jueves, 6 de septiembre de 2012

Cumploaños


Te levantaste aún más temprano que de costumbre y te internaste por las carreteras y caminos en los que aún dormían los nogales sin pueblo. Con tu altura, pocas ramas se te resistían y las nueces verdes iban caynedo a hurtadillas en la bolsa.
Cuando el sol ya iluminaba los dormitorios, era el momento de volver a la ciudad, a la Plaza Mayor en la que brotaban los primeros tenderetes del mercado. Y allí ibas recolectando flores: lilium amarillo, claveles blancos... crisantemos de colores, gladiolos, retama... hasta juntar tantos ramos como cabían entre las ramas de tus brazos.
En el bolsillo, el pequeño paquete que compraste la víspera: seguramente otro reloj con el que intentar inútilmente ubicarme en el tiempo.
Entrabas en casa de puntillas. Café con leche, pan reciente en tostadas con aciete y azúcar, zumo de naranja y uno de los claveles en un vaso con agua.¡Arriba, niñas, preparad vuestros dibujos! Y, bandeja en mano, empezaba a sonar la música: una ópera de Verdi o Puccini, Mozart, quizá Preisner.
Quedaba lo más importante: la carta de amor escrita en alguno de los bares más madrugadores, con la que yo lloraría de alegría y te cubriría de besos.
5-9-2011
Por muchas armas de destrucción masiva que haya en la calle, la burbuja de Colón 36 no estallará, porque se alimenta de amor. Además, cumples los años perfectos en el año perfecto, que aún nos deparará lo mejor, porque son tus perjúmenes los que me suliveyan y me alteran la bilirrubina para seguir haciendo burbujas de amor en tu pecera y permanecer mojado en ti, sin necesidad de ir al Caribe e, incluso, a 10 bajo cero.
Feliz cumpleaños.
Tu Pepelui."
Así empezó cada 5 de septiembre de los últimos veinticinco años, cada uno con leves y apasionadas variantes, solos, con una hija, con las dos.
Pero éste empezó con nueces marchitas y flores amargas; el mercado devastado por un ciclón, el papel mojado de lágrimas, el reloj roto, los cristales clavados en mis manos.
Silencio.



Desde lados opuestos
los dos somos fantasmas.
Tú muerto, yo viva,
ambos vagamos de ser en rama,
de agua en pájaro, de mano
en nube y en brisa
y viento helado.
Desde lados opuestos
transitamos el mismo camino,
compartimos el mismo límite,
transeúntes de la frontera
entre la muerte y el vivir.
  

 

 
Yo soy la que duerme con los muertos,
la huérfana de todos,
la que llena los lavabos de llanto.
No sé adónde mirar,
de qué lado ponerme.
No tengo lugar.
Soy la embalsamadora,
la que araña el cielo, la rama rota,
la que huele a sangre,
la que se esconde en los rincones,
la esquina, en la última silla,
bajo la mesa sucia.
Soy la que ya no espera.
La que aún te busca.