martes, 20 de noviembre de 2012

Hojarasca


No, no creo que la crisis conlleve nada bueno. No estoy de acuerdo con esa teoría de que sirve para depurar excesos, tanto personales como políticos, porque es como decir que la bulimia es buena porque el vómito elimina el empacho. Yo prefiero una alimentación saludable por la vía de la educación, o una sociedad honesta, sin corrupción ni derroche, por la vía de la formación cívica y el control público. Si, por ejemplo, las leyes garantizaran la total transparencia, haciendo públicos de verdad los bienes e intereses de los políticos o dando participación real a los ciudadanos en la elaboración de los Presupuestos y en cada euro que gasta la Administración, sería muy difícil la corrupción política. Y si también en la empresa privada rigieran normas de mayor transparencia en la gestión, de límites a los sueldos y de verdadera penalización del tráfico de intereses, sucedería lo mismo. En suma, creo en la democracia como receta, no en el aceite de ricino.

Como tampoco creo -desde luego que no- que todos seamos culpables de la crisis por nuestros excesos en el consumo, lo cual no implica que defienda éstos, ni mucho menos. La crisis sólo tiene unos culpables y ni siquiera son los políticos por más que a los propios culpables les interese crear esa convicción en la ciudadanía. Los únicos culpables se llaman MBAs: los directivos de bancos, empresas de especulación y agencias de valores, es decir, los nuevos empresarios nacidos a los pechos de neoliberalismo y la desregulación. Los políticos, como los economistas, son meros cómplices. Y los trabajadores, desde luego, somos, sencilla y llanamente, víctimas.

Pero he de hacer una excepción. Y es que hoy, por primera vez, he descubierto un efecto positivo en la crisis, tan humilde como magnífico. Éste:



Los recortes en los servicios públicos han hecho que este año -o eso me parece a mí- esté tardándose más de lo habitual en recoger las hojas que caen de los árboles como una lluvia multicolor y tapizan las pisadas a la ribera del río y en podar las ramas cargadas de reflejos dorados. El espectáculo es monumental. El parque sueña ser bosque, el asfalto se esconde bajo una capa crujiente de naturaleza. Y tanta belleza es un consuelo para quienes vivimos la decadencia de una sociedad que construimos sobre la idea del progreso y nuestro propio otoño personal.