miércoles, 11 de julio de 2012

¡Que les (re)corten la cabeza!


Hace casi tres años recordé en este blog la historia de Pugachev, el cosaco ruso que, a mediados del siglo XVIII y haciéndose pasar por el desaparecido zar Pedro III, recorrió ese inmenso país liberando a su paso a los siervos y consiguió llegar a las puertas de Moscú con cientos de miles de seguidores que habían ido sumándosele. Hoy me viene de nuevo a la memoria pensando en la Marcha Negra. Como el héroe ruso, los mineros (ya héroes populares, sobre todo los siete encerrados en la mina ¡52 días!) han ido sumando apoyos de toda clase. Muchas, muchísimas personas, ajenas a la minería e ignorantes, incluso, de su problemática, han elegido este conflicto para simbolizar el suyo propio, básicamente el paro o el miedo al paro, y su indignación, cuando no rabia. Poco importan en este momento los matices del conflicto, como a muchos campesinos rusos les importaba poco si Pugachev era o no el zar presuntamente asesinado; importa no la minería, sino los mineros, esos hombres y mujeres que se entregan en cuerpo y alma a la protesta y la defensa de su trabajo, sus derechos y su modo de vida.


El fin de Pugachev, como el de todo héroe que se precie, fue la traición de sus allegados y el asesinato con ensañamiento por parte de la zarina, Catalina la Grande, quien después de apresarle lo hizo exhibir en una jaula de hierro, ordenó que le cortaran la cabeza (cual reina de "Alicia en el País de las Maravillas") y, no contenta con eso, exigió que su cadáver fuera cortado en pedazos. Pensándolo bien, la imagen se parece bastante al "discurso de los recortes" de Rajoy en el Parlamento: no contento con estrangular a la clase media (funcionarios, pequeños empresarios, pensionistas, usuarios de la sanidad y escuela públicas...), lamina a las inferiores (parados y discapacitados dependientes). Y la Reina de Corazones bien podría ser Esperanza Aguirre, pidiendo la cabeza de los mineros porque le parecen pocos y, sobre todo, iguales; y es que los concejales de Madrid, dice, llenaban el estadio Bernabéu "de gente diferente", es decir, de señoronas y sus criadas, mientras que a la manifestación minera sólo van las segundas. Ciertamente, los defraudadores fiscales amnistiados no debían encontrarse en la Puerta del Sol, pero no se da cuenta la presidenta de Madrid de que los recortes que, mientras ella hacía estas declaraciones, anunciaba su jefe en el Parlamento, van a multiplicar el número de víctimas de la crisis de tal modo que hasta algunas señoronas habrán de verse en la puerta de Cáritas, y no para donar su ropa vieja sino para pedir ayuda.

No sé si cabe, en el caso de los mineros, la traición (¿de los empresarios, quizá?) y su defenestración (es poco probable, desde luego, que el Gobierno dé marcha atrás), pero también hay que recordar que, doscientos años después de la muerte del cosaco, su nombre era coreado por las calles durante la Revolución Rusa. Del mismo modo, estoy segura de que esta movilización, teñida del mismo romanticismo que tuvo la rebelión de los siervos, tendrá consecuencias a largo plazo, porque son cada vez más los que ven su presente y su futuro negros como el carbón y poco o nada que perder. El número de los "prescindibles", que decía José Luis Estrada (ésos de los que los poderosos pueden prescindir de un modo u otro sin correr el riesgo de caerse ellos) aumentarán, y quizá esta vez no les salgan las cuentas a quienes las hacen para que siempre ganen los mismos.