sábado, 3 de abril de 2010

Papa al banquillo

Hoy, Viernes Santo, me parece la fecha idónea para pedir el procesamiento del Papa Joseph Alois Ratzinger por encubrimiento del delito de pederastia, así como de cuantos cardenales y curas en general han participado en el mismo, además, por supuesto, de a los propios pederastas. No puede ser que quienes aplican las leyes terrenales permitan que alguien se autoexcluya de ellas, sometiéndose únicamente a las leyes divinas que él mismo crea. No puede ser que se permita una campaña tras otra en defensa de los fetos a los mismos que cometen u ocultan abusos sexuales a los niños y niñas. No puede ser que se consienta la impunidad de alguien sólo por ser el líder de una confesión religiosa. Ni es posible que se sigan concediendo a la Iglesia privilegios en materia de ¡educación!, materia en la que su voz es tenida en cuenta a la hora de mantener la asignatura de Religión en los colegios públicos, de recibir ayudas estatales en los privados o de consentir, además, el pago "voluntario" de los padres cada mes.

 Me parece igualmente escandalosa la actitud hipócrita de la mayoría de los católicos, a muchos de los cuales les oigo, un día sí y otro también, quejarse de la supuesta crisis de la familia que provocan las leyes progresistas del Gobierno y de la supuesta (y falsa) inseguridad que acosa a sus hijos por culpa de los inmigrantes o de leyes relajadas respecto a la delincuencia; sin embargo, no alzan la voz ni se movilizan a la hora de protestar por la  inseguridad real de sus hijos en las catequesis, seminarios o internados religiosos, a pesar de que, en muchas ocasiones, ellos mismos han sufrido o sido testigos de, como poco, malas experiencias con curas en su niñez.
Por contra, hemos de soportar la reacción feroz de los lobbys católicos mostrando a la Iglesia como víctima, en lugar de verdugo, y su creciente influencia en todas las instituciones, empezando por las europeas, donde ejercen de auténtica mafia (no hay más que ver la página web en la que valoran a los eurodiputados en función de su defensa o ataque a la Iglesia católica y ejercen una auténtica presión política utilizando sus actuaciones privadas).
Da la impresión de que, en el inconsciente colectivo eclesial aún pervive el poder omnímodo que ejerció durante siglos y que, en el de la ciudadanía, pervive aún el miedo al fuego... ya sea el del infierno o el de la Inquisición.