jueves, 23 de mayo de 2013

¡Ya vienen!



Se veía venir. La quiebra del sistema neoliberal sólo podía terminar de dos formas: o con su fin, lo que supondría una reforma profunda del sistema económico capitalista y una refundación democrática, o con su recomposición a la fuerza. Es la guerra, tal como reconoció Goldman Sachs. La sempiterna guerra entre ricos y pobres, y así la están llevando a cabo, con estrategias bien medidas en un tablero de ajedrez, con fríos cálculos del número y nacionalidad de las bajas necesarias, del dinero a invertir y las ganancias a obtener y de quiénes han de ser sus generales en el frente, es decir, los políticos que deben ejecutar sus órdenes, las de quienes gobiernan el mundo en su propio beneficio.

Las víctimas van aumentando y se veía venir un cambio de generales. Allá donde hay mayor número de víctimas y, por tanto, mayor temor de que éstas se revuelvan y les creen algún peligro (Grecia, Italia, Chipre...) ha habido un rápido recambio de presidentes para asegurarse de que se ponen al frente los más duros, es decir, los más afines: la ultraderecha. En los demás países, se prepara el relevo. A España ya le va tocando. Rajoy es demasiado blando para los poderes fácticos, para los dueños de los Mercados y del mundo: no hay más que ver sus plañideras súplicas en Europa, por más que vuelva siempre con la cabeza gacha y la tijera en la mano. Así que hay que buscar a alguien que gobierne sus intereses sin titubeos. Se amaga con Esperanza, con Gallardón (ahora que se ha quitado la careta) y, finalmente, se abre el camino a Aznar

Aznar no sólo es el mejor representante de la ultraderecha en España actualmente, sino que, además, es el mejor lacayo de los Mercados. Fue él, de hecho, quien aprobó la Ley del Suelo que dio lugar a la burbuja inmobiliaria y, con ella, a la crisis de la construcción que se superpone a la crisis financiera en este país. Fue él el mejor representante de la política neoliberal, el aliado fiel. Y es muy propio de la cruel desfachatez de esa gentuza que juega a la ruleta con la humanidad que nos sugieran, para salvarnos de la crisis, poner al frente a quien la creó, del mismo modo que los Mercados y sus Agencias de Calificación siguen dictando a los políticos lo que deben hacer para salvarles en lugar de hacerse el hara-kiri en público, o los banqueros se suben el sueldo con el dinero regalado por los ciudadanos a los que previamente robaron.

Ni siquiera tienen imaginación para diseñar banderas: utilizan la de siempre, los impuestos. Lo malo es que, tras muchos, muchísimos años manipulando la información y la conciencia colectiva, han sembrado bien el camino. Han convencido a la mayoría de que los intereses de sus raptores son los suyos propios y, así, de que los impuestos son malos.

¿Cómo es posible que no nos demos cuenta de que son los impuestos los únicos que pueden acabar con la crisis? Es el único arma para sacar de los bolsillos de los ladrones el dinero que nos han robado. Porque el dinero no ha desaparecido, sólo ha cambiado de manos, a las manos de grandes empresarios trileros.

Es la guerra, sí, ellos mismos lo dicen. Unos políticos honestos, realmente democráticos, deberían utilizar armas de guerra y en las pasadas guerras los impuestos llegaron a ser hasta de un 90 por ciento para las rentas más altas. El argumento de que si los ricos tienen que pagar muchos impuestos se irán a crear empleo a otra parte es una estupidez, dado que ya lo están haciendo: crean empleo en los países tercermundistas en los que pueden explotar la miseria humana y lo destruyen cada día aquí. El de que no se puede hacer nada mientras haya paraísos fiscales, tampoco sirve: condénese con una buena ración de cárcel, sin posibilidad de amnistías, a quienes se pille, y ya se lo pensarán dos veces. Y, mientras tanto, que todos ésos que, además de haber creado la crisis por su avaricia sin límites, condenan a millones de personas de las clases bajas y medias al hambre o la desesperación mientras siguen aumentando sus fortunas, incluso con dinero público, devuelvan vía impuestos el dinero robado al pueblo.

"Sin impuestos no hay paraíso", iba a titular José Luis Estrada su próximo libro. Pues eso.