miércoles, 31 de julio de 2013

A quien interese...



Era la persona que no gustaba a la derecha porque él era de izquierdas (estaba en contra del capitalismo especulativo, del injusto reparto de la riqueza, de los beneficios sin tope...), pero no gustaba a la izquierda porque era contrario a toda forma de dictadura, también la cubana; no le gustaba a los empresarios porque no aceptaba la búsqueda del beneficio que no fuera social, pero tampoco a los sindicatos porque no publicaba sus cifras de manifestantes el 1 de Mayo, sino que los contaba. Era la persona que nunca estuvo totalmente de acuerdo ni totalmente en desacuerdo con nadie, ni estuvo en un colegio profesional porque abominaba de todo lo injusto y arbitrario que hay en el gremialismo, el corporativismo, el nacionalismo, el racismo o cualquier idea o asociación excluyente.

Era la persona que no quería tener hijos para no verse en la tesitura de tener que pedir nunca un favor a un poderoso (algo que temía podría llegar a hacer por un hijo) y que hacía un favor (el que fuera y sin necesidad de pedírselo) sólo a los débiles que se cruzaban en su camino (muchos inmigrantes pueden dar fe de ello). A su último "proyecto", al que se dedicó los dos meses que pasaron desde que conoció su sentencia a muerte hasta que ésta se ejecutó, lo llamó "El maletín de los sueños" y consistía en idear y organizar todo aquello que pudiera hacer felices a las personas que quería o apreciaba.

Era tremendamente lúcido (en todo), pero no brillante, en una sociedad que sólo se guía por el brillo, a menudo falso. De hecho, tampoco me gustó a mí, cuando le conocí, porque no tenía una imagen definida: no iba de intelectual, ni de "progre", ni de moderno... ni de ninguna cosa. Hablaba poco, porque sólo hablaba de lo que sabía y ello siempre requería información y reflexión previa. Paripé, ingenio, frivolidad, imagen, superficialidad, labia... eran conceptos que le eran totalmente ajenos. Integridad, la palabra que mejor le definía. Nunca daba a nadie una palmada en la espalda, sino la mano. Y yo hoy quiero actuar como él, sin rodeos, y escribir lo que, sí, parece y es claramente un panegírico, no sé si oportuno, creo que necesario y, desde luego, totalmente cierto; pero a mi estilo: demasiado largo y, por supuesto, incompleto.

José Luis era... el mejor periodista con vocación de farero.
Sólo se puso bajo los focos en dos ocasiones: para denunciar el hambre en el mundo y para, a través de un nuevo partido del que fue artífice intelectual, incitar a la gente a salir a la calle en defensa de una democracia real cuando aún no se sabía nada de la gestación del movimiento 15-M.

Era la persona que no gustaba a quienes trabajaban bajo su dirección (o a la mayoría) porque no tenía ni deseaba el don de gentes (no contaba chistes, no se acordaba de cómo se llama la mujer o el marido de alguien, no preguntaba por el catarro del niño ni se iba nunca de copas; sencillamente daba la vida por alguien, si hacía falta) y, sobre todo, porque siempre decía la verdad, pero sólo la verdad, sin adornos, con el número justo de palabras, y porque nunca se escondió detrás de nadie: cuando tenía que despedir a alguien peleaba hasta el límite por no hacerlo pero, si no quedaba otro remedio, jamás se escudaba en el "no es cosa mía" ni el "qué más quisiera yo", sino que asumía toda la responsabilidad. Pero, sobre todo, era la persona que no le gustaba a sus jefes, y por las mismas razones.


En su estreno como periodista, ocupó un cargo en un Gobierno Civil y dimitió cuando su jefe se negó a detener a dos guardias civiles que habían cometido un error fatal. Alumbró en León el periodismo sobre consumo, un asunto que le interesaba porque afectaba al conjunto de la sociedad (todos somos consumidores) y a la justicia (no soportaba el engaño ni el abuso) y cuando sus reportajes fueron censurados no le importó lo más mínimo renunciar a su autoría y divulgarlos a través de una agencia de noticias; con todo, le valió el despido, pero no alardeó de él. Se fue con la discreción que le caracterizaba en todo lo que hacía.

Era la persona que se enfrentó al dueño de toda una ciudad, el todopoderoso empresario que entró en la cárcel por el Caso de la Construcción y salió con más poder del que antes tenía. Y lo hizo con rigor y sin adjetivos y, por supuesto, la conciencia de que podría pagar el precio el resto de su vida.
Consiguió que Diario 16 Burgos marcara un antes y un después en esa ciudad, desde el punto de vista político y social, y que fuera el único del Grupo 16 que no daba pérdidas, a pesar de contar con el boicot de todas las instituciones (muchos funcionarios no se atrevían siquiera a mostrar el periódico en público y él fue objeto de pintadas, amenazas e insultos que, desde luego, ni le afectaron personalmente ni convirtió en noticia) gracias a fórmulas tan innovadoras como el Mercado 16. A pesar de que el cierre fue largamente anunciado, renunció a varias propuestas de trabajo en medios más poderosos por disfrutar del privilegio de dirigir un medio que era realmente libre y, desde luego, no convirtió la despedida en un género periodístico con el que ganarse admiración ni consuelo.

Cuando el grupo finalmente cerró, invirtió hasta el último céntimo de la cartilla de ahorros y del paro en intentar un proyecto utópico pero imprescindible: un periódico que no dependiera de ningún empresario, sino de un grupo amplio y heterogéneo de intelectuales, entre los que se encontraban Vela Zanetti, el artista Juan Vallejo, el arquitecto Javier Bartolomé... todos aportando el mismo capital. Por supuesto, y aunque el periódico sí fue una realidad, perdió la esperanza de hacerlo posible tal como lo concibió, como un periódico de verdad independiente, renunciando cuando ya había conseguido caer en manos, cómo no, de constructores. Se fue silenciosamente y sin recuperar el dinero.
Era la persona que perdió un trabajo de director general antes de cobrar el primer mes, porque sospechó que lo que se esperaba de él no era del todo honesto profesionalmente. También se fue sin ruido.

La paternidad, en efecto, le empujó donde no deseaba: a aceptar un trabajo que no le gustaba y al que, de hecho, había dicho "no" algún tiempo antes. Sólo tuvo tres conversaciones personales con el dueño del periódico. La primera fue telefónica. José Luis llevaba a su hija a la guardería antes de ir al trabajo, donde llegaba el primero, a las 9 de la mañana, para poder leer toda la prensa posible (solía decir que poder hacerlo era lo mejor de su profesión); su jefe le preguntó dónde estaba y él, por supuesto, dijo la verdad, y le cayó una bronca por ser "tan familiar". La segunda y la tercera vez le ordenó que hiciera algo que no quiso hacer porque perjudicaba a los trabajadores y se negó; en la primera de las ocasiones, su jefe le dijo que debería irse y él se limitó a contestarle que lo despidiera cuando quisiera, y en la segunda le reprochó que no tenía huevos y él sólo contestó con un "pues a lo mejor". Por supuesto, no les dijo nada a los trabajadores porque él no se jugaba su trabajo por los demás para que se lo agradecieran y porque no lo hubiera considerado leal para con su jefe y, por muy mal que se llevaran, él era leal. A pesar de ello y afortunadamente, el jefe nunca se fió de él y siempre tuvo a una persona interpuesta entre ambos. Esa falta de confianza tuvo como resultado negativo que nunca se aceptaron sus ideas ni se escucharon sus advertencias. Ni una sólo vez se equivocó, pero tampoco se le reconoció, porque él no hablaba con énfasis, no hacía gracias o aspavientos, pero tampoco pasó nunca una factura ni estuvo en su vocabulario el "ya os lo advertí".
Se limitó a contar las cosas en un orden de importancia que nunca empezó por lo complaciente, sin decir jamás nada que fuera una falsedad o una verdad retorcida. La verdad (la verdad de la buena, que decíamos de pequeños) está en sus libros, los que pudo escribir cuando ya no tuvo ningún jefe.

Y sí, fue la persona que cuando se quedó en el paro, después de dirigir medios de comunicación durante veinte años, no tenía ni un sólo amigo entre los poderosos de ningún partido político, de ningún sector. Nadie había adquirido ningún compromiso con él, por el que pudiera compensarle. Por eso siguió en el paro hasta que llegó el fin (¿habrá algún otro caso?). No le sorprendió en absoluto, aunque sí le hubiera sorprendido (mucho y muy dolorosamente) que le diera la espalda otro tipo de personas: compañeros, colegas de profesión, simples conocidos o quienes él consideraba amigos.

Sobrevivió a base de amor y de amistades más que entrañables. Eso es lo que tenía. Mucho más de lo que esperaba y mucho menos de lo que merecía.