domingo, 27 de mayo de 2012

Poesía eras tú



Yo solía contar nuestros besos.
Tenían que ser impares.
Lo sabías.
Tú los contabas también
para asegurarte
-querías complacerme-
o para bromear
besándome cuatro, ocho, doce veces,
echabas a correr y yo
iba en tu busca
reclamando ese beso que dejara
la puerta abierta a nuevos besos.
Porque par era cerrar;
es redondo, un cartel de completo,
es definitivo
y yo lo odio.
No quiero el para siempre
y ahora tengo
un para nunca.
Besos: cero.


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Arde la chimenea con un sonido
de bulliciosos pájaros,
brilla la mesa encerada y
las paredes limpias,
huele a fruta, guiso caliente
y pastel de domingo,
las flores del jarrón parecen vivas.


Mas alguien se ha dejado la ventana abierta.
Y es de noche.
No queda nadie
en la calle.
Ni un borracho.
Ni un perro
que ladre.
Nadie.
Y entonces
se oye ese ruido atronador que nos recuerda
que al pie corre el oscuro río.
Tan frío.


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Cuando te acercabas a mí
-¿recuerdas?-
agarraba tus manos y me dejaba caer hacia
atrás, al vacío que se abría
a mi espalda.
Tenías una milésima de segundo
para sujetar mis dedos,
librarme de la falta caída.


Y nunca lo dudé.
Y nunca me fallaste.


Estás loca -me reñías-,
un día me fallarán los reflejos,
no podré retenerte a tiempo,
me faltará la fuerza,
caerás, te matarás, no sé...


Y sí,
llegó el momento.