martes, 5 de noviembre de 2013

Todos los santos


Acabó el puente de todos los santos, donde los muertos son esos seres añorados a los que llevamos flores, pero también ánimas que vagan entre nosotros, de modo que su ausencia nos impele a mostrarles que no habitan el olvido, pero su presencia nos perturba. La importación de la fiesta de Halloween la ha convertido también en una parada de los monstruos con la que, supongo,  nos burlamos de forma histérica e histriónica de nuestro miedo a morir. Así que toda la celebración es un caos, como probablemente lo sea nuestra relación con la muerte, llena de sentimientos encontrados. Cada cultura ha ido elaborando su propia relación con la muerte, tan diversa como la esperanza en la reencarnación o la alegría jubilosa de algunas tribus africanas.
Lo que importa no es la muerte sino la forma de morir.
El horror este puente ha estado pintado en las máscaras, pero no en las de vampiros sedientos de sangre o zombis podridos. El horror está en la máscara con la que nos impedimos ver la sangre y la podredumbre real.
Cien cadáveres en las arenas del Sáhara, casi la mitad de niños y niñas, muertos de sed al intentar atravesar el desierto en busca de una vida que les dé la oportunidad de ganarse la vida, el derecho a vivir. Cientos de muertos flotando en las costas de Lampedusa y 114 supervivientes deportados y multados. Veinte mil gitanos, la mitad de los cuales son niños, temblando de miedo porque pueden perder cuanto tienen y tener que emprender el éxodo de su país, Francia.
El horror es pensar que el Mare Nostrum es, realmente, nuestro, el de quienes nacemos en una de sus orillas. El horror es pensar que el escaso 4 por ciento que forman los inmigrantes extranjeros en Europa pone en peligro nuestra civilización. El horror es multar a los lampedusianos que ayudaron a sobrevivir a seres humanos con su mismo derecho a la vida y no perseguir a quienes les dejaron ahogarse o recluir a los "afortunados" supervivientes en campos de ignominia donde tienen que dormir a la intemperie. El horror es que el presidente de Iberdrola viva con un sueldo de siete millones y medio de euros y millones mueran sin nada.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, príncipe y autor de "El Gatopardo", escribió en esa novela la célebre frase de "hace falta de algo cambie para que todo siga igual". Pues ahí estamos.