miércoles, 13 de octubre de 2010

La funcionaria 213...

Estoy emocionada y tengo que contarlo. Desde que traje a mi hija mayor de La India, hace diez años, he tenido que visitar innumerables veces la sección de Bienestar Social de la Junta de Castilla y León en León, edificio sito en la Plaza de Colón. Aún recuerdo la primera vez. Nos presentamos (entonces aún estaba en el edificio central de la Junta) los felices padres de la mano de la niña, con una sonrisa de oreja a oreja, ante la única funcionaria en activo en ese momento, activa comedora de pipas, y le dijimos algo así como: "Bueno, pues tras cinco años de pesadilla, al fin estamos aquí con nuestra hija, ¿qué hacemos ahora?". Ella, sin dejar de comer pipas, respondió: "¡Pues ustedes sabrán!". Tras explicarle que en lo que nos acabábamos de convertir era en padres, no es técnicos de adopción, papel que se le suponía a ella, dudó un momento y resolvió el problema: "Pues habrá que llamar a Valladolid... Pasad por aquí dentro de una semana", tiempo que no requería una llamada ni con el primer teléfono inventado por Graham Bell.
Pues bien, desde ese día, he tenido que ir allí, como decía, para recoger las decenas de informes de seguimiento que no llegaron a enviarme a casa, para entregar traducciones de los mismos, para los mil y un absurdos y tediosos trámites de la adopción de mi segunda hija y, por fin, para conseguir (me ha llevado un año) que envíen al Juzgado de Instrucción los papeles de La India para que se inicie el proceso judicial: un trámite que podría hacerse en cinco o diez minutos pero que a ellos les ha llevado un año, desde que traje a mi niña.
En esas "cienes y cienes" de visitas, el proceso ha comenzado siempre igual: me presento al guardia de seguridad sentado en el vestíbulo, le cuento el objeto de mi visita, le doy mi carnet de identidad, toma nota de él en un papel, me entrega una identificación de visitante para que lo enganche a la ropa y me indica que suba a la segunda planta y vaya al despacho 213. La sección que visito tiene forma de L, con despachos a ambos lados, o sea, en cuatro hileras. A la derecha pone: "despachos 200 a 220". La sigo, observo las puertas abiertas de despachos con luces encendidas, en su mayor parte, y vacíos en todos los casos. Nadie, ni en el 213 ni en ningún otro. Me voy al otro brazo de la L. A veces he encontrado allí a una persona, otras ha sido fuera, en el vestíbulo de esa segunda planta. En todos los casos, abordo a esa solitaria figura y le cuento mi situación. El rito es que ella intenta quitarse mi muerto de encima y yo le digo, amable pero firme, que me da igual que no tenga idea del asunto, que yo estoy dentro del horario y no es mi problema si no está el ocupante del despaho 213 ni de ningún otro, y termino con un "aquí le quedan estos papeles y le hago a usted responsable" o "tome usted nota y désela a quien corresponda" o algo así. Normalmente, ahí queda la cosa, aunque a veces no he tenido más remedio que volver y volver.
Pues bien, ayer, por fin, he seguido el ritual cotidiano y, efectivamente, de los alrededor de cincuenta despachos de la planta, he encontrado ocupado... ¡el 213! La mujer, la verdad, estaba a punto de salir, pero le intercepté el paso efusivamente: "¡No sabe qué agradable sorpresa es conocerla! Usted no me conoce a mí pero yo estoy en su fichero, sí, sí, justamente dentro de su fichero, con dos adopciones nada menos. ¡Diez años y por fin la conozco!". Desconcertada, no ha sabido valorar ni mi emoción ni mi ironía, pero, con buen carácter, ha accedido a abrir su archivador y, en efecto, ha encontrado allí la carpeta que me concierne... aunque, ¡oooooooooh!, no estaba el expediente. Un funcionario que por allí pasaba le dijo que, probablemente, lo tendría Pilar. "¿Pero qué Pilar -preguntó ella-, la de arriba o la de abajo". "La de abajo", contestó él. "¡Ah, pues yo a esa no se lo pido!", concluyó mi recién descubierta funcionaria personal.
Pero la decepción no ha empañado la ilusión de haberla conocido y el deseo de que, tanto a ella como a sus ausentes compañeros les recorten, no el 5% del sueldo, ni el 10 ni el 80, sino que, sencillamente, se lo ajusten al trabajo que realizan: así habrá unos cuantos puestos de trabajo disponibles en el exhausto mercado laboral.