martes, 23 de febrero de 2010

Vuelta al Jardín de Infancia

Hace un tiempo que he creído observar un cambio de tendencia en lo que "se nos vende". Hasta hace unos meses (cuento con que hará más en Estados Unidos, que es el productor de nuestros gustos, preocupaciones, etcétera), veía en los canales de documentales frecuentes reportajes sobre el cambio climático y sus efectos devastadores, sobre especies animales y vegetales en extinción, paraísos perdidos, pueblos y tribus extintas o en peligro, países devastados por guerras provocadas por los países de Occidente interesados en sus recursos naturales, etcétera. Ahora, sin embargo, todos esos reportajes parecen haber desaparecido de la parrilla y, en su lugar, son frecuentes los de animales, cachorros, preciosos parajes, selvas que parecen albergar tesoros inexpugnables... Se mantienen, eso sí, los de catástrofes y sucesos, porque no conviene que se nos vaya el miedo del cuerpo, todo lo contrario (lo uno empuja a lo otro), pero es obvio que el dolor humano y el de la naturaleza ya no interesan o lo hacen en mucha menor medida.
Ahora toca ir "en positivo", según expresión al uso de los políticos y propagadores de ideas. Y, mientras reflexionaba sobre las posibles causas de este hecho y el hecho en si, me he topado con un reportaje en el suplemento de La Vanguardia que podría tener mucho que ver. Se titula "Adictos a lo mono" y se resume en esta entradilla: "Se acabó el reinado de lo cool. Un tsunami de animales achuchables y demás lindezas no aptas para diabéticos está transformando el marketing, la política o Internet".
En efecto, he llamado ya la atención sobre el devastador reinado de lo cursi y lo pijo entre niñas y adolescentes, pero también he observado que a las mujeres adultas se nos venden, cada vez más, similares productos: ropa con diseños infantiles; emoticonos que lo invaden todo; móviles, portátiles y demás artilugios de color rosa, coches que parecen de juguete, correos con PPS que recuperan la imagen de las madres dulces, tiernas, sacrificadas... en fin, las santas esposas y madres...
Realmente, la cosa es para gritar ¡socorro! 
El reportaje da algunos datos: la web Cute overload, de 100.000 visitas diarias, está repleta de fotos y vídeos de perritos, gatitos y conejitos; los clips de bebés y animalitos suman más de mil millones en YouTube, con más del 80% de visitas de adultos... Y ofrece una explicación. Al parecer, la tendencia viene de Japón (padre de la deleznable e inexpresiva Kitty de Hello Kitty que, personalmente, me pone los pelos de punta y me da dolor de barriga) y se adoptó por Estados Unidos a raíz de los atentados del 11 de septiembre. "Con una recesión en las postrimerías del 11-S y dos guerras interminables, los estadounidenses están produciendo una cultura popular que parece estar diciendo: por favor, quiérenos", explica el reportero que, por cierto, se llama Jim Windolf y originalmente escribió el reportaje para Vanity Fair.

Pero yo creo que está explicación sólo se refiere al contexto que, en efecto, es el más apropiado para vendernos esta "(in)cultura popular", pero la estrategia de "lo mono" no es única; va acompañada por ese constante bombardeo de temores (nos invaden los chinos, los moros, los rumanos, los colombianos... por todas partes hay delincuentes peligrosos acechando, la inseguridad es cada vez mayor, dependemos de nuestras propias fuerzas...) y un debilitamiento radical de los poderes públicos (las constantes críticas a los políticos en general o a la política o a todo lo público es otra estrategia paralela), al mismo tiempo que se crean paraísos artificiales (los juegos vía Internet los poblados de ellos) y se nos transmite la idea de que, frente a la globalización (que tanto nos asusta, pero que el mercado emplea tan eficazmente) tenemos que cultivar con esmero nuestro pequeño jardín (la familia, los amigos) y vallarlo sólidamente con muros y alambre de espino.
En definitiva, creo que el objetivo del mercado es, como siempre, hacerse cada vez más fuerte y debilitarnos cada vez más a nosotros, la gente, el pueblo, los votantes... adormeciéndonos en un colchón de plumas, por supuesto de color rosa.