viernes, 21 de octubre de 2011

Una victoria póstuma

Han sido tantas las víctimas mortales de ETA (857 en sus 51 años de vida) que muchas personas llevamos nuestra propia víctima a la espalda. Yo también y no puedo dejar pasar una fecha tan feliz como ésta sin dedicarle unas lágrimas y unas palabras. Se llamaba Javier Gómez Elósegui, aunque para mí y los amigos comunes era sólo Elósegui. Era de León. Le conocí durante breve tiempo y le recordé el resto de mi vida. Entonces éramos dos adolescentes que teníamos en común el ansia por la libertad y la fe en las más bellas palabras: justicia social, igualdad, paz, democracia. Nos llamábamos comunistas, aunque ninguno de los dos sabíamos, en esa época cerrada y oscura en la que brillaban nuestros ideales de quinceañeros, lo que era eso, más allá de algunas lecturas aún clandestinas y muchas conversaciones en los parques poco frecuentados al caer la tarde, tras las horas de colegio y biblioteca. Algunas de esas conversaciones las terminábamos cantando la famosa canción de Labordeta: "Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra llamada Libertad. Hermano, aquí mi mano...". La cantábamos intentando no levantar la voz, lo que, además de difícil, resultaba tan antinatural que el esfuerzo nos estremecía tanto como la emocionante letra de la canción.
No he podido encontrar ningún otro retrato de Elósegui más que éste, tan deficiente, pero recuerdo perfectamente sus ojos claros, entonces tras unas gruesas gafas, y el tacto de su mano cuando cantábamos a la Libertad, enlazada a la mía en un gesto de fraternidad que deseábamos universal.
Elósegui tenía dos años más que yo; quizá por eso y por su propio carácter, yo le encontraba demasiado serio y él a mí demasiado poco, pero compartíamos la pasión común por la lectura y los versos de Bertolt Brecht limaban cualquier discusión entre ambos.
No sé o no recuerdo qué profesión tenía él pensada para su futuro, a parte la de revolucionario, pero no me sorprendió enterarme de que había optado por el estudio de lo humano. Era, según pude saber por los breves retazos biográficos publicados tras su asesinato, psicólogo en la cárcel de Martutene. Formaba a los funcionarios de prisiones y defendía sus derechos como sindicalista, ofrecía asistencia a las víctimas de la violencia, trabajaba con ahínco en la reinserción de los presos y batalló por el acercamiento de los presos vascos, por el diálogo y la paz. En suma, ese horrible 11 de marzo en el que acababa de despedirse de su mujer y su hija de tres años (Irene: paz), a sólo 37 años de su nacimiento y 15 metros de su casa en San Sebastián, lo mataron aquéllos a quienes él quería escuchar y por quiénes deseaba hacerse oír: no hay nada más triste y, de algún modo, hermoso. Hoy, más que nunca, pienso y quiero pensar que esa terrible canallada no fue en vano. El adiós de ETA es su victoria, y la de muchos, después de muertos.