bien") y desdicen mucho. En fin, que el alcalde de Valladolid, además de "limpiar" la ciudad sin un euro de gasto, ha dado con la fórmula de afrontar la crisis: ¡fuera pobres!
Lo que le reprocho es que no aclare un poco más los términos utilizados como justificación. A saber: dice León de la Riva que los mendigos hacen pintadas (¿andan pidiendo dinero y se lo gastan en esprays de pintura?) y ruidos excesivos, que no me lo explico a no ser que se refiera a los que tocan algún instrumento musical, lo cual suele denominarse más bien música. Por cierto que espero que cunda el ejemplo en León y el alcalde prohiba los ensayos callejeros que, durante todo el año, hacen las bandas de Semana Santa, no sólo por resultar, éste sí, un ruido excesivo sino, además, inútil, porque ya me contarán si hace falta un año entero de ensayos para aprender a tocar dos melodías de tambor y corneta. Respecto a lo único salvable en la ordenanza, la prohibición de utilizar a niños para la mendicidad, debiera saber el alcalde que eso ya es ilegal, como no podría ser menos.


Y aquí no me resisto a incluir un pequeño relato, "Café y leche", que en su día escribí sobre una historia absolutamente real que me pasó hace unos años.
Tenía once o doce años, el pelo de color pajizo; una cazadora de algodón, más que insuficiente para afrontar el frío de noviembre, bastante sucia, y unos ojos pardos que conservaban la mirada limpia de la infancia. Valoré esa mirada, pues era evidente que debía librar una dura batalla contra la madurez que impone el mal trato de la vida.
Cuando él atravesó la puerta de la cafetería, yo estaba sentada en una mesa junto a la cristalera, pegada al sol de media mañana y apurando café y cigarrillos. Esperaba al gerente de una empresa de publicidad que iba a ofrecerme un trabajo que me rescataría del limbo del paro en el que llevaba más de dos años; o, al menos, en eso confiaba yo. Se estaba retrasando, así que lo último que yo necesitaba era la compañía de un niño mendigo.
Tenía malas experiencias al respecto. En una ocasión, dos rumanas a las que di cinco euros me persiguieron literalmente por la calle pidiéndome otros quince, hasta que alcancé un taxi en el que distanciarme; y otro que, al parecer, tenía que viajar a no sé dónde para conseguir un trabajo, se me pegó durante veinte minutos en una parada de autobús hasta que le di los veinte euros que llevaba, sólo por quitármelo de encima. Ahora no podía permitírmelo. La cuenta estaba en números rojos y el crédito de la tarjeta iba a agotarse en cualquier momento. Así que, cuando el crío entró, hice lo mismo que los demás clientes: mirar hacia otro lado e intentar pasar desapercibida.
Me concentré en la lectura del único periódico que había encontrado libre: un deportivo que no me interesaba lo más mínimo. En la mesa de al lado, una pareja también había reparado en él. “Agarra el bolso –le dijo el hombre a su compañera-, que estos extranjeros es a por lo que vienen”.
El niño, mientras tanto, se había detenido a unos pasos de la puerta y miraba a su alrededor sopesando a cuál de las figuras, natural o fingidamente ausentes, acercarse. “Qué no sea a mí”, parecíamos pensar todos. Pero antes de que se decidiera, un camarero lo interceptó, agarrándolo por un brazo y empujándolo hacia la puerta. El crío intentó esquivarle, pero el camarero se mostró rotundo: “Aquí no vuelvas a entrar. No se te ocurra molestar a los clientes”.
Sin pensarlo, alcé la mano haciendo un gesto hacia el camarero. “Oiga ­–dije levantando la voz-, ese muchacho es mi invitado. Déjelo en paz y tráigale a mi mesa lo que le pida”. Ambos me miraron con igual gesto de sorpresa; yo también me había sorprendido a mi misma. Tímidamente, el muchacho se acercó y me preguntó si de verdad podía pedirse un vaso de leche. “Un vaso grande de leche y un par de bollos”, ordené al camarero, que me miraba con una mezcla de reproche y conmiseración.
Mientras devoraba su desayuno, yo me preguntaba qué haría cuando se presentara mi cita, pero al mismo tiempo no podía apartar los ojos del chico. Observé que tenía las manos enrojecidas y ásperas, algunas espinillas que anunciaban la cercana adolescencia, largas pestañas. Bajo la estrecha cazadora, cerrada hasta el cuello, no se adivinaba otra ropa. Él también me miró y me dedicó una sonrisa tan alegre que casi me hizo reír.
“¿De dónde eres?, le pregunté. Me respondió que era portugués y vivía con su familia en una vieja caravana que habían aparcado a las afueras de la ciudad. “Ahora venimos del Bierzo, de recoger castañas”, concluyó.
Evité hacerle más preguntas, temiendo que se sintiera obligado a contestarlas sin tener ganas, máxime cuando era evidente que le costaba bastante expresarse en español.
Miré el reloj. Mi cita no vendría ya. Él, que ya se había terminado la leche y uno de los dos suizos, malinterpretó el gesto: “Ya me voy –dijo-, éste otro bollo me lo llevo para luego. Muchas gracias”. “De nada, que tengas suerte”, le contesté, y deseé realmente que la tuviera.
Yo me fui poco después de él, decepcionada por la esperanza de trabajo que se esfumaba, pero también por no haber aprovechado la ocasión para charlar un poco más con mi inesperado invitado.
La ocasión se presentaría unas semanas después, y tampoco la aproveché. Ese día era algo más tarde y me encontraba en la misma cafetería, creo que incluso en la misma mesa. No pensaba en el niño portugués, sino en que había olvidado pasar por el cajero, así que, aunque me apetecía una tostada, decidí conformarme con el café, por si acaso no llevaba suficiente dinero.
Estaba terminando de tomármelo cuando él apareció, con la misma cazadora sucia y la misma mirada limpia. Nada más verme, me dirigió una de sus amplias sonrisas y se acercó a mi mesa. “Lo siento –le dije sintiéndome mal, ante la posibilidad de que creyera que estaba rechazándole-, hoy no puedo invitarte a nada porque he olvidado pasar por el cajero y temo no tener suficiente ni para mi café. Lo siento de verdad”. Él no se mostró en absoluto enojado y si se sentía decepcionado, tampoco lo demostró. Me hubiera gustado charlar otro poco con él, preguntarle, al menos, su nombre, pero me resultaba incómodo entretenerle mientras yo tomaba un café y él no tomaba nada, así que apuré la taza, mientras él se dirigía al fondo de la cafetería. Fugazmente, vi que hablaba con un camarero. Debió salir, o ser expulsado, por la puerta que se encuentra en ese extremo porque, cuando me levanté de la mesa, ya no estaba. Abrí la cartera y conté las monedas; sí, tenía para el café, pero no lo hubiera tenido para la tostada. No hubiera sido la primera vez que mi mala cabeza me llevaba a esas bochornosas situaciones. El camarero que me había servido se dirigía a otra mesa, bandeja en mano, y lo abordé por el camino, con el dinero en la mano.
-Ah, no, señorita. Su café ya está pagado -me dijo mientras me mostraba en su mano un buen montón de calderilla.








martes, 23 de febrero de 2010

Vuelta al Jardín de Infancia

Hace un tiempo que he creído observar un cambio de tendencia en lo que "se nos vende". Hasta hace unos meses (cuento con que hará más en Estados Unidos, que es el productor de nuestros gustos, preocupaciones, etcétera), veía en los canales de documentales frecuentes reportajes sobre el cambio climático y sus efectos devastadores, sobre especies animales y vegetales en extinción, paraísos perdidos, pueblos y tribus extintas o en peligro, países devastados por guerras provocadas por los países de Occidente interesados en sus recursos naturales, etcétera. Ahora, sin embargo, todos esos reportajes parecen haber desaparecido de la parrilla y, en su lugar, son frecuentes los de animales, cachorros, preciosos parajes, selvas que parecen albergar tesoros inexpugnables... Se mantienen, eso sí, los de catástrofes y sucesos, porque no conviene que se nos vaya el miedo del cuerpo, todo lo contrario (lo uno empuja a lo otro), pero es obvio que el dolor humano y el de la naturaleza ya no interesan o lo hacen en mucha menor medida.
Ahora toca ir "en positivo", según expresión al uso de los políticos y propagadores de ideas. Y, mientras reflexionaba sobre las posibles causas de este hecho y el hecho en si, me he topado con un reportaje en el suplemento de La Vanguardia que podría tener mucho que ver. Se titula "Adictos a lo mono" y se resume en esta entradilla: "Se acabó el reinado de lo cool. Un tsunami de animales achuchables y demás lindezas no aptas para diabéticos está transformando el marketing, la política o Internet".
En efecto, he llamado ya la atención sobre el devastador reinado de lo cursi y lo pijo entre niñas y adolescentes, pero también he observado que a las mujeres adultas se nos venden, cada vez más, similares productos: ropa con diseños infantiles; emoticonos que lo invaden todo; móviles, portátiles y demás artilugios de color rosa, coches que parecen de juguete, correos con PPS que recuperan la imagen de las madres dulces, tiernas, sacrificadas... en fin, las santas esposas y madres...
Realmente, la cosa es para gritar ¡socorro! 
El reportaje da algunos datos: la web Cute overload, de 100.000 visitas diarias, está repleta de fotos y vídeos de perritos, gatitos y conejitos; los clips de bebés y animalitos suman más de mil millones en YouTube, con más del 80% de visitas de adultos... Y ofrece una explicación. Al parecer, la tendencia viene de Japón (padre de la deleznable e inexpresiva Kitty de Hello Kitty que, personalmente, me pone los pelos de punta y me da dolor de barriga) y se adoptó por Estados Unidos a raíz de los atentados del 11 de septiembre. "Con una recesión en las postrimerías del 11-S y dos guerras interminables, los estadounidenses están produciendo una cultura popular que parece estar diciendo: por favor, quiérenos", explica el reportero que, por cierto, se llama Jim Windolf y originalmente escribió el reportaje para Vanity Fair.

Pero yo creo que está explicación sólo se refiere al contexto que, en efecto, es el más apropiado para vendernos esta "(in)cultura popular", pero la estrategia de "lo mono" no es única; va acompañada por ese constante bombardeo de temores (nos invaden los chinos, los moros, los rumanos, los colombianos... por todas partes hay delincuentes peligrosos acechando, la inseguridad es cada vez mayor, dependemos de nuestras propias fuerzas...) y un debilitamiento radical de los poderes públicos (las constantes críticas a los políticos en general o a la política o a todo lo público es otra estrategia paralela), al mismo tiempo que se crean paraísos artificiales (los juegos vía Internet los poblados de ellos) y se nos transmite la idea de que, frente a la globalización (que tanto nos asusta, pero que el mercado emplea tan eficazmente) tenemos que cultivar con esmero nuestro pequeño jardín (la familia, los amigos) y vallarlo sólidamente con muros y alambre de espino.
En definitiva, creo que el objetivo del mercado es, como siempre, hacerse cada vez más fuerte y debilitarnos cada vez más a nosotros, la gente, el pueblo, los votantes... adormeciéndonos en un colchón de plumas, por supuesto de color rosa.

martes, 16 de febrero de 2010

Baltasar Garzón, el héroe del siglo XXI


"No te perdonarán ser alto", decía Joaquín Sabina a Gulliver en una canción. Baltasar Garzón es el juez más "alto", en su capacidad de trabajo, en su compromiso social, en su sentido de la justicia por encima de conveniencias políticas o diplomáticas, en su "altura" de miras. Y, evidentemente, no se lo perdonan gente de toda catadura, ni de derechas ni de izquierdas, lo que demuestra que es, realmente, un hombre comprometido, ante todo, con su propio sentido de la ética.

Para mí, el hombre que desafió a sus propios correligionarios destapando y llevando a sus últimas consecuencias el caso GAL, el hombre que desafió el oportunismo político llevando al banquillo de los acusados al infame Pinochet, el que ha puesto bajo sospecha a Henry Kissinger, a Berlusconi o al BBVA; el juez que ha dado los mayores golpes, con las únicas armas del trabajo duro y la democracia en la mano, contra el terrorismo, el tráfico de drogas o la corrupción; el que, por mor de la justicia, ha abierto la pesada losa de falso olvido que pesaba sobre las víctimas de la dictadura franquista, es, sencillamente, el único personaje que conozco que responde a lo que se entiende por un héroe.
 La batalla entablada en estos momentos contra él utiliza la Justicia pero, obviamente, no tiene nada que ver con ella y, por tanto, no es en los tribunales donde realmente se dirime. Saquémosla de los despachos a Internet, a la calle, a donde estamos los verdaderos beneficiarios de un juez justo, valiente y trabajador.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Por la lectura

Me hago eco de un escrito de José Luis Sampedro, difundido a través de Internet, en protesta por el proyecto de la Sociedad General de Autores de gravar a las bibliotecas por el préstamo de libros.

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos.
Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos.
Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas.
Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros e reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: 
a) obtiene algo a cambio. 
b) es objeto de una sanción. 
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña. 

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro 

lunes, 1 de febrero de 2010

ADOPCIÓN INTERNACIONAL


¿Qué es el arraigo y el desarraigo? ¿Somos las personas como las plantas, necesitamos echar raíces y, en caso de desarraigo, morimos? Yo creo que no. Creo que todos tenemos raíces, pero éstas se extienden por un subsuelo tan amplio que, si pudiéramos seguirlas, nos llevarían a lugares insospechados. Y, desde luego, no creo que perder las raíces sea la muerte sino, por el contrario, moverse es vivir: no en vano es la curiosidad una de las características más destacadas de los seres humanos y fuente de su evolución. Yo creo que, como Anteo, tenemos que tener los pies en la tierra y la cabeza en el cielo, sin dejarnos llevar por el viento pero sin hundirnos. En mi caso particular, por ejemplo, me siento involucrada (que no orgullosa, ¿por qué iba a estarlo yo o nadie?) en la tierra en que he nacido, pero eso me satisface tanto como estarlo con la tierra de la que procede mi familia, con los países que he visitado y en los que siempre he encontrado cosas que aprender y, desde luego, con el origen de mis hijas y con el hecho de que ese origen sea muy distinto al mío propio, porque creo que esas múltiples "nacionalidades" me enriquecen.
Desde esta perspectiva, ¿qué querra decir la delegada de Unicef cuando dice que la adopción internacional debe ser un último recurso, pues el desarraigo puede resultar traumático para los niños?
Se refería a Haití, así que veamos ese caso particular. Un niño pierde a su familia bajo los escombros, se queda solo, sin nadie que lo busque o reclame, sin medios para sobrevivir. Ha perdido a su familia al tiempo que ha desaparecido su mundo, sustituído por un cementerio de dolor y desolación por el que pululan personas peligrosas, algunas de las cuanles buscan niños como él para convertirlos en esclavos en lejanas minas o fábricas o en esclavos sexuales en sórdidos prostíbulos. Que pase de esa situación al seno de una familia que le quiere y le cuida, en un entorno seguro y estable en el que pueda ser él mismo, ¿puede ser un trauma?
Pero esta insólita afirmación, que la gente lee, escucha o difunde con naturalidad, no es la primera vez que la oigo, ni sólo referida a Haití. Hace años, en una mesa redonda sobre no sé qué, una procuradora regional de Izquierda Unida también dijo que no era partidaria de la adopción internacional, porque suponía el desarraigo de los niños y eso era "una pérdida de capital humano para sus países". ¿Capital humano? ¿Eso son los niños huérfanos?
Es curioso que IU o los demás partidos o Unicef, no piensen lo mismo en el caso de los adultos. A nadie le parecen mal los movimientos migratorios que, por cierto, son los que han constituido la historia del mundo y la base de lo que somos. Nadie niega el derecho de un adulto a buscar una vida mejor o a huir de una dictadura o a evitar torturas como la ablación del clítoris, yendo a otro país que le ofrezca alguna posibilidad de supervivencia, de mejora económica, de libertad o de respeto a sus derechos humanos. A nadie he oído criticar a los miles de haitianos que se hacinan ante las embajadas o en el puerto esperando la oportunidad de escapar del horror. Entonces, ¿por qué se les pide a los niños que cumplan el supuesto deber patriótico de morirse de hambre o de asco en su país natal? Al fin y al cabo, si se trata de que los parias se levantes e influyan en cambios políticos o mejoras sociales en sus países, so correspondería hacerlo a los adultos, no a niños que tienen muy pocas posibilidades de crecer lo suficiente como para hacerse revolucionarios.
¡Cuánta crueldad pueden encerrar ideas que se enuncian como progresistas o bienintencionadas! A quienes las sustentan, sólo puedo decirles dos cosas. Una: ¡viva el desarraigo de millones de niños abandonados que, entre los ocho y los diez años saldrán de los orfanatos y quedarán sin otra compañía que la de los mafiosos que los explotan como mendigos o prostitutas hasta que, no más allá de los viente o treinta años mueran de sida! ¡Viva el desarraigo que permite a un niño tener la posibilidad de vivir y ser feliz y siga viviendo hasta que no quede un sólo niño huérfano en el mundo!
Y, en segundo lugar, quiero decirles que es mentira. No hay desarraigo, porque la única patria de un niño es su familia.

Que se haga todo el esfuerzo preciso para buscar familiares vivos de los niños perdidos de Haití y que, si no los tienen, les tramiten una adopción rápida. Al fin y al cabo, una adopción no tendría que durar más de una semana si los funcionarios funcionaran como deben: no hace falta más para hacer una evaluación psicológica de los padres, una visita del asistente social, un certificado de pensales, otro médico... y punto final, porque ¿para qué demonios hace falta nada más? No se impone ningún requisito a quien quiere tener un hijo biológico y ningún requisito garantiza que unos padres sean buenos padres, tengan a su hijo mediante parto o mediante adopción.
Y, por cierto que quiero hacer otra reivindicación pública. En mi opinión, no hay hijos biológicos (lo de naturales ya no quiero ni mencionarlo) y adoptados; del mismo modo que uno puede tener hijos mediante fecundación in vitro (sea de quien sea el semen, el vientre, etcétera) y no hijos fecundados o vitrificados, hay hijos tenidos mediante parto natural o mediante adopción. Punto. Los hijos son hijos. A ver si todo el mundo se entera de una vez. Los padres que adoptamos no somos personas frustradas por no poder tener hijos biológicos, ni psicópatas que quieren tener un hijo a toda costa, ni pijos con dinero que se compran un hijo. Los padres son padres, las madres somos madres y los hijos, hijos. Los hay mejores y peores y, en general, todos adoramos a nuestros hijos, les damos nuestra vida y obtenemos de ellos la razón de nuestra existencia. Si acaso permítaseme una diferencia: quienes optamos por que cualquier niño solo en el mundo sea todo nuestro mundo y no la perpetuación de nuestra sangre o nuestros genes solemos tener una mayor implicación, si no sensibilidad, hacia todos los niños del mundo, como prueba la actitud de esas cuatro familias catalanas que acaban de adoptar a niños haitianos y se han comprometido a mantener en pie y para siempre el orfanato del que sus hijos proceden. Me siento especialmente identificada con esas personas, porque mis dos hijas proceden de dos zonas de la India que han sufrido sendos terremotos; en el caso de mi hija mayor, el terremoto se produjo el mismo día en que yo recibía la sentencia que me permitía ir a buscarla. Sé, por tanto, lo que han sentido y el calvario por el que han pasado, que no creo que sea distinto al que pasaría cualquier padre o madre que envíe a su hijo a un campamento de verano y se entere de que el lugar ha sido sacudido por un terremoto brutal. Creo que la actitud de estos padres catalanes, sus palabras y las caritas de sus nuevos hijos (¿desarraigados, traumatizados?) son la mejor expresión de lo que es la adopción internacional.

jueves, 21 de enero de 2010

Sabrina y Moisés, en Vic

Sabrina y Moisés, los hermanos haitianos  de 10 y 7 años, que han sido rescatados con vida, contra todo pronóstico, y tras siete días sin comer ni beber, en lo más profundo de un edificio de cuatro plantas destruido durante el terremoto, han conmovido hoy profundamente a muchísimos españoles, entre ellos, seguramente, a muchísimos que, si esos niños estuvieran en España ilegalmente, les negarían el derecho a ir al hospital a curarse o de ir a un colegio para tener la posibilidad de ser en la vida algo más que unos supervivientes.



Josep González, presidente de PIMEC (pequeñas y medianas empresas de Cataluña), que considera que estos forasteros tienen "una ética distinta a la nuestra", supongo que se refiere a una mayor capacidad de sacrificio, a un voluntad más fuerte o al sentido de la solidaridad que suele acompañar a los desheredados. ¡Ah, pero no, claro, porque eso no genera mayor delincuencia!
Alberto Fernández, líder del PP de Barcelona, refiriéndose también al caso de Vic, señalaba que los inmigrantes hacen competencia desleal a "los comercios de toda la vida". No entraré en lo de la competencia desleal, porque ni merece la pena, pero lo de "toda la vida" es una expresión muy significativa del tipo de persona que es y de sus ideas. Pues bien, no existe nada "de toda la vida". La vida es cambiante, por fortuna, y la cambia el tránsito de personas. Me recuerda esa mentalidad un reportaje de La Vanguardia publicado el pasado fin de semana, realmente muy interesante, sobre los apellidos que más se repiten en el mundo (por cierto que lidera la lista Wang). Pues Fernández, "hijo de Fernando o Hernando" y, antes aún, "hijo de Ferrán", tiene un origen celta, de modo que este hombre tampoco es español o catalán "de toda la vida", nadie lo somos.
Por último, he leído una tercera reacción al Caso Vic, por parte del diputado de Unión del Pueblo Navarro, Carlos Salvador, quien, ante la frase de Zapatero ("los inmigrantes ilegales son seres humanos y tienen derechos"), le preguntó que, entonces, ¿por qué no tienen derechos los fetos, que también son seres humanos?... Al margen de otras consideraciones, ¿es que ese hombre quiere que se reconozca a los fetos el derecho a empadronarse?
 

Constantemente oigo o leo en Internet mentiras peligrosas sobre los inmigrantes: que son demasiados, que quitan el trabajo a los españoles, que hay más niños extranjeros en los colegios que españoles, que reciben ayudas especiales, que tienen privilegios... Plantean la inmigración como una invasión involuntaria o, incluso, como una conquista premeditada. Los datos reales, los estadísticos, los que aparecen en los periódicos y no en los pps que circulan de ordenador en ordenador, desmienten por completo tales insinuaciones pero, además, habría que hacerse dos reflexiones. En primer lugar, las ocupaciones del territorio por uno u otro pueblo, los movimientos migratorios, se producen en el Planeta desde el albor de los tiempos y son, en definitiva, los que nos han hecho; se trata, por tanto, de un fenómeno perfectamente natural y en absoluto nuevo. En segundo lugar, al menos estos movimientos se producen sin violencia o, en todo caso, son ellos las víctimas, en tanto que la mayor parte de las ocupaciones protagonizadas por Occidente han sido por las armas y con resultados desastrosos. Antes de que "ellos" vinieran aquí, buscando un trabajo, fuimos "nosotros" allí, a robarles sus recursos. Y cuando no fue así, cuando la emigración se produjo pacíficamente (de todos los países europeos han partido cientos de miles de personas, sobre todo hacia América), fuimos bien recibidos.


No lloremos por esos hermanos rescatados con las manos entrelazadas o por sus tres hermanos muertos; al menos Sabrina y Moisés recibieron el aplauso de los españoles presentes: aquí hubieran recibido, más bien, desprecio; y sus hermanos murieron en su casa, no en un pasillo de urgencias de un hospital español.



sábado, 16 de enero de 2010

Reconstrucción, no


Es difícil escribir sobre Haití. Es difícil escribir de algo que, ante todo, se siente: no da mucho para pensar, a no ser sobre cuestiones teológicas, como monseñor Munilla, a quien la tragedia le inspira el dilema sobre si es peor la catástrofe humana o la falta de reserva espiritual de Occidente (la respuesta no debe escandalizar a nadie, pues es la lógica de la Iglesia, para quien priman las almas sobre las vidas y una semilla sobre un niño hambriento que, a lo mejor, ni siquiera ha recibido la gracia santificante).
Pero algo me impele a hacerlo: el deseo de que, esta vez, las cosas sean distintas. Quizá el hecho de que Haití sea el país más pobre del Planeta (a mucha gente sólo le impresiona lo más, lo menos, lo mejor o lo peor... en fin, el primero de la lista, sea la lista que sea) y tan ignorado que nadie o casi nadie puede tener nada en contra de él, haga de esta emergencia humanitaria algo diferente a lo que ha sucedido hasta ahora: las conciencias despiertan temporalmente, organizaciones e instituciones envían la ayuda que pueden y después todo el mundo vuelve a lo suyo, hasta que, unos años después, nos enteramos de que los edificios ya están todos en pie y el país sigue siendo el más pobre del Planeta o quizá, en el mejor de los casos, ha pasado a ser el segundo; eso si no nos enteramos también de que buena parte de las ayudas han servido para engrosar aún más las cuentas corrientes de los gobernantes corruptos que después de matar a tantos, con su cruel ineptitud a la hora de proteger a su pueblo de catástrofes previsibles, condenaron también a los supervivientes mediante el robo más vil.
Quizá esta vez seamos capaces de hacer algo distinto: atender a cuantos se pueda, hacer cuanto sea posible por las víctimas, sí; pero también forzar cambios en la política de ese país en el que la gente moría antes igual que ahora, sólo que más despacio; propiciar cambios sociales, hacer inversiones... Que no se reconstruya lo que había, sino que se construya algo nuevo: una sociedad más justa, que en el próximo seísmo o la próxima inundación tenga medios propios para evitar los daños o para reparar los inevitables y, sobre todo, que no sufra los estragos de la vida cotidiana como un cataclismo silencioso y mortífero.
¡Ojalá que este terremoto al menos mueva los cimientos de injusticia social sobre los que se asienta este país en el que la tierra no ha dejado de temblar bajo los pies de un pueblo que fue el primero en abolir la esclavitud pero que no ha dejado nunca de estar oprimido por invasiones extranjeras, primero de Francia, luego de Estados Unidos; por más de treinta golpes de Estado, por dictadores asesinos como la saga de los Duvalier, y por gobiernos corruptos e inoperantes como el que actualmente preside René Preval.


 
 

Y ojalá este apocalipsis no nos haga tampoco olvidar a los jóvenes cooperantes que, desde el pasado 29 de noviembre, están secuestrados en Mauritania. Se trata, precisamente, de ese tipo de personas que, haya o no una catástrofe natural, no dudan en mirar cara a cara la sangre, el hambre y la desesperanza, y hacer cuanto pueden por echar una mano. Esa gente no olvida, ni debe ser olvidada.


jueves, 7 de enero de 2010

La cesta mágica

Es parte del pasado, pero no por ello se sorprendió Gonzalo cuando le tocó en la porra del bar un cuerno de la abundancia, de mimbre, con todo tipo de dulces, latas, embutidos, vinos y una negra pezuña, asomando con orgullo sobre el celofán amarillo. Una potra que iba a solucionar las navidades en plena crisis. Empezaba a desarmarla cuando Consuelo, su mujer, pensó en el director de la sucursal y la hipoteca. Así, se le remitió, no sin antes cambiar jamón por paletilla y ribera por prieto picudo.

El bancario hubiera preferido el pago de una cuota, pero recibió la cesta con satisfacción, aunque pensó en remitírsela al doctor: "se había portado tan bien cuando la varicela de Jaimito...". Así se hizo, pero, antes de la mudanza, doña Úrsula cambió paletilla por lacón y el lomo por un espetec.

El doctor Pérez, cuya despensa estaba rebosante, pensó en la enfermera, pero como la infeliz no esperaba nada, le dijo a su mujer que inspeccionara la cesta, lo cual hizo tras una buena purga.

La enfermera, haciendo un gran esfuerzo, pensó en su hija y en las próximas oposiciones de auxiliar para la Diputación; así pues, se la pasó al concejal de turno para refrescarle la memoria; eso sí, antes extrajo unas barrinas de turrón, y la botella de güisqui.

El concejal, que ya no sabía que hacer con tantas cestas, le dijo a un ordenanza que se la llevara al presidente del partido y así lo hizo éste, no sin antes haber sisado un tarro de marron glacé y unos pimientos del Bierzo. Cuando, a última hora, la esposa y el presidente hacían inventario de los regalos recibidos, doña Flor exclamó: "¡Vaya, una de Romerales! Algo andará buscando este usmia...". Pero enmudeció cuando vio en la cesta, entre el celofán amarillo, una tarjeta, un codillo, una botella de sidra y una lata de foie gras La Piara. "Cariño -dijo el presidente- para las elecciones, recuérdame que ese ruin caiga de la lista". Feliz Año.










Eduardo Bajo
(publicado en La Crónica de León)