lunes, 8 de octubre de 2018

La voracidad del lobo malo



¡Quién me iba a decir a mí que habría de echar de menos el tan reciente “yo no soy racista, pero…”! En pocos años y en vertiginoso “in crescendo”, esa expresión ha sido sustituida por un “sí, soy racista”. A la gente ya no le avergüenza. 

Estaba cantado, porque la única manera que tenían quienes provocaron la crisis económica (banqueros y especuladores) de conseguir la impunidad y evitar un verdadero cambio en el sistema, era buscar otro culpable, crear un enemigo fácil de abatir, de modo que no en vano ha sido justo después de la crisis, cuando no sólo hay menos inmigrantes que nunca sino que muchos han vuelto o están volviendo a sus países de origen, cuando han arreciado las campañas anti-inmigración. La jugada es buena porque, además, el racismo y la xenofobia conectan con un sentimiento fácil de alentar, el nacionalismo, que por su esencia ideológica fascista y por su efecto disgregador, es el que los poderosos han necesitado siempre para imponer sus intereses. Es algo así como: “para ganar la guerra, deja que los enemigos se maten entre ellos”. Y el aumento de la ultraderecha en todo el mundo (¡hasta en los países nórdicos!, ¡hasta en Brasil!) muestra que están consiguiendo su objetivo.

Con todo, la velocidad de propagación de esta plaga racista, me espanta. Casi a diario oigo a un republicano, que niega el privilegio de la cuna para ser rey, justificar el azar genético de haber nacido en uno u otro país para tener el privilegio del empleo, la vivienda, el orgullo racial o cultural… o cualquier otro. Oigo a personas ateas defender la cultura católica por encima de la barbarie musulmana con un tesón que no se daba desde las Cruzadas. Oigo a mujeres feministas justificar la xenofobia por el machismo que aportan los inmigrantes de otras culturas, como si esas mujeres no fueran víctimas a las que ayudar sino portadoras de un peligroso virus a las que hay que apartar. Oigo a personas progresistas repetir con pasión los discursos de la extrema derecha y, en definitiva, por todas partes veo a las víctimas de la crisis, decepcionadas y rabiosas por un sistema enfermo pero que se eterniza en su agonía, hacerse fuertes entre los muros del orgullo patrio, racial, local, religioso o futbolístico…

La prueba de que esos sentimientos son manipulados es que los argumentos son siempre los mismos y se propagan como la pólvora por todas las redes: los inmigrantes nos invaden, se llevan todas las ayudas sociales, son los culpables de la quiebra del sistema sanitario y de las pensiones… Sí, parece increíble, pero banqueros, buitres de la crisis, altos directivos con sueldos indecentes, especuladores que convierten la pobreza y la muerte en beneficios económicos, han conseguido hacer creer a miles, a millones, que los culpables de la crisis son, precisamente, sus mayores víctimas. Una jugada maestra y, sin embargo, facilísima de rebatir con sólo acudir a la información básica que puede encontrarse en los datos oficiales (básicamente, el Instituto Nacional de Estadística y el Centro de Estudios sobre Migraciones). No lleva mucho tiempo y es contundente.

  • No, no nos invaden. Los extranjeros son menos del 10 por ciento de la población española (4.464.997, un 9,59%, tres puntos menos que en 2011), y la mitad de estos inmigrantes procede de los países de la Comunidad Europea. ¡Ah, y sólo el 1% ha llegado en patera!
  • No, no hay ninguna ayuda específica para los extranjeros. No hay ninguna normativa reguladora de ayudas sociales, ni a nivel municipal, ni autonómico, ni nacional, que priorice la nacionalidad: sólo tiene en cuenta las circunstancias personales y familiares del solicitante.
  •  La mayor parte de los beneficiarios de ayudas al alquiler (el 60 por ciento de media, aunque con muchas diferencias entre comunidades autónomas) son españoles, y ello a pesar de que sólo un 13,5 por ciento de los españoles vive de alquiler, en tanto el porcentaje es casi del 70 por ciento entre los extranjeros.
  • No sólo no tienen una influencia negativa en los servicios sanitarios sino que, dado que la mayor parte de los inmigrantes son jóvenes, utilizan en muchísima menor medida el sistema de salud. Los  inmigrantes consultan un 7 por ciento menos al médico y tienen un gasto farmacéutico por persona de 73,70 euros, frente a los 374,01 euros por cada español.
  •  No, no es cierto que los inmigrantes utilicen “nuestro” sistema sanitario sin aportar nada al mismo: desde 1997 la financiación del sistema sanitario proviene de los impuestos (IRPF, IVA…), no de la Seguridad Social, y cualquier persona que compre algo, lo que sea, está pagando impuestos y, por tanto, colaborando a financiar la asistencia sanitaria, tanto si está trabajando como si no y tanto si es un español, un inmigrante legal o uno irregular. De hecho, la población extranjera supone el 6,5% del gasto sanitario, tres puntos menos que su porcentaje poblacional.
  • Respecto al sistema de pensiones, en realidad se mantiene en buena parte gracias a ellos, pues  apenas representan el 1% de los beneficiarios, mientras que la población nacional es, como todo el mundo sabe, una población muy envejecida.
  • Y respecto a las prestaciones por desempleo, sólo el 8,6% son otorgadas a inmigrantes, que, por supuesto, se las han ganado con su trabajo.
  • Por último, en los colegios son un 9% del total de los escolares y, según una encuesta hecha por el Ministerio de Educación, el 72,2% del profesorado considera que los alumnos extranjeros se han adaptado bien o muy bien al sistema educativo (a pesar, he de decir, de que se trata de un sistema poco o nada flexible, que no se lo pone fácil). Los profesores opinan, además, que su presencia favorece la diversidad en los centros y el refuerzo de capacidades.


Seamos justos. Los inmigrantes son los principales responsables del crecimiento económico español en los decenios previos a la crisis (aportaron el 30% del PIB entre 2001 y 2006); no sólo no socavan el sistema de protección social, sino que su contribución ha sido vital para que se mantenga.  Han asumido trabajos decisivos para el bienestar social de la población, como el cuidado de ancianos y dependientes, y muchas extranjeras han asumido trabajos domésticos en condiciones de explotación, sin cotizar ni tener días libres o vacaciones pagadas, permitiendo con ello a muchas mujeres españolas realizar trabajos mucho mejor remunerados y personalmente gratificantes.

Con todo, estos datos, que desmienten rotundamente las falacias divulgadas constantemente, no deberían ser necesarios para justificar unos derechos que hemos aceptado como Derechos Humanos. ¿Es que tenemos que esperar a que haya otra guerra mundial para que, horrorizados de nosotros mismos, volvamos a reafirmar la Declaración Universal que firmamos en 1948: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”?

En la película de “Tomorrowland” la protagonista recuerda a su padre que todos llevamos dentro un lobo bueno y un lobo malo y gana aquél al que alimentamos. Quienes son responsables del hambre en el mundo, están gastando cantidades ingentes de comida en alimentar a nuestro lobo malo.

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