miércoles, 25 de noviembre de 2009

Durruti y Santa Ana (1)

Por fin tiene Buenaventura Durruti un monumento en León. Para justificarlo podrían ser suficientes las cerca de cien mil entradas que Google registra con este nombre, pero hay, por supuesto, más.

Recuerdo brevemente que nació en 1896 en León, hijo de un ferroviario. La pobreza familiar le obligó a dejar los estudios a los 14 años y hacerse mecánico. Se afilió a UGT y participó en la huelga general revolucionaria de 1917. Se trasladó en 1920 a Barcelona, donde se pasó a la CNT. Formó parte de las Milicias y creó la famosa Columna Durruti. Murió en la calle Isaac Peral de Madrid, el 19 de noviembre de 1936, de un disparo de bala. Quedémonos aquí. Todavía no se sabe ni, obviamente, se sabrá jamás, de qué mano procedió esa bala. La lista de enemigos era larga. En principio, pareció lógico suponer que lo asesinó un fascista, pero también se sospechó de los comunistas y de los propios anarquistas, en cuyo seno había duros enfrentamientos. ¿No resulta aterradora esta última posibilidad? Y, sobre todo, ¿no resulta terriblemente deprimente que esos enfrentamientos fratricidas sigan produciéndose y un grupo de anarquistas hiciera todo lo posible por boicotear la inauguración del monumento? ¿De dónde proviene el ancestral cainismo que corroe siempre a la izquierda?
Yo, en todo caso, no quiero dejar pasar la oportunidad de celebrar un acto que unió a un grupo muy heterogéneo de personas: era realmente estimulante ver a gente tan mayor, viejos antifranquistas, junto a gente muy joven.

Los responsables insistieron en que era un homenaje a todos los luchadores contra la dictadura, no sólo a una persona. La escultura -obra altruista del artista Diego Segura, financiada por la CGT y titulada "Hálito Durruti"- está enclavada en la plaza en la que nació y vivió Durruti, la Plaza de Santa Ana, antiguo barrio judío de la ciudad, entrada del Camino de Santiago y el último superviviente del León rural en el núcleo urbano, con sus soportales de madera y su pavimento de cantos rodados.




No recuerdo la fecha en la que el Ayuntamiento (creo que presidido, entonces, por Juan Morano) decidió cargarse esa bonita plaza, pero recuerdo haber mirado con tristeza las máquinas que la arrumbaron para construir feos edificios de pisos y quiero ver en esta escultura un homenaje, también, a la plaza; homenaje, como no podría ser menos tratándose de Durruti, armado de protesta.

(En las fotos, el escultor y mi amigo Manuel Durruti, sobrino de Buenaventura)